revista de cultura # 54
fortaleza, são paulo - novembro/dezembro de 2006






 

El inconsciente, abono y semilla para cultivar un dios

Luis Fernando Cuartas

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Luis Fernando CuartasCaspar David Friedrich es un leño seco, es un material orgánico hecho del lecho de los montes y de las carcomidas piedras. Su rostro nos da la imagen de algo sugestivo tenebroso y dramático. Es el lugar de lo oscuro, la profunda mirada del alma que se convierte en abono, la podredumbre como belleza exaltada de un mundo que se quiere mirar desde adentro. Carl Gustav Carus, es el rostro de la semilla, apacible y serena que se entromete en el mundo oscuro con la lámpara de los nacimientos, luz del crecimiento, viaje con la certeza de ir a escarbar una tierra propicia para tocar la claridad conciente de los dioses.

En esos dos seres se podría encontrar una serie de dualidades propias del romanticismo alemán. Más no sólo eso, aquí se encuentra un dialogo secreto, una perpetuidad incesante, entre la armonía y el caos.

Friedrich da la idea del solitario en medio de ventiscas y huracanes, sensación nocturna y parda de la tierra que se hunde, logros espectrales de una sensación de integración cósmica con la naturaleza potencializada en piedad y horror, una fuerza atractiva del devenir desapareciendo como individuo heroico. Es la huida de sí, la desaparición del hombre en las brumas de la noche, “la tragedia del paisaje” como se diría desde un romanticismo radical. Sombra y crepúsculo, en una manera obscena de exponerse al grano o la semilla que le permita engendrar un dios. “Cierra tus ojos para que veas primero el cuadro con los ojos del espíritu. Luego haz que aparezca en el día lo que haz visto en tu noche, para que la acción a su vez sobre otros seres, del exterior hacia el exterior” escribe Friedrich en sus pocos escritos filosóficos.

Fernando MaldonadoParece ser esa experiencia de lo oscuro y de la tierra exaltada un receptáculo inconsciente, un vaso de elección, una matriz femenina elegida por la semilla redentora de la conciencia. En Carus el paisaje sin dejar de ser deslumbrante no es sobrecogedor, es más una invitación a buscar en lo espectral las formas secretas de las cosas. Parece dotar este pintor a sus cuadros de una filosofía de la indagación, ya no bajo el efecto trágico sino bajo en deseo de encontrar la divinidad secreta de las cosas. Más parecido a un devenir, a una construcción que busca someter todos su postulados a una unidad invisible e imperiosa, más cercano al Fausto de Goethe. Sabiduría para apaciguar lo indómito, capacidad para explorar lo desconocido, pacto con el demonio para conocer desde el abismo la fuente de un dios posible para inventar. En este caso la búsqueda del recipiente propicio para sembrar en el inconsciente de las cosas, contando los humanos entre ellas, la semilla de la presencia de un Dios. Una visión muy goetheana de la unidad cósmica, las formas perfectas del mundo. Tanto Goethe y en particular Carus, abandonan la magia, el sentido misterioso del mundo, por un mundo que se construye al modo de los alquimistas límpidos, lo hermoso logrado bajo la armonía silenciosa, el código invisible de la presencia divina, desdeñando lo demoníaco a cambio de un pacto favorable a la consciencia lúcida del mundo. Nada de lo caótico que haga temblar un proyecto de afinamiento sobre los confines del mundo, colonización extrema del inconsciente.

Fernando MaldonadoEn esas formas orgánicas de la materia viva, bajo la presencia herida de la roca y de la tierra, se postula a un dios, se le hace enterrar desde la filosofía como un concepto sembrado desde adentro, el crecimiento orgánico que es el todo en sus partes. En ese sentido el pensamiento de Goethe y su contemporáneo Carus estaría en un balancín incómodo entre el racionalismo y el romanticismo. Más las leyes de esas estructuras de semilla creativa no están dadas por las especulaciones panmatemáticas del racionalismo. Pensando un poco en Humboldt otro de los grandes pensadores de esa época brillante donde se buscaba el sueño de dios entre la naturaleza arrolladora. Uno podría descubrir en Carus, un deje panteísta parecido a los naturalistas románticos cuando dice: “En ninguna estructura orgánica encontramos una forma geométrica pura, en ninguno de los ritmos de su vida una periodicidad exactamente calculable. Parece como si la Idea tuviera que sacrificar algo de su pureza y de su divinidad esenciales cada vez que quiere encarnarse en la naturaleza”.

La idea del sembrador supremo en la tierra abonada por el demonio de lo informe y de lo substancial caótico, hace sacudir el pensamiento alemán. La póstula es la herida, postular a Dios es convertirlo en la sangre de la herida. Es introducirlo en la naturaleza para redimirla del inconsciente de la inmediatez y hacer aparecer la conciencia de la sabiduría lúcida. Hay muy en el fondo de estas pústulas la idea de redimir con la sangre, deidades construidas sobre el horror y sobre una violencia convulsa, viéndola aparecer en cada una de las cosas. Sembrar una cuota de lucidez en medio de la oscuridad, no es otra cosa que fabricar dioses que exploren los submundos con el propósito de buscar el diamante en el carbón. Vulcano vuelve a revisitar el infierno, ahora vestido de semilla, dispuesto a sembrar una cultura a golpe de martillo, rastrillo y hoz. El dios del romanticismo se trifulca, ya no es el dios enigmático que en medio del misticismo nos acompaña por la azarosa senda de lo imprevisto, ni es el dios ciego que amenaza en convertirse en borrachín y en suicida para encontrar el amor como una salida más allá de todo precipicio, es también un dios inventado como el develador operario del hombre que es inducido a trabajar para la consciencia, un dios que puede ser sostenido con la mano temblorosa del sabio y que puede viajar a las profundas entrañas de las cosas. ¿El hombre tiranizando a Dios? ¿El hombre haciendo del Dios, una herramienta o un método, que permita hurgar las pústulas del mundo para luego postular una teoría armónica?

La Idea nacida de la consciencia y la Idea dotada de consciencia es el alma, el pensamiento espiritual que distingue al hombre entre todos los seres. Una manera de representar el exterior y el interior del mundo, trasciende el mundo pero esta supeditado a estar en él como consciencia total del mundo. He aquí una buena justificación del ejercicio mundo de occidente. Seres del desorden, las subdesarrolladas almas, las silvestres criaturas que son el cieno de lo subconsciente, no alcanzarán a ser deificadas por la consciencia mientras no adquieran la templanza de buscar en la serenidad del pensamiento, el lugar de su alma, la elevada expresión de lo espiritual.

Fernando MaldonadoGoethe y su mundo intelectual no se ven arrojados a las altas temperaturas de los hornos de Vulcano. Tratan de asomarse como unos testigos de ese devenir de la Eternidad con el privilegio de la consciencia conquistada y ya desarrollada en espiritualidad humanizada. Pero el inconsciente en sí mismo sigue siendo indefinible, no es un estado inferior ni superior a la consciencia, tiene su ritmo y su belleza, su escalofrío y su fascinación. Es al desarrollo de la poesía lo que es al desafío de le existencia: un depósito polifónico de sensaciones, nacidas no desde lo primigenio y lo innato sin desde una multiplicidad de entramados de existencia, juegos y contraluces, simbologías y magmas culturales que yacen en los pantanos oscuros de un pensar que se traduce en sueños, en aguas de un saber antiguo, y que la consciencia burguesa del XIX no podía traducir más que en un bello y extraño recipiente para sembrar las plantas de algún dios pragmático. También pudo ser traducido como el depósito de las energías, la sombra que rejuvenece periódicamente el alma, que entre zambullidas al pozo oscuro de su propia noche y la salida placida al sol de los amaneceres fuertes, se rehace el ritmo de la vida y de la muerte. La búsqueda del pensamiento latente que en forma de germen vegetal dormido que bajo el efecto y el afecto de la Idea se reencuentra con su ser semilla.

Con lo anterior no se quiere decir que las fuerzas del inconsciente y las relaciones con lo consciente sean antípodas, puede ser todo lo contrario. Más en el pensamiento occidental la aparición de lo que se ha llamado inconsciente, ese otro ser entrañable de las cosas, se ha visto como lo que hay que domesticar y controlar. Más que antípodas son versiones construidas por la cultura sobre el mundo de los sueños, sobre la exploración fascinante de la noche, conjurada por un sentido apolíneo del deber ser estéticamente placentero y reconocible desde los patrones de la armonía y el esteticismo reverente. Como tampoco se trata de volver a una falsificada capa de misterios y de encantamientos, cubiertos entre lo sombrío y la duda, para convertir las preguntas por la existencia en una serie de acrobacias simbólicas donde se especula sobre lo incognoscible y sobre lo inabordable del mundo.

Es más encontrar desde lo poético formas de participar de la energía mundo. Una sensación que si no anula la racionalidad tampoco puede desdeñar los profundos y convulsos vericuetos del deseo, el erotismo y la muerte.

Cuando se habla del inconsciente en nuestra cultura nos encontramos con una manera de hacer un pacto con lo oscuro, con lo insondable. El Fausto de Goethe hace un pacto para buscar la luz en las tinieblas, busca semilla en mano donde depositar los ojos de un dios, el dios de la inteligencia en un cultivo selvático, en el aparente desorden cósmico para sacar la ventaja del pensador de las tormentas o el viajero entre los bosques vírgenes. Ventaja que es la conquista normatizada del deseo, el viaje psíquico que permita salir ileso de las oquedades. Herencia que de alguna forma retomaría Freud en sus viajes por el psicoanálisis. Una idea parecida nos la daría Ulises amarrado a un mástil de un barco para soportar la visión de las sirenas y con los oídos tapados para no dejarse seducir por sus cantos tenebrosos. Es enfrentar lo desconocido con una fórmula segura para el escape posible.

Fernando MaldonadoPor eso se puede decir que Goethe, es un románico de la mesura o un racionalista de las pasiones. Un ser que se atreve a la indagación ferviente, casi mística del mundo, pero a la vez se la juega con un candil de abstracciones, la Idea misma de mundo, para evitar dar falsos pasos por los terrenos resbalosos de la incertidumbre.

Es toda una marca en el siglo XIX alemán, un lugar si se pudiera decir prominente del pensamiento de su época, pero un lugar que es husmeado, conjurado y también supeditado al temblor de otras voces más apasionadas como un Novalis, un Jean Paul, y otros románticos que se introducían en la noche con la luces titilantes de un pensamiento sin advertencias previas. Aventura mística y desolación de existencia, un dejarse llevar por las borrascas del pensar, un pedazo de mundo que se interroga así mismo y despierto ante la pesadilla de las yeguas desbocadas del sueño. Es la otra cara del romanticismo alemán, la visita permanente de la luz piadosa y serena y la oscura lumbre de una pregunta existencial que no se resuelve con la razón de las ecuaciones del universo.  

Luis Fernando Cuartas (Colombia, 1959). Escritor y ensayista. Fundador de Taller de Luna, grupo de escritores de la Universidad Nacional. Cofundador de la Revista Punto Seguido, de la ciudad de Medellín, Colombia. Coordina un espacio en la Radio Universitaria sobre poesía y música. Dirige la Fonoteca de la Universidad Nacional, sede de Medellín. Inédito en libro. Contacto: lfcuarta@gmail.com. Página ilustrada con obras del artista Fernando Maldonado (Colombia).

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