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Frida Kahlo: espejos y sueños
de mujeres
Mariella
Nigro
Se
ha vinculado a Frida Kahlo con María Izquierdo, Leonora Carrington y
Remedios Varo, especialmente por su condición de artistas mujeres. En
particular, se ha planteado el contacto entre las dos primeras por su fuente
vernácula de inspiración y la cercanía en los lienzos y en los afectos a
Diego Rivera y Rufino Tamayo, respectivamente.
Las
cuatro artistas viven por dentro el México de principios de siglo, y es
posible que las vincule –entre sí, con sus pares contemporáneas y con las de
posteriores generaciones- la inevitable constante femenina de la
investigación de sí misma a través de la creación plástica.
Las dos
mexicanas tuvieron como numen de su arte sus propias experiencias; pero el
tratamiento de ese material por parte de María Izquierdo, testimoniando la
algarabía del circo, las imágenes de la niñez, el esplendor telúrico de los
mercados o la presencia íntima de los objetos en las alacenas, marca
distancia con los colores y dolores de Frida Kahlo: la exposición que ésta
hace de su padecimiento, su alejamiento de las líneas de la Escuela Mexicana
y la explotación del tamiz onírico de su realidad.
Por su
parte, la española Remedios Varo y la inglesa Leonora Carrington, vinculadas
sentimentalmente a los vanguardistas Benjamin Péret y Max Ernst
respectivamente, participaron de la “revuelta surrealista” mexicana. Ambas
tuvieron entre sí un estrecho contacto personal y amigos en común, y
estuvieron involucradas con los seguidores de Gurdjieff y con sistemas de
conocimiento como la magia, la alquimia, la Kabala, la sicología, el
imaginario y el arte orientales. Por el contrario, Frida mantiene una
especial impermeabilidad respecto de los modelos europeos, para adherir a
las estructuras atávicas de su propia tierra, incorporando casi
exclusivamente la iconografía nativa y sus personales símbolos. En las tres
artistas, los fenómenos de la hibridez, de la metamorfosis de los reinos
animal, vegetal y mineral y de las mutaciones humanas, tan propios del
surrealismo, se resuelven de un modo diferente: la pintura de Kahlo tiene
una fuente de inspiración más terrenal que feérica, ajena a la filosofía
alquímica de Remedios Varo o a la mitología celta de Leonora Carrington.
Las
tres quedan vinculadas a través del fenómeno surrealista y de su condición
de artistas mujeres. Ambos aspectos involucran una interesante cuestión que
aquí sólo puede ser formulada: ¿cuál es la óptica de la mujer surrealista,
especialmente en la época cardinal del movimiento y aún antes, cuál es el
lugar desde el cual emitieron su discurso sus predecesoras futuristas y
dadaístas? ¿Cómo cuaja su participación en un mundo de sueños que es el de
Sade, no el de Justine, es el de Breton, no el de Nadja...?
Habiéndose enfatizado en los contactos de Varo con la mexicanidad, así como
los de Kahlo con el surrealismo, me interesa limitarme a la ligera
confrontación de sus obras.
En
términos generales, la construcción medieval, sus habitaciones y claustros,
o el bosque encantado de leyenda europea son el escenario de los cuadros de
Varo; en los de Kahlo, aun en aquéllos que compone un espacio metafísico, el
contexto es el entorno vernáculo: la vegetación tropical, el balcón y los
cortinados coloniales, la habitación y el mobiliario mexicanos, el pedregal.
La mayor parte de los retratos de Kahlo son de medio cuerpo y se enfrentan
al espectador generalmente quietos, sin desarrollar actividad alguna; en
especial en sus autorretratos se presenta estática e impasible. Los
personajes de Varo, por el contrario, se presentan de cuerpo entero, siempre
con las manos en una tarea laboriosa –tejido, alquimia, música (¿la Gran
Obra?)-, desplazándose sobre ruedas o en tránsito sobre naves.
La
intención de autorretratarse de Varo no es explícita como la de Kahlo.
También en sus cuadros asoma frecuentemente el otro yo -como en Encuentro,
1959-, aparecen máscaras (Mujer saliendo del psicoanalista, 1961) y corsés (Recuerdo
de la walkiria, 1938), se menta a ‘la amiga imaginaria’...; pero el otro yo
de Varo es más una visualización que una constatación, más una presencia
convocada por la magia que una aparición espontánea. Del mismo modo, cuando
en su pintura los objetos se corporizan o sufren una metamorfosis, o la
figura humana asume una identidad vegetal o animal, parece tratarse de un
fenómeno esotérico y no de una plurívoca manifestación cósmica de la
naturaleza, como sucede en la pintura de Kahlo.
En este
sentido, la apreciación que se ha hecho sobre una “cierta influencia
ocultista en Frida, propia a una visión de carácter esotérico” (Araceli
Rico, en
Frida
Kahlo. Fantasía de un cuerpo herida, Plaza y Valdés, México, 1993),
es aplicable, en mi opinión, más a su diario personal que a su pintura de
caballete, donde, por lo que quedó dicho, se prescinde de una visión
hermética propia de los iniciados y se expone, por el contrario, una visión
exotérica de su mundo.
En la obra de Kahlo, el mana de los objetos queda al descubierto por una
revelación; en la de Varo, a través de un conjuro.
La
lacería, los entramados, los filamentos, frecuentes en ambas, tienen
diferentes significados. En una, los sarmientos, las venas, los tallos o
espinas o las cintas, aplicados al cuerpo o saliendo de éste, son una
manifestación de la simbiosis de las naturalezas humana y vegetal (Raíces,
El sueño, Autorretrato como tehuana); conforman una ligadura o laberinto que
provoca una sensación de tormento o aprisionamiento (Autorretrato con collar
de espinas, Autorretrato con trenza, Autorretrato con changuito); traducen
el sufrimiento físico (Recuerdo de la herida abierta, Autorretrato para el
Dr. Eloesser); o bien ligan el cuerpo con referencias personales (Mis
abuelos, mis padres y yo, Hospital Henry Ford). En la otra, por el
contrario, los hilos son generalmente producto de una ardua labor a la que
se aplica el personaje del cuadro, una pulcra y refinada urdimbre que tiene
un propósito muchas veces esotérico (Bordando el manto terrestre, 1961 o
Tres destinos, 1956); o se trata de cuerdas que, junto con poleas, soportes
y otros artificios, forman parte de un mecanismo anacrónico de factoría o
transporte. Ciertamente en ambas, el filamento proporciona la sensación de
la atadura. Se ha señalado que en general los hilos de Varo tienen sentido
negativo y destinal, lo cual se corresponde con la idea de ‘determinismo’ y
‘azar objetivo’ que la propia pintora refiere en sus escritos.
(Beatriz Varo, Remedios Varo: en el centro del microcosmos. F.C.E., México,
1990; e Isabel Castells, Remedios Varo. Cartas, sueños y otros textos, Era,
México, 1997).
El
tratamiento del cuerpo -y de cabellera y vestimenta, como sus atributos
primarios- es diferente en una y otra. El cuerpo para Remedios Varo
–aséptico, liviano, a veces traslúcido, otras, encapsulado- tiene una
remisión directa al espíritu, posee en relación a éste, cierta
instrumentalidad o secundariedad y ambos participan del proceso de ascensión
y trasmutación (como se ve en Robo de sustancia, 1955). En ocasiones,
cabello y vestido tienen entidad propia a causa del soplo de vida que le ha
infundido el espíritu (los cabellos del matemático en Planta insumisa, 1961
o el impermeable-navío de Exploración de las fuentes del Río Orinoco, 1959).
Para Frida, a la inversa: el cuerpo es el eje de su microcosmos, la medida
de lo posible, la forma de ser del espíritu. Así, cuerpo, cabellera,
vestimenta y abalorios son el soporte –abatido o recuperado- del espíritu,
el cedazo por el que éste pasa a cada instante, la represa del alma. Por
eso, ella se expresa con el cuerpo en su pintura: se viste de hombre y se
corta el pelo, se atavía de fiesta o se desnuda, porque se castiga, se
celebra o se desangra.
La
soledad de los personajes de Varo parece ser un estado espiritual buscado,
un recogimiento voluntario; en los cuadros de Kahlo, la soledad es la
dolorosa circunstancia que provoca un imperioso aislamiento y que se conecta
especialmente con la corporalidad y con la herida. La soledad en Varo sólo
cede frente a la presencia del guía espiritual; en Kahlo requiere la
mediación del amor o el consuelo de su propia parte sana.
Retomando libremente la ‘lista’ de Breton, Carrington es surrealista en el
absurdo, Varo es surrealista en lo esotérico, Kahlo es surrealista en el
dolor. |