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Pedro Granados
Estas declaraciones que Luis Hernández Camarero hiciera a Nicolás Yerovi y que figuran a manera de colofón en su Obra poética completa (Lima: Punto y trama, 1983) creo nos brindan una semblanza sucinta pero muy reveladora del poeta que voluntariamente se nos fuera en Buenos Aires, el año 1977. Tras darse a conocer con Orilla (1961), Charlie Melnick (1962) y Las Constelaciones (1965), poemarios bien recibidos por todos e incluso galardonados, deja de publicar este último año para, a partir de 1970, proponermos una práctica un tanto heterodoxa: regalar a los amigos cuadernos con textos en bella caligrafía y muchas veces con dibujos en vivos colores, ajenos a cualquier intento de edición. De este modo, su producción de los setenta Voces íntimas, El curvado universo, El sol lila, La playa inexistente, entre otros sugestivos títulos no hubiera sido posible conocerla sin la paciente y apasionada labor de algunos incondicionales como Ernesto Mora, Nicolás Yerovi o Luis La Hoz. Asimismo, Vox horrísona (la voz cuyo sonido causa horror) fue el nombre de una colección de poemas que el mismo Luis Hernández planeara publicar antes de su muerte. En realidad, diseñó incluso él mismo la carátula: sobre fondo blanco a pie de página dicho título en letra cursiva negra, y al centro el dibujo con círculos y palotes en verde, rojo y amarillo de un niño haciendo equilibrio sobre su patinete. Estas paradojas en la cubierta revelan desde ya algunos ejes fundamentales en la poética de nuestro autor: el sentido lúdico y la ternura.
Luis Hernández se diferencia
de su generación, sobre la que Julio Ortega afirma: "La poesía,
por vez primera, podía ser no sólo la emotividad sino también
la forma inteligente de nuestra desidencia". ("Biografía de los
sesentas: La poesía en el Perú", el Iberomanía
# 34, 1991); porque es en el locus amenus donde se despliega lo
más luminoso de su verbo y donde parecen hallar contexto sus registros
más intensos (Yerovi). Es decir, no es la autoconciencia de la tradición
literaria típica de esta generación tan culta, ni el coloquialismo
tan homogéneamente extendido, ni el sentido crítico tan azuzado
por la revolución cubana. Más allá de todo eso, e
integrándolo, Luis Hernández va mucho más lejos en
su convicción y en su confianza; abandonando aparentemente toda
sensatez en conceptos de escándalo o por lo menos de ingenuidad
para cualquier época, el narrador de Una impecable soledad
nos dice: "Que la gente no es mueble / Que la gente es inmortal / Que la
gente es igual // Y que la mendacidad, la envidia, la terquedad, la traición,
tienen tanta fuerza como nada, y no logran rozar la piel de |
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