revista de cultura # 50
fortaleza, são paulo - março/abril de 2006






 

César Moro: ¿bilingüismo o translingüismo?

Martha L. Canfield

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Moro nació extranjero en Lima en 1903
y murió en Lima, extranjero, en 1956.

Américo Ferrari

Celui qui lit ces lignes
ne connaîtra jamais
leur valeur d'appel.

César MoroEstos versos fueron escritos por Moro en 1933, al regresar al Perú después de haber pasado ocho años en Francia, adonde había llegado a los veintidós y donde había establecido relaciones de amistad con Breton, Éluard, Reverdy, habiendo colaborado además con la revista Le surréalisme au service de la Révolution. Había abrazado la causa del surrealismo como si, más que un movimiento literario y artístico, se hubiera tratado de una escuela de vida; y a los principios del surrealismo permaneció siempre fiel. Sin embargo, después de la publicación de Arcane 17 (1947), Moro se distanció de Breton, considerando que éste había banalizado los aportes de Freud y afirmando su propia convicción de que la heterosexualidad y la homosexualidad son modalidades distintas aunque igualmente legítimas de la expresión sexual. Dada la lucidez con la que Moro se refiere a las posibles causas del comportamiento sexual, es inevitable pensar que fuera al mismo tiempo muy lúcido respecto a su propia condición, de alguna manera vinculada a sus elecciones lingüísticas, como veremos. Dice en la famosa crítica adversa:

La afirmación de que todo ser humano busque (sic) un único ser de otro sexo nos parece tan gratuita, tan oscurantista que sería necesario que el estudio de la psicología sexual no hubiera hecho los progresos que ha hecho para poder aceptarla, o pasarla por alto siquiera. ¿Acaso no sabemos, por lo menos teóricamente, que el hombre persigue a través del amor la satisfacción de una fijación infantil más o menos bien orientada, más o menos aceptada por el super-yo, por la sociedad? ¿No lo enriquece más bien con una especie de fatalidad dramática determinándolo ya desde la infancia?[1].

Tal vez por respeto al fundador del surrealismo, a cuya difusión Moro se iba a dedicar durante toda su vida, Moro no quiso romper su amistad con Breton, no obstante las divergencias de opinión. Breton a su vez, según el testimonio de Américo Ferrari, todavía en 1952 hablaba de él con profundo afecto[2].

Pero lo que más impresiona en la historia personal y en la obra de Moro, aún más que esa angustiosa llamada que él lanza a través de su poesía visionaria e incontenible y al mismo tiempo lúcida e irónica, es el hecho de que haya adoptado el francés en edad adulta y que esta adopción haya sido definitiva.

Moro no es el único poeta de lengua española que, tras el seductor estímulo de las vanguardias centralizadas en París, decidiera adoptar el francés como su propia lengua. Lo mismo hicieron el chileno Vicente Huidobro y el español Juan Larrea. En este último el francés parece asociado al género poético: de hecho dejó de escribir poesía en 1932 y cuando más tarde empezó a elaborar su obra en prosa, regresó definitivamente al castellano. Más complejo, y tal vez más interesante, para quien estudia el efecto de un idioma sobre otro, es ese ir y venir de Huidobro entre el español y el francés durante los años centrales y más intensos de su ejercicio creativo. Una génesis muy compleja revela su obra maestra Altazor (1931), en la cual es posible estudiar la relación estimulante y desencadenante que un idioma ha ejercido sobre el otro[3]. Pero Altazor fue la última creación en la que Huidobro se sirvió del francés. Después regresó definitivamente al español y hasta su muerte, ocurrida en 1948, publicó todavía unas diez obras más, en verso y en prosa.

El caso de Moro, en cambio, es muy distinto y tal vez único en la historia de la poesía hispanoamericana, justamente porque su cambio de idioma fue definitivo y radical, aunque con un breve paréntesis muy significativo: La tortuga ecuestre[4].

Como se dijo antes, Moro se embarcó para París a los veintidós años. El bagaje que llevaba consigo consistía fundamentalmente en su vocación de pintor, unos pocos poemas escritos y el nuevo nombre que se había dado y que ya había impuesto a su familia. Alfredo Quíspez Asín se había transformado en César Moro y éste había sido el primer paso de varios destinados a crearse una nueva identidad, separándose de sus orígenes.

Al llegar a París, Moro adoptó inmediatamente el surrealismo; y éste fue otro paso importante, en cuanto la identificación con una forma de expresión anticonvencional y antitradicional, nueva y libre, que se proponía hacer surgir todo lo que la educación enseña a reprimir, significaba para él sobre todo la realización de lo que era más importante a sus ojos, es decir, la libertad.

La adopción de la nueva lengua, sobre todo en ámbito poético, fue menos inmediata. Sabemos que él había empezado a escribir poesía en español; pero en París dejó de hacerlo, encerrándose en un silencio de incubación. Cuando volvió a escribir, algunos años más tarde, ya lo hacía en un francés perfecto, e incluso lúdico. André Coyné ha demostrado que la poesía de esos años fue recogida por el autor en dos cuadernos que entregara respectivamente a Breton y a Éluard y que ambos cuadernos, desdichadamente se perdieron. De Éluard queda sin embargo una carta donde comenta las "admirables" composiciones de Moro, en las que encuentra "la poesía que ama por encima de todo"[5].

En 1933 Moro regresó al Perú y la excepcionalidad de su caso, así como su diversidad respecto a otros escritores que han adoptado como lengua literaria una distinta de la materna - ya sea transitoriamente, como Huidobro o Larrea, ya sea alternativamente como Beckett, o definitivamente como Conrad o Canetti -, está en el hecho de que Moro siguió escribiendo en francés aunque nunca más volviera a Francia, transcurriendo el resto de su vida en países de lengua española, del 33 al 38 en Perú, del 38 al 48 en México y luego de nuevo en Perú hasta su muerte, en 1956. Mientras tanto, una mínima parte de lo que escribía se publicaba en ediciones mexicanas o peruanas, pero siempre en francés: Le château de grisou, Lettre d'amour, Trafalgar Square[6].

Otro hecho absolutamente excepcional del caso de Moro es que también su lengua cotidiana siguió siendo preferiblemente el francés, incluso en las cartas que mandaba desde México al amigo Westphalen. Rara vez escribía una postal, o una breve misiva en español, y cuando lo hacía cometía errores ortográficos tan grotescos que no se puede dejar de pensar que quisiese estropear el idioma que había rechazado[7]. Veamos un ejemplo; en la carta del 1.10.46, después de un párrafo bastante largo, correctamente escrito, dice:

Debes haber rezivido ya carta mía, la puse al correo hace unos diaz después de aberla tenido guardada. Convensido de que la avía enbiado ya. [...] Reciviste la rebista "Mañana"? No? Por qué? Cuándo? Porque cuando la recibas hasme fabor de dezirme que te parese. "Qué te parese el serrano un bandido! Proposiciones de cierto género [...]

Ivald GranatoLos errores, indicados en negrilla, son más bien inverosímiles. La segunda mitad de la carta está escrita sin errores. En otra carta, de las pocas escritas en su lengua materna, usa mexicanismos e inmediatamente los traduce entre paréntesis con el vocablo más usado en Perú (por ejemplo, "elote", que traduce "choclo"); o bien deforma con ironía las palabras (intelectuales se vuelve "telectuales"); usa arcaísmos ("leelle" y "envialla" en lugar de leerlo y enviarla), francesismos ("grippes") y sobreposiciones lexemáticas ("furúnculos menazantes", probablemente de furoncles menaçants, en vez de forúnculos amenazadores o amenazantes).

Hay que deducir que Moro, no solamente quiso cambiar su lengua materna, sino que incluso renegó de ella, llegando a deformarla y estropearla cuando se veía obligado a usarla. Cuentan testigos de sus últimos años de vida, que él vivía en Lima como "exiliado" en su propia ciudad, hablando casi excusivamente en francés, e incluso en un francés que se iba volviendo cada vez más personal y que "literalmente casi nadie comprendía en torno suyo"[8].

Y vamos al nudo del problema. Está demostrado que entre la madre y la lengua materna (o "madre-lengua") existe una conexión estrecha. Algunas expresiones metafóricas - que se repiten de un idioma a otro, como "madre lingua", "mother tongue", "alma mater", etc. -, sugieren que la función del lenguaje se adquiere y se aprende en contacto directo con la madre, se absorbe junto con la leche materna[9]. En muchos idiomas, además, la palabra que indica el seno materno es semejante a la que indica a la madre. Y el sonido "mm", que en muchísimas lenguas forma parte del vocablo usado para decir "madre", y que sin darse cuenta muchos adultos pronuncian en momentos de calma interior, podría expresar la fantasía de estar unidos a la madre mientras se succiona la leche: en efecto, éste es el único sonido que se puede pronunciar con la boca cerrada[10]. "Sumergido en un baño de palabras", el niño ya antes de hablar, aprende el sentido de las palabras y los nexos entre las palabras y las cosas, en una red inextricable de vivencias emotivas y perceptivas[11].

Independientemente de cómo y hasta qué punto Moro se apropiara del francés[12], es necesario recordar que él no fue un caso de bilingüismo precoz donde, al lado de la figura materna asociada a una lengua, está la figura del padre o de una "vicemadre" asociados a otra lengua[13]. Por lo mismo cabe preguntarse qué cosa quiso aniquilar dentro de sí - seguramente era algo que sentía como terrible - al comprimir la lengua materna hasta hacerla casi desaparecer. ¿De qué vivencia, de cuál complejo vínculo afectivo, de qué memoria insoportable habrá querido liberarse, cambiando de país, de nombre y de lengua en un insólito acto triplemente simbólico? Para juzgar la poesía de Moro alcanzan las ciencias literarias y, más sencillamente, para gozar de ella, para sorprenderse ante su originalidad y su gracia, basta leerlo:

      Baudelaire

Beau de l'air de la nuit

Beau de la glace de la lune

Beau de l'eau de l'air

Eté et hiver beau

Bel oiseau de l'air

[De Pierre des soleils]

Basta también dejarse ir en el vórtice de sus imágenes[14] para comprender la profundidad de sus heridas y cuánto la lengua francesa haya sido en su expresión justa y eficaz, perfectamente adherente a su imaginación cósmica e hiperbólica, a su mirada visionaria, que lo materializaba todo, sentimientos, conceptos, dando cuerpo y color a todo, permaneciendo pintor incluso en su escritura[15].

Je pense à ton corps faisant du lit le ciel et les montagnes suprêmes de la seule réalité

avec ses vallons et ses ombres

avec l'humidité et les marbres et l'eau noire reflétant toutes les étoiles

dans chaque oeil

[...]

Vainement je demande au feu la soif

vainement je blesse les murailles

au loin tombent les rideaux précaires de l'oubli

à bout de forces

devant le paysage tordu dans la tempête[16]

(De Lettre d'amour)

Ivald GranatoPero para penetrar en la zona secreta, y tal vez desconocida aun para sí mismo, donde dos identidades se combatían, la lectura de los textos puede servirse del psicoanálisis y penetrar en sus motivaciones psicológicas. Por ejemplo, el nombre que se había dado tiene seguramente que ver con Julio César, el conquistador de la Galia y con las grandes expectativas de Moro, con el enorme impulso de sus sueños juveniles. Sin embargo, un verso sugiere de pronto motivaciones menos claras, más ambiguas e inquietantes:

Chiens et chats = Jules César

En este verso de Pierre des soleils, la homofonía del primer término (homofonía que sería imposible en español) parece querer esconder la noción de lucha connotada por el acercamiento de los dos semantemas perro y gato. Luego, el conjunto paradójico (sonido semejante, significados opuestos) es igual a Julio César. En otras palabras, detrás de la aparente armonía se cela un mal escondido conflicto.

Para entender la dimensión de ese conflicto, una posible pista es la homofilia de Moro, en conflicto con la sociedad convencional y gazmoña de la Lima de los años 30 y 40, inadmisible para su familia y para los principios en los que fuera educado. Por su parte parecería que, a pesar de la lucidez demostrada en la citada crítica adversa de Arcane 17 de Breton, Moro no vivió siempre con verdadera libertad su condición. Las breves reconstrucciones biográficas y los comentarios críticos a su obra, han sido acompañados generalmente de un gran pudor y mucha reserva, aun por parte de quienes más lo frecuentaron, como Emilio Adolfo Westphalen y André Coyné. Pero, no obstante, algo se intuye y algo denuncia su poesía misma. Dice Álvaro Mutis:

Moro fue uno de los seres más indescifrables, complejos, lastimados y desvalidos que han existido [...] Su condición de homosexual lo hacía padecer auténticos infiernos, comparados con los cuales los de Cernuda, por ejemplo, eran simples paraísos de huríes masculinas [...][17]

Debió ser más fácil para Moro vivir su sexualidad en París que en Lima, especialmente a los veintidós años. Pero no parece motivo suficiente para que tuviera que buscar una nueva identidad con nombre nuevo e idioma distinto.

Si es cierto, como se ha señalado más arriba, que la figura de la madre y de la lengua materna están estrechamente vinculadas desde el punto de vista psicológico, para entender el gesto de Moro habrá que ir aún más atrás del descubrimiento de su sexualidad. Habrá que ir tal vez a la impresión preponderante de exilio en la que él vive, impresión antigua e "inexplicable", inconscientemente vinculada a la imagen de su madre.

Poco sabemos de sus relaciones con ella; pero en los poemas y en las cartas el poeta mismo dice mucho de ese asedio constante del dolor, con una fuerza tal que doblega su voluntad, que lo obliga a un "exilio" permanente, no sólo literal sino también existencial y metafísico, y a un "olvido" defensivo y al mismo tiempo amargo porque aniquila una parte de sí mismo:

Pour une meilleure lumière

Je guerroie

Amertume

Par un mortel oubli je suis servi

[...]

A peine un cri

Et tout redevient ce grand silence

Cadencé et vorace

Marqué de blessures profondes[18]

El dolor es para Moro una especie de prisión perpetua en la que ve su propio quebranto, sin que le sea posible racionalizar la situación ni mucho menos actuar para modificarla:

Tout le drame se passe dans l'oeil et loin du cerveau[19].

Imposible contar, confiesa Moro en una de sus cartas, "lo que puede sufrir un ser humano que a veces desconozco y que siento como un extranjero enloquecido dentro de una casa vacía"[20]. En los poemas y las cartas se repiten las palabras "dolor", "sufrimiento", "exilio", "fuga", "persecución": "Vivo tan atormentado, tan turbado, tan perseguido siempre!"[21].

Para defenderse de este asedio, Moro buscó refugio en la "patria" del surrealismo y en la lengua francesa. Y el francés funcionó para él como un elemento equilibrador en la economía de su psiquis. Simona Argentieri y sus colegas han resumido en cuatro las funciones que una lengua puede tener para el individuo bilingüe o plurilingüe: ella puede constituirse como "lengua olvidada", "lengua prohibida", "lengua salvada" (es el caso de Elias Canetti y también el famoso título de uno de sus libros) y "lengua que salva". Bien, para Moro el francés fue sin duda la lengua que salva, mientras que el español, asociado a las primeras emociones y sensaciones de la vida ("lait musical" es una expresión suya), permaneció para él indisolublemente vinculado a la pulsión regresiva-fusional. De ahí la compulsión de huida, la búsqueda de una nueva identidad, la angustia y las muchas vacilaciones cuando debía decidir el regreso a la patria, mientras la figura materna se levantaba en la memoria del Perú como la razón fundamental para empujarlo a volver, en contraste con los "terrores infantiles" que lo inmovilizaban.

En las cartas publicadas por Westphalen, desdichadamente sólo en traducción española, Moro habla poco de su madre pero la menciona a menudo:

Ivald GranatoGracias si llevas su carta a mi madre. [...] Me he dicho luego que tengo mis amigos, es decir a ti, a mi madre (13.6.45) [...] Estoy muy inquieto y te ruego te comuniques por teléfono con mi familia y me escribas inmediatamente acerca de lo que ocurre. Hace mucho tiempo que no recibo ninguna noticia de mi madre (5.7.46) [...] Tu carta me ha dado mucho gusto y me ha producido mucha inquietud porque, sin más explicación, me dices que mi madre está en cama y mejor. Yo no sabía que estuviera enferma y como no me explicas nada, me ha producido disgusto (1.10.46) [...] En el Perú tengo una madre y aquí tengo al hijo de A. al que adoro (17.10.46) [...] Recibí una carta de mi madre donde me anuncia que todo está arreglado respecto a mi viaje (19.10.46) [...] No digas, si ves a mi madre, que viajaré en avión para evitarle la angustia (9.2.48).

En el conjunto hay dos muy significativas, aquellas en las cuales trata de explicar por qué siente que debe regresar al Perú. Las cartas están escritas a distancia de pocos meses una de otra, en 1945, de lo que se deduce que, a pesar de sus protestas y de sus "buenos propósitos", Moro se quedó en México tres años más. En la primera carta dice:

Debo comunicarte que he decidido, si puedo, regresar al Perú lo más pronto posible [...] es tiempo que regrese como adulto, sin terrores infantiles y que mire mi realidad a la cara [13.6.45, las bastardillas son mías].

La otra carta empieza con un reproche a Westphalen, que evidentemente se había lamentado de no haber entendido algo de la carta anterior de Moro, pues Moro no soporta que el amigo demuestre fallas en el conocimiento del francés[22]. Luego le vuelve a explicar por qué debe regresar al Perú, aunque ello le resulte muy duro:

Eres inaudito al decirme que no comprendes mi última carta; sin embargo yo la creía muy clara; no quisiera pero tengo que volver allá. Es muy posible que yo haya conservado el recuerdo de una época terminada, pero al lado de eso hay para mí el imperativo de mi madre. No me resigno a abandonarla. Estoy obligado moralmente a reverla, a hacer algo por ella; aunque no fuera sino para hacer más llevadera su vejez con mi presencia, con mi horrible presencia. Al mismo tiempo no se trata en mi caso de desear cambiar de ambiente: me encuentro tan bien o tan mal como en cualquier parte [15.11.45, las bastardillas son mías].

En la carta se pone en evidencia el sentido de culpa respecto a su madre, a la cual no debería abandonar, mientras sabemos que en realidad él siguió postergando el regreso por varios años. Por mucho que se diga a sí mismo, razonablemente, que es hora de volver y sobre todo que es hora de dejar los terrores infantiles, se sigue quedando en México.

Evidentemente algo más inmovilizaba a Moro y podemos creer que fuera el amor doloroso - ya no más correspondido - al que se refiere en las cartas al amigo fraternal, con mucho pudor, pero sin ocultar la intensidad de sus sentimientos. Este sentimiento y la historia de esta pasión están en la base de los únicos poemas que Moro escribiera en español, recogidos en un volumen que permaneció inédito hasta su muerte y que conocemos gracias a la solícita intervención de André Coyné. Se trata de La tortuga ecuestre, para muchos la obra maestra de Moro. Y aquí llegamos al segundo nudo, o sea al más íntimo y secreto de la vida, de la poesía y de las elecciones lingüísticas de Moro.

La tortuga ecuestre está compuesto por trece poemas y cinco cartas de amor - en verdad poemas en prosa -, precedidas por una composición en verso que revela el nombre del destinatario en una elocuente anáfora:

ANTONIO es Dios

ANTONIO es el Sol

y se cierra en un anillo mágico de pasión y de prisión fatales:

ANTONIO es toda la Dinastía de los Ptolomeos

         México crece alrededor de ANTONIO

En otro lugar al que remito al lector por premura de espacio[23], he podido estudiar cómo la pasión erótica que nutre estos versos encuentra un modelo de referencia en el mito de Prometeo y cómo para Moro el destino del amante y del poeta se resumen en la conclusión de Rimbaud: "Entonces el poeta es verdaderamente un ladrón de fuego". Esta pasión volcánica que se expresa a través de una poesía igualmente volcánica, como una lava ardiente, se configura mediante una rica isotopía del fuego, en la cual el humo (muchas veces mencionado) quiere indicar las huellas - por lo tanto la certeza pero también la pérdida - de una presencia que acaba de desaparecer. Del mismo modo el fuego significa la epifanía: la gracia de la revelación, seguida por el dolor de la pérdida. "¿Por qué de mí huiste habiéndome herido?": no es impertinente la comparación con San Juan de la Cruz si se comprende que el sufrimiento del amor y del abandono llevan a Moro a un estado de extrañamiento del mundo que genera en él una forma de pasión como padecimiento, que psicológicamente se acerca mucho al éxtasis místico:

Soy el santo de los santos. El receptáculo de tu amor. Gracias a ti, de este fuego que ha quemado toda impureza[24].

Pero más a menudo el sentimiento predominante es el de haberse acercado a una fuente prohibida y la sospecha de que el fuego que lo ha tocado no le ha sido concedido, sino al contrario, él se ha apropiado abusivamente, por lo que ha debido perderlo inmediatamente después. De ello deriva la nostalgia desgarradora, las interminables esperas en ese estado de aturdimiento que las cartas comunican tan bien, el deseo desesperado de anularse en el sentimiento mismo, dado que ya no puede hacerlo en la beatífica fusión amorosa: "Abrásame en tus llamas poderoso demonio; consúmeme en tu aliento de tromba marina", o bien "dispérsame en la lluvia"[25].

Entre La tortuga ecuestre y los otros poemarios de Moro, la diferencia está, mucho más que en el idioma escogido, en el tono extremo y fatal de esta poesía de amor, en la tiniebla que la envuelve, ya desde el epígrafe de Baudelaire ("Les tenebres vertes dans les soirs humides..."), en el sentimiento paradójico - se diría "antipascaliano" - de claustrofobia cósmica, por el cual el yo poético se siente encerrado en habitaciones infinitamente dilatadas, hasta el punto de que el techo se confunde con el cielo y la cama se encuentra a "mil pies debajo del mar", la almohada "está húmeda de lluvia en el centro del bosque". No podría ser de otra manera cuando en el Visitante frente y luna se confunden, cuerpo y árbol, cabeza y "montaña de oro y de nieve".

Con el humo fabuloso de tu cabellera

Con las bestias nocturnas en los ojos

Y tu cuerpo de rescoldo

Con la noche que riegas a pedazos

Con los bloques de noche que caen de tus manos[26].

Es muy indicativo que la primera palabra del primer poema de La tortuga ecuestre sea "incesto". Para quien cree en la lógica inflexible de los procesos del inconsciente, en este contexto la palabra "incesto" parece funcionar como una bisagra que une y separa, que articula digamos, los dos amores más peligrosos de la vida de Moro, los que implicaban para él, junto con el uso del español, la tentación aniquiladora de la fusión regresiva y beata. Mucho habría que agregar para distinguir entre ambas pasiones, pero eso no es posible aquí por razones de espacio.

Ivald GranatoSiguiendo la lógica de los procesos del inconsciente, tampoco puede ser casual que la temática de la "palabra obscena" aparezca en este poemario asociada a la imagen del humo, "excremento del fuego" según Bachelard[27]. Si el fuego es la revelación y la gracia, al "ladrón de fuego" no le queda al fin más que el humo; por lo tanto en el acto de la verbalización, lo que se expresará no será lo sublime del deseo, sino la bajeza de la culpa. Y dado que el ladrón de fuego es sobre todo el poeta, sus palabras serán, justamente, "poemas obscenos":

Tu aliento es humareda de ignición de poemas obscenos tu aliento precipitándose a mansalva sobre campos inmensos bajo la luna[28].

Muy sugestivo es también el hecho de que el único poema donde no aparece el "tú" - cuya identificación se revela en las Cartas - hable de "la pérdida de las facultades", "la adquisición de la demencia" y las patologías del lenguaje, en especial la afasia y la homologación estereotípica de la expresión, como de algo que procura "embriaguez":

El estupor

El estupor de cuentas de cristal

El estupor de vaho de cristal [...][29]

En el mismo poema finalmente se asocia este "estupor" a "bocas de dientes de azúcar", a lenguas que renacen y que mueren y a "senos opulentos bañados de miel". La composición sigue literalmente las reglas surrealistas de la escritura automática, por lo cual no hay soportes referenciales muy evidentes, las asociaciones libres se suceden en una cadena de imágenes imprevisibles, con repeticiones y paralelismos que crean, más que un "significado", una atmósfera, impresiones, alusiones... En las Cartas, en cambio, hay una mayor lógica sintáctica, más acorde con la intención dialógica y confesional que denuncian.

La historia de esta pasión empezó en México - según lo que se deduce de los textos mismos - entre noviembre y diciembre de 1938. La tortuga ecuestre está fechada 1938-39 y en el 39 la relación había terminado. Sabemos también que los sentimientos de Moro no se apagaron sino con el alejamiento de México y de la persona amada. Sin embargo, aun amando y sufriendo, Moro logró recuperar el dominio de sí mismo, como lo demuestra el hecho de que vuelva a usar exclusivamente el francés, sobre todo en la producción poética: Le château de grisou (1939-41), Lettre d'amour (1942) e Pierre des soleils (1944-46)[30].

En esta tercera fase de la poesía de Moro, si consideramos primera la producida en París y segunda la de La tortuga ecuestre, encontramos, asociada a su típica imaginación onírica y surrealista, una estructuración poética más meditada y una escritura más transparente, se diría "menos automática". El sentimiento de amor no arrebata la expresión, como antes, y por lo mismo ésta resulta más explícita; pero la ausencia de la persona amada y el dolor por esta pérdida se dejan sentir constantemente, casi en cada poema, sobre todo en Le château de grisou. Y es muy significativo que la ausencia se defina como ausencia de la palabra del amado, que esta privación se considere muy dura de soportar en el tiempo y que además aquella palabra (que como sabemos pertenece a la lengua española) se asocie a la "leche musical" que nutre, pero de la cual no obstante es necesario "destetarse":

À l'aube du château les arbres

Parlent

Il est question de la victoire sur le temps

De la continuité sublime de nos rapports oraux

Question de savoir si je tiendrais longtemps

Sevré du lait musical de ta parole[31].

En 1948, después de muchas vacilaciones, Moro regresa al Perú. Es el mes de abril. En diciembre del mismo año conoce a André Coyné y este encuentro se demostrará fundamental, tanto como lo había sido la lengua francesa en el momento de la definición de su nueva identidad. Ahora, al regresar de México, todavía lastimado por esa gran pasión que había despertado, junto con la lengua de la infancia, los estratos más profundos y traumatizados de su psiquis, Moro encuentra una persona de lengua francesa, con la cual reconstruye su equilibrio afectivo y vuelve a comunicar exclusivamente en la "lengua de la salvación". Coyné será, en efecto, hasta la muerte de Moro, su fiel compañero.

Moro produce en estos años otros dos poemarios, Trafalgar Square y Amour à mort[32], y deja muchos textos inéditos, algunos de los cuales serán recuperados en ediciones póstumas. En las composiciones de Amour à mort resulta recurrente la imagen de los "dióscuros", los gemelos divinos que se enfrentan en un "juego predestinado", con pericia, con gracia, con risa, contra un cielo azul "pur [...] plus que l'air", pero también con un erotismo despiadado y definitivo, "amour à mort", que se complace en "nacer para morir por el fuego" (naître à mourir pour le feu)[33].

En la fuerza provocadora de ciertos adjetivos usados por Moro en sus últimos escritos, así como en la ambigüedad muy sugestiva de ciertas expresiones de Coyné[34], se adivina que los últimos años de su vida Moro los vivió, si no con "escándalo" - como dice él mismo en el título de un famoso poema[35] -, con libertad: o sea, podemos creer, con mayor serenidad y acaso también con dicha. Volvamos a leer algunos de sus ultimos versos, escritos, como no podía ser de otra manera, en la que para él fue la "lengua de la salvación":

Il faut porter ses vices comme un manteau royal, sans hâte. Comme une auréole qu'on ignore, dont on fait semblant de ne pas s'apercevoir.

Il n'y a que les êtres à vice dont le contour ne s'estompe pas dans la boue hialine de l'atmosphère.

La beauté est un vice, merveilleux, de la forme.

[...]

On donne tout pour ne rien avoir. Toujours à recommencer. C'est le prix de la vie merveilleuse[36].

 

NOTAS

[1] Citado por André Coyné, César Moro entre Lima, París y México, en C. Moro, Obra poética, edición de Ricardo Silva-Santisteban, Instituto Nacional de Cultura, Lima, 1980, p. 17. Todos los poemas están citados según esta edición, indicada OP. Agradezco a André Coyné la lectura de estas páginas y todos los comentarios útiles y estimulantes que me ha hecho.

[2] Cfr. Américo Ferrari, César Moro y la libertad de la palabra, en Los sonidos del silencio, Mosca Azul, Lima, 1990, p. 51.

[3] Es cuanto ha hecho René de Costa en su Introducción a Vicente Huidobro, Altazor. Temblor de cielo, Cátedra, Madrid, 1992, pp. 11-45.

[4] El poemario fue publicado póstumo por André Coyné (La tortuga ecuestre y otros poemas: 1924-1949, Ed. Tigrondine, Lima, 1957), reproducido por Ed. San Marcos, Lima, 1958. Más tarde fue recogido por Julio Ortega en Palabra de escándalo, Tusquets, Barcelona, 1974. Con el título original y otros textos, está en Monte Ávila, Caracas, 1976. Por fin, junto a la poesía en francés, en Obra poética, cit. en nt. 1.

[5] Carta citada por A. Coyné, «Ahora al medio siglo...», en C. Moro, Ces poèmes..., Libros Maina, Madrid, 1987, pp. 78-79.

[6] Le château de grisou, Tigrondine, México, 1943; Lettre d'amour, Dyn, México, 1944; Trafalgar Square, Tigrondine, Lima, 1954. Además de La tortuga ecuestre, fueron publicados póstumos Amour à mort (Le Cheval Marin, Paris, 1957), Pierre des soleils (Lima, 1980, en Obra poética, cit., donde aparecen también los Derniers poèmes, a cargo de R. Silva-Santisteban, que precedentemente los había publicado en Ediciones Capulí, Lima, 1976), Couleur de bas-rêves tête de nègre (Altaforte, Lisboa, 1983) y Ces poèmes..., cit. Después de la muerte de Moro, además de la obra poética, A. Coyné ha recogido una serie de ensayos y de notas críticas y las ha publicado con el título de Los anteojos de azufre (Editorial San Marcos, Lima, 1958).

[7] Cfr. Vida de poeta, algunas cartas de César Moro escritas en la Ciudad de México entre 1943 y 1948, con un prólogo de E.A.Westphalen, Lisboa, scarl, 1983.

[8] A. Coyné, César Moro entre Lima, París y México, cit., p. 20.

[9] J.Amati - S.Argentieri - J. Canestri, La Babele dell'inconscio, Lingua madre e lingue straniere nella dimensione psicoanalitica, Raffaello Cortina Editore, Milano, 1990, p. 88.

[10] R. Greenson, Esplorazioni psicoanalitiche, Boringhieri, Torino, 1978.

[11] R.A. Spitz, Il No e il Sì. Saggio sulla genesi della comunicazione umana, Armando, Roma, 1975.

[12] Han dado juicios positivos en ese sentido A. Coyné, A. Ferrari, R. Silva-Santisteban, ya citados; y Roberto Paoli (La lengua escandalosa de César Moro, en Estudios sobre literatura peruana contemporánea, Università degli Studi di Firenze, Firenze, 1985, pp. 131-138).

[13] Las ventajas del bilingüismo y del plurilingüismo precoces las ha sostenido Renzo Titone, Bilinguismo precoce e educazione bilingue, Armando, Roma, 1972.

[14] Se refiere a la progresión vertiginosa de las imágenes y al uso de la geminatio en La tortuga ecuestre, Elena Altuna, César Moro: escritura y exilio, en "Revista de Crítica literaria latinoamericana"(Lima/Berkeley), Año XX, N° 39, 1994, pp. 109-125.

[15] Aunque en vida hizo varias exposiciones, la obra pictórica de Moro es casi inédita. Algunos cuadros suyos estuvieron presentes en la muestra "El surrealismo entre viejo y nuevo mundo", diciembre 89-febrero 90, en Las Palmas (Canarias).

[16] OP, pp. 132-136.

[17] Carta personal del 6.8.95.

[18] La fenêtre de la méduse, en Le château de grisou, OP, p. 106.

[19] Adresse au trois règnes, OP, p. 110.

[20] Cartas, IV, en OP, p. 78.

[21] Carta a Westphalen del 15.11.45, en Vida de poeta, cit. en nt. 8.

[22] En otra ocasión le había dicho: "Tu tienes la obligación de leer perfectamente francés" (26.5.45).

[23] César Moro ladro di fuoco, en "Sinopia" III/ 8 (1987), pp. 20-24; y Gnosis de la tiniebla: César Moro, en mi Configuración del arquetipo, Opus Libri, Firenze, 1988, pp. 145-172.

[24] Cartas, II, OP, p. 75.

[25] Cartas, IV, OP, p. 80.

[26] Vienes en la noche con el humo fabuloso de tu cabellera, OP, p. 58.

[27] G. Bachelard, La psychanalyse du feu, Gallimard, Paris, 1967, p. 189.

[28] El humo se disipa, OP, p. 57.

[29] A vista perdida: el título está evidentemente calcado del francés à perte de vue; en OP, p. 53.

[30] Los dos primeros poemarios fueron publicados en México, en ediciones de autor, respectivamente en 1943 y en 1944; mientras que la última quedó inédita hasta la edición peruana hecha por R. Silva-Santisteban, OP, cit. en nt. 1.

[31] Dialogue obscur, OP, p. 170.

[32] Moro publica personalmente Trafalgar Square: Ed. Tigrondine, Lima, 1954. Deja inédito en cambio Amour à mort, que Coyné hará publicar a su muerte: Le Cheval Marin, Paris, 1957. De este último existe también una traducción inglesa: Love till Death, translated by Frances Le Fèvre, The Vanishing Rotating Triangle Press, New York, 1973.

[33] De Le jeu predestiné, OP, pp. 198-200.

[34] "No éramos muchos los que nos dábamos cuenta de que, lejos de la escena en que los historiadores multiplican sus muecas, él seguía llevando una existencia magnífica y escandalosa [...]": Moro entre Lima, París y México, cit.en nt. 1, p. 22. Y todavía Coyné, sobre los últimos años de Moro: "‘solitario entre solitarios’, dejó de preocuparse por lo que se pensaba alrededor de él": No en vano nacido: César Moro, en "Eco", N° 243, Bogotá (1982), p. 298.

[35] La vida escandalosa de César Moro forma parte de La tortuga ecuestre. Ha dado título a la primera edición del poemario preparado por Julio Ortega, Palabra de escándalo, cit. en nt. 5, y a la versión inglesa, The scandalous life of César Moro, in his own words, translated by Philip Ward, The Oleander Press, New York-Cambridge, 1976.

[36] Il faut porter..., en OP, p.252.

 

Martha L. Canfield (Uruguay, 1949). Poeta y ensaysta, ha publicado varios volúmenes de ensayos y monografías dedicados a autores latinoamericanos como Ramón López Velarde, José Enrique Rodó, José Antonio Ramos Sucre, Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez. Es autora de El viaje de Orfeo (1990), Caza de altura (1994), y Nero cuore dell'alba (1998). Contacto: martha.canfield@tin.it. Página ilustrada com obras do artista Ivald Granato (Brasil).

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