revista de cultura # 57
fortaleza, são paulo - maio/junho de 2007






 

André Breton y la utopía surrealista

Carlos M. Luis

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André BretonEn Mayo del año 2000, la revista Magazine Litteraire publicó un dossier bajo el título de “La renaissance de l’utopie” donde diferentes autores discutieron si era o no viable la utopía en el siglo XXI. Mucho de lo ocurrido desde entonces, nos lleva a creer que el renacimiento del pensamiento utópico no es un hecho descaminado. Mientras que las rebeldías de la década de los sesenta y setenta cedieron a un conformismo manipulado por los medios de comunicación, el totalitarismo capitalista iba perfeccionando su naturaleza represiva. Después de los aplausos conque el mundo saludó en general la caída del régimen soviético, ha sucedido la constatación del peligro que significa una sociedad dominada por la visión estadounidense de la felicidad. Esta visión que no es utópica sino real, está siendo impuesta por una potencia que parece abrogarse la misión de “transformar el mundo y “cambiar la vida” de acuerdo con sus escalas de valores. Por otra parte el ideal socialista ha cesado de tener la misma fuerza libertaria de antaño. En vez de reflexionar acerca de sus fallas y promover la reforma de sus estructuras de pensamiento, el socialismo ha pasado a ser una especie de cómplice estratégico de los poderes establecidos. Es frente a ese panorama nada prometedor que la utopía parece adquirir su actualidad. Si esto es así, entonces tendremos que concluir que André Breton no se equivocó cuando desilusionado por una izquierda que había renunciado a sus ideales, escogió el único camino que le quedaba: el de la utopía. Pasemos a explicar los pormenores de esa elección suya.

Era inevitable que el poeta cuyo epitafio podemos leer en su tumba: “busco el oro del tiempo”, dirigiera su pensamiento hacia la utopía. Esa frase suya que fue publicada en 1934 en su libro Point du Jour, encierra dos principios fundamentales que habrían de convertirse en el norte del autor de Nadja. El primero, relacionado con la utopía, refleja su intención de hacer del surrealismo una búsqueda poética y no un mecanismo de acción política. El segundo principio basado en el significado simbólico del “oro”, revela la inclinación de André Breton hacia la tradición hermética y hacia la alquimia en particular. Ambos pues quedan indisolublemente unidos en el destino que Breton quiso imprimirle al surrealismo. Pero ese destino no anduvo por líneas rectas sino que experimentó durante su proceso, una serie de encuentros laberínticos con el marxismo y el anarquismo. El encuentro con ambos tuvo consecuencias profundas en la formación del pensamiento surrealista, y eventualmente en su decisión de abandonar una militancia política de corte pragmático para refugiarse en los pensadores utópicos y en Fourier en particular.

 

Primer encuentro: el marxismo

En el número uno de la revista Médium (Noviembre, 1953), apareció una de las tantas encuestas que los surrealistas gustaban de hacer. El tema de la encuesta se basaba en la siguiente pregunta: “¿Le abriría usted la puerta a:”? Entre los personajes a quienes los surrealistas deberían abrirle la puerta o no, se encontraba Carlos Marx. Al tocarle el turno a Breton este repondió: “No, por cansancio”. Antes de continuar tengamos en cuenta el año cuando esa pregunta fue respondida: 1953, o sea, ya en plena década de los cincuenta. Esa década presenció la consolidación del “American way of life” y las primeras reacciones “poéticas” en contra de la misma por sus voceros: los “beatnicks”. Howl de Allen Ginsberg se publicó en 1956. En 1951 Albert Camus publicó “El Hombre Rebelde” lo que le valió su ruptura con Sartre y críticas acérrimas de los surrealistas. En el plano de las ideas, el existencialismo sartriano continuó jugando con el marxismo y la potencia que decía representarlo, La Unión Soviética, a pesar de que ya había mostrado su rostro totalitario décadas atrás. El famoso informe de Nikita Kruschev, y el alzamiento de los húngaros en 1956, abrió los ojos para muchos acerca de lo que los soviéticos eran capaces de hacer. La guerra de Algeria que habría de dejar una huella duradera en la intelectualidad francesa, comenzó en 1954. Mientras, el teatro del absurdo hizo su entrada triunfal con la Soprano Calva de Ionesco (1950) y Esperando a Godot de Beckett (1952). El estructuralismo se erigió como un método de investigación con la publicación de La Antropología Estructural (1958) de Claude Levi-Strauss. Dos obras que habrían de influir en el pensamiento surrealista también aparecieron en esa década: Eros and Civilization de Herbert Marcuse (1955) y Life Against Death (1959) de Norman O. Brown. Los años cincuenta terminaron con el comienzo de la revolución cubana y de la famosa década de los sesenta.

Es dentro de ese contexto aún influído por Marx, que Andre Breton decidió no abrirle la puerta y dejarlo pasar. Habría que añadir que Benjamín Peret su fiel compañero, respondió a la pregunta con un “Sí, saludos camarada”, marcando una diferencia con la actitud de Breton. Otros miembros del grupo se mostraron en su mayoría indecisos, aunque algunos como Wolfang Paalen fueron tajantes en sus respuestas: “No, porque su doctrina ha engendrado la religión más opresiva”. A pesar de que se trataba de un juego, lo cierto es que esas respuestas fueron reveladoras de una actitud que se remontaba a los comienzos mismos de la formación del grupo cuando aún el nihilismo de los dadaístas continuaba haciéndose sentir.

Pero tanto Breton como otros miembros del grupo, decidieron a la larga entrar en el Partido Comunista sin renunciar a sus actividades de carácter puramente poéticas. Ni el pasado de los surrealistas ni sus experimentos con el automatismo y los sueños bajo el influjo del psicoanálisis, se avenían con los estrechos marcos dogmáticos impuestos por las tácticas de un partido que obedecía a las estrategias de la URSS. No cabían dudas de que el atractivo de la revolución rusa poseía también su peso. Ya desde temprana fecha los surrealistas se agruparon en torno a una serie de publicaciones de tendencia marxista como Clarté (1926). En esa revista la rebeldía de los surrealistas se hizo sentir en contra de algunos de los dómines del partido comunista como Henri Barbusse, al mismo tiempo que L’Humanité órgano oficial del partido, no tenía reparos en atacar la poesía surrealista representada en libros como Capitale de la Doleur de Paul Eluard. Pierre Naville uno de los surrealistas de primera hora identificado con Clarté, publicó en 1926, un libro titulado La Revolution et les Intellectuelles: Que peuvent faire les surrealistes? donde planteó las contradicciones internas que existían entre los comunistas y los surrealistas. La respuesta de Breton fue inmediata: en ese mismo año publicó su panfleto Legitime Defense donde entre otras cosas declaró: “La llama revolucionaria arde donde quiere y no le incumbe a un pequeño número de hombres, en el período de espera en que vivimos, de decidir si es aquí o allá donde debe arder” (1). Sin embargo la tentación de adherirse a un partido que de acuerdo con la izquierda estaba a la vanguardia de las luchas revolucionarias, no se hizo esperar. A principios de 1927 los surrealistas pidieron su adhesión al partido no sin antes provocar una seria disensión dentro del grupo: Jacques Baron, Robert Desnos, Max Morise, y Artaud entre otros, se negaron a hacerlo, mientras que Breton, Paul Eluard, Louis Aragon, Jacques Prevert, Ives Tanguy, Pierre Unik, Michel Leiris etc. recibieron su carnet del partido. A pesar de ello esa adhesión no significó una suspensión de las actividades surrealistas, por lo cual nunca se ganaron la confianza de un organización que seguía los lineamientos de Moscú, llamada despectivamente por Aragon “la gateuse” (la cocha). Entre sus directivas se encontraba la nueva política cultural que iba aceleradamente hacia una ruptura radical contra la creación artística independiente a favor de un sometimiento al llamado “realismo socialista”. Más por el momento, “Para ayudar a transformar el mundo, era preciso pensarlo de modo distinto a como habíamos hecho hasta entonces, y, particularmente, suscribir sin reservas la famosa primacía de la materia sobre el espíritu. Esta era una necesidad a la que nos resignábamos pero que implicaba apreciables sacrificios por parte de muchos de nosotros” (2). Esa confesión de Breton, dicha por él durante las entrevistas que André Parinaud le hiciera para la radio francesa, aclara la encrucijada en que los surrealistas se encontraban durante la época de su militancia comunista. En otra de las respuestas que le diera a las preguntas de Parinaud, Breton añadió: “…aún cuando la actividad surrealista propiamente dicha continuaba desarrollándose en su propio plano -el de la experiencia y la aventura interiores- no por ello dejaba de hallarse mediatizada por la preocupación de evitar un conflicto a fondo con el marxismo… en materia de transformación social del mundo, las consideraciones urgentes prevalecían por encima de todas las demás. El instrumento requerido para esta transformación existía y ya había dado pruebas de ello: se llamaba marxismo-leninismo. No teníamos aún ninguna razón para suponer que su punta estuviera envenenada (3).

Florencia UrbinaDadas las precarias condiciones en que los surrealistas se encontraban dentro del partido y las concesiones ideológicas que tuvieron que hacer, se hacía inevitable la ruptura, la cual ocurrió tras numerosas crisis en 1932. La historia detallada de todo ese proceso puede leerse en libros como los de Maurice Nadeau, Gerard Durozoi o Helena Lewis. (4). La ruptura entre Breton y otros surrealistas arrastró eventualmente a Aragon, Eluard y Sadoul del lado stalinista mientras que se sumaban nuevos nombres en las filas del grupo. Una vez que esa ruptura se hizo oficial, Breton y Peret gravitaron hacia el trotskismo naciente encarnado en la figura de Leon Trotsky que a la sazón había encontrado refugio en Mexico en 1937.

Pero antes de entrar en el período trotsquista, valdría la pena citar a algunos autores que han reflexionado sobre el tema de la relación entre el marxismo ortodoxo y el surrealismo. Para Martin Jay la aproximación de los surrealistas a la dialéctica hegeliana comenzaba “con un rechazo del racionalismo logocentrista que estaba en el centro del pensamiento de Hegel. La síntesis que (los surrealistas) esperaban alcanzar tenía que incluir lo racional y lo irracional, cordura y locura, conciencia despierta y sueños” (5) Ferdinand Alquié en su conferencia sobre “El Humanismo Existencialista y Humanismo Surrealista” nos dice algo semejante: “…¿a qué filosofía se identificaban los surrealistas? Era al hegelianismo y al marxismo… pero es poéticamente cómo los surrealistas interpretan esta filosofía de la síntesis” (6). La reciente publicación de un libro acerca de Hegel (7) que trata a fondo sobre la influencia que ejerciera sobre su pensamiento la tradición hermética, hubiese aclarado aún más para estos autores la naturaleza de la aproximación de Breton al autor de “La Fenomenología del Espíritu”. ¿Cómo era posible entonces que éstos pudieran haber militado dentro de una organización como la del Partido Comunista cuyos fines eran totalmente opuestos a los suyos? Quizás porque como observara Maurice Blanchot “el servicio que los surrealistas esperaban del marxismo era que le preparara para ellos una sociedad en la cual todos fueran surrealistas (8). Es decir en una sociedad donde de acuerdo con Clifford Browder “la actitud materialista no pusiera en peligro la esencia de la experiencia surrealista: la intuición de lo maravilloso” (9). El paso siguiente a seguir para Breton transitaba pues por otros caminos, como quedó demostrado en lo que expuso en su “Segundo Manifiesto del Surrealismo” y en sus “Prolegómenos a un Tercer Manifiesto”. Cualquier lector de ambos encontrará en sus páginas una tendencia a tratar temas que destacan la creciente afición de Breton hacia las doctrinas esotéricas, como veremos durante el transcurso de este trabajo.

La independencia de pensamiento que Breton defendía celosamente tenía que llevarlo a conclusiones ajenas a los principios materialistas del marxismo. En el Segundo Manifiesto Breton expresó lo siguiente: “Verdaderamente no comprendo por qué razón, aunque ello desagrade a revolucionarios de limitados horizontes, debemos de abstenernos de propugnar la revolución, de aplicarnos a los problemas del amor, del sueño, de la locura, del arte y de la religión, siempre y cuando lo enfoquemos desde el mismo punto de vista de aquellos -y también nosotros- lo enfocan. (10). Años más tarde, en 1973, en el Bulletin de Liason Surrealiste, Vincent Bounoure afirmó: “Lo que está en causa es una poetización radical del mundo o más precisamente una transvaluación sin retorno de las relaciones sensibles que el espíritu mantiene” (11) O sea, que más de treinta años después que Breton formulara sus puntos de vista la cuestión continuaba planteándose dentro del seno del movimiento. Y era que no podía haber un compromiso con una doctrina cuya finalidad era esencialmente política mientras que la política surrealista (de tener alguna) se basaba en el rechazo o “Le Ecart Absolu”. Jacques Abeille otro surrealista que surgiera en tiempos postbretonianos, expuso en el mismo Bulletin que “no podía haber una politica surrealista posible, pues ningún poder podría darle satisfacción al Surrealismo” (12) Un autor que viera a ese movimiento con mirada favorable nos aclara en el prefacio a su libro Reason and Revolution que “la dialéctica y el lenguaje poético se encuentran en un terreno común…el elemento común es la búsqueda de un lenguaje auténtico, el lenguaje de la negación como el gran rechazo para aceptar las reglas de un juego donde los dados están cargados …la poesía es entonces el poder de negar las cosas, el poder que Hegel paradójicamente reclama para todo pensamiento auténtico” (13)

La revelación de lo maravilloso, que sólo puede ser obtenida conjurando la poesía que se encuentra latente en el mismo, posee sus propias reglas de juego, que nada tiene que ver con un proceso dialéctico encaminado a la toma del poder. Es por eso que la negación o el no compromiso surrealista se vio afectado durante el tiempo en que militaron en las filas del Partido Comunista. Pero la tendencia de los surrealistas a ver en el rebelde o supuesto rebelde la encarnación del verdadero revolucionario, los incitó a percibir en la figura de León Trotsky el héroe de una revolución que para ellos no había perdido su atractivo.

El encuentro entre Trotsky y Breton se produjo en México en 1938. Para esa época los procesos de Moscú y la Guerra Civil Española habían marcado decisivamente la conciencia revolucionaria mundial. Los surrealistas no fueron ajenos a las conmociones que ambos hechos provocaron, denunciando los primeros y apoyando los movimientos de izquierda que luchaban contra el fascismo en España. Benjamín Peret pasó a formar parte primero de las filas del POUM (trotsquista) y de los anarquistas después, mientras que Breton con una hija recién nacida, se quedó en Paris. Cuando Breton llegó a Mexico fue recibido por Diego Rivera quien le proporcionara albergue. Pocos días después fue recibido por Leon Trotsky entablándose entre ambos una relación que no siempre fue cordial. Mientras que Trotsky desconfiaba en el fondo de las ideas de Breton (y no sin razón desde su perspectiva) creyendo que éstas “abrian una ventana que iba a dar al más allá”, Breton se sintió conmovido ante la presencia del viejo militante revolucionario convertido en el gran disidente del stalinismo. La historia de ese momento ha sido relatada en numerosos libros y bajo distintos puntos de vista, pero lo que quedó de tangible de la misma fue la redacción entre Trotsky y Breton de un manifiesto: “Por Un Arte Revolucionario Independiente”. Aunque Trotsky no lo firmó (Diego Rivera lo hizo como substituto), la esencia del mismo se debe a su mano. La conclusión de ese manifiesto condujo a la fundación de una Federación Internacional del Arte Revolucionario Independiente (FIARI) que tuvo corta vida.

Una lectura del manifiesto nos sitúa de nuevo en la coyuntura en que los surrealistas se encontraron a raíz de su adhesión al Partido Comunista. Existen en el manifiesto concesiones evidentes de una parte y la otra, sino ¿cómo es posible explicar sus referencias al anarquismo o al psicoanálisis? En ambas la mano de Breton se pone de manifiesto cuando habla de los “mecanismos de sublimación…que el psicoanálisis ha puesto de manifiesto y que tienen por objeto restablecer el equilibrio roto entre el “yo” coherente y los elementos reprimidos” o cuando afirma que “para el desarrollo de las fuerzas productivas materiales, la revolución está en la obligación de erigir un régimen socialista de plan centralizado, para la creación intelectual debe desde el principio mismo establecer y asegurar un régimen anarquista de libertad individual” (14) Escrito bajo el espíritu de la época, hoy mucho de lo que este manifiesto dice nos parece anacrónico. Pero lo que sí revela es una tensión entre el proyecto de Breton de alcanzar la libertad por otras vías (abriendo como Trotsky sospechaba, una ventana hacia el más allá) y la estrategia política de éste para conseguir la misma mediante los métodos clásicos expuestos en el marxismo-leninismo. Por otra parte no podemos olvidar que los anarquistas siempre condenaron al organizador del ejército rojo como uno de los responsables de la masacre perpetrada contra los marinos que se rebelaron en Cronstadt en 1922. Los escritos de Emma Goodman no dejan lugar a dudas al respecto. A pesar de ello Breton siempre mantuvo en vivo su espíritu de solidaridad con Trotsky aún cuando expresara sus dudas sobre el contenido de su panfleto Su Moral y la Nuestra. Peret por su parte compartió con Breton su admiración continuando su militancia trotsquista al mismo tiempo que su naturaleza rebelde lo conducía hacia el anarquismo.

 

Segundo encuentro: el anarquismo

Oficialmente los Surrealistas no se acercaron a los anarquistas hasta los años cincuenta cuando ya Breton había formulado su inclinación hacia el Socialismo Utópico representado sobre todo por Fourier. Prefiero sin embargo, continuar con el proceso de alejamiento de Breton del materialismo dialéctico, para cerrar este trabajo con la utopía como respuesta final que hiciera al mismo. En un escrito suyo incluido en La Llave de los Campos titulado “La Clara Torre” Breton confesó que “Donde el surrealismo reconoció por primera vez, mucho antes de definirse a sí mismo y cuando no era sino asociación libre entre individuos que rechazaban espontáneamente y en bloque las coacciones sociales y morales de su tiempo, fue en el anarquismo” a continuación en ese mismo escrito se pregunta “Por qué no pudo operarse en aquel momento una fusión orgánica entre elementos anarquistas propiamente dichos y elementos surrealistas? Yo aún me lo pregunto veinticinco años después” (15) A guisa de justificación la respuesta que de inmediato da Breton refleja las contradicciones internas a que hemos venido aludiendo: “No es dudoso que la idea de la eficacia, que había de ser el señuelo de toda esa época, lo decidiera de modo muy distinto” (16). La idea de la eficacia no fue sólo el señuelo de aquella época, continuaba siéndolo en la década cuando Breton escribió su ensayo, como sigue teniendo hoy toda su fuerza manipuladora. Pero la eficacia consistía en la militancia dentro de un partido específico: el comunista. Sartre cayó dentro de sus hechizos cuando coqueteara con el mismo mientras rechazaba la posición utópica de los surrealistas. Pero la cuestión se planteaba también en otro plano: aquel del espíritu que era donde los surrealistas podían responder con otra “eficacia” dada la naturaleza de sus ideales. De ahí que entre el 12 de Octubre de 1951 y el 8 de Enero de 1953 los surrealistas participaran con unos llamados “billets” en la publicación anarquista “Libertaire”. La sensibilidad que guiaba a los surrealistas a acercarse al movimiento anarquista se encontraba plenamente justificada por la conciencia del fracaso que significó para ellos el

Florencia UrbinaComunismo soviético. Breton, después de ese fracaso, no podía abrirle las puertas a Marx sin dejar pasar con él unas estructuras de pensamiento que habían facilitado la tiranía stalinista. En ese sentido las acusaciones de Proudhon a Marx que seguramente Breton conocía, conservaban toda su vigencia. Existía desde luego el Marx anterior, el de los manuscritos y los “Grundrisse” que expresaban unos imperativos éticos que los surrealistas podían aún adoptar, como de hecho lo hicieron alentados en parte por los escritos de Herbert Marcuse. Pero en el fondo un poema o un collage surrealista respondía más a lo que Breton había subrayado en el manifiesto que escribiera con Trotsky acerca de la creación como un fenómeno anárquico.

El anarquismo entonces pudo ofrecerle a los surrealistas un puente entre su visión utópica y la necesidad que alimentaban de “cambiar al mundo” y “transformar la vida” al revés de lo que pidieron Marx y Rimbaud. Un escritor anarquista Murray Bookchin que conocía el surrealismo aunque no tengo datos si los surrealistas había oído hablar de él, expuso en su libro Post Scarcity Anarchism “que los medios existen para el desarrollo del hombre total, liberado de la culpa y las manipulaciones de los modos autoritarios del entrenamiento, entregándose al deseo y a la aprehensión sensual de lo maravilloso” (17). Estas palabras revelan que dentro de la corriente anarquista existen puntos de contacto con la búsqueda surrealista de lo maravilloso a través del deseo. Para Bookchin el elemento surreal en el proceso revolucionario formaba parte de su dinámica interior, lo cual lo conecta con lo que otros autores citados en este trabajo habían dicho.

La confianza en la creación que se produce espontáneamente, fuera del control de la razón, como había pedido Breton en su Primer Manifiesto, se traduce en el automatismo. Tanto la escritura automática como los diversos juegos a que los surrealistas se entregaron, reflejan esa necesidad de construir una realidad a partir de un acto libre por excelencia. La libertad pues, es la llama que enciende el proceso creativo, proceso que pone de manifiesto la importancia de la espontaneidad anarquista: “la creencia en la acción espontánea es parte de una creencia más amplia, la creencia en el desarrollo espontáneo” (18) Un mismo puente une el acto automatismo puro de los surrealistas y el desarrollo social espontáneo de los anarquistas. Ese puente va a ser construido en parte por otras dos tradiciones caras al pensamiento de Breton: la utópica y la hermética.

 

Tercer encuentro: la utopia    

André Breton en un discurso que pronunció en “La Mutualité” a raíz del revuelo que causara Garry Davis con su movimiento mundialista en la década de los cincuenta, planteó claramente su posición: “Para quienes consideran -y yo me encuentro entre ellos- que en cada época hay algo de esencial que hay que rescatar de la herencia cultural y que ese algo puede ayudar a la emancipación del hombre, nosotros reivindicamos a Fourier y Proudhon, y con reservas a Marx y Lenin, y reivindicamos a Sade y Freud y también a Rimbaud y Lautreamont” (19) Por su parte Murray Bookchin escribió: “El gnosticismo comparte con los cultos mistéricos de la antiguedad así con la cristiandad, la necesidad de alcanzar un desarreglo de los sentidos. Ahí yace el gran poder de la imaginación que ha revitalizado a los movimientos radicales por siglos… El sueño de Schiller de un mundo estéticamente encantado o el de Breton de la hipostatación de lo maravilloso… es limítrofe con la experiencia gnóstica de la Iluminación extática” (20) De manera que la relación entre una tradición libertaria que piensa en términos políticos-sociales, y la tradición hermética que busca en lo espiritual una dimensión donde se pueda producir la epifanía de lo maravilloso, es posible como Breton pensara.

El proceso evolutivo de Breton hacia la utopía como un “lugar” donde pudieran resolverse las contradicciones que afectan al hombre, fue la consecuencia obvia de su doctrina surrealista. Desde la lectura de las páginas del Primer Manifiesto Surrealista hasta las últimas que Breton escribiera, todo conduce a un desenlace final: la adopción de la utopía. El surrealismo es, pues, básicamente utópico en sus directrices principales. A través de múltiples desengaños con las llamadas izquierdas revolucionarias a Breton no le quedó otro camino que volver a la raíz del surrealismo. Si durante la época del Segundo Manifiesto pidió la ocultación profunda de éste (prácticamente con la idea de convertirlo en una especie de sociedad secreta), situó la última exposición surrealista que presidiera, bajo el lema de “L’Ecart Absolu” siguiendo el pensamiento de Fourier. El colapso progresivo de las ideologías totalitarias y el afianzamiento del totalitarismo capitalista bajo el velo de la democracia, no dejaba espacio para otra elección a no ser que estuvieran dispuestos a “pactar” bajo la noción del compromiso, con el cual Sartre justificaba sus acciones.

 

Fourier

 En una de las tesis que Herbert Marcuse expuso en su libro Counter-Revolution and Revolt (21) éste afirmaba utópicamente que la realización del sueño mediante la revolución era posible y que en ese sentido el programa surrealista continuaba siendo válido. Quien le abriera esa dimensión a Andre Breton fue, sobre todo, Charles Fourier. El descubrimiento de la obra del autor del Nuevo Mundo Amoroso por Breton se produjo durante su exilio en los Estados Unidos en los momentos en que se aprestaba a visitar el Oeste y especialmente a las naciones Hopi y Navajo. Esos encuentros produjeron una eclosión final en el pensamiento de Breton con respecto a las ideologías de corte marxista, que aunque con reservas, había hecho suyas. El resultado fue su Oda a Charles Fourier. Poema temático, único en su obra, fue escrito después que Breton tomara conocimiento de la poesía de Aimé Cesaire durante su estancia en la Martinica. Fue en esa isla donde Andre Masson, Wifredo Lam y Breton llegaron a raíz de su salida de Francia, que Breton descubrió la revista Tropiques dirigida por Cesaire y donde éste publicara su Cahier d’un Retour au Pays Natal poema programático de la negritud y que tanto Breton como Peret saludaron con entusiasmo.

La Oda a Fourier continúa esa línea usando varias narrativas, entre las cuales se encuentra la presencia de los Hopis como reconocimiento del parentesco entre el utopista francés y el pensamiento de los indios Pueblo: “Fourier te saludo desde el Gran Cañón del Colorado/veo el águila que se escapa de tu cabeza/…Te saludo desde el instante en que acaban de llegar a su término las danzas indígenas…Te saludo desde lo bajo de la escala que se hunde con gran misterio en la kiwa hopi la cámara subterránea y sagrada hoy 22 de agosto de 1945 en Miishongnovi a la hora en que las serpientes con un gran nudo último señalan que están listas a operar su conjunción con la boca humana”… (22) Es ahí, en ese poema, donde la tradición del socialismo francés muy mezclada a un idealismo romántico, vuelve a encontrar su camino. Por debajo de esa Oda corre un río que arrastra bajo sus aguas a nombres como Saint Simon, Enfantin, Fabre D’Olivet, Saint Martin, Martínez de Pasqually, y tantos otros que ingresaron en el mundo de Breton. De esa manera hermetismo, socialismo utópico y primitivismo se unen en una de esas síntesis a la cual el pensamiento surrealista se encaminaba desde que hicieron del ‘punto supremo’ su única meta. Se trataba para Breton de lanzar una mirada retrospectiva hacia otras fuentes intocadas por la tentación totalitaria verificando a su vez, como había apuntado Gerard Schaefer, “la validez del mundo de Fourier (al mismo tiempo que) el nuevo mundo americano aportaba una confirmación por el antiguo en la ideología india, a las promesas de Fourier” (23). Jean Gaulmier en esa misma obra cita a Claude Levi Strauss donde expone: “Que Breton incline sus propias convicciones metafísicas a la visión de Fourier como a la de los indios es evidente, ¿toda la gestión surrealista no consiste precisamente en una lectura apasionada y subjetiva de las obras del espíritu como la de cosmos? …discípulo de un eterno y viviente romanticismo, el poeta saca del pasado y de lo real la imagen brillante, deseable del futuro” (24). Para los Hopis, de acuerdo con Levi Strauss, todo está unido entre sí pues los niveles del universo se encuentran enlazados por múltiples correspondencias, de ahí que en la vida de estos pueblos se produzca un fenómeno semejante al que Fourier soñara para sus falansterios. La teoría de las correspondencias que aparece en Swendenborg, le anuncia a Fourier su visión de las analogías y su creencia en la “atracción apasionada”, y ambas van a estimular la concepción que Breton desarrollara del surrealismo. En la oda a Fourier se verificó entonces la convergencia “surrealista” entre el arte y mitología de los indios, y el pensamiento del utopista francés influido por el hermetismo.

Florencia UrbinaEl error de numerosos exégetas de Fourier, como pensaba Jean Gaulmier en sus comentarios a la Oda de Breton, consiste en considerarlo meramente como un filósofo, mientras que en tanto que detector de la ‘atracción apasionada”, estuvo más cerca de la poesía en el sentido surrealista del término. Octavio Paz fue de los que percibió con claridad todas las ramificaciones poéticas de la obra de Fourier: “…La creencia en la analogía universal está teñida de erotismo: los cuerpos y las almas se unen y separan regidos por las mismas leyes de atracción y repulsión que gobiernan las conjunciones y disyunciones de los astros y de las sustancias materiales. Un erotismo astrológico y un erotismo alquímico…la alquimia erótica -unión de los principios contrarios, lo masculino y femenino, y su transformación en otro cuerpo- es una metáfora de los cambios, separaciones, uniones y conversiones de las sustancias sociales (las clases) durante una revolución…” (25) Lo que Octavio Paz nos dice aquí forma parte de la sustancia misma del surrealismo tal y como lo concibiera André Breton. Cualquier lector podrá entonces concluir que la utopía tenía que encontrar su sitio dentro de una visión como la suya. Pero una utopía, hay que añadir, muy lejana a las estrictas regulaciones que a la larga malogran todo proyecto utópico convirtiéndolo en un ensayo coreográfíco para alcanzar la felicidad. Lo que salva a Fourier es que su mundo amoroso esta regido por un erotismo cuyas raíces -según lo viera Octavio Paz- se nutren del hermetismo del siglo XVIII, como puede en las novelas de Restiff de la Bretonne: “Del misticismo erótico de un Restiff de la Bretonne a la concepción de una sociedad por el sol de la atracción apasionada no había sino un paso. Ese paso se llama Fourier” (26). Posiblemente Octavio Paz tomó esa idea de un libro revelador: Fire in the Minds of Man de James H. Billington, libro que traza las conexiones que hubo entre la imaginación y los movimientos revolucionarios entre los siglos XVIII y XIX. En su obra Billington señala que: “La etiqueta revolucionaria en el mundo contemporáneo surgió de la imaginación erótica de un escritor excéntrico, Restiff de la Bretonne… (este autor) condujo (su investigación) a oscuros corredores de la imaginación que los positivistas y los marxistas han preferido ignorar..” (27). Esa ignorancia es precisamente la que Breton y los surrealistas lograron superar a través de Fourier y junto a él toda una pléyade de autores tenidos a menos por otros como Sartre y sus seguidores. Breton por su parte obedeció a lo que Marx había dicho de Fourier calificándolo como “uno de los patriarcas del Socialismo” al mismo tiempo que Engels afirmaba que Fourier manejaba la dialéctica con la misma destreza que Hegel. El mundo armónico de Fourier, mundo donde el elemento lúdico se encontraba presente, ofrecía para Breton una alternativa de carácter utópica, es cierto, pero con más posibilidades de humanizar el socialismo. Pues de eso se trataba en última instancia: de rescatar a un socialismo secuestrado por sistemas opresivos, reivindicando su naturaleza humanista.

 

Conclusion: ¿el oro del tiempo?

¿Es viable la utopía surrealista? y, ¿En qué consiste su viabilidad? Paradójicamente consiste en su no viabilidad, es decir, en continuar siendo una utopía sobre la utopía. En su perpetua búsqueda de lo maravilloso, el Surrealismo no se propuso encontrar soluciones que estuvieran fuera del alcance de la poesía. De ahí que Breton haya acogido a un número de pensadores situados marginados del contexto oficial, de la misma manera que siempre encontró en el arte de los locos o de los primitivos la confirmación de sus ideas. En las páginas de su Arcane 17, Breton saludó a Sade y a Paracelso, a Flora Tristán, Fourier y a Pere Enfantin con el mismo entusiasmo. Como el hermetismo no es ajeno a esas corrientes, también la tradición de los heterodoxos y heréticos le resultó favorable, en cuanto abrían una ventana al más allá que Breton vio como posible de obtener durante el transcurso de nuestras vidas. La clave se encuentra precisamente en esa especie de “utopía cotidiana” que los surrealistas intentaron lograr mediante sus excursiones poéticas en los diversos dominios de la imaginación. Durante las revueltas en Francia, en la década de los sesenta, si los estudiantes exigieron que la “la imaginación tomase el poder”, fue porque reivindicando a Breton, pensaron que lo imaginario es lo que tiende a devenir real. Los sesudos análisis que se hicieron en aquella época de las condiciones materiales que sirvieron como estructuras de las rebeldías, no tomaron en cuenta que la desvalorización de la sociedad provenía de otras fuentes. En todo el mundo contrariamente al pensamiento meramente materialista, era la valorización del juego, del deseo y de lo maravilloso lo que se encontraba en el centro de las esperanzas revolucionarias, o sea, su costado utópico. El fracaso del comunismo y de sus variantes socialistas, ¿no llevaba acaso como temía Trotsky citado por Breton, a una nueva utopía? Si el marxismo como apuntara Maximilian Rubel en su antología sobre los escritos de Marx, perece a la larga por la rigidez de su lógica, el socialismo concebido por él en sus primeras etapas, continuaba siendo una llamada a la emancipación de la persona. Pero esa emancipación, como lo creyera Breton, no era un monopolio exclusivo del marxismo, sino que le pertenecía a una nutrida línea de pensadores aparentemente dispares, que encontraron en el Surrealismo un espacio común.

 

El collage como espacio utopico

La concepción del collage vino precisamente a brindarle su habitáculo a ese espacio. Es en el collage donde tanto mental como visualmente se verifica la unión de elementos contrarios en una nueva realidad. Esa (re)unión rompe con un orden establecido alterando la percepción normal que la sociedad impone sobre las cosas. De esa manera el significado “fijo” de las cosas se desestabiliza al ser integrado con otros significados opuestos, creando de esa manera un escenario utópico de la realidad o mejor dicho, de la surrealidad. El collage como uno de los grandes inventos poéticos de la modernidad, rebasa su mera función estética para formar parte de un mecanismo de “atracción magnética” (no es por casualidad que la primera obra surrealista se titulara Los Campos Magnéticos) entre realidades desiguales, creando una escala de valores transgresora La sociedad donde vivimos funciona como un collage en lo que posee de cotidiano. Basta con salir a la calle para que nos sintamos “dentro” de un collage de objetos impuestos “desde fuera” por un sistema económico basado en el consumo. ¿Qué es “Disney World” sino la puesta en escena de una realidad virtual manejada por la utopía capitalista? Alcanzar “desde el interior” ese “más allá” (opuesto al escenario de Disney World) era la finalidad utópica del surrealismo, que el collage logra hacer visible. Para ello se valieron de distintos métodos lúdicos pero también del azar objetivo, del análisis de los sueños o del “amor sublime”. Los surrealistas pusieron todas sus esperanzas en esas vías (¿acaso no es la esperanza la sustancia de la utopía?) en unos tiempos conjurados para impedirlas. De ahí que su rebeldía llevara a veces el sello de la vehemencia y no del razonamiento. Pero en el fondo los surrealistas fueron unos optimistas tenaces que frente al pesimismo que Camus expuso en su obra “El Mito de Sísifo”, creyeron como lo confesara Breton en sus entrevistas, que al final el hombre superaría los escollos.

Si toda gestión libertaria actual apunta hacia un porvenir lejano, nos parece entonces que la utopía surrealista es viable en tanto que limite su campo de acción a lo imaginario. El Surrealismo no es un partido político, ni un culto religioso, cuyo destino sea la toma del poder. Es y continuará siendo una lectura apasionada de lo real para revelar su “surrealidad”. Dentro de ese proceso el Surrealismo que de acuerdo con Breton “es lo que será”, mantiene su dinámica creadora y puede aún abrir caminos exploratorios. En la apertura de esos caminos se encuentra el espíritu innovador de la utopía que siempre vislumbra el horizonte a sabiendas que nunca podrá alcanzarlo.

Florencia Urbina 

NOTAS

1. Andre Breton: “Point Du Jour”, Editions NRF, 1934.

2. Ver Andre Breton, “Puntos de Vista y Manifestaciones”. Barral Ediciones, Barcelona, 1972.

3. Ibid. Pag. 137-38. El subrayado es mío.

4. Helen Lewis, “Politics of Surrealism” Paragon House, NY 1988, Gerard Durozoi, “Histoire Du Mouvement Surrealiste”, Hazan Editeurs, Paris 1997, Maurice Nadeau, “Histoire Du Surrealisme”, Points, Editions du Seuil, 1964.

5. Martin Jay, “Marxism and Totality”, University of California Press, 1984.

6. Ferdinand Alquie “Humanisme Existencialiste et Humanisme Surrealiste” Cahiers du Collage Philosophique, Arthaud, Paris, 1948.

7. Citado por Bruce Baugh en “French Hegel” Routledge University Press, N. Y 2003.

8. Clifford Browder: “Andre Breton, Arbiter of Surrealism”, Librairie Droz, Geneve, 1967.

9. Andre Breton “Manifiestos del Surrealismo”, Guadarrama, Madrid, 1969. Traducción de Andrés Bosch.

10. Vincent Bounoure: “L’Autre Rime”, BLS #6, Abril 1973.

11. Jacques Abeille: “Reponse a Herbert Marcuse” BLS # 7.

12. Herbert Marcuse, “Reason and Revolution”, Beacon Press, Boston, 1969.

13. “Por un Arte Revolucionario Independiente” en Andre Breton: “An-tología”, Traducción Tomás Segovia, Edit. Siglo XXI, Mexico, 1973.

14. Andre Breton “La Clara Torre”, en “La Llave de los Campos”, Libros Hiparión, Madrid. Traducción Ramón Cuesta y Ramón García Fernández.

15. Ibid.

16. Ibid.

17. Murray Bookchin: “Post Scarcity Anarchism” Rampart Press, Berkley, Calif. 1971.

18. Ibid.

19. Reproducido en Maurice Joyeux: “El Anarquismo y la Rebelión de la Juventud” Edit. Freeland, Buenos Aires, 1972.

20. Murray Bookchin “The Ecology of Freedom” Chesire Books, California, 1982.

21. Ver Herbert Marcuse “Counter-revolution and Revolt” Beacon Press, Boston 1972.

22. Andre Breton “Oda a Charles Fourier”, en A.B. “Antologia”, Siglo XXI, Mexico, traducida por Tomás Segovia.

23. Gerard Schaefer: “Andre Breton” Editions La Bacconiere, Neuchatel.

24. Ibid.

25. Octavio Paz: “Fourier y la Analogía” en “Aproximaciones al Pensamiento de Fourier, Miguel Castellote Ed. Madrid, 1973.

26. Ibid.

27. James H. Billington: “Fire in the Minds of Men”, Basic Books, Harper, 1980.

28. Glenn Alexander Magee: “Hegel and the Hermetic Tradition” Cornell University Press, 2001.

Carlos M. Luis (Cuba, 1932). Poeta e artista plástico. Dirigiu em seu país o Museo Cubano. Como ensaísta, publicou Tránsito de la mirada (1991) e El oficio de la mirada (1998). Nos anos 90, já residindo em Paris, publica juntamente com Jorge Camacho Le Bulletin de Liason Surrealiste. Contato: karmaluis1@bellsouth.net. Página ilustrada com obras da artista Florencia Urbina (Costa Rica).

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