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Revista de Cultura nº 4/5
 
Fortaleza/ São Paulo, novembro de 2000
 
FERNANDO VELÁZQUEZ: ESTÉTICA DE LO INVISIBLE ES LA RAZÓN DE LA SAVIA

Juan Figueroa

ag4velazquez1.JPG (24072 bytes)Fragmentos. Restos. Trozos dispersos y su armonía y desorden. Hay ciudades sepultadas bajo nuestras casas. Buques naufragados que sólo los peces conocen. Debajo de los cuadros de Fernando Velázquez hay otros sin los cuales ninguno existiría. Cuadros inexistentes que siguen solos en silencio luchando contra el vacío. Cuadros muertos que no son cruces ni nombres sobre la piedra, sino materia viva que se transforma desde las sombras. La superficie, lo que vemos, es sólo el vértice de la obra de arte. Un instante en la creación que no cesa. El pintor edifica su laberinto como la propia naturaleza se comporta. No hay imitación sino correspondencia, misteriosa complicidad. Formas que no renuncian a su pasado vegetal. Espacios donde la materia bulle. Pintura genética que parece revelarnos que lo visible es sólo un instante entre dos extinciones. Todo en este pintor la propia existencia del cuadro muerto es sólo un detalle conduce a proclamar el carácter biológico de la obra de arte. Lenguaje que se alza sobre el lenguaje porque no busca representar la realidad, sino que ésta se tenga en pie por sí misma. Qué las cosas hablen. Qué las pinturas sean ojos por los que el mundo mire.

ag4velazquez2.JPG (40771 bytes)Nuestro pintor roza las piedras más primitivas para que el fuego se haga y caliente. Estética de la llama rojo, amarillo, azul presente en buena parte de su obra. Luz vibrante que estremece todas las sombras. La llama es la forma fugaz que alcanzan todas las visiones. Imposible eternización del instante y, sin embargo, instante que abrasa para siempre. Por la llama la obra crece destruyendo aquéllo que la hace existir. Arde consumiéndose. Despide luz preparando la sombra más prolongada. Por el fuego las formas alcanzan su grado máximo de tensión y armonía. También de extinción más absoluta. El signo, en el fondo, no es más que un indicio de luz. Fenómeno cierto de lo que no vemos. Y la pintura de Fernando Velázquez propone una vuelta apasionado al signo. De ahí su sentido del cuadro permanentemente vivo. Por eso, la fatal necesidad de la llama. Cada cuadro es una vida entera. También, razón misteriosa de las fuerzas que animan el universo. El color del fuego calienta. Al calor de los signos más primitivos la línea y el punto se funde la realidad. La obra de arte surge entonces como el punto de unión de las líneas de la vida. Enlace. Conexión. Abrazo que nos calcina. 

Algo de la pintura prehistórica la que existió antes de que la palabra perdiera su sabor/saber mineral está presente en la obra de este artista. Su pureza de formas, más bien signos con los que despertar a las cosas. La realidad en ella alcanza carácter litúrgico. Los signos no representan cosas sino que son las propias cosas comenzando siempre a existir. Manos abiertas o bisontes que llaman a otros bisontes. La obra de arte es tal porque obra en el mundo, crece y se multiplica. Los hombres de las cavernas pintaban sobre la piedra distinguiendo su obra de ella, pero contando con sus relieves y hendiduras. Una imagen viviente de sí mismos, experiencia huidiza sobre un sólido fondo que permanece. Ellos nos enseñaron a comprender la mágica relación de la pintura con su fondo, que es idéntica a esa otra que mantiene la palabra con el silencio. Siglos después Mallarmé vendría a confirmar esta intuición misteriosa. El acto de escribir es teñir de negro el abismo blanco, revés mortal de las constelaciones en el firmamento. Viendo los cuadros de Fernando Velázquez no puedo evitar sentir esa misma conexión. El fondo es el espacio de la forma porque es también la única forma que tiene el espacio para manifestar su efímero permanecer. Al final todo cuadra. No porque el artista haga desaparecer formas a costa de otras, sino precisamente porque en las nuevas como témpanos de luz sobreviven las primitivas. Originaria vuelta de la obra sobre sí misma, en que ésta crece a oleadas siendo siempre otra sin dejar de ser ella misma.

ag4velazquez3.JPG (47904 bytes)También el cuadro es un jardín. Encierra algo que fluye y está en el muro sobre el que se coloca. En pintura, como en poesía, es tan decisivo lo que se ve y dice como lo que no aparece y se calla. Virtud de pintor es no agotar el cuadro, dejar sin pintar más de lo que se representa. Cuadro abierto. Recinto inagotable que se sucede solo a sí mismo. En la obra de Fernando Velázquez se abre el cuadro hacia dentro, se estira y derrama por sus lados. Se lanza a quien lo contempla. Geometría de líneas que no son del arte sino de la existencia misteriosa. El fragmento no es más parte de algo, sino indicio de todo. Vemos fragmentos pero los fragmentos no existen. Ver fragmentos es refinar la vista para comprenderlos. Vista es noble sabiduría. El fragmento desvela su profundo sentido religioso. Sólo por él nos iniciamos en el conocimiento de las verdades ocultas. Razón de la savia que callada alcanza el último reducto de la hoja y su filo. Como la ruina no son piedras dispersas de un orden extinguido. La maleza la construye, y por un camino sombrío que recorre tubos gástricos y grutas llega a una flor, en un punto muy lejano, donde otra ruina sigue creciendo.

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