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revista de cultura # 53 |
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El abismo poético de Jean Pierre Duprey Carlos M. Luis
“En el fondo Rimbaud es el único poeta que tomó en serio la muerte de Dios de Nietzsche e intentó erigir experimentalmente una mística del hombre absoluto. El fue quien acabó de dar a la poesía su carácter de mistificación. Por eso su obra concierne directamente al teólogo. Levanta una mística contra la mística.” Expresando más adelante algo que aclara el camino de Claudel y el de Jean Pierre Duprey: ... “La poesía, después de Rimbaud, sólo puede conducir a la cárcel, al manicomio o a la cartuja. Sólo puede hacer monjes, locos o presidiarios: Artaud, Reverdy, o Genet.” Tocado por la fuerza magnética de Rimbaud, Jean Pierre Duprey no vio las posibilidades que desde la caída de aquél se le ofrecían como camino de salvación. Le faltaba la robusta confianza de Claudel en la Creación, la seguridad de su fe que protegía para él la integridad de las cosas tanto en su visibilidad como en su invisibilidad. Por eso los surrealistas convierten su carrera para encontrar el “punto supremo” en un acto desesperado al ir rechazando, durante su curso, el valor supremo que les pueda dar aliento. El contacto de Jean Pierre Duprey con los surrealistas es en ese sentido ilustrativo. Poeta dotado de un agudo poder de imantación, entró en el dominio de los surrealistas, para encontrar allí una entrega a la poesía, un culto sin tregua a ciertos poderes invisibles, pero sin posibilidad de encarnación, como esos “Grandes Transparentes” cuya aparición Breton anunciara en su “Segundo Manifiesto”.
Para rendir cuentas de su visión de las tinieblas, Duprey se inclina a la práctica y a la expresión de un cierto humor negro que llevó a Breton a incluirlo en su famosa antología. Pero un poeta de veinte años que escoge las vías de ese humor para expresar lo que por el humor sólo no puede resolverse, pues ve: “...abrirse un hueco bajo los pasos de Quien busca trepar, subiendo hacia lo alto, él desciende a lo profundo...”[5] no está precisamente dentro de la línea corrosiva que Breton le imprime al humor negro. O al menos si lo está (en su caso sería autocorrosiva) es basándose en un rechazo anterior -rechazo que ha llevado a tantos surrealistas a la locura o al suicidio- de las consecuencias últimas que exige escribir ese poema. ¿Por qué ese “Quien” en mayúscula, y esa profundidad? ¿Será acaso uno de los “dobles” que persiguieron al poeta durante toda su vida, como los “grandes transparentes” a Breton?: “...ellos vienen, ellos vienen! Sus colores clavados en el agua, sus imágenes escondiendo los espejos, sólo una ausencia los encarna, y una presencia los desencarna!”[6] Quizás sí sean esos dobles. Pero puede ser también que ese “Quien” sea Quien descendió, ascendiendo, a las profundidades del abismo para terminar con el reino de las sombras. La fuerza expresiva de los Evangelios Apócrifos nos relatan la llegada de Jesús a los infiernos y de cómo “todos los antros oscuros del infierno fueron iluminados” y cómo después Jesús “agarró por la coronilla al gran sátrapa Satanás y se lo entregó a los ángeles, diciendo: Atadle con cadenas de hierro sus manos y sus pies, su cuello y su boca. Después lo puso en manos del Infierno con este encargo: Tómalo y tenlo a buen recaudo hasta mi segunda venida”[7]. Esa lucha entre las fuerzas de la Luz y las Tinieblas, el viaje abismático del Hijo del Hombre hacia las sombras, ha tenido que depositar su semilla no sólo en el pensamiento religioso, sino también en el poético. ¿No será, por lo tanto, el verso de Duprey, un reflejo de aquel acontecimiento?
“Quien vea su doble frente a sí debe morir”[8] “Es a mí a quien hablo y mi doble me mata”[9] Como vemos por estos ejemplos, la situación espiritual de Duprey tiene su correspondencia con la de otros poetas que llevaron a cabo una experiencia similar a la suya. El surrealismo, por otra parte, no podía satisfacer en su último grado, el ansia de absoluto que movía a estos poetas hacia un más allá envuelto a veces tras las nubes de cierto esoterismo, menos estético que el de Breton. De ahí que todos ellos, aunque cercanos a él mantuviesen su distancia con respecto a su grupo para entregarse a una aventura solitaria, causante del fin de sus vidas por la droga, la enfermedad o el suicidio. ¿Será entonces la muerte la ausencia que encarna a los dobles, esa especie de espíritus mediadores? Mas para asirlos, estos poetas, carentes de fe en el misterio de la mediación, dan un salto hacia zonas que están fuera de su control. Cuando arriban a ella no encuentran a la realidad esperada. Por el contrario, allí en esa zona, lejos de verificarse la realidad de sus sueños, una presencia fría y lejana de estatuas les brinda: “una piedra blanca, demasiado blanca, demasiado lisa, y supe que era la matriz del vacío”[10] Una piedra blanca... nos viene a la memoria ese pasaje de los comienzos del Apocalipsis donde el Apóstol menciona: “una piedrecita blanca, y en ella escrita un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe”[11]. Entre ambas piedras, la que lleva el nombre desconocido y la que es matriz del vacío existe una relación evidente. Al rechazar Duprey el nombre escoge el vacío de manos de quien le entrega esa piedra blanca como símbolo eucarístico, o sea, sacramental. La encarnación del Verbo es rechazada a cambio del vacío que la estatua, simulacro de lo encarnado, le ofrece. La piedra blanca, además, daba entrada en los banquetes públicos a los vencedores de los juegos. Duprey como poeta tenía derecho de entrada a ese banquete, mas no acepta el convite, quedando “afuera” en las tinieblas del vacío como aquellos otros invitados al banquete del rey en la parábola de Jesús. Creo que este rechazo ilumina retrospectivamente toda la obra de Duprey. Al no poder aceptar el diálogo, quien verdaderamente le entrega la piedra se convierte en estatua y la piedra en vacío. Es el resultado de la pérdida de un estado de “encantamiento” que ocurre dentro del cristianismo, pues o bien todo está amparado por la Palabra o por el Silencio. Si lo primero, presenciamos cómo las cosas cobran vida, moviéndose en un dominio de aceptación poética porque “La vida era la luz de los hombres”[12]. Mas el apagamiento de esa luz es el silencio de la palabra. A partir de ese silencio es posible la aparición de la muerte y su encarnación como un “doble” que comienza a rondar los pasos del hombre. Porque la muerte, en el dominio de la Palabra, carece de victoria mientras que en su silencio el “vacío se amplifica” y las “cosas cambian de dirección y la tierra de aventuras”[13].
¡Extraña elección de un hombre que acababa de hacer entrega de unos poemas! ¿Por qué no destruirlos? En ese acto vemos una voluntad de desafío (y, por lo tanto, de continuar viviendo) de alguien que no acabó de ver su verdadero destino. Porque es cierto que existió en Duprey una rebeldía y una desesperación legítimas, como lo viera Alain Jouffroy en su introducción a la “Fin et la Maniere” pero a diferencia de éste creo que las raíces de su desesperación se encuentran en otra parte, quizás si “junto a la espina clavada en la historia del mundo” que mencionara en uno de sus poemas. El poema a que este verso pertenece merece ser citado en su integridad: Una mano de rosas clavada sobre un objeto negro... ¿Qué queda, qué queda? Del cielo sólo un gran tejido ajado de espectros y los ojos que sólo colman las órbitas del vacío. Una araña desplaza la noche, es el sueño de una muerta La araña lleva en sí el sexo abierto de la noche y sus hijos irán a ennegrecer el sueño de los vivos. Un paso secreto cierra el túnel del silencio y la estrella palidece. En la cámara nupcial, es la cultura de los corazones negros. Loreta... Olim perseguidas por sus sombras. La balanza se inclina hacia el lado del abismo. A todo lo largo de los muros se encienden los candelabros que no alumbran, sino reflejan los ojos de los muertos, los habitantes. -Y ahora a toda marcha-ordena el caporal espectro. ¡Cuidado! una profundidad de subterráneo, una llamada de lo que esté debajo del mundo hace caer la sonda hacia las Sombras de lo Anterior. ¡Una llamada interminable! Es la respuesta de las campanas del vacío, a las campanas del vacío, al vacío bajo campanas... El hoyo-escotadura en pleno corazón de la vida. ¡Oh la espina clavada en la historia del mundo![14] El tétrico espectáculo de este poema nos da una idea del clima donde se desenvuelve la interioridad del poeta. Si Jouffroy, desde su punto de vista, tiene la razón -así como Breton- en ver a este poeta como quien frente a las palabras del Génesis escogiera su contrapartida: ¡Que las tinieblas sean! es sólo porque ambos no pueden o no quieren ver que esa invocación a las tinieblas está demasiado cercana no a la negación del Génesis, sino a la muerte de quien clavó su espina en medio de la historia. La lucha interior de Duprey es, como la de todos los grandes poetas que han conjurado con la misma fuerza el dominio de lo negro, una lucha de índole religiosa. No puede sino ser entendida en la tensión de lo religioso. Un poema como el que he citado anteriormente demuestra por los temas que trata que el espíritu de Duprey se encontraba anegado en la impotencia de vencer la presencia de los dobles, pero que al mismo tiempo poseía lucidez suficiente para comprender que su impotencia lo arrastraba hacia el vacío. Así quedó prisionero, a pesar de su “llamada interminable”, en las sombras de lo anterior.
Creo que en Duprey van a parar toda una serie de dramáticos acontecimientos bifurcados, a partir de Rimbaud y Lautréamont, en dos direcciones principales que merecen estudio aparte. La primera, la que continuó lo que estas obras testimoniaban como un intento para crear lo que Michel Carrouges ha llamado “una mística del superhombre”. La segunda, la que intuyó escondida en ese intento, el latido de un verbo que pugnaba para expresar el estupor del hombre de encontrarse a solas frente a Dios. Entre ambos caminos Duprey perdió su sentido de dirección y fue arrollado por sus dobles. Si hubiese visto a tiempo la dirección del verdadero camino no se hubiese topado con esos espejos “demasiado poblados donde ya no veo nada”.
NOTAS 1. Ver “La Revolution Surrealiste” 1925, No. 2, Págs. 8-15. (Esta revista así como “Le Surrealisme au Service de la Revolution” ha sido reimpresa por Arno Press, New York, 1969). 2. “L’Homme Habite en Poete”, Essais et Conferences, Paris, Ed. Gallimard, pág. 277. 3. Jean Danielou, Escándalo de la Verdad, ed. Los Libros del Monograma, Madrid. Págs. 4. Jean Pierre Duprey, Derriere Son Double, 2ª Ed. Le Solel Noir, Paris, 1954. A esta obra le siguen sus poemas inéditos La Fin et la Maniere publicados por la misma editorial en 1965. Una obra dramática de Duprey, La Foret Sacrilege, está también anunciada pero aún no ha sido impresa. 5. “Derriere Son Double”, pág. 40, en La Nuit Prise comme Profondeur. 6. “La Fin et la Maniere”, pág. 119, en Sante Noire. 7. “Actas de Pilatos” en Evangelios Apócrifos, Bibliotecas de Autores Cristianos, Madrid, págs. 477-478. 8. “Testament” par Roger Gilbert-Lecomte en L’Eternité En Un Clin D’Oeil, Gallimard, Coll. Metamorphoses, pág. 56. 9. René Daumal, “Poesie Noire, Poesie Blanche” en Breve Relation sur la Mort et le Chaos, Paris, Gallimard, pág. 79. 10. “La Fin et la Maniere” en La Lune de Sel, pág. 80. 11. Apocalipsis 2:17. 12. San Juan 1:4. 13. “La Fin et la Maniere” en La Lune de Sel, pág. 79. 14. “La Fin et la Maniere” en Rose Des Cendres, págs. 70-71.
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Carlos M. Luis (Cuba, 1932). Poeta e artista plástico. Dirigiu em seu país o Museo Cubano. Como ensaísta, publicou Tránsito de la mirada (1991) e El oficio de la mirada (1998). Nos anos 90, já residindo em Paris, publica juntamente com Jorge Camacho Le Bulletin de Liason Surrealiste. O presente ensaio foi originalmente publicado em Alacrán Azul # 2 (Estados Unidos, 1971). Contato: karmaluis1@bellsouth.net. Página ilustrada com obras do artista Luis López Gabú (Galiza). |
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