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revista de cultura # 60 |
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Hans Bellmer: la estética de la perversión Oscar González
Y entonces lo que Bellmer intenta en todo momento es provocar las revelaciones de lo oculto que hay en la tensión entre lo femenino y lo masculino, como medio para poseer la conciencia y el conocimiento de sí mismo y el sentido que tienen para él la provocación intencional e intensa. En la medida en que no nos podemos hallar inmersos en la realidad, dado que ella ha sido escindida de su totalidad, entonces no queda más que vivirla en esas tensiones que uno mismo tiene que provocar. Ya la provocación y el escándalo no están en esa realidad sino en uno mismo y desde allí se hacen los movimientos necesarios y sutilmente se diseminan construcciones nuevas en las tensiones y se buscan iluminaciones en la estructura indecible de lo incidental. Es lo que sería para Bellmer, el mismo que incita a la revelación de estos incidentes de rebelión metódica y sin condiciones, pues se inició y tuvo conocimiento concreto y fascinado de toda la revolución dadaísta, lo mismo que el proyecto artístico de G. Grosz y su intervención decidida en lo que en el movimiento de la “Nueva Realidad”, y se relaciono en lo esencial con Heartfield y Schlichter, artistas de una considerable sensibilidad irritada y crítica. Bellmer sabe entonces que la crítica a la realidad ha de hacerse desde la mayor contención e irradiación de la irritación provocada. Por eso es de una trascendencia incandescente transcribir en su totalidad lo que dice en un hermoso ensayo André Pieyre de Mandiargues sobre Bellmer: “(…) las obras en las que pensamos enseguida son las “poupées”, las muñecas; desde la primera, berlinesa, de 1934, hasta llegar a sus hermanas más recientes. Las muñecas de Bellmer no son esculturas, son objetos en el sentido más estrecho de la palabra, y, curiosamente, es a ellas a quienes vemos inspirar y dirigir los más impactantes dibujos y grabados del artista. Por medio de sus elementos intercambiables, estas muñecas se prestan a esa suerte de perversión intelectual que es el juego de anagramas con el cuerpo femenino, el cuerpo de la muñeca considerado como una palabra o como una frase cuyas letras constitutivas son móviles partes carnales. El humor y la crueldad son los dos polos de este juego, que está organizado como una filosofía de aguda meticulosidad. Esta virtud humorística, de la que ya hemos hablado, y a propósito de la cual es oportuno recordar que fue revelada por Breton al comienzo de la última guerra mundial, adquiere una tendencia netamente sádica en Bellmer, mientras que en Giacometti es más bien masoquista (…)”. (1)
Ellas se teatralizan con él. Este teatro, o el que más se nos hace coincidencial con lo de Bellmer es el de T. Kantor, porque él decía: “En mi teatro un maniquí debe convertirse en un MODELO que encarne y transmita un profundo sentimiento de la muerte y de la condición de los muertos: un modelo para el ACTOR VIVO”. Es la combinación de los sentidos y los músculos lo que hace sentir. El teatro es poseer el ideal pero transformado y no cambiado, por una necesidad racionalizada y determinista de escandalizar. Teatro hace pues Bellmer y perturba, sin intencionalidad sino por lo mismo que hemos dicho, la medida de lo que hace en él, resultado de su tensión. Tensión de uno mismo, eso es el teatro. Nada puede hacerse para que eso se dé y para que causa el incidente de la provocación, es lo que queda por hacer cuando la realidad ha sido llevada a la nada. Y quieren que también la relación inescindible entre lo femenino y lo masculino no sea el hilo intuicional para hallar lo nuevo en medio de la muerte y el condicionamiento de los sentidos en su mayor momento del decirse en su teatralización. Queremos decir: que la vida y la vida de los sentidos no se puedan exhibir teatralmente. Dominio de la obscenidad contra la que está Bellmer. Ella, puede decirse que es insulta para podemos decir el por qué y el para qué, en la ilación de esas tensiones que los sentidos proyectan sobre la masa de oscuro que se quiere establecer como verdad del instinto, que no cede sino a la tentación de la exuberancia. Verdad sin la exuberancia de la intensidad no existe, para Bellmer y su intuición del arte de la “Instalación”, como se observa en cada una de las que realizó, en donde lo súbito hace su tumulto. Dice Bellmer en 1964, al serle solicitadas unas indicaciones sobre su libro “Pequeña anatomía del inconsciente o la anatomía de la…”: “en la combinación de partes de muñecas o de partes más o menos completas de la “Muñeca”, he encontrado que no tenía sentido, y no provocaban la sensación de lo “probable”, de lo “deseado” -no comunicaban absolutamente nada”. ¿Nada de qué, o la nada misma, o lo absurdo? Diremos nosotros, la revelación de que al hacerlo el azar lo suscitaba todo, lo incitaba a todo.
Es en el orden y en el caos de la obsesión y de las tensiones del inconsciente de donde Bellmer observa la realidad y su irrealidad, da sentido a su posesión y a su hechizo, hace de la provocación su teatro y eso entonces es lo que lo hace comunicable con artistas como Kokoschka (3), A. Saura, P. Molinier y Marta Kuhn-Weber. O en la Sakti de la tradición oriental, como él mismo lo dice. Ese mismo hilo se puede llevar también, hacia libros como la “Eva futura” de Villiers de L´Isle Adam, que trata de la ciencia simbólica y del sueño, concentrada y concretada en hallar más realidad de lo femenino en lo femenino, de lo sensible y lo insensible en la construcción de la Andreida; lo mismo que en la Shelley, Roussel, etc. No nos queda nada por decir ya que todo esta dicho, pero habría sí que indicar que son maravillosas por la tentadora provocación que tienen las ilustraciones que hizo Bellmer de libros y no todos los libros, sino esencialmente el libro de Bataille: “Histoire de l´oeil” en la que se exhibe fanáticamente y sin prevenciones la historia de las relaciones turbulentas entre lo femenino y lo masculino, y de lo hermosamente absurdas que son en la medida en que lo que se intenta es la exaltación de la perversión, liberada y hermosa.
CARTA DE HANS BELLMER A SU AMIGA POLLY Noviembre 1. 1964 Querida Polly: Trataré entonces de hacerte una breve síntesis de mi libro “Pequeña anatomía del inconsciente físico o La anatomía de la imagen.” (Pero bastará con que des una ojeada a la caligrafía para comprender hasta qué punto tengo los nervios destrozados). El doble título ya indica que se trata de un doble propósito: Primero, derramar frente al lector la existencia de una anatomía de nuestro cuerpo que es puramente subjetiva, imaginaria y que, en cuanto no objetiva, encuentra de qué nutrirse en los estados febriles y a menudo psicopatológicos, incluido el delirio sexual. De hecho, cuando cedemos al miedo o al deseo, estamos en condición de sentir e imaginar seres humanos más que todo fantásticos, escandalosos o “absurdos”. Siento algo de excitación al escribir la palabra “absurdo”. De hecho, en la combinación de partes de muñecas o de partes más o menos completas de la “Muñeca”, he encontrado que no tenían sentido, y no provocaban la sensación de lo “probable”, de lo “deseado” – no comunicaban absolutamente nada. Como compensación, encontré otras que desencadenaban en mí un placer incomparable, o en rigor, comparable a aquello que debe sentirse cuando se encuentra un tesoro que se ha buscado febrilmente por veinte o treinta años. Ahora, como sabemos, la vida no es siempre un placer incomparable, no sólo la curiosidad, sino también el deseo de “saber”, me indujeron a buscar en otro lugar una justificación, o algún paralelo a mi descubrimiento. En el campo literario, si así lo podemos llamar, he encontrado [en] las cartas de Kokoschka, la futura Eva, el célebre ejemplo de Platón (el ser, en sus orígenes, tenía cuatro brazos, cuatro piernas y dos cabezas: los “Dioses” le cortaron en dos, mujer una parte y hombre la otra). Pero todavía no estábamos; aquello que finalmente encontré, por casualidad (tengo muy poco de literato), fue la observación clínica auténtica, la obra del doctor Jean Lhermitte: La imagen de nuestro cuerpo. Seguidamente encontré otras aquí y allá. Sin duda, ignoro gran parte de lo que se observó en materia, pero lo que cito en la Anatomía, agregando mis observaciones personales, basta y sobra. Luego, tomas sólo la cita (Jean Lhermitte): “…tengo ya cien brazos, mil dedos…” etc, y vas a ver en el Museo de Arte Oriental (Franklin – Roosevelt) las imágenes de la “diosa” Kali-durga o de los “Sakti” de los “mil” brazos. O, si quieres, vas a ver al Museo de Historia Natural (el primer edificio viniendo de la estación Austerlitz, del Sena) la monstruosidad que algunas veces produce la “naturaleza”.
En el ser humano con algo de experiencia, a partir digamos de los cinco años, no se da más la observación, es decir percepción de un objeto del mundo exterior, sin que la memoria le reenvíe una imagen ya registrada, más o menos adecuada, a título de parangón. Para no hablar de la parte que tiene el deseo de cuanto se quisiera percibir. El plato visto cien veces no tiene ya interés (realidad poética, para ti.) Si por el contrario ves un pie que se parece a tu necesidad, anotarás la imagen en la memoria, te lo garantizo. En pocas palabras: si cierro un párrafo del libro con la frase “el objeto que se parece sólo a sí mismo, no tiene realidad”, no es una broma que quiere ser interesante: es una absoluta convención! (Relee, si quieres, el sueño de mi ex esposa, sueño en el que aparece la chimenea pequeña que asoma fuera del techo, que es al mismo tiempo un falo y una sirena antiaérea). El libro, por lo demás, traiciona también otras intenciones: por ejemplo aquella del antiespecialista que me gustaría ser, uno capaz de tomar igualmente en cuenta al leñador, al ingeniero, al psiquiatra, al analista, al enfermo, al artista, etc. etc. Lo que en el fondo irrita un poco a todos, tanto más que no dudo en mezclar el pensamiento objetivo y frío con caprichos y secretos de orden poético, si no es para probar que el hecho de tener un cierto don poético, no quiere decir a priori que se es idiota en otros campos. Y también el libro tiene otro defecto: está escrito de manera demasiado apretada. Presupone, por parte del lector, un esfuerzo que éste, la mayor parte de las veces, no puede hacer. Además, el carácter escandaloso no siempre atrae al lector o a la lectora. Lo primero que recibí fue una carta inmediata de André Breton (con quien debí haber llegado a una decisión drástica), seguido de Man Ray, que me respondió con el anagrama IMAGE-MAGIE, y luego aún un guiño más que positivo del profesor Lacan. El último gran admirador en orden cronológico - “se ha convertido en mi Biblia” – es un joven berlinés, que pagó la costosa edición alemana y que nosotros llamamos el “dulcero” porque lo hace como oficio. Para el doctor Ferdiére, siempre prudente cuando debe hablar, “no está nada mal”. El primero de quienes – le presté mi copia – sólo me preguntó si lo había escrito en francés. En cuanto a las mujeres, no lo sé muy bien. Renate Gerhardt, que ha estado al cuidado de la edición en alemán, quedó fascinada. Unica, interrogada por el doctor Rosolato a propósito, dijo: “es un libro para hombres”. En este caso hay que tener en cuenta la profunda aversión de Única por cada forma de erotismo presentado muy al desnudo, además del hecho de que no es una “intelectual”. Como tú, además, Polly! Me gustaría tanto que alguna vez me escribieras tus impresiones sobre mi Anatomía, en ese estilo tuyo tan fresco y espontáneo. Y te pido, no te guardes ciertos pensamientos, tal vez por miedo, que puedan ser locuras! Relee el “malloppo” cuando tengas dos o tres horas libres, y luego escríbeme cuando y como quieras. En todo caso espero saber algo el día de mañana. Te mando un beso afectuoso, Polly. |
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Oscar González (Colombia, 1957). Poesia y ensayista. Ha publicado La ciudad soñada (1999) y Pincel de hierba (2001). Pertenece al Comité Editorial de la revista Punto Seguido, donde se publica este ensayo originalmente. La traducción de la carta es de Paula Podesta. Contato: ojgonzal@eafit.edu.co. Página ilustrada con obras de Hans Bellmer (Alemania). |
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