revista de cultura # 59
fortaleza, são paulo - setembro/outubro de 2007






 

Alexander Calder: precursor del mundo cambiante

Federico Revilla

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Alexander CalderNos admiramos ante la obra de los artistas que se anticiparon a su tiempo: es decir, que lograron colocar a éste en presencia de tiempos nuevos que seguirían. Pero quizá sea a menudo una admiración demasiado fácil. O, por mejor decir, una admiración poco discriminada, falta de suficiente reflexión acerca de qué hubiera sido aquella supuesta “capacidad” de anticipación.

La percepción del artista – ni siquiera los artistas excepcionales – no tiene por qué llegar más allá de sus experiencias personales o sus preocupaciones estéticas o técnicas.

Jamás un artista se preocupa de simbolizar, pero tampoco es frecuente que desee advertir, proponer o exhortar a sus contemporáneos y mucho menos erigirse en representante de su época ni de la inmediata. La mayoría de ellos harían suya la declaración de Picasso: “¡Yo pinto, y basta!”. Así es: bastante tienen con sacar adelante su propio trabajo creativo, tan a menudo arduo, duro, áspero o ingobernable.

Sin embargo, es frecuente que se les atribuyan aquellos méritos extra-artísticos. Dichos méritos son identificados “a posteriori” – ¡supuestamente! – por los historiadores y los exégetas. Algunas veces – particularmente durante los últimos decenios – ha intervenido la opinión pública: cuando tras haberse apoderado de ésta o aquélla imagen, la populariza, probablemente por ello mismo la banaliza, y así “digerida” la entrega al consumo de las masas; peor todavía es cuando en el proceso ha intervenido la poderosa publicidad, asociando deliberadamentea la imagen a determinada significación, con independencia de toda consideración acerca de su nobleza, interés público o pura y dura comercialidad.

Sea como fuere, en esos pasos se avanza temerariamente mucho más allá que hubiera hecho el artista. Por ello parece aconsejable bisbisear un sincero “Mea culpa” colectivo. Cuando tantas veces indagamos – y algunas, descubrimos – un sentido profundo, más allá de la estética, y sobre todo cuando hallazgos semejantes se repiten o se concatenan, es una tentación fácil atribuir al artista cierto papel, si acaso no propiamente de profeta, ni siquiera de portavoz, acaso de “vigía” o quién sabe si de presunto “guía” de sus contemporáneos.

Nos referimos a los casos cuando un artista o un grupo de artistas detectan a su modo o parecen alertar sobre la inminencia de cambios sociales, alteraciones y en ocasiones también desastres. Lo cierto suele ser que el desacomodo íntimo del artista probablemente coincide analógicamente con el de su entorno. Pero ellos son capaces de darle una expresión visible y, acaso, contundente. Pensemos en la función típica de los expresionistas, en cuanto protagonistas de cierta unánime alerta angustiada respecto de las calamidades que se cernían sobre la Europa de la primera mitad del siglo XX. Otros se manifestaron “a posteriori” mediante una condena contra la estupidez y la inutilidad de la guerra: móvil inicial de “dadá”, antes que nadie, y poco después del surrealismo. [1]

Otro es el caso de los artistas que “hacen ver” la mentalidad de su tiempo, traduciéndola en imágenes mucho más convincentes y efectivas que las disertaciones de los doctos o la tácita aceptación (por ello silenciosa) de las masas coetáneas: tal había sido la función desempeñada por los artistas medievales, tanto románicos como góticos. Pero éstos nunca aluden al futuro. Probablemente, incluso les faltase el utillaje intelectual para hacerlo.

Hay un notable consenso acerca del carácter lúdico del arte de Calder. Incluso en su origen: aquel delicioso “circo”, que todavía divierte tanto como admira a las generaciones que lo disfrutan mediante alguna grabación cinematográfica. Ni asomo de trascendencia. Sonrisa, por encima de todo. Relajado esparcimiento. De hecho, su entrada en España había sido auspiciada por Ramón Gómez de la Serna, [2] entre otros, un personaje asaz significativo de un modo de entender la vida. También lo observó recientemente el diseñador Javier Mariscal cuando recorría la última exposición antológica de Calder en Barcelona: “Calder parece que empezó como jugando”. [3]

Alexander CalderPero jugando, jugando, iban asomando sus conocimientos de ingeniería, su extraordinaria habilidad manual y su fértil inventiva.

Por supuesto, Calder no se planteaba filosofías, ni mucho menos una visión plástica sobre la psicología social de su tiempo. “Calder […] pretendía conseguir una especie de ballet mecánico que no fuese una mera celebración estética de sucesos cinéticos, sino más bien una pura construcción móvil y abstracta en el espacio”. [4]

Ingeniero de formación, artesano habilísimo, trabajador infatigable, Calder sabía muy bien con qué elementos operar: allí, en su taller. Ni una sola mirada crítica sobre la sociedad, ni mucho menos para avizorar el inmediato futuro. Había escrito el propio Calder: “La diversidad de forma, color, dimensión, peso, movimiento, es lo que hace una composición… La aparente excepción a la regla, que en realidad controla el artista, es el medio con que éste crea o altera la obra”. [5]

Tras su visita al taller de Mondrian – que hay consenso en considerar muy decisiva para su impulso –, la inquietud de Alexander Calder fue versando cada vez más sobre el empeño de lograr que los colores se movieran. “Así como se pueden componer colores o formas, también se pueden componer movimientos”. [6] Es muy sencillo reseguir su itinerario creativo, pero sin duda debió exigirle un trabajo tan prolongado como denodado. Al cabo, poco a poco, con tenacidad laboriosa y apoyado siempre en su extraordinaria destreza para el manejo del alambre, llegó a la formulación de sus “móviles”.

Técnicamente, éstos fueron desde el primer momento una hazaña del estilo de “la cuadratura del círculo”. En efecto, la escultura había sido reputada siempre como el arte de la estabilidad y la solidez, la tangibilidad y la firmeza. Pues he aquí que Calder la ponía en movimiento, le confería ingravidez y agilidad: ¡la escultura se movía!

La escultura se mueve.

Ahora percibimos mejor de qué modo – sin pretenderlo – Calder se anticipó a los tiempos actuales. No puramente en lo formal ni en lo técnico (con todo y ser órdenes muy apreciables). Los “móviles” son la expresión más bella y también más precisa de la fugacidad, la inestabilidad, la metamorfosis indefinida, que hoy caracterizan la experiencia humana. Un nonada, el toque más leve con la yema de un dedo sobre cualquier pieza ínfima o el más sutil soplo de una brisa pueden alterar de arriba abajo las relaciones mutuas de todos los elementos del conjunto y, al cabo, la apariencia total de éste. Interrelación milimétrica, superpotencia de lo imperceptible. Todo es decisivo, nada se aísla de la totalidad.

Esta realidad puede formularse hoy en términos de divulgación científica y seguro que merece una atención respetuosa. Pero había sido formulada ya – bien que según su estilo propio – por muchísimos autores ascéticos del siglo XVII, infatigables en la recordación de la precariedad de la condición humana y del ámbito mundano donde se desenvuelve. ¿Quién les recuerda, ahora, en el siglo XXI?

Sin embargo, su lección se encarna en la experiencia cotidiana de gentes de toda clase y condición: ¿cuánto duran una moda, una prenda, un objeto de uso corriente? ¿Cuánto se mantiene una técnica en particular? Más concretamente: ¿cuánto tarda nuestro informático en tildar despectivamente de “viejo” el PC que compramos el año pasado?

¿Estabilidad en el empleo? Pero, ¿qué es eso? A lo sumo, la gran suerte de una minoría de privilegiados. ¿Y en el amor, en la pareja o en la familia? Ay, también el amor cambia: más que cambiar, perece o se extingue… cuando no es mucho peor, porque degenera en odio… ¿Qué es el largo plazo? ¿Vale la pena pretenderlo?

Durante la generación anterior, los padres fueron descalificados y su experiencia desoída. Pero ahora han caído en análogo desprestigio los hermanos mayores: siete, diez años de diferencia, bastan para fulminar con el descrédito sus opiniones tanto como sus gustos o sus costumbres…

Alexander CalderTodo se mueve, se invierte (algunos dicen “Se subvierte…”), se permuta, va y viene (porque los gustos y las modas también “vuelven”), se agita, se metamorfosea… Reconozcamos que todo ello son sendas manifestaciones de vida. Porque es vida, precisamente, registra ese continuo movimiento en su seno. El ritmo lento o lentísimo de pasados tiempos (pensemos en la quietud de la sociedad medieval, por ejemplo) más bien debiera ser considerado una especie de “pre-vida”, introducción a la vida; para emplear un concepto deportivo, “precalentamiento” en espera de comenzar la acción propiamente dicha…

Y no hay en ello pasión ni tragedia, sino llana naturalidad.

Desde nuestro presente comprendemos mucho mejor que Calder no dramatizase en absoluto: él también vivía inmerso en la vida, que precisamente en su tiempo comenzaba a “desperezarse” (las vanguardias), preparándose a la mutación paulatinamente acelerada que ha tocado a sus nietos protagonizar. ¿Lo intuyó acaso? Parece dudoso. Como quiera, no fue ni un profeta ni un modesto anunciador: porque probablemente ni siquiera sospechaba que sus gráciles composiciones pudieran ser imagen no figural de una sociedad donde nada permanece, todo cambia, oscila, se conmueve, se estremece o se sobresalta… formando tramas nuevas de relación y de configuración.

Pero tan continuos cambios no exigen revolución ni violencia: grosero recurso de tiempos bárbaros ya superados. Antes bien, se producen en la paz, en la armonía, a veces en el juego, y su ritmo se asemeja al que nosotros percibimos en el orden de las estrellas en el firmamento: cadencia, suavidad, inevitabilidad.

Hay algo de oriental, preferentemente taoísta, en la actitud de Calder que tan diáfanamente se hace patente en sus “móviles”. Aquella apacible organicidad pudiera haber sido una sugerencia para concebir el tao. [7] La adecuación a los ritmos lentos atempera al ser humano con el resto de la creación. Imagínese que alguien intenta poner en movimiento alguno de los ingrávidos árboles alámbricos de Alexander Calder, no mediante un tenue soplido, ni la caricia de un dedo sobre cualquiera de sus piezas colgantes, sino asestándole un trompazo. Qué brutalidad. Pero el trompazo se multiplicaría al instante por todas las ramas del “móvil” y éstas experimentarían una sacudida general, un trastorno súbito, al modo de lo que es en la naturaleza un terremoto (una excepción destructiva): el entorno responde al hombre, pero lo hace en los mismos términos de su propia interpelación, en este supuesto mediante el trastorno y la conmoción.

¿Qué es mejor?, podría preguntarnos algún maestro taoísta: ¿que el hombre se acomode a los ritmos de la naturaleza, dejándose mecer por ellos, o que intervenga cruelmente comunicando al entorno su excitación, su atolondramiento o su furia?

Y el maestro taoísta no aguardaría respuesta, porque la sabe de sobras. Tampoco quisiera escucharla formulada por otro: no es preciso en absoluto.

También el placer visual del contemplador – y esto sí que debió tenerlo muy en cuenta el artista – depende del manso devenir, lento, progresivo, del “móvil” abandonado a sí mismo, como las ramas del árbol o el monótono chorrear de la fuente. Placer visual, por cierto, al que en algunas piezas Calder intentó añadir el complemento sonoro: tal el leve entrechocar de las piezas. (¿O acaso no lo intentó siquiera, antes bien “le vino dado” por el normal desarrollo del movimiento de aquellos leves elementos?).

Alexander CalderPor estas circunstancias, la evidencia de la mutabilidad en los “móviles” de Alexander Calder dista de ser angustiosa, ni siquiera desasosegante. No inspira zozobra ni inseguridad: estados sobre los que gravita la psicosociología de la generación actual, aunque no siempre posea plena conciencia de ellos. Todo lo contrario: la que se deriva de los “móviles” es una evidencia tranquilizadora y pacificante. Contiene, efectivamente, algo de la serena conformidad oriental con “lo que es y tiene que ser precisamente así”. La apacible reconciliación con la muerte – “asignatura pendiente” de las sociedades occidentales – aguarda bajo esas premisas espirituales. Todo cambia, todo pasa, pero no deja de ser lo mismo.

Probablemente, pocos hayan intentado una aséptica meditación frente alguno de los “móviles” de Calder. Sugerimos esta experiencia (supuesto que puedan hallarse solos y en perfecto silencio en la sala del museo o en el rincón urbano donde se alce la obra).

¿Sin más consecuencias?

Como quiera, todas estas observaciones permanecen exteriores a la obra, a cada obra. Probablemente, contribuyen a estropear, o por lo menos a difuminar, su espontáneo influjo pacificador: como un runruneo inoportuno – aunque exprese palabras muy sabias – en el silencio de un jardín japonés. Imposible atenuar su efecto perturbador. Silencio, silencio. Que el “móvil” se estremezca a impulsos del más imperceptible cambio ambiental.

Había escrito Sartre: “Calder no sugiere nada: atrapa verdaderos movimientos vivientes y les da forma. Sus móviles no significan nada, no nos remiten a nada fuera de sí mismos: son, y basta. Son absolutos”. [8]

Por supuesto que Calder jamás pretendió “decir” nada. Ha sido la garrulería de los demás la que ha “cargado” sus “móviles” de engañosos contenidos, como si fueran abigarrados árboles de Navidad (consumistas, al cabo).

En consecuencia, al autor de estas reflexiones no le queda otra opción que reducir al silencio también su propia garrulería y permanecer en recogimiento ante la obra, ese “móvil” de Alexander Calder: cualquiera de ellos. Obra una y diversa. Una digna aportación humana a la maravilla no hablante de la vida natural de donde brotó él mismo – cualquier hombre –, donde vive y por la que vive… aunque tenazmente obcecado en destruirla.

Silencio una vez más… y siempre.

 

Las palabras no denotan sabiduría.

La sabiduría no reside en las palabras. [9]

 Alexander Calder

NOTAS

1. Es preciso consignar con tristeza la inutilidad total de aquellas actitudes: siguió una guerra peor que la primera (1939-1945), seguida de una paz aparente, hipócritamente disimulada bajo el nombre de “guerra fría”. Y cuando las generaciones actuales expresan más clara que nunca su oposición a la guerra y a cualquier clase de violencia, varios dirigentes más criminales que puramente insensatos se empeñan en provocar nuevos pretextos de enfrentamiento y de matanza entre los hombres.

2. Cf. Juan Pedro Quiñonero: “Calder, el movimiento perpetuo”. “A B C”. Madrid, 12 julio 1996.

3. Cf. Catalina Serra: “¡Buen rollo!”. “El País”. Madrid, 4 enero 1998.

4. Joan Punyet Miró: “Alexander Calder i Joan Miró: una amistat, una complicitat”, “Calder”, p. 18. Fundació Joan Miró. Barcelona, 1997.

5. Cit. por Lucy Flint: “Collezione Peggy Guggenheim”, tav. 66. The Solomon R. Guggenheim Foundation, s.f.

6. “Modern Painting and Sculpture. Berkshire Museum Catalogue, agosto 1933, cit. en Dore Ashton: “Calder”, en “Calder”, cat. cit., p. 37.

7. “Aquello que miramos y no podemos ver es lo simple. /  Lo que escuchamos sin oir, lo tenue. / Lo que tentamos sin asir, lo mínimo. / Lo simple, lo tenue, lo mínimo / se conjugan en el Uno. / Revelado, no deslumbra; / oculto, no pierde su  luz; infinito, no puede ser definido; /  retorna a la no-existencia”…  Lao-Tsé: “Tao Teh King”,  XIV, p. 43. Ediciones Morata. Madrid, 1961.

8. Jean-Paul Sartre: “Les mobiles de Sartre”, catálogo de la exposición “Calder”. Galerie Louis Carré. París, 1946., cit. en Joan Punyet Miró:  art. cit. “Calder”, cat. cit., p. 31.

9. “Tao Teh King”: op. cit., LXXXI, P. 112.

Federico Revilla (Espanha, 1934). Presidente de la Fundación Cultural de las Américas. Autor de livros como El Dios de todos nosotros (1986), Reflexiones sobre el más allá (1992), e ¡Empollar, no! (1995). Contato: f.revilla@cultuamericas.org. Página ilustrada com obras de Alexander Calder (Estados Unidos).

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