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revista de cultura # 54 |
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El inconsciente, abono y semilla para cultivar un dios Luis Fernando Cuartas
En esos dos seres se podría encontrar una serie de dualidades propias del romanticismo alemán. Más no sólo eso, aquí se encuentra un dialogo secreto, una perpetuidad incesante, entre la armonía y el caos. Friedrich da la idea del solitario en medio de ventiscas y huracanes, sensación nocturna y parda de la tierra que se hunde, logros espectrales de una sensación de integración cósmica con la naturaleza potencializada en piedad y horror, una fuerza atractiva del devenir desapareciendo como individuo heroico. Es la huida de sí, la desaparición del hombre en las brumas de la noche, “la tragedia del paisaje” como se diría desde un romanticismo radical. Sombra y crepúsculo, en una manera obscena de exponerse al grano o la semilla que le permita engendrar un dios. “Cierra tus ojos para que veas primero el cuadro con los ojos del espíritu. Luego haz que aparezca en el día lo que haz visto en tu noche, para que la acción a su vez sobre otros seres, del exterior hacia el exterior” escribe Friedrich en sus pocos escritos filosóficos.
La idea del sembrador supremo en la tierra abonada por el demonio de lo informe y de lo substancial caótico, hace sacudir el pensamiento alemán. La póstula es la herida, postular a Dios es convertirlo en la sangre de la herida. Es introducirlo en la naturaleza para redimirla del inconsciente de la inmediatez y hacer aparecer la conciencia de la sabiduría lúcida. Hay muy en el fondo de estas pústulas la idea de redimir con la sangre, deidades construidas sobre el horror y sobre una violencia convulsa, viéndola aparecer en cada una de las cosas. Sembrar una cuota de lucidez en medio de la oscuridad, no es otra cosa que fabricar dioses que exploren los submundos con el propósito de buscar el diamante en el carbón. Vulcano vuelve a revisitar el infierno, ahora vestido de semilla, dispuesto a sembrar una cultura a golpe de martillo, rastrillo y hoz. El dios del romanticismo se trifulca, ya no es el dios enigmático que en medio del misticismo nos acompaña por la azarosa senda de lo imprevisto, ni es el dios ciego que amenaza en convertirse en borrachín y en suicida para encontrar el amor como una salida más allá de todo precipicio, es también un dios inventado como el develador operario del hombre que es inducido a trabajar para la consciencia, un dios que puede ser sostenido con la mano temblorosa del sabio y que puede viajar a las profundas entrañas de las cosas. ¿El hombre tiranizando a Dios? ¿El hombre haciendo del Dios, una herramienta o un método, que permita hurgar las pústulas del mundo para luego postular una teoría armónica? La Idea nacida de la consciencia y la Idea dotada de consciencia es el alma, el pensamiento espiritual que distingue al hombre entre todos los seres. Una manera de representar el exterior y el interior del mundo, trasciende el mundo pero esta supeditado a estar en él como consciencia total del mundo. He aquí una buena justificación del ejercicio mundo de occidente. Seres del desorden, las subdesarrolladas almas, las silvestres criaturas que son el cieno de lo subconsciente, no alcanzarán a ser deificadas por la consciencia mientras no adquieran la templanza de buscar en la serenidad del pensamiento, el lugar de su alma, la elevada expresión de lo espiritual.
Con lo anterior no se quiere decir que las fuerzas del inconsciente y las relaciones con lo consciente sean antípodas, puede ser todo lo contrario. Más en el pensamiento occidental la aparición de lo que se ha llamado inconsciente, ese otro ser entrañable de las cosas, se ha visto como lo que hay que domesticar y controlar. Más que antípodas son versiones construidas por la cultura sobre el mundo de los sueños, sobre la exploración fascinante de la noche, conjurada por un sentido apolíneo del deber ser estéticamente placentero y reconocible desde los patrones de la armonía y el esteticismo reverente. Como tampoco se trata de volver a una falsificada capa de misterios y de encantamientos, cubiertos entre lo sombrío y la duda, para convertir las preguntas por la existencia en una serie de acrobacias simbólicas donde se especula sobre lo incognoscible y sobre lo inabordable del mundo. Es más encontrar desde lo poético formas de participar de la energía mundo. Una sensación que si no anula la racionalidad tampoco puede desdeñar los profundos y convulsos vericuetos del deseo, el erotismo y la muerte. Cuando se habla del inconsciente en nuestra cultura nos encontramos con una manera de hacer un pacto con lo oscuro, con lo insondable. El Fausto de Goethe hace un pacto para buscar la luz en las tinieblas, busca semilla en mano donde depositar los ojos de un dios, el dios de la inteligencia en un cultivo selvático, en el aparente desorden cósmico para sacar la ventaja del pensador de las tormentas o el viajero entre los bosques vírgenes. Ventaja que es la conquista normatizada del deseo, el viaje psíquico que permita salir ileso de las oquedades. Herencia que de alguna forma retomaría Freud en sus viajes por el psicoanálisis. Una idea parecida nos la daría Ulises amarrado a un mástil de un barco para soportar la visión de las sirenas y con los oídos tapados para no dejarse seducir por sus cantos tenebrosos. Es enfrentar lo desconocido con una fórmula segura para el escape posible.
Es toda una marca en el siglo XIX alemán, un lugar si se pudiera decir prominente del pensamiento de su época, pero un lugar que es husmeado, conjurado y también supeditado al temblor de otras voces más apasionadas como un Novalis, un Jean Paul, y otros románticos que se introducían en la noche con la luces titilantes de un pensamiento sin advertencias previas. Aventura mística y desolación de existencia, un dejarse llevar por las borrascas del pensar, un pedazo de mundo que se interroga así mismo y despierto ante la pesadilla de las yeguas desbocadas del sueño. Es la otra cara del romanticismo alemán, la visita permanente de la luz piadosa y serena y la oscura lumbre de una pregunta existencial que no se resuelve con la razón de las ecuaciones del universo. |
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Luis Fernando Cuartas (Colombia, 1959). Escritor y ensayista. Fundador de Taller de Luna, grupo de escritores de la Universidad Nacional. Cofundador de la Revista Punto Seguido, de la ciudad de Medellín, Colombia. Coordina un espacio en la Radio Universitaria sobre poesía y música. Dirige la Fonoteca de la Universidad Nacional, sede de Medellín. Inédito en libro. Contacto: lfcuarta@gmail.com. Página ilustrada con obras del artista Fernando Maldonado (Colombia). |
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