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revista de cultura # 50 |
livros da agulha
De manera que, escribir poesía, historia o novela, es en realidad, querer escribir la vida, pero para ello hay que pensarla, vivirla e inventarla. En todo poeta hay un arte de vivir, hecho de alternancia entre la voluntad titánica y la renuncia; entre la apertura al mundo y el repliegue dentro de sí, entre la diástole y la sístole, y ante todo, la sutileza y la vivacidad de los sentidos, es decir, el don de ver y de contemplar. Es pues que no sólo la ciencia requiere del pensamiento, en el sentido que la cultura no se inscribe únicamente en la temporalidad y en las cosas de este mundo, no hay límite, pues si la ciencia pretende obrar sobre lo real para transformar el pensamiento, ya sea para el bien o para el mal, la poesía también obra para transformar el mundo, o al menos recrearlo, como es. Los intelectuales alemanes emplean dos términos para expresar la idea de la cultura: Bildung y Kultu.r La Bildung, como formación intelectual, estética y moral del hombre, constituye la aportación original de los poetas y de los pensadores alemanes a la idea de cultura. Es una noción compleja que engendra todo un campo semántico, además es de una extrema diversidad en sus aplicaciones prácticas, pues, en principio, abre a los hombres la posibilidad de vivir la autenticidad de sus vidas individuales, de manera que las relaciones entre el arte y la vida , entre lo imaginario y lo vivido, son complejas; es preciso por tanto, evitar el idealizar la existencia de un poeta elevándolo a un estado olímpico, por encima de la condición humana. Por ello es que, cuando Lezama Lima habla sobre la posibilidad de cultura, es para referirse a la dialéctica existente entre hombre y naturaleza. El concepto abarca la totalidad de la existencia de los seres humanos, o sea, la formación intelectual, estética y moral del hombre. Esto reafirma el ideal de totalidad humana. En este ideal de totalidad humana debe de existir una libertad plena, que tenga como base un desarrollo educativo amplio, con el cual se mida la evolución del hombre para formarlo, no como ser aislado, sino como sujeto consciente, enlazado al mundo mediante una triple relación fundamental, que lo una respectivamente a la naturaleza, al otro -a la sociedad, a la humanidad entera- y a los dioses o a lo divino. La poesía de Adriano Corrales en Caza del Poeta (Andrómeda 2004), es reflejo de ello: es un areito, y como todo areito, está cargada de cultura y de pensamiento, en donde la casa que habitamos es la casa de todos, la manigua (vivida e inventada), y la caza, es aquel viejo rito de caza del pasado, de ondas sonoras que traen recuerdos paleolíticos de nuestros ancestros, aquellos que musicalizaban su historia y su geografía, por ello, hay que ir a la caza de nuestra memoria. La poesía de Adriano Corrales en Caza del Poeta posee crónica y tiempo. Se debate entre el pasado y el presente. Busca por ende, la esencia etnográfica de nuestras comunidades, en sus ritos, en su clima, en su latitud, en su gastronomía y en su etnología. Y nuestras comunidades, en su mayoría rurales, de descendencia indígena, negra y europea, están llenas de mitos que rebasan a la historia, por eso viven, a pesar de la ignominiosa matanza a que han sido condenadas desde la colonia española y portuguesa. Por ello, en Caza del Poeta vemos aflorar elementos vitales que identifican a nuestros pueblos, como son la sangre, el fuego, la esperanza, la vida y la misma muerte. Así, la poesía en Caza del Poeta, es un vivo reflejo del conjunto de formas culturales (imágenes, representaciones, símbolos), vividas y percibidas por el autor en su largo trajinar por el escenario centroamericano, de mar a mar. Participa de las contradicciones que, cimentándose en dichas formas culturales, definen a la lucha ideológica en su conjunto, ya que es ésta la que determina en diferentes períodos de la historia (nuestra historia), las formas y los contenidos concretos de la conciencia social, confiriéndole sentido a los materiales culturales que reelabora, jerarquiza y desarrolla. Por ende, la poesía en Caza del Poeta es contestataria, posee una función social intrínseca, el autor se define como un poeta comprometido, sin miramientos light, porque su anhelo es el de re-memorizar el mito y la leyenda como componente de la Historia con mayúscula, como él la propone, a partir del mítico deseo de querer transmutar la realidad. A medida que avanzamos en el poemario nos damos cuenta que esa manigua, a la que hace alusión el autor, se ha emputecido (la han emputecido los invasores en alianza con las clases dominantes de nuestros países: criollos, mestizos y extranjeros), producto de los cambios que la globalización le ha hecho a nuestra cultura y geografía, entendida la globalización como el saqueo y el pillaje de nuestras cordilleras, volcanes, ríos y bosques, que a partir de la invasión europea y posteriormente norteamericana, ha sufrido el continente entero. Nuestras fronteras pues, han sido mojoneadas para dar paso al oprobioso fenómeno de la acumulación originaria y la acumulación de capital, hecho que ha favorecido a unos pocos en función del empobrecimiento de las grandes mayorías. De allí que nos caractericemos por ser seres de naturaleza violenta, indomables y apasionados de nuestra propia lengua, que es con la cual empezamos a conocer y concebir nuestro propio entorno y nuestra propia historia. Ahora la Casa del Poeta, que es la casa de todos, está en inminente peligro. Su escenario natural es víctima de nuevos despojos, no digamos su fauna y su flora, pero lo más indignante es el despojo humano. Además, está invadida por la ciudad, santuario aquel en donde la publicidad posmoderna, enajenante y alienante, idiotiza al individuo y lo arranca de su pasado, de su memoria, de la colectividad humana, que es donde está la salvación de nuestros valores, nuestra idiosincrasia y la Casa del Poeta, que es la Casa Madre. La globalización de nuevo cuño ha hecho que, como bien lo apunta Quezada Monge, el individuo de nuestro tiempo pierda por completo su capacidad para verse al espejo. Y es todavía más triste que naciones enteras hayan caído en ese trance. Más adelante apunta el autor que, en la actual coyuntura vivimos una cultura nominalista, prohibitiva, que bloquea todo tipo de espontaneidad e imaginación. Aclara pues, que “ha llegado el momento en América Latina de recuperar estas dos potencias, de devolvérselas al pueblo, de arrancárselas de las manos a los opresores de la sensualidad y la creatividad. Esa es tarea de los poetas, los artistas y los historiadores”. Creemos que en Caza del Poeta, el erotismo y la sensualidad que destacan a nuestra manigua, están en crisis (también la patria, nuestra Casa Madre), eso es latente, pero más latente es la denuncia (en medio de su nostalgia y su desesperanza), que el poeta hace de esta crisis que se viene dando desde hace siglos, y que en la actualidad es descollante por el grado de deshumanización a que hemos sido sometidos, fenómeno que se traduce en la falta de interés y apatía para enfrentar los problemas que aquejan a nuestros pueblos. Sin embargo, la veta aún no ha sido saqueada del todo, este partido aún no termina, estamos empezando el segundo tiempo y el viento y la afición están de nuestra parte, también la historia y la utopía. [Antonio Castillo]
O autor destrincha o audiovisual como sistema de relações de produção e o situa dentro das realidades do mundo contemporâneo. Faz uma reflexão crítica sobre paradigmas relevantes na gestão de políticas culturais. E apresenta um estudo inédito para viabilizar estratégias para o crescimento do setor, conciliando esforços do poder público, dos agentes econômicos do setor e da sociedade civil, sob diretrizes que consideram questões éticas como a diversidade audiovisual e a democratização do capital cultural. O estudo contempla programas específicos com os respectivos projetos de sustentação, diretrizes de desenvolvimento, estratégias de interlocução e de gestão e indicadores econômicos e socioculturais para avaliação de desempenho. O título é o segundo volume da coleção Democracia Cultural, uma parceria da Escrituras Editora com o Instituto Pensarte e coordenação geral da Brant Associados. André Martinez é diretor executivo da Brant Associados e do Instituto Diversidade Cultural, vice-presidente do Instituto Vygotski e professor titular da Universidade Anhembi Morumbi. Foi coordenador dos programas culturais do Sesc RS. Entre 1998 e 2003, participou da implantação e dirigiu a Fundação Cinema RS, entidade responsável por catapultar o Estado do Rio Grande do Sul à condição de terceira maior indústria audiovisual do Brasil.
Por fortes razões de Estado, segundo dizem os cronistas portugueses de fins da Idade Média, é que Inês [Pires] de Castro, dama galega e aia de D. Constança, mulher do príncipe D. Pedro, filho de Afonso IV, foi morta em Coimbra, em 1355. Permitira-se o Rei Afonso dar ouvidos a cortesãos intrigantes e assassinos a soldo, deixando que prevalecessem, contra a mísera e mesquinha, as razões de Estado frente às quais não valeram as razões do Amor. Entretanto, ver-se-ia depois, neste caso as razões do Amor acabariam por vencer as imposições do Estado e a forma criminosa de as fazer valer, e mesmo a finitude da vida, para Inês tão tragicamente encerrada. Forçada a cruzar a porta da tragédia, passava Inês, imolada por Amor, da realidade histórica para a grandeza do mito, da dimensão humana para o universo da Poesia. Morta em 1355, Inês de Castro surge pela primeira vez como tema e personagem na poesia portuguesa em 1516, nas trovas de Garcia de Resende. É mais de século e meio, o tempo decorrido entre uma data e outra. Deve ter sido o tempo mínimo para o início da solidificação do mito de Inês. Um tempo em que a memória da que depois de ser morta foi Rainha terá sobrevivido não apenas nas crônicas regiocêntricas, mas no imaginário popular, sobretudo no imaginário coimbrão, que mais do que os cronistas deve ter contribuído para a criação de uma Inês legendária. E tão verdadeiro é isto, que, já bem depois de Resende, Luís de Camões o declara: “As filhas do Mondego a morte escura / Longo tempo chorando memoraram, / E, por memória eterna, em fonte pura / As lágrimas choradas transformaram.” As filhas do Mondego, fossem as ninfas do rio ou as mulheres de Coimbra - ou simplesmente a força do imaginário popular -, ajudaram decisivamente a modelar essa outra Inês, a que ultrapassa os limites da Vida e da História e vai criar a sua própria realidade fundada no Mito e na Poesia. Quando Camões se apossa do mito de Inês para criar com ele um dos mais belos episódios líricos d’Os Lusíadas, já essa história de amor trágico andava há muito “na boca do povo” e nas literaturas popular e erudita. Cada vez mais se arraigaria na erudita, ultrapassando as fronteiras portuguesas em conquista da Europa, porque os eruditos do Classicismo viam nessa história a limpidez de uma tragédia clássica. Depois deles, todos os períodos e gêneros literários, ao longo de seis séculos (e particularmente o Romantismo) contribuíram, pela escrita de variados autores, para a expansão do mito. E quem sabe não terá sido ele - o mito de Inês de Castro - a dar origem ao mito do amor português? O do amor-paixão que pode salvar ou perder, pelo qual passam Orianas e Marianas, Judites e Florbelas, personagens e escritoras e que no século XIX assume-se no espírito camiliano do Amor de perdição. A literatura - poesia, teatro e narrativa - alimentou em Portugal (e não só, porque também na Espanha, Itália, França, Inglaterra, Brasil) a expansão do mito de Inês ao longo dos tempos. Também outras expressões da Arte, como a escultura ou as artes plásticas: pintura, desenho, gravura... têm contribuído, até hoje, para a sua evolução e renovação. Este livro, organizado por Lucila Nogueira, dá testemunho dessa Saudade de Inês - 650 anos depois da sua morte -, acompanhando (em síntese) o percurso feito pelo mito ao longo da tradição literária. O mito é aqui dito e redito, lido e relido, por várias vozes, várias escritas e várias leituras. Professores e estudantes universitários foram pela organizadora convidados a reunirem aqui as diferentes visões que têm sobre o tema. Um elenco de poetas, desde o primeiro a inserir a imagem de Inês na poesia até à organizadora do livro, fundem aqui suas vozes num “recital inesiano” que vale por uma pequena antologia da presença de Inês na poética luso-brasileira. Assim o mito vivo de Inês vai passando às novas gerações, e assim se demonstra que Pessoa tinha razão: “O mito é o nada que é tudo.” [José Rodrigues de Paiva]
Entre o Mediterrâneo e o Atlântico: Uma Aventura Teatral, de Maria Lúcia de Souza Barros Pupo, que a editora Perspectiva traz em sua coleção Estudos, trata da condução de processos de aprendizagem teatral junto a diferentes grupos de adultos - professores em formação e estudantes - até então não familiarizados com a cena, no norte do Marrocos. A investigação foi conduzida em língua francesa e enquadrada por instituições de ensino e de difusão cultural sediadas na cidade de Tetuán. Seu eixo é a apropriação lúdica de textos narrativos, expressão própria da cultura do mundo árabe. O objetivo do estudo consistiu em construir, experimentar e avaliar práticas teatrais que articulassem jogos e textos narrativos, tendo em vista contribuir para a formulação de uma Pedagogia do Teatro. Os textos de ficção escolhidos para a experimentação cobrem amplo espectro, variando desde As Mil e Uma Noites até passagens de romances e contos de autores árabes contemporâneos. Por um lado, são apresentados diferentes procedimentos lúdicos que conduzem do texto de ficção à realização da cena. Por outro lado, o caminho inverso é também percorrido: os participantes partem da experiência do jogo teatral para chegar à escrita de textos de ficção. Em meio aos múltiplos desafios e interrogações inerentes ao ineditismo da aprendizagem realizada pelos jovens marroquinos, é o caráter lúdico do teatro que se afirma, poderoso, como elo tangível no diálogo entre as culturas. Maria Lúcia de Souza Barros Pupo é professora titular no Departamento de Artes Cênicas na Escola de Comunicações e Artes da Universidade de São Paulo. Atua particularmente na formação de professores de teatro e orienta pesquisas de mestrado e doutorado no campo da pedagogia teatral. Sua experiência profissional abrange a coordenação de processos teatrais com crianças, jovens e adultos em escolas e oficinas em diferentes contextos e cidades do Brasil e inclui o desempenho junto a grupos teatrais e universidades no Rio Grande do Sul, onde viveu por alguns anos. Obteve o título de doutor na Universidade de Paris III e teve ocasião de desenvolver múltiplas atividades naquele país, como docente e membro de grupos de pesquisa. Faz parte de seu percurso uma estadia no Marrocos, origem do presente livro. Publicou, pela editora Perspectiva, No Reino da Desigualdade: Teatro Infantil em São Paulo nos Anos Setenta, além de uma série de artigos especializados, no Brasil e na França.
Uma das constantes em toda boa poesia é a tensão. Ora maior ora menor, ela se realiza com arcos e liras distintos. Mas pode-se afirmar com bastante segurança que sua ação seja indispensável para se chegar à emoção poética. Além disso, também atesta que a arte, mais do que sintetizar o real, ainda que seja em uma síntese provisória, quer mesmo é complicá-lo, implicá-lo em suas sutis engrenagens. Arte e dialética são atividades de naturezas antagônicas; tanto maior será o artista quanto maior for o número de tensões não resolvidas que sua arte nos legar, mas que por sua vez venham dramatizadas a contento no plano da forma. Só assim a arte pode ser um espelho inacabado de nossos traços mais humanos, na medida em que não resolve artificialmente as linhas em aberto de nossa face. E se por acaso arte e dialética são convergentes, o são apenas se a arte pertencer àquele conceito singular de dialética quebrada, tal como foi concebido pelo filósofo Karl Barth: não aspira resolver sua oscilação entre som e sentido, entre potência e forma, mas quer, sim, aprofundar cada vez mais essa hesitação e transformar a sua incompletude na matéria-prima mesma da beleza. É nesse sentido que se pode ler o novo livro de Mariana Ianelli, Fazer Silêncio, o quarto de sua trajetória poética singular. Porque se em sua poesia vemos um clamor pela redenção da linguagem partindo de uma redução fenomenológica da mesma às suas zonas de sombra, àquelas paragens essenciais que a constituem e, por isso mesmo, são as mais próximas de sua extinção silenciosa, não por acaso essa suspensão entre dois extremos, entre o não dito e o canto, é a responsável pelo efeito de encantamento que está na raiz de sua poesia. Tal oscilação faz o canto refluir às suas origens litúrgicas, dir-se-ia sacras, mas o movimento que nele apreendemos nunca é o de uma afirmação completa ou de um otimismo religioso que cantasse a onipresença impossível de uma plenitude dispersa no mundo. Pois isso seria como ignorar a face irrevogável do mal, que sopesa nossa existência por todos os lados e nos oferece sua face todos os dias, ou seja, seria armar um castelo de pureza artificial em meio à nossa miséria e assim nos imunizarmos do próprio movimento negativo da vida. Também, no dizer de Barth, apenas uma dialética imperfeita pode conciliar a idéia de uma harmonia cósmica, seja concebida por Deus ou outro nome que se lhe queira apor, e a existência inequívoca do mal, seja ele metafísico e ontológico, como mácula original de nossa condição e de nossa mortalidade, seja ético e moral, devido às nossas ações e suas respectivas conseqüências, seja meramente físico, relativo à corrupção material de nosso corpo e de todos os corpos, para lembrar a divisão ternária do mal segundo Santo Agostinho. Ao não se furtar a tal constatação, ao apreender o sagrado onde ele se dá como desvelamento, mas também como negação e miséria, Mariana Ianelli mergulha sua percepção nesse movimento a um só tempo eufórico e disfórico e dele desenterra a complexidade de sua poesia. Devido a isso, como observa justamente José Castello no prefácio, sua poesia não deve ser pensada como uma amplificação da divindade, mas como a matéria humana que o contato com essa divindade anuncia. Senão ela poderia ser entendida como uma louvação, e assim perderia o princípio negativo que a rege e, de modo geral, rege toda grande poesia. Tal tradição de uma sacralidade embebida no coração de uma experiência negativa ou da rarefação mesma de Deus no mundo é uma das linhas mais fortes da poesia moderna, tendo como suas principais vozes nomes como Rilke, Trakl, Benn e Bernhard, entre tantos outros. Nessa chave, o poeta seria aquele para quem o sagrado vem sempre marcado por uma falta, pelo sentido da carência, por um sinal de menos que paradoxalmente sinaliza a sua abundância: a falta que diz só é perceptível como falta devido ao transbordamento da sensibilidade do poeta que consegue, diferente dos demais, perceber o vazio do mundo, o vestígio que os outros nem mais percebem como vestígio, em contraste com a riqueza de sua experiência interior ou com o horizonte invisível de uma totalidade que nos foi alienada. Como diria Heidegger, apenas da mais funda constatação da carência que vivemos na noite do mundo, resultante de séculos de oclusão do ser pela metafísica de cunho entitativo, podemos desentranhar a luz. Apenas do radical mergulho no nada podemos dizer o ser. O poema seria o palco onde tal experiência negativa seria transfigurada, e o poeta, o cantor da existência (Dasein), aquele que, imerso nessa noite do mundo, imbuído de sua carência, mostra-nos a nossa mais vasta finitude para demonstrar-nos a vastidão da luz possível, que só nos tange quando se dissipa toda nossa ânsia de totalização que se queira imune às ruínas do mundo. Apenas quando fala em nós a privação e temos a ciência de que vivemos em um mundo absurdo damos o primeiro passo e, de todos, o mais decisivo, para a redenção ulterior desse mesmo mundo. A poesia de Mariana Ianelli apresenta essa mesma dialética quebrada. Mas é exatamente isso que faz dela uma sagração, lembrando o essencial caráter ambivalente do sagrado, tematizado por todos os autores admiráveis que já se debruçaram sobre o assunto. Percebe-se em muitos dos seus poemas, principalmente nos momentos mais belos, que o acesso ao sagrado nos é vedado justamente pela apostasia de Deus. A amplificação da divindade só nos oblitera o seu acesso, porque produz uma proporcional redução do elemento conflituoso, interno, contingente que toda manifestação do numinoso requer. Por isso ela produz essa visão derradeira:
É o elevado poder da
contingência, Só com o mergulho em nossa finitude e contingência o sagrado se realizaria e se desvelaria. Enquanto Deus pairar incólume, infenso ao domínio humano, que é uma das premissas do ceticismo, o sagrado não se realiza como potência, como desvelamento. Porém, não é a plenificação duvidosa do mundo, contrária ao deserto mundano dos céticos, que nos devolveria essa razão integral do mistério que nos funda e que é o alimento de toda a poesia. É no hiato dessa cisão que a poesia se desdobra, arco e lira tencionados pela voz. É assim que o silêncio (mudos) propaga o tempo, para que agasalhemos as coisas em seu lapso:
Damos calor às coisas
enquanto é tempo O silêncio tem um dom matricial, realiza fenomenologicamente o que a poesia aspira em sua essência, o que rege seu fundamento. Como retorno ao original, ele não é o fim do canto e da linguagem como comunicação interrompida ou um parti pris das coisas em seu mutismo, mas é sim a instância projetiva do real, a virtualidade de onde a linguagem retira todas as suas performances, o sopro por meio do qual a poesia anima todas as suas formas. Por isso a poesia de Mariana Ianelli, em um leque temático amplo e definido pela especificidade do que é tratado em cada poema, sempre nos sinaliza experiências ligadas ao originário: terra, estrela, gênese, pântano, mulher, estações, princípio, canto, noite, memória. A bela abertura de Gênese é um emblema desse movimento. Esboça essa origem que sempre se atualiza no devir que nos molda: Como ter chegado aqui?
Não sei quantos passos
precisamente,
Não o primeiro de uma
seqüência, Revertendo os princípios de uma escatologia, a origem é a figura de argila que esculpe cada instante, cada momento, e os inscreve em um domínio fora do tempo. O tempo corre do futuro para o passado. A revelação é quando essa gênese remota que nos une à matriz do mundo, ao axis mundi de que fala Mircea Eliade, se cumpre. A sua realização, pelo que se lê no poema, se dá principalmente pelo encontro. Por isso, para além da linguagem, o poema traduz uma conjunção singular de seres. O encontro não pertence ao tempo restrito e material de dois corpos. Está prefigurado em uma dimensão originária, que se perfaz no desvelamento do ser. Não é uma cadeia seqüencial, porque a Origem comporta todos os eventos simultaneamente e se atualiza na história a cada instante. Ela diz que todas as coisas que se doam e se realizam em um encontro animado pelas forças da origem já se encontraram desde a ancestralidade. Isso não nos retira a liberdade, mas apenas a devolve ao estado mítico que é a razão de ser que alimenta todas as liberdades circunstanciais que já existiram e que ainda estão por vir. O mito molda o real para que pelo mito o real possa transbordar de si. Essa ligação com o âmago das coisas é muito presente na poesia de Mariana Ianelli, pode-se dizer que é o seu eixo de sustentação. Mas a sua força poética radica no fato dos poemas não ostentarem essa relação de maneira clara e deixarem sempre em suspenso a possibilidade de reatar o fio que nos une ao mundo:
Intimidades da terra, Se o espaço interior do mundo (Rilke) que é onde se descortina a experiência do Aberto (Heidegger) guarda nossas intimidades, seria fácil as retermos e sustentarmos uma grande unidade cósmica transcendente. Mas ela seria, contudo, falsa, porque faltaria a ela o elemento humano, contingente, finito, derelicto, que é o fundamento de nosso ser e o princípio negativo que nos funda. Na medida em que o poema se pergunta pelos dons, seus e da terra, mostrando ignorá-los, revela poeticamente nossa insuficiência ontológica e desvela metafisicamente nossa condição finita. Isso dá espessura à poesia que o diz e, em conseqüência, torna mais complexo o terreno sacro que ela nos abre. Em Sacrifício, essa experiência do negativo chega às raias do completo abandono:
O homem de Deus perdeu
sua sombra, Na culminação dessa imagem poética belíssima há a marca da ação daquilo que nos desenraiza do mundo. Flores ceifadas, sem raiz, não podemos cantar o canto cheio e pleno de um Deus potente que preencha todas as partículas do mundo, porque fomos arrojados, somos decaídos, e nosso ser é um ser para a morte (Sein zum Tod). Também porque:
Um dia, assim será: o
juízo do tempo A descrição visceral dos trabalhos do tempo dá a dimensão de nossa indigência. A poesia de Mariana Ianelli, ao tratar dessa natureza de experiências, demonstra ser extremamente lúcida e consegue a beleza que consegue graças à percepção desse nosso destino. Sua argúcia não é só poética, portanto, mas está ligada a uma percepção existencial, o que não é dizer pouca coisa sobre ela. A angústia da finitude e a insuficiência ontológica que nos fundam produzem um movimento de negação. Ele diz que Deus não é mais possível, porque o seu sentido pode conter a mortificação:
Na explosão de uma só
gota d’água, Mas que a vida sem raízes também produziu e continua produzindo morte e destruição em sua imanência técnica e de pura produtividade material. Trata-se de uma poesia que de maneira muito sagaz capta o sagrado nesse liame, e assim nos presenteia com a encenação da morte e da transfiguração de uma divindade que finalmente faz as pazes com os homens: finalmente enterramos Zeus e assim o humanizamos. Mas isso ainda não nos garante a paz, o sentido e a almejada plenitude:
Chove sem significado, É a falência do humanismo, que se quer como salvação ao propor a morte dos deuses e ao projetar o homem como centro virtual de todos os desempenhos temporais, mas que só produz mais miséria e mais aviltamento, sob uma chuva que esvazia o mundo de sentido e por meio de uma violência que se legitima paradoxalmente recorrendo ao amor. A passagem do mundo dos deuses ao mundo dos homens com o enterro de Zeus, da plenitude numinosa à vigência puramente terrena, não nos livra de nossa miséria. Ao contrário, a acentua, porque embora não recorramos à ação de forças divinas que fossem as responsáveis pelo agenciamento de nossa fortuna, é pelos desmandos no trato com o amor que ocultamos nossa torpeza e endossamos a morte pelo recurso malicioso à fraternidade. É apenas com a apreensão desse movimento duplo que a vida nos oferece em seu misto de esplendor e corrupção que a poesia pode se realizar em toda a sua potência. Assim, e somente assim, conseguimos dar o salto qualitativo. Por meio desse salto, a poesia nos resgata de nossa queda livre, de nossa queda no nada somente por meio da qual este nos restitui o ser:
Do céu à terra, punhal de
chuva, Esses belos versos, com direito a uma imagem de primeira (punhal de chuva), deflagram um dos elementos seminais da poesia de Mariana Ianelli. A felicidade da queda é a aceitação da finitude, da morte, da contingência, porque sabemos que os deuses não precisam de legitimações exteriores e muito menos de nós, mas nossa humanidade precisa deles, para se cumprir em sua perfeição transitória e no efêmero percurso de nossas vidas sobre a Terra. Só assim a poesia pode soprar além da linguagem, não como uma entrega derrotista à afasia e ao mutismo, como costuma ser a maior parte da poesia que lida com essa natureza de conceitos, mas sim como corolário de uma experiência de limite que se cumpre para além da letra. Seja em espírito, seja em poema, seja em canto, tal experiência acaba por minimizar o papel da mediação formal na tarefa de encarnar a beleza. E se o faz, não o faz por descuido, mas por refinamento e maturidade, pois a resgata em um mais-além, superada a falsa dicotomia entre a flauta e o sopro, entre o arco e a lira, que são, com o silêncio, enfim assimilados e transfigurados no fluxo puro da música. [Rodrigo Petronio]
Plínio Cabral apresenta no livro A Falência do Estado Moderno, um estudo da vida social, do desenvolvimento e dos conflitos, mostrando que o Estado, como organismo gestor da sociedade, deixa de cumprir suas funções. Segundo o autor, há uma contradição entre os objetivos das minorias governantes e os interesses das maiorias. As maiorias não conseguem ver além do imediato. As minorias, geralmente, têm um projeto mais avançado. Mas hoje essas maiorias tornam-se mais ativas, graças aos meios de comunicação, e sua visão amplia-se. Entre outros fatores, a violência e o terrorismo são sintomas visíveis da falência do Estado, de sua desestruturação e desvinculação do povo e da sociedade. O gigantismo do poder tende a esboroar-se: a própria globalização atua contra o Estado que se decompõe e perde suas próprias fronteiras. As economias informais se apresentam como respostas à pressão fiscal e as comunidades atuam à margem do Estado, produzindo suas próprias leis. A Falência do Estado Moderno é um estudo sociológico, publicado há vinte anos, análise revolucionária e avançada que o tempo veio confirmar, quando mostra a deterioração dos governos que, especialmente nos países subdesenvolvidos, transformam-se em instrumentos da corrupção mais deslavada, apropriando-se do dinheiro público para benefício próprio. Plínio Cabral é formado em Jornalismo e Direito, com marcada atuação na vida cultural e política do País, tendo desempenhado importantes funções tanto em entidades públicas como privadas. É romancista consagrado e suas obras conquistaram os mais importantes prêmios literários do País. Seu romance O Riso da Agonia (Escrituras Editora) recebeu o Prêmio da Associação Paulista de Críticos Literários, laureado como o melhor romance do Brasil, em 2002. Coube-lhe também o Prêmio Passo Fundo Zaffari & Bourbon de Literatura 2003, o que colocou definitivamente sua obra como uma das mais importantes na literatura contemporânea. Além de romancista, Plínio Cabral é autor de várias obras em Comunicação e Direito, em que se destaca pelo seu estilo fluente, tornando a lei acessível ao povo em geral, o que é, como sempre proclama, seu objetivo ao escrever. Advogado em São Paulo, destaca-se em sua especialidade, como civilista, na área de contratos e direitos autorais. Integra importantes organizações profissionais, como a Associação Brasileira de Direitos Autorais, o Instituto Interamericano de Direito do Autor e a Comissão de Direito Imaterial da OAB-São Paulo. Na área autoralista tem importantes obras de referência, destacando-se, entre elas, Revolução Tecnológica e Direito Autoral, Princípios de Direito, Comentários a Nova Lei de Direitos Autorais, Dúvidas e Controvérsias em Direito Autoral, esta uma obra de grande sucesso graças a sua análise precisa dos problemas surgidos com o advento da Lei 9.610. Exerceu atividades importantes na vida pública, tendo sido Secretário-Chefe da Casa Civil do governo do Rio Grande do Sul, seu estado natal. Como jornalista, tem colaborado nos principais órgãos de imprensa do País. Foi professor universitário e é conferencista. De sua experiência política escreveu dois livros. Um deles, Política sem Cartola, é uma sátira e crítica candente dos nossos costumes políticos, mostrando a deterioração do poder, o favoritismo, a barganha, a troca de interesses e a influência comprada por cargos e benesses.
Talvez outros críticos focalizassem o que os poemas deste novo livro de Sergio Cohn têm de sintético, valorizando a precisão de um epigrama como fazer um poema ontem/ como o amor de amanhã. (outros críticos? não estarei sendo otimista? - mais ainda, depois da repercussão por demais discreta de um livro com o fôlego e importância de Cidade Vertigem de Afonso Henriques Neto, também lançada pela mesma Azougue Editorial do mesmo Sergio Cohn?). Mas penso ser preferível dar atenção à continuidade de O Sonhador Insone com relação a seus livros anteriores, Lábio dos Afogados e Horizonte de Eventos. Caberia até, na hora oportuna, uma edição conjunta dos três livros, permitindo uma visão panorâmica do que esse bom representante da vertente imagética da ‘geração 90’ vem escrevendo. Ficará claro que a continuidade é uma qualidade, por revelar consistência, além de coerência com sua atuação como editor e divulgador de poesia de qualidade. A leitura desse conjunto da obra oferecerá sempre o mesmo retrato de um viajante à deriva pelas duas grandes metrópoles, São Paulo e Rio de Janeiro - uma delas, ou ambas, uma cidade de desesperos controlados -, e por outros lugares, pois do alto da serra/ rasgamos as cortinas do ar, tendo visões diurnas de que uma chama/ começa a corroer/ a carne do ar, ou noturnas de estrelas/ como agudas suturas/ em relevo. São poemas que falam do dia, da noite, do vento, do mar, de estrelas, do fogo, do amor, do erotismo - em suma, da vida e do vício de estar vivo/ entre pares. No lugar da descrição plana, chapada, dos realistas, ou enfeitada dos beletristas, estão as imagens de raiz baudelairiana e rimbaudiana, inclusive pelas sinestesias ou correspondências de um calor azul ou por aparentes (e inteligentes) paradoxos como aquele do título deste seu livro mais recente. É central em Sergio Cohn a relação entre poesia e vida, e a capacidade de enxergar poeticamente, por vezes de modo visionário ou alucinatório, se iluminando de alheio, o visto e vivido. Seu empreendimento consiste em procurar elevar a experiência imediata à categoria de experiência poética, liricamente, e não em rebaixar o escrito à vida cotidiana, como se observa em alguns contemporâneos. À viagem por geografias e topografias físicas corresponde outra, pelo mundo simbólico. Confundem-se o leitor e aquele que contempla o mundo e frui a vida. Talvez seja um truísmo lembrar que Sergio Cohn, além de poeta, é um editor; e que sua revista Azougue, iniciada há mais de dez anos, começou apresentando, além de contemporâneos, traduções de Gary Snyder e Breton. Por isso, é até fácil - talvez demasiado fácil - discernir em seus poemas, no conjunto da obra já publicada, as marcas dessas duas grandes vertentes, o objetivismo beat e a imagética surreal. Um caminho mais produtivo seria ler Sergio Cohn como um insuspeito pessoano, um Alberto Caeiro atualizado, pós-beat e pós-surreal, animado pela mesma busca da unidade, da fusão entre o ser e o perceber. Qualquer que seja o percurso da crítica, importa mostrar como procede a uma síntese pessoal; como vozes de procedências distintas se compõem e integram da construção de um “eu” lírico que se faz e desfaz na experiência poética; e que, ao fim, corresponde ao próprio autor, ao personagem real Sergio Cohn, o poeta em tempo integral, inclusive ao atuar como editor e divulgador da poesia dos outros. [Claudio Willer] parceiros da agulha nesta seção
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