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revista de cultura # 53 |
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artista convidado: luis lópez gabú |
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Santiago-Haití: un viaje de ida y vuelta Juan Antonio Martínez-Casanueva
Junto a aquellos soldados, la presencia de la cruz sostenida por un fraile fue testigo de la predicación del Evangelio y de la conversión -otra forma de conquista- de aquellas gentes para la fe cristiana. Con el fraile y la cruz llegaba también la divulgación de la figura y el culto de los santos que integraban el panteón cristiano, entre ellos, el apóstol Santiago, identificado desde el primer momento con la figura de los guerreros que desembarcaron en las costas americanas luciendo la cruz cristiana en las velas de sus naves. Diremos de inmediato que no se explica por casualidad la fortuna americana de Santiago, como testimonia el elevado número de ciudades del Nuevo Mundo bautizadas con su nombre. Es cierto que el santoral católico incluye a otros personajes caracterizados en atuendo guerrero, como San Miguel o San Jorge, y que en cualquiera de ellos los soldados de la conquista habrían podido encontrar un patrón espiritual. Pero no podemos perder de vista un hecho determinante: América se descubre en el mismo año en que termina la reconquista española del poder musulmán, que culmina el 2 de enero de 1492, con la rendición de Granada, de manos de Boabdil el Chico. Es la proximidad histórica de ambos acontecimientos, en todo caso, la que explica que la efigie protectora que los conquistadores llevaron a América fuese la de Santiago Matamoros, representado como un caballero subido a un caballo blanco desde el que alancea moros esforzadamente. Santiago, que fue caracterizado en los primeros tiempos del cristianismo como apóstol, con túnica y libro, o como peregrino, con bastón y calabaza, esclavina y sombrero adornado de concha de vieira, por aquellas fechas ya había cambiado su imagen por la del guerrero en efigie ecuestre. Así se le recuerda en las crónicas históricas del tiempo de la Reconquista, como aliado inseparable del bando cristiano en repetidas ocasiones: en el episodio de la toma de Coimbra por Fernando I, en el año 1064; y en el legendario suceso de su aparición en la batalla de Clavijo. Después de esta tarea, en la que la figura del "Santiago bellator" queda definitivamente asentada, los españoles aún habrían de hacerle trabajar en tierras americanas en favor de su causa: lo haría en la batalla de Tlaxcala, donde combatió junto a la Virgen; y a su intervención se atribuye el triunfo de los españoles sobre los indios chilenses, según se cuenta en la Crónica del reino de Chile, debida a la pluma del pontevedrés Pedro Mariño de Lobera.
Es a partir de mediados del siglo XVII cuando numerosos contingentes de esclavos negros, exportados desde las costas africanas como una mercancía más ("marfil negro"), se trasladan a Haití para trabajar en las plantaciones de la isla. Con ellos llegan las creencias y ritos de los pueblos africanos de los que proceden, cuya expresión pública se prohibe en un primer momento. Sería, precisamente, la interdicción de su fe religiosa la que llevaría a la ocultación de sus ceremonias y creencias, al tiempo que descubrían los ritos católicos, de los que asimilaron algunos elementos. Del encuentro de estas dos espiritualidades habría de nacer un culto nuevo que adopta nombre y características propias según los lugares: vudú (en Haití y en Estados Unidos), santería (en Cuba), macumba y candomblé (en Brasil). No sin violencia (al parto doloroso de una nueva civilización, aludió Pierre Mabille) iniciaba el Caribe la experiencia del mestizaje. Se fundaba en las islas la poética de lo diverso, a la que se refirió Edouard Glissant, un caribeño de Martinica que vislumbró el futuro -ya un presente en su experiencia personal- con orgullo antillano que se reclama heredero de las culturas de los indígenas americanos, los esclavos africanos y los colonizadores europeos: "Quizá intuyo que no podrá haber ya cultura sin todas las culturas, ni civilización que pueda ser metrópolis de todas las demás, ni poeta que haga caso omiso de la evolución de la Historia". Ni espiritualidad, tampoco, que ignore a las otras, podríamos añadir. El vudú es una religión sincrética que bebe en las fuentes de los ritos africanos y la liturgia católica. Su panteón está integrado por múltiples divinidades familiares, especialmente extraídas de los panteones yoruba, fon y ewe. El Gran Maître es el dios creador. Junto a él coexiste un amplio elenco de divinidades menores (loas), que cumplen un papel similar al de los santos católicos y cuya protección invocan oficiantes y adeptos. Por lo demás, resulta llamativo constatar que muchos de estos santos sirvieron para encubrir el culto de las divinidades africanas en los tiempos de la represión de las creencias de los esclavos. Recordemos algunas correspondencias entre los panteones africanos y el cristiano: Shangó (el dios del trueno y la tormenta) se identifica con Santa Bárbara; Lasiren con Santa Marta; Barón Samedi (que es el dios de la muerte y los cementerios) con San Elías; Legba (el dios de los caminos y el guardián de las puertas que separan el mundo mortal del sobrenatural) con San Pedro... Así aparece de nuevo Santiago Apóstol (será ya el momento de llamarlo Senyá) encarnado en la figura de Ogún, que es una divinidad guerrera en el panteón yoruba: el dios de la fuerza y del metal; también el de los camioneros, modernamente. ¿Pero por qué habría de producirse la identificación del apóstol Santiago con Ogún, el dios africano del metal, por parte de unos hombres que no conocieron a los soldados que arribaron a las islas embutidos en hierro?. Sin duda, debió producir su efecto el hecho de la asimilación de la figura del Apóstol por parte de la sociedad establecida, pero, con todo, no podemos pasar por alto un dato revelador. Los esclavos negros encontraron al otro lado del océano un aliado inestimable en la defensa de su espiritualidad originaria, combatida en sus lugares de procedencia por el avance del proceso de islamización del continente negro, impulsado tanto por la fuerza de los ejércitos musulmanes como por la penetración comercial de los mercaderes árabes que, a través de la ruta de las caravanas por el interior del continente, alcanzaron el límite de las costas atlánticas. Santiago combatía moros en América ante los ojos admirados de unos nativos que veían en el Islam al enemigo mortal de las creencias animistas y politeístas profesadas por los pueblos asentados en la ancha franja sudanesa y en el vasto territorio ribereño comprendido entre el río Senegal y el golfo de Guinea. ¡Cómo no habían de incorporar al Apóstol Santiago al panteón vudú, reconociéndolo como un dios propio!.
El vudú es algo más que una manifestación religiosa arrraigada en la conciencia de los nativos haitianos. El vudú tiene el carácter de una realidad vivida, de una dimensión colectiva del pueblo haitiano, está marcado en el cuerpo social como una herencia genética sin la que el país no se entiende. Como no se entiende si no se recuerda a Paulina Bonaparte, el general Toussaint-Louverture, Henri Christophe, François Duvalier ("Papá Doc") y los "tonton-macout" (o Héctor Hyppolite y Hervé Télémaque, por señalar dos figuras de su cultura artística). Nombres evocadores de un territorio en el que la realidad cotidiana se intensifica hasta confundirse con el mito, donde el surrealismo es una dimensión de la experiencia sensorial. Mundo fantástico que fascinó a André Breton, Pierre Mabille, Wifredo Lam y Alejo Carpentier. Precisamente en Haití situó Alejo Carpentier el escenario de lo "real-maravilloso", un territorio que, a diferencia de Breton (que lo localiza siempre en el interior del sujeto: en el inconsciente, en lo onírico, en la alteración de los estados de percepción sensorial y psíquica), el escritor cubano sitúa en el mundo exterior, en el paisaje coincidente con la naturaleza prodigiosa de América. A ese país fascinante se acercó el coruñés Luis López "Gabú", hasta ahora, en siete ocasiones. Lo atraía inicialmente el gusto por la aventura que anima su peripecia vital, su inclinación innata por salir al camino; pero en la aproximación al universo haitiano, sin duda actuaba también el interés por comprobar la pervivencia en suelo americano de la antigua herencia africana, aquélla que él conocía bien tras haber viajado por el continente negro en distintas ocasiones, persiguiendo las huellas de su vitalidad originaria, de una espiritualidad primitiva y una etnografía de muy ricas muestras materiales, de las que ha llegado a reunir una notable colección personal: tallas, máscaras, cerámica, telas... Como los primeros capitanes de la conquista, marcados por la extrañeza de la mirada que caracteriza al forastero, el fotógrafo observa el acontecimiento, se aproxima a los hechos con curiosidad, con el mismo asombro con que dos pares de ojos infantiles espían por la ranura de una puerta el escenario del ritual, en una magnífica foto de un interior de atmósfera tenebrista, donde asistimos al encuentro de una calavera y una hoja de papel. El fotógrafo no formúla juicios a priori ni sanciona lo visto desde presupuestos estéticos o morales. El fotógrafo actúa como testigo, que es una forma de apropiarse del suceso desde la distancia. Para ello debe medir sus pasos, buscar la distancia adecuada, porque es la distancia, al cabo, el fundamento de todas las artes visuales, la fotografía entre ellas. Pero no se crea que sólo se funda en ella la perspectiva creadora de las artes de la imagen, como demuestra de manera paradigmática el arte de la pintura, atareada desde sus mismos orígenes en establecer mecanismos aseguradores de la distancia (perspectiva, claroscuro, relación primer plano-fondo, punto de fuga). En la distancia está también el fundamento del sentimiento, de la memoria, de la aventura del viaje. El propio fotógrafo nos revela su manera de aproximarse a los temas midiendo la distancia (y manteniéndola): "Hay que buscar el límite y no dejarse influir". La fotografía, ya está dicho, es un arte de la distancia y a su servicio se pone la técnica de que se vale el fotógrafo. Por lo que se refiere a la suya, Luis López se sitúa en una posición equidistante entre Cartier-Bresson y Jeff Wall, por señalar dos posiciones extremas de la mirada que actúa detrás del objetivo fotográfico. Dos extremos de un arco que oscila entre la subyugación por el control de la instantaneidad que caracteriza al primero, entregado a la captación del "instante decisivo"; y la preparación minuciosa de las composiciones, con la memoria de la pintura clásica siempre presente, identificadora de la estética del fotógrafo canadiense, que usa la cámara como lo haría un pintor. En algún lugar entre esos dos extremos, Luis López "Gabú" combina las exigencias de la cámara con la memoria de la cultura artística y, en particular, con la atención puesta en observar las reglas con las que la estética occidental acostumbra a tratar la imagen fotográfica (será el momento de referirse a su dedicación simultánea a la fotografía y a la pintura, si bien su aproximación a ambos géneros parte de enfoques y temas bien diferentes, de la misma manera que acostumbra a presentar sus creaciones en ocasiones y escenarios diferenciados). Con esos condicionamientos, gusta de fotografiar personas y objetos (retratos y naturalezas muertas, por nombrar los géneros en presencia con los que esa misma tradición designa a los cuadros y fotos protagonizados por esos motivos). Lo hace preocupándose por fijar la imagen en el tiempo, suspendiéndola en el instante, aislándola del entorno; estampa en la que cristaliza para siempre una mirada en el tiempo. Esas imágenes dejan de ser entonces remedos ilusionistas del mundo visible del que proceden para convertirse en presencia icónica con valor propio como sujeto fotográfico. De esa manera, salvan también la condición de documentos antropológicos o costumbristas para pasar a ocupar su lugar como testimonios creativos autónomos en el panorama de la fotografía de esta hora, en un capítulo en el que la autenticidad del sujeto constituye el foco central de la mirada y define el contenido de la obra fotográfica.
Junto a esos testimonios del rito haitiano aparece Santiago (Senyá). Se recuerda al Apóstol en los interiores de los santuarios, en los lugares cerrados destinados al culto (en ocasiones, un simple cobertizo de rudimentaria construcción o un rincón de una vivienda); otras veces, en lugares abiertos, en los cementerios, o en las celebraciones y ofrendas organizadas en torno a la charca del norte de la isla. En esos escenarios, envueltos en el clima hipnótico que aseguran los conjuros y bebedizos y el ritmo trepidante del tambor, se entrecruzan el placer y el dolor, la magia y el erotismo, el tormento y el éxtasis, el embrujo y la muerte. Trances, muecas, miembros entregados a la agitación del baile, nubes de polvo, fuego y humo de fogatas, reflejos luminosos que destellan en los pliegues de las túnicas y trajes, en la sangre que fluye de los cuerpos de los animales sacrificados y en la piel de los cuerpos humanos sumergidos en un medio líquido en el que el agua y el barro se confunden con los fluidos corporales: sangre, saliva, lágrimas, babas, sudor, orina. (Tambien a la orina, por cierto, recurrió Andrés Serrano para ofrecernos en Piss Christ un testimonio tan suntuoso como provocador del encuentro de la escatología y la iconografía religiosa). Manifestaciones, todas ellas, que hablan del intento de conectar con el espíritu de Ogún, a quien se apela en las múltiples acepciones que Alejo Carpentier, en El reino de este mundo, puso en boca de la sacedotisa del Radá: Ogún de los hierros, Ogún el guerrero, Ogún de las fraguas, Ogún mariscal, Ogún de las lanzas, Ogún-Changó, Ogún-Kankanikán, Ogún-Batala, Ogún-Panamá, Ogún-Bakulé. Pero junto a estos motivos, sobresale el grupo de testimonios fotográficos en color en los que la figura de Santiago se muestra con escueto primor narrativo, con limpio dibujo que simplifica los rasgos y delimita unas formas coloreadas muy vivamente. Se muestra a Santiago pintado con los recursos de una estética rudimentaria, espontánea y formalmente despreocupada, que en su esencialidad se revela muy adecuada para convocar la presencia del santo y disponer el espíritu de los fieles que se enfrentan a su contemplación en paredes, estampas, escapularios y banderas. Son iconos ingenuos que encarnan el poder evocador de las imágenes de culto, emblemas de respeto, instrumentos litúrgicos al servicio del rito. Pero son, sobre todo, instrumentos de comunicación: imágenes populares, símbolos culturales, expresiones de un sujeto colectivo que maneja los recursos gráficos y plásticos con intención narrativa, para contar una historia con una mirada un punto ingenua, la propia de lo que conocemos como arte popular, que adopta un enfoque integrador de componentes del naturalismo ingenuista, el art brut y el kitsch. Una estética que no difiere, por lo demás, de aquélla con la que se procede a representar hoy en día a las divinidades africanas y con la que algunos artistas del continente negro -Chéri Samba, como ejemplo relevante- han conseguido despertar la atención y el reconocimiento del mundo del arte. Pero siendo un arte popular, la imagen de Santiago no sale a la calle, no traspasa las fronteras de los lugares acotados para la celebración festiva o religiosa, en los que se manifiesta con tanta gravedad como familiaridad. Con su aparición, Santiago sólo pretende hacerse presente, reclama su sitio en el infierno haitiano, ofreciéndose como mediador daimónico con el más allá. Así afirma su lugar entre la comunidad, exhibe su poder, su alto rango. Apela a lo emocional, tanto como conforma el imaginario colectivo, presentándose como figura sobresaliente entre los mitos de la civilización neoamericana. Lo hace junto a Shangó y Eshú, junto a Ceres y Juno, reunidos en la fundación mítica del universo antillano por la imaginación de Aimé Césaire, que en Une tempête se apropió de Shakespeare, relacionando los dioses de la mitología clásica con los del panteón yoruba. Al igual que en Omeros Derek Walcott contribuyó al enriquecimiento de ese elenco mítico, incluyendo en él a los protagonistas de la Ilíada (Héctor, Aquiles, Helena), a los que transportó a la isla de Santa Lucía, del grupo de las Pequeñas Antillas.
¿Se preguntará Santiago por su otro yo?. ¿Se reconocerá en la efigie del peregrino, aquélla a la que se dirige hoy una cómoda religiosidad administrada para el turismo de masas, que anima a salir al camino y cumplir el trayecto con jornadas medidas para no fatigar al cuerpo?. ¿O acaso siente nostalgia de su furor guerrero, tan sólo imaginable ya en la naturaleza antillana, salvaje y violenta, la misma que lo empareja con Ogún, su correspondencia africana en la pulsión de la fuerza?. (Sólo unos pocos sabrán que, de ceder al deseo de buscar a su igual, el Apóstol se encontrará en Santiago -la ciudad- con Ogún, encarnado en la forma de una pequeña escultura de hierro. Fue un regalo de Eugenio Granell a su mujer y ocupó su lugar en la biblioteca del estudio del pintor -que la Fundación que lleva el nombre del artista tuvo a bien recrear en su sede del Pazo de Bendaña en el pasado año-, junto a los libros, los bártulos de pintar, las creaciones de sus amigos, las máscaras y los objetos reunidos por un hombre que gustaba rodearse de objetos). Con estas imágenes el fotógrafo coruñés parece dejarnos también una declaración de principios sobre su visión del mundo: la vida como viaje y el arte como narración de la experiencia personal. Así debemos verlas: como recuerdos de una peripecia personal, que hay que sumar a otras instantáneas correspondientes a sus viajes por América, el continente negro y el extremo oriente; y como memoria de una gente distante, de un mundo aferrado a lo atávico y ancestral, que sobrevive miserablemente en los márgenes de una sociedad opulenta que se desliza sin remisión hacia el vacío espiritual, atrapada en las redes anestesiantes de la rutina y el confort. En vivo contraste, Luis López nos muestra una realidad originaria. No hay complacencia ni condescendencia con lo visto -hay que oirle hablar de la violencia haitiana, tanto como de la indolencia y el orgullo africanos para percatarse de ello-. En su aproximación a este mundo convulso y primitivo tampoco hay concesiones al tipismo o el exotismo, y cuanto pudiera haber de cesión ocasional a la anécdota o al testimonio antropológico se envuelve en el pliegue de la realidad vivida. De manera tan descarnada como bella, pone ante nuestros ojos el comienzo de un camino que nuestra civilización emprendió hace ya mucho tiempo y del que no guarda memoria. Muestra la distancia en la que nos perdimos.
BREVE HISTORIAL ARTÍSTICO LUIS LÓPEZ GABÚ Nacido en A Coruña - España en el año 1963, como artista PINTOR Y FOTOGRAFO, ha basado su obra en la influencia de sus estancias en el África Subsahariana (Guinea Bissau, Guinea, Malí y Mauritania), en la Amazonia brasileña, Colombia, Cuba, Santo Domingo, Haití y en Indochina.
EXPOSICIONES Individuales
Museo dos
Muiños – Culleredo – A Coruña 2000 Colectivas
Sala
exposiciones INSS – Barcelona 1990 PREMIO Y MENCIONES ESPECIALES
Primer
Premio artístico del “Centenario de la Seg. Social en España, 1900-2000” |
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Juan Antonio Martínez-Casanueva (Galiza, 1951). Poeta, artista plástico e ensaísta. Este ensaio integra a edição de Vudú, o camiño negro de Santiago, catálogo de exposição homônima realizada na Fundação Eugenio Granell. Agradecimentos a Celestino Poza Domínguez. Contato: juan.martinez.casanueva.viqueira@xunta.es. Contato com Luis López Gabú: luislopezgabu@hotmail.com. Página ilustrada com obras do artista Luis López Gabú (Galiza). |
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