revista de cultura # 61
fortaleza, são paulo -
janeiro/fevereiro de 2008






 

Guillermo Fernández: "La aventura humana todavía tiene sentido"

[entrevista]

Alfonso Peña

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Guillermo FernándezSan José, 1981. Viernes por la tarde. Por las cercanías del Farolito,  en medio de los postreros juegos pirotécnicos de la puesta de sol, vamos caminando y charlando en cuadrilla. Nos regodeábamos en una conversa que giraba y volvía a retorcerse de Carlos Santana a Buck Mulligan; del comandante Fidel a Jimi Hendrix;  de las chicas del Fito’s a las del Tauro’s. Nos pertenecía la tarde. Íbamos camino a la noche. Se podía permitir cualquier vaina. Siempre y cuando tuviese cohesión. Esa palabra le encantaba al Sufi. El poeta (¡nada de joven poeta!) se nos unió en la esquina del bar Buenos Aires. Lo primero que hicimos fue pedir una botella de saragua. En la barra el poeta nos enseñó su libro recién editado. El Sufi dijo, alzando el vaso ámbar, “hay que festejar a los poetas. Un libro, lo que se llama un buen libro no sale todos los días”. Recalcó: ¿lo dijo Ferlinghetti?

¿Poesía? ¿De qué hablábamos?

El Dr. Faustus pidió música. El viciado ámbito sintió la vibra de más de un bolero. Va acorde con el lugar. Lo de bar Buenos Aires se debe al tango, no, al trío Buenos Aires. Pero tiene que ver con el tango. Lunfardo. Bandoneón. Por aquí ha dejado su huella Ray y Gilberto y Daniel y te acordás cuando nos vimos con el Pibe y Kalay. Conforme avanza la noche se dan momentos de altísimo voltaje.  El poeta charló sobre Antonin Artaud y el Sufi recitó de memoria el mensaje al Dalai Lama. Cheo sirvió otros saraguazos. En ese mismo momento se escuchaba por el recinto: ¡Somos tus muy fieles servidores. ¡Oh Gran Lama…! ¡Enséñanos, Lama, la levitación material de los cuerpos, y como evitar ser retenidos por la tierra…!

Caminamos al amanecer por las calles de Chepe. Estampidos y luciérnagas de neón en  la fiesta noctívaga. Sabor acre gas  lacrimógeno en nuestras bocas. Era la recompensa de la cruda inmisericorde.  Llegamos a la buhardilla-redacción de la revista. A cargar baterías: a subir, nada del horrible down. De repente el Sufi, en un malabarismo: ¡eso de no  se sabe  de donde lo sacó, de donde vino!, esgrimió una reserva celestial. Era la pócima aligerante del elixir redivivo. Después de la  primera reverberación de Purple haze, como un canto visceral, cada uno a escuchar de rodillas esa artera letanía. Con las manos yertas se teclea el suelo al compás del requintazo dislocado.

El poeta se inclina ante la sólida “remington”. Pareciera que la sondea, que le mete un latigazo entre la armazón engrasada. Es el duelo con la página en blanco. Es posible que diga, que murmure, que musite con suavidad. Las yemas de sus dedos  aceleran el ritmo. Por momentos se vuelve tenso, expectante. El carro de la máquina en cada ir y venir ¿violencia tenue? desgarra palabras, resquebraja adjetivos,  trastea metáforas.  La página en blanco se va trocando en una mancha grisácea. De repente una figura sobresale entre la textura de la página. Es una especie de esqueleto cartografiado. Son lamparazos en blanco y negro. En la mente del poeta se repite el sonido taquicárdico de la guitarra; por su mano corre un espasmo que lo lleva a la poesía.

Se hizo la mañana. [AP]

AP Guillermo, ¿cómo y cuándo fue tu encuentro con la palabra poética? Vos te lanzas al ruedo, siendo muy joven, con un poemario bien equilibrado, La mar entre las islas.

GF Mi contacto con la poesía, recuerdo, data desde que tuve conciencia de mí mismo. Admiraba la poesía como una forma convencional de decir no,  trasgresión del mero acto de transmitir frases cotidianas. Me aficioné a la poesía con una pasión que creció con los años. Necesitaba explicarme con la poesía. Incluso consideré que ésta podía tener efectos en el mundo, una capacidad de transformación casi milagrosa. Con los años se modificó esa creencia que imagino deriva de una tendencia ancestral de los hombres que hacían uso de la palabra con fines mágicos. El libro de los muertos es un buen ejemplo de esa aspiración del hombre creador. Leí una vez un poema magnífico del norteamericano Allan Tate en el que retrataba esa búsqueda de su juventud por modificar el mundo, un poco nostálgico de esa presunción imposible. Me emocionó ese hallazgo. Siempre tuve la convicción de que la poesía era más que un género literario, la poesía era una demanda cósmica o fuerza universal en la que un grupo de hombres y mujeres estábamos enlazados. La poesía era una “religión”, en un  cierto sentido, una religión que poseía su propia ceremonia secreta.

Con el primer poemario, probé el placer de las palabras. La mar entre las islas fue una experiencia amorosa con el verbo que no he vuelto a experimentar jamás. Obviamente, el estilo del libro puede no ser contemporáneo, pero supuso mi inserción en el medio literario del país. Ahora lamento no haber podido sostener la voz de dicho primer libro. Entré en un fiero universo sin diálogo con la palabra, buscando y buscando en otros poetas. Fue una fría época de casi diez años donde el placer de la palabra fue espina del ánimo. Asumí, después de La mar entre las islas, ese libro escrito por un joven ingenuo, que se debía escribir como T.S. Eliot. Pero ya T. S. Eliot había escrito su Tierra baldía. Conocer a grandes poetas filósofos fue paralizante.

AP Desde ese tiempo, asumiste un compromiso con la palabra poética. El poema trabajado como una totalidad, desnudo, sin artificios. Es probable que el misterio esté en la “buena cocina”,  como sucede con algunos artistas plásticos.

GF Creo que el poema, es decir, cada poema es irrepetible. No creo en producción a chorro, sino en una labranza paciente, particular. Paul Valèry tardó veinte años en escribir Cementerio marino; Rilke, otros veinte para terminar sus Elegías. A veces trabajar un poema también significa sacrificarlo, dejarlo en el olvido. A veces solo nos queda una frase. En este sentido, no soy aficionado a la idea de que se puede escribir todos los días. La verdadera poesía es el breve resultado de un artista durante toda la vida. Tenemos el caso de Charles Bukowski, que escribió grandes poemas a la par de otros muy malos, megalómanos, efectistas. Lo mismo le ocurrió a Neruda, que le escribió odas a Stalin. Constantino Cavafis es el tipo de poeta que solo escribió lo que debía escribir.

Felipe EhrenbergLa “buena cocina”, como vos lo decís, tiene que ver a veces con largos periodos de silencio. Incluso es buena cocina la imposibilidad de escribir. Porque es un hecho que hay épocas en que el poeta está dormido, como vapuleado por la realidad, soportando a ese hombre penoso de todos los días, ese que solo mira y calla. En algún momento, sin embargo, como un asaltante, el poeta nos arrebata la murria, la pereza, la estrechez mental, y volvemos a nuestra lucha, a sentirnos despiertos.

AP Se puede percibir en tu poesía una preocupación por decir las cosas de una manera categórica, pero a la vez el lenguaje está trabajado con una alta dosis de símbolos y metáforas herméticas, que pueden llevar al lector por diversos senderos, quizá es una manera de no ser complaciente, ni lineal. ¿Cuáles fueron tus lecturas, tus influencias?

GF Vivimos la época de la comunicación complaciente, porque todo está configurado mediante la necesidad de vender de la forma más expedita y fácil. Este mecanismo del capitalismo ha permeado toda la cultura. No en balde algunos de los escritores más famosos hoy se confunden con vedetes. La mercadotecnia aplicada al libro, desde la venta de las grandes editoras a las corporaciones comerciales, tiene a mi parecer repercusión solapada en el mensaje del creador que aliena su trabajo a los moldes de mayor venta. Esto ha sido como alisar el verbo hasta convertirlo en una vestimenta de uso masivo. En este marco existen resultados buenos, pero no todo es bueno.

Desde muy joven supuse que el verbo debía tener su vecindad con el lenguaje arquetípico. Esta había sido mi experiencia con la lectura de los simbolistas y parnasianos. Nunca consideré que la poesía pudiera ser sencilla expresión cotidiana. Para mí debía ser búsqueda del lenguaje perdido, de ese que solo se pudiera evocar, nunca designar de manera precisa.

Obviamente, esa fue una actitud superada. Creo que el poeta debe hablar con la lengua de todos días. Pero a mí me ha costado mucho. Fui presa de cierto alambicamiento que algunos no han tardado en señalar, incluso de manera negativa. Hoy estoy de acuerdo con que la claridad es básica en la comunicación poética. Sin embargo, me siguen gustando poetas como Rene Char o Rilke, como Rimbaud o Baudelaire, este último mi poeta, el poeta por excelencia, el médium, el albatros sin destino en la sociedad, el cantor de viejitas raídas, el alucinador, el gran evadido que nunca pudo evadirse, el más tierno de los condenados.

Hoy ser sencillo es el reto más grande del mundo. Ser sencillo es botar toda afectación, es rehuir el facilismo expresivo de coyuntura, la pose progre, el nihilismo de pacotilla que a tantos seduce.

AP Después de escribir el poema, ¿qué queda? ¿Un signo indescifrable, un castillo de naipes, pasas al otro lado del cristal o es tu propia vivencia?

GF Después de un poema queda una sensación de trabajo a veces inconcluso. Es la experiencia de muchos poetas, y también la mía. Lo que se produjo ya no permite enmiendas. He considerado a veces que algunos poemas han sido tan vivenciales que ya ni siquiera entiendo qué emoción los produjo ni qué quisieron decir. Me quedo con unos cuantos que representan mejor lo que dije, la intuición que tuve en ese momento. Sé también que escribí algunos poemas que solo derivaron de una situación coyuntural; los miro ahora con extrañeza y, por qué no, con cierta pena.

Lamento, por otro lado, haber botado algunos poemas que me parecen hoy valiosos. Los tiré a la basura en un trance de intolerancia tan grande conmigo mismo que solo me parece posible gracias a la existencia de un “otro” dentro de mí capaz de ser infame con el esfuerzo y el amor de mi vida.

Hoy envidio a los poetas que protegen su arte contra el agitado mundo moderno que nos tocó vivir. Incluso envidio a los golfos de la poesía, porque yo también fui un golfo de la poesía, un vividor desinteresado del verbo. Me parece maravilloso que existan jóvenes que “desperdicien” su tiempo escribiendo poemas. A veces los considerados “buenos” poemas, esos que ganan premios, son como esqueletos de mariposas.

También comprendo hoy que la poesía es más una actitud. La poesía no es un género literario. Mentiras. Eso de los géneros está bien para los profesores de literatura. La poesía es una forma de aproximarse al universo, y esa forma es la más noble de todas, la más real y transparente. Ninguna otra expresión nos ubica de manera tan esencial en el universo como la poesía. La verdadera poesía no puede mentir. Y los hombres, a pesar de que viven en la mentira, saben esto y en el fondo la temen y la veneran. Cuando un poeta entra al mundo con una voz nueva, atrae los corazones, los atrapa en una comunicación libre de todo interés. Es el acto supremo de comunicación.

AP Vayamos a tu poemario Atrios ¿De qué modo se gesta? No es un poemario como el anterior. Más bien está en el tránsito de hacer de la palabra un objeto sucinto. No es que no haya brillantez, o metáforas deslumbrantes. Más bien se puede adivinar en la poética una dinámica imaginativa, cierto matiz filosófico en el tratamiento de la palabra.

GF Es cierto lo que decís. Atrios es un poemario en que traté de pensar sobre el mundo de una manera grave y trágica. Quise lograr un máximo de concisión. Algunos poemas todavía me gustan, son ensayos sobre una concepción fragmentada de lo vivido en los ochenta: falta de rumbo existencial, horror al prójimo, disipación, crisis amorosa, todos estos ingredientes que fueron mis recetas preferidas, y que ahora me suenan hueras, o por lo menos no me atañen.

En sí el poemario, aunque no brillante en sus imágenes ni “positivo”, contiene algunos trabajos concretos que son como esculturas en las que labré mi tiempo personal, mi vacío de esa época, que tal vez solo fue mío, o también parte del tiempo que viví.

En Atrios también se configura una suerte de reflexión dislocada. Mi idea en ese tiempo era que no se podía decir nada racional del mundo, que la lógica no podía ser presentada en el texto literario, porque no existía tal cosa en la vida. Solo se podían ofrecer brochazos de las circunstancias, o epifanías cuya transcripción era desoladora.

Felipe EhrenbergAP Existe una “corriente” ligada a la poesía social o revolucionaria. A veces pareciera que esa “tendencia centroamericana”, que aún respira, convierte a la poesía en un ticket de caja registradora, de logotipo de supermercado. Parece que cercena el mito, le niega toda posibilidad de metamorfosearse en un “objeto artístico”. Convierte a la poesía en un fetiche del “cataclismo” actual.

GF Cuando se produjo la revolución en Nicaragua, el entusiasmo que se produjo en el país fue enorme. Recuerdo que hubo una feria del libro en lo que es hoy la Plaza de la Cultura y que en dicha feria los nicaragüenses eran la atracción. A todos los que deseábamos escribir los colegas de Nicaragua nos recomendaban hacerlo sobre la revolución, el pueblo, la lucha guerrillera… Recuerdo que había revistas literarias con poemas que explicaban cómo se diseñaban granadas. Vos te acordás de eso porque llegaban al apartado de la Revista Andrómeda que dirigiste por tantos años. A la distancia nos parece ficción. Ahora no veo por ningún lado a esos poetas revolucionarios. Creo que fue una moda. La moda también puede ser producida en París o en cualquier país de Latinoamérica. La moda es aplastante y encubre lo que no es considerado moda.

Con todo esto tampoco se puede ser muy cruel. Se entiende el entusiasmo por cambiar las estructuras sociales de estos países. Pero creo que la idea de amoldar toda expresión en el intento de denunciar la injusticia ha producido demasiada mediocridad en las letras. Recuerdo un poeta que hablaba lindezas sobre la revolución ante su sétimo café en el conocido bar Chelles. Este señor nos decía, en tono muy sabiondo y sentencioso, a los más jóvenes, que mientras Guatemala padecía los crímenes de una dictadura, nosotros, los poetas jóvenes e inconscientes, nos dedicábamos a escribir una poesía amorosa y llena de adornos. Este señor ahora viaja en limosina y dejó de escribir. Para nada le importan los indígenas de Guatemala, ni la palabra pueblo. Escribe los discursos de los presidentes.

Después de tanto tiempo persiguiendo la poesía, incluso huyéndole, incluso odiándola por muchas razones (entre ellas por desaliento, realismo feroz e inquina de lo que se valora hoy como poesía), supongo que uno escribe solo lo que puede escribir desde su más auténtica soledad. Lo que queda de tanto bullicio es una comunicación básica entre un semejante y otro, un mensaje que permitió la comunicación esencial entre los seres. 

Ahora bien, estoy de acuerdo con que la poesía se puede convertir en un fetiche ideológico. En un extremo está el arte al servicio de la revolución, y nos encontramos con dicterios stalinistas peligrosos, y en otro extremo está el arte al servicio del peor nihilismo, donde se pueden exhibir perros que mueren de hambre. Abomino de cualquier bando.

AP Hace tiempo quiero que abordemos un tema que está vinculado –de uno u otro modo–  con esta conversación. Me parece que aquel joven poeta, que vivía a veces como un “guerrillero” en ciernes, o un trashumante noctívago, tenía amplia posibilidad de manejarse en los parámetros y el estilo de la poesía  exteriorista y no lo hizo. Más bien era contundente  en sus postulados y cierto matiz de desprecio sobresalía entre sus labios para hablar de esta corriente. Cuando se hace una relectura de sus poemas queda la impresión de estar leyendo a un poeta fuera de serie; descollaba y sobresalía entre las modas del momento. Como lo intuyes, me refiero a la figura de David Maradiaga.

GF David Maradiaga fue el más grande poeta de su generación. Escribió poemas que aún no han sido completamente asimilados. Son parajes nuevos en la poesía nacional, algo así como Eunice Odio, a quien la han convertido en un icono. Lamento pensar que lo mismo sucederá con David. En el futuro, será considerado una especie de oráculo que muy pocos entendieron y que puede ser utilizado como mecha para muchos petardos exhibicionistas. David fue un poeta que vivió a su modo. Su visión era la del águila, pero su carne era solo la de un simple muchacho sin rumbo, casi un expatriado.

Era un artista capaz de profesar las más grandes contradicciones. Era un ser llameante que pasó al lado de quienes lo quisimos y lo entendimos, a pesar de que fue intratable, iracundo, injusto en la amistad, injurioso, exigente.

Cuando leo sus poemas, me sitúo en aquellos años desiertos que nos tocó vivir, y digo desierto porque David fue –ahora lo comprendo– el símbolo de los ochenta y noventa en nuestro país: un alma atribulada y llena de sed por conquistas imposibles.

David Maradiaga era un poeta que debió vivir más. Aún recuerdo muchos de sus buenos poemas que se perdieron. Resuenan en mí, desde el día que lo conocí en aquella cantina alucinante que se llamó El Lobo Púrpura, donde tantos nos consagramos a beber y a convivir con una poesía de ladrillo, de flores lunares, de locos encantadores.

Lamento que mucha de la poesía de Maradiaga se haya perdido. En su tiempo encontró impedimentos reales para que una editorial le aprobara uno de sus poemarios. El académico insulso que le negó esa posibilidad puede hoy ser un oscuro catedrático que habla sobre literatura, pero su poesía y su mente son manufacturadas. En cambio, el espíritu de David es flamígero; su verso está lleno de posibilidades, cada una de sus sentencias son como frases de esfinge.

En vida, por supuesto, le cayó mal a todo el mundo. Era realmente un geniecillo imparable. Recuerdo el día que le fue a decir a una escritora de poemas eróticos muy respetada en el país (porque el costarricense es muy pusilánime y mojigato ante el sexo) que era solo una burguesa llena de chichés. Lo sacaron del recital. Lo iban a linchar en la calle. Un día agravió a un poeta oficial, buen poeta por cierto, porque había dedicado su vida a ganar premios, a utilizarlos para su propio beneficio, lo cual en este país es moneda común.

David Maradiaga comprendió que escribir en Costa Rica era la tarea más ridícula. Jamás le iban a abrir un espacio, a él que era demasiado sincero, demasiado poeta para achicarse ante el lambiscón, el académico roñoso. Su vida era ciertamente un viaje de excesos que en él parecía tener un sentido. Es extraño.

Ahora bien, David Maradiaga se ha convertido en el icono de un grupo de poetas que juegan de peligrosos. Son los chicos malos que han venido a sustituir a David. Sin embargo, ninguno de ellos escribe como Maradiaga, ninguno de ellos es realmente un poeta maldito como lo fue realmente David, y ninguno de ellos lo ha leído seriamente. Si realmente leyeran a David, entonces encontrarían a un poeta superior y refinado. Nada de medio pelo.

AP Pasemos a Danzas, otro de tus poemarios. En el año 2002, la Editorial UNED realizó una cuidadosa edición. En alguna ocasión, el poeta Alfonso Chase dijo: “es celebración… Danzas es la celebración de Guillermo a través de su poesía”. Conversemos en términos de estructura y concepción de la idea poética.

GF Danzas es un poema que estructuré durante varios años. Se trata, ciertamente, de una celebración. En realidad, es un libro de poemas amorosos, el campo donde mejor me he sentido, porque es donde más sueños prohijé desde que me enamoraba de la vibración terrena y no tan terrena de las mujeres.

Compruebo, a cinco años de publicado el libro, que también tengo algunos poemas favoritos y otros no tanto. Pero me gustó elaborar el proyecto. Sobre todo, estaba realmente enamorado de una forma platónica, y este estado triste para un hombre lascivo y carnal como yo era la segunda vez que me ocurría.

Quizá el amor es la estación que nos une a todo lo existente. Por lo demás, no hay mucho amor en los días de un hombre y una mujer. Vemos, por ejemplo, el tumulto en una ciudad y nada parece más alejado del amor como el placer, gozo y comunión con un ser que nos invita a su vida. Todo es sucio y raído. Hasta las financieras están pobres. Hasta los templos exudan tristeza planetaria. El amor, para mí, fue como la droga natural que me mantuvo alerta durante largos periodos de tiempo y donde pude haber sido solo un autómata. Solo el amor me ha alejado del automatismo. Y eso lo sé. Por eso lo he buscado tanto.

Agradezco al amor la posibilidad de haber escrito sobre él, de haberme sentido un mortal habitado de súbito por la danza de los planetas.

Claro que todo pasa y nos queda el recuerdo de la danza. Y la danza efectivamente nos sucedió. Mi libro recoge esos instantes, como casi cualquier poema de amor que recoge la fragancia de la fuga que somos todos cuando deseamos que algo permanezca fijo.

AP Después de la publicación de Danzas, das a conocer el volumen Efecto invernadero, que es una selección de cuentos. Lo cotidiano y lo fantástico se entrecruzan y conforman un laberinto eficaz. Queda la sensación de que tu narrativa está cargada de elementos líricos que le confieren a la prosa la musicalidad y cadencia que el lector busca. Estos son textos vitales, orgánicos, con  la adición especial del elemento sorpresa, pero con una alta dosis de plasticidad poética.

GF Efecto invernadero fue una obra que me gustó escribir. Había empezado a componer una novela que no había cuajado,  y que se concretó en el cuento que lleva el libro por título. Ahora lamento no haberla terminado. Me faltó empuje. El cuento, así, inconcluso trata sobre un viejo amigo de los libros que visita La Espiral, una compraventa de libros usados que yo sitúo en Paseo de los Estudiantes. Allí se reúne con algunos amigos, también obsesionados con la literatura. Mientras un día escapa de los “chapulines” en la Avenida Segunda, busca refugio en otra compraventa donde conoce a Carla, una absurda vendedora de libros y revistas que parece mujer necesitada, de esas que uno conoce por la vida y que son sobrevivientes de relaciones y proezas sin cuento. El hombre se siente a sus anchas con la vendedora e inicia con ella una historia de amor.

Creo que Efecto invernadero posee cuentos, como vos decís, que intercalan lo más cotidiano con lo fantástico. La lectura sobre todo de los norteamericanos como Raymond  Carver, John Cheever, Robert Fox, y otros, y de cuentistas como Borges y Cortázar, Rulfo, ha sido fundamental. Algo sí es cierto: cuando leí a Antón Chejov me mordió la serpiente. Me prometí escribir alguna vez algo parecido a La dama del perrito; tanto me intrigó este cuento, por ser tan perfecto. La lectura de Chejov fue apasionante. Llevaba mi antología del ruso por doquier. Releía sus relatos con una admiración desbordada. He llegado a pensar que de tanto releer los mismos trabajos de un autor le queda a uno como una costra en el cerebro, una costra verbal, que luego sirve de basamento para los futuros cuentos que uno escribirá. Debo decirte que también he rendido culto a Ray Bradbury, el mago de Crónicas marcianas. Cruciales han sido los cuentos de Nathaniel Hawthorne, Flaubert, James Joyce y el irlandés Dylan Thomas, este último un cuentista fabuloso.

Felipe EhrenbergMe parece que en Costa Rica existe mucho material para escribir. No hay que ir tan lejos para saber que en nuestro suelo hay exceso de vivencia fantástica, capaz de inspirar a cualquier escritor. Costa Rica en el fondo es como un continente y pasan cosas extrañísimas. El lugar común de que nada ocurre aquí desde el big bang y que ha hecho “célebre” a un escritor nacional que se cree demasiado listo, es una de las creencias más baratas que existen. Es un hecho que algunos escritores en este país se la pasan hablando trivialidades con el fin de obtener la venia oficial y el beneplácito de los académicos aburridos. Gracias a Dios, la literatura demostrará que en este país ocurren cosas todos los días. ¿En dónde no es así? Claro, comprendo que algunos deban ir a París para decir que han vivido, como si cambiar de lugar geográfico lograra retocar una imaginación pobre.

AP Durante muchos años te has balanceado en la cuerda de la creación, la edición y la crítica. ¿Nos podrías hablar sobre estas ocupaciones?

GF Me gustaría dedicarme a la creación tiempo completo. Sin embargo, esto no es posible en países como los nuestros donde ser “creativo” solo se permite en las agencias publicitarias. Ahora bien, para ganarme la vida he tenido que hacer de todo. Me fui haciendo editor por fuerza de las circunstancias. Hoy día puedo diagramar mis propios libros. Me encanta hacerlo. También he escrito comentarios de libros. Podría vivir comentando libros de todo tipo en una página literaria. Creo que es una de las ocupaciones más dignas que conozco.

El comentador de libros es un escudriñador de sentidos. Yo no creo que sea un crítico literario. Los críticos literarios son sospechosos. He conocido varios que escriben con mucho sesgo. Hay uno que escribía en La Nación y que le encantaba encajar en lo que él consideraba “actual”. Como una vez le estaba editando un libro en la Editorial Costa Rica y le hice unas observaciones sobre su puntuación que no le gustaron, pero que no pudo rebatir porque eran congruentes, entonces se vengó de mí escribiendo de Efecto invernadero una crítica mordaz en su columna. El señor afirmaba que los personajes del libro eran miserables, y que los cuentos no encajaban en el formato clásico. En otra ocasión, celebraba a un poeta por ser moderno y escribir en verso libre. Otro día escribió sobre Jacques Sagot y lo puso a la altura de Chejov o Allan Poe. El caso es que Jacques Sagot tiene una presencia mediática y yo no. Yo soy solo un escritor marginal.

He conocido de todo en cuanto a crítica y me parece que no existe casi nada serio respecto de ella. Algunos afirman, por ejemplo, que Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, es la novela que le hubiera gustado escribir a Borges. Y nada más inexacto. Borges jamás hubiera imaginado escribir dicha novela porque es demasiado existencial, sus alusiones sexuales son demasiado ricas, sus personajes son espontáneos y nada filosóficos. Los de Borges sí. Borges era esencialista. No tenía el sentido laxo de lo prosaico en la vida y buscaba un orden ideal en sus cuentos donde pudiera mantener a raya el irracionalismo de la vida cotidiana, su entropía vertiginosa.

Los críticos me parecen como especies de trasquiladores de ovejas. Trasquilan la oveja hasta que la dejan sin rastro de lo que era antes. Pienso que hay comentadores con ojo crítico. El comentador puede reelaborar. Pero el crítico académico quiere hacer moldes donde se encasille todo. Su ánimo de encasillamiento es temible. Pueden hacer de una obra carente de sustancia una obra importante. ¿Y por qué? Porque tienen la jerga para hacerlo.

Hay que recordar que vivimos un tiempo de jergas. Y los críticos academicistas viven del empleo de su jerga. Con esta forma de decir las cosas, complicada e inaccesible, pueden decir lo que deseen.

Los críticos también son amigos de sus amigos y sus fobias. Me refiero, por ejemplo, a un libro del escritor Carlos Cortés donde trata de fijar un canon personal de la literatura de Costa Rica, y establecer un Olimpo literario donde su mirada sea la única por encima del resto. Es un libro que solo se puede producir en Costa Rica. Y servirá a la larga para estudiar sociológicamente la patología de los escritores consumidos en el egocentrismo de provincia.

AP ¿Consideras que para cada disciplina hay que tener su propia visión, o por el contrario estás del lado de quienes sostienen que hacer poesía, narrativa, ensayo, crítica, es lo mismo, un juego con el lenguaje? Un viaje lúdico.

GF Los géneros son solo guías. No deben ser respetados. Son modalidades que uno puede seguir por convención. Sin embargo, los géneros se entrecruzan. La creatividad es tan inusitada en la literatura que nada se puede estratificar en forma rotunda. Un día decís que la poesía debe tener estas características, y aparece el poeta que comprueba todo lo contrario. Otro día se dice que los cuentos deben tener un final sorpresivo, y aparece un cuentista a quien no le interesa sorprender al lector, porque le parece una condescendencia con quien busca recetas en el arte. Un día se establece que la novela debe tener estas estructuras, que no se debe emplear un tipo de discurso, que los personajes deben hablar como la gente de la calle, y resulta que aparece un autor que le interesa filosofar a través de sus personajes. Yo no creo en las recetas en ningún campo de la literatura. Las recetas son violadas constantemente. Las leyes terminan rotas, en el suelo.

Supongo que me inclino a la idea de que uno tiene a mano un lenguaje vivo. Desde el momento en que uno sabe que el lenguaje está vivo, este empieza a brillar como una supernova en la mente. El lenguaje es como un dios. Pero también puede ser una hoja seca, un periódico viejo en un basurero, la voz predecible del político con su sonsonete vacío, las tímidas interpretaciones del científico social con su argot limitado. El escritor tiene un dios en el lenguaje y  se resiste a ser cazado con facilidad. Ese dios es a veces lo que todos podemos sentir y no podemos expresar de la misma manera todos los días. Para mí, expresar lo inexpresable es el fin del creador. Eso que permanece en la boca de todo el mundo sin que aflore. Las intuiciones que no pueden ser aclaradas, porque la vida es un enredo donde casi todo el mundo se presta las mismas frases y palabras para continuar a ciegas.

AP Qué opinión te merece “el fenómeno poesía en Costa Rica”. Sorprende observar las sostenidas ediciones de libros, los recitales, las lunadas poéticas, los miércoles de poesía, las antologías, los festivales… Pareciera que efectivamente hay un “despegue” de la poesía y que es respaldado por un público/lector que demanda calidad. Pareciera que el costarricense se ha percatado de que la poesía es tan válida como cualquier otra manifestación cultural.

GF Es un hecho, como vos mismo apuntás, que en la actualidad hay un movimiento poético en el país que es insoslayable. Nunca podríamos comparar esta época con los ochenta, una época tan desierta. Por cualquier lado hay recitales, incluso la poesía se pliega a funciones con música, teatro, política. Hay una poesía que parece devenir de una posición femenina sobre su concepto de lo que es placer, sexo o expresión propia de las mujeres. En este sentido, yo tengo muchas interrogantes. Por ejemplo, hay una asociación de mujeres que se presentan como escritoras como si hubiera una literatura con sexo masculino y femenino. Es un poco ridículo para ser sincero. Es como si  los hombres propiciáramos una asociación de hombres escritores y nos presentáramos como escritores que tenemos una visión masculina de la realidad. Vivimos una época con mucha información, grupos y aspiraciones, pero igualmente confusa. Hay por doquier festivales donde la poesía es la invitada. En otros países ocurre lo mismo. Sin embargo, no estoy muy seguro de este movimiento cultural en torno a la poesía.

Una vez fui invitado a Medellín a un Festival, el único festival al que he asistido, y me pareció verdaderamente un fenómeno interesante. Era increíble que tanta gente aspirara a escuchar a tantos poetas provenientes de países de todo el mundo. La actividad me produjo un impacto real. Jamás creí que la poesía tuviera una aclamación masiva. Los poetas eran como rockeros y así se comportaban. Se llevaban trajes típicos, instrumentos, se apelaba a los sentimientos del pueblo colombiano. Un poeta hindú compuso un poema hermoso acerca de su encuentro con un niño de la calle que le preguntó por su turbante. Fue muy conmovedor. En Costa Rica, veo que también hay una práctica que copió esta expresión cultural. Sin embargo, la idea democrática, típicamente costarricense, de que la poesía puede ser hecha por cualquier persona que pertenezca a un taller es una trampa. Hay buenos y malos poetas. No se puede alentar la mediocridad. Ni siquiera es justo conceder premios nacionales a estas personas como en los últimos años se suele hacer, porque la gente ve ahora el oficio de la poesía con mucha reserva. A mí me molesta que me designen hoy con el nombre de poeta, ya que hoy cualquiera puede ser llamado poeta sin más ni más. No hay un parámetro cualitativo.

Con todo y ser el Festival de Medellín una experiencia inolvidable, vi también muchas expresiones que no eran tan buenas, pero, en general, se trataba de conservar la calidad de algún modo. En Costa Rica no ocurre lo mismo. Quienes organizan festivales aquí invitan iconos para darle credibilidad a su celebración e invitan a poetas nada representativos a los recitales, poetas que no tienen obra, incapaces de un poema digno. Obviamente, aquí hay una enorme confusión. Hace unos años se le dio un premio nacional (como ya es casi costumbre) a una señora cuyo libro era realmente un grupo de viñetas sin ninguna trascendencia. La crítica que recibió fue aplastante. En lugar de que las cosas se aclararan, la señora empezó a aparecer en todos los medios, era invitada a todo, le salía a uno hasta en el espejo. Más bien quedó reivindicada. Al año siguiente el premio nacional lo recibió una amiga de ella. Ahora nadie sabe quiénes son. Volvieron al anonimato. No sé si solo en Costa Rica esto es posible, o si es un mal de nuestra época. Pero es un bodrio.

Felipe EhrenbergNo sé si me doy a entender, quizá porque creo que el problema es complejo. En la actualidad, no solo la poesía se ha difundido, sino también otros “géneros”, como los libros de autoayuda. Hoy la gente ve más telenovelas y tiene más diarios que leer. Por Internet se tiene toda la información que pueda uno pensar. Por otra parte, no creo que por esa disposición de datos, poemas, pensamientos colectivos o encadenados en correos electrónicos, culebrones, show talks, pasarelas eternizadas de Pits y Jolies, nuestra época sea más profunda. Lo que ocurre es una proliferación de actividades en torno a cualquier cosa. Yo creo que ha muerto un poco la imaginación para darle cabida a la mentalidad guinness, esa que solo puede pensar en grande o en pequeño, en blanco o negro, en ganador o perdedor.

Honestamente te digo que el habitante actual es el más esnobista que ha existido, y vive en función de lo que resulta “interesante”, “sorpresivo”, “curioso”. No hay inclinaciones reflexivas hacia nada. Da lo mismo un baile aeróbico que una sinfonía de Mozart.

Por otra parte, no creo que el público demande calidad en la poesía. Para muy pocos la poesía es sagrada expresión. No son legión los que andan leyendo a Roberto Juarroz por la calle. Pero sí observo a muchos con sus libritos de Paulo Coelho como si fuera el autor más decisivo del cosmos. Secretarias, médicos y presidentes. Todos buscan formulistas seudosapientes para sentirse en algo real, porque la realidad se perdió para todo el mundo.

AP El anverso de la pregunta: ¿de qué modo catalogas la poesía que se escribe y se publica “hoy” en el país y en el continente?

GF Tengo alguna información de lo que se escribe en el país y en el continente. Y considero que hay abundancia pero no belleza formal. (Existen excepciones, por supuesto, y no me refiero a ellas en este contexto para no comprometerlas). Lamentablemente, si no hay belleza formal, aunque sea un anti-poema, el poema es solo una página de periódico que se quedará en el basurero.

La belleza formal es necesaria. No sé de dónde ha salido la idea de que para escribir poesía hay que tratar voluntariamente de escribir mal, con mucho desenfado, como si se estuviera hablando en medio de una gran borrachera, y entonces se pudieran grabar las sentencias de los borrachos y escribirlas para compaginar un libro serio. Quizá estoy siendo un poco extremista al decir esto, pero, ¿quién sabe? Hay poetas que han seguido su camino con mucha seriedad, unos pocos tan solo. Lo demás es piñatería poética. Se escribe emulando a  “San” Charles Bukowski. Y en literatura no se deberían tener santos que uno quiera plagiar impunemente. Charles Bukowski, a quien quiero tanto como artista, con todos sus defectos, se ufanaba porque le entregaba al fisco la suma de 60.000 dólares anuales, y eso le daba el permiso de llamar a su padre perdedor porque no había confiado en él cuando solo era un haragán. Por lo tanto, tenía también su ego burgués. Quienes lo imitan en su dejo, sin asumir su voz vigorosa, olvidan estos detalles.

La belleza formal tiene que estar por algún lado, incluso si esta belleza se maldice, como en el caso de Rimbaud. Hay que trabajar el verso, no hay otra forma. El verso es solo un fin, aunque prosaico, pero es el fin del trabajo del poeta. Si no existe tesón y conciencia de la gran poesía escrita, no hay temple, la chapucería aflora.

Por otro lado, hablando de producción nacional, hay un poeta que se hizo “notorio” en el país porque preguntó por el destino de la motocicleta en la que viajaba Jorge Debravo cuando murió en aquel accidente, y no en el gran poeta que todos opinan fue el poeta de Turrialba. Para algunos fue muy rebelde, “irreverente” es el término exacto. Yo creo, desde mi apocada perspectiva, que para que un tema de este calado se imponga como debate o interés de los lectores locales, es porque hay cierta crisis. El autor en referencia tiene otros poemas por supuesto, que tendrán su valor, su razón expresiva y cualidad poética, pero que un poema dedicado a la motocicleta de Jorge Debravo se convierta en éxtasis de lucubración teórica es deplorable. Dice mucho de quienes leen hoy día. Por lo menos, no son los lectores que yo deseo. Paso de ellos con aburrimiento y cansancio.

Pienso seriamente que en Costa Rica se sabe tan poco de poesía que proliferan expresiones como el trascendentalismo, que es la congestión gripal del estilo. Hay una señora de este grupo que ha ganado el premio nacional de poesía como en cinco ocasiones. Solo porque lo he visto lo creo. A su vez, la señora en cuestión ha concedido a su propio marido el premio, siendo ella integrante del jurado. El trascendentalismo es el arte de no decir nada. Y como eso es así, resulta bueno para el sistema. El sistema no es tonto, adolece de criterio estético, pero le interesa resaltar lo que es inofensivo, lo que causa saturación y “nadeo” mental.

AP Otra de tus pasiones es enseñar a escribir. Durante años has acumulado mucha experiencia en dar talleres literarios en diversos ámbitos. Este punto también se presta para la polémica. ¿Cuál es la utilidad de un taller literario?  Muchos escritores afirman, por su experiencia y oficio, que “el mejor taller es escribir y borrar, escribir y borrar”.

GF Estoy de acuerdo con que el taller literario lo hace uno mismo. ¿Cómo se le va a decir a alguien que no sea redundante? Tal vez uno puede indicárselo, pero la redundancia es un defecto que debe ser superado por una pasión oficiosa del escritor. El escritor debe medirse con su escrito, doblegarlo, hacerlo cambiar de rumbo cuando se da cuenta que ha parido un monstruo; el escritor no puede ser complaciente con su obra. La complacencia es su mayor enemigo. Sin embargo, en los talleres hay gente que llega con muchas pretensiones y sin ninguna humildad. Podría ser más humilde Tostoi antes que esa gente que no soporta a veces una sola crítica. ¿Entonces ante qué estamos?

Yo entré a la poesía por medio de un taller. Recuerdo que cuando leí mi primer poema se rieron de mí. Los miembros del taller tenían razón: mi poema era estrafalario, parecía un adefesio surrealista. Luego pasé a otro taller, dirigido por un reconocido escritor amigo, y empecé a aprender mucho. Muchos de los que estaban en el taller querían ser famosos. Hoy son abogados o administradores. Yo pude guiarme hasta concluir un librito. Creo, a este respecto, que la guía es importante. A veces el acto de escribir es como un grito en el Sahara. Es demasiado duro. En los talleres por lo menos se conocen otras voces, el ego se llena de dolor y tristeza por críticas de lo más intolerantes, pero también florece el dulce deseo de la venganza. Y la venganza en la literatura es totalmente necesaria.

En fin, los talleres no producen escritores. Los escritores verdaderos se tropiezan con ellos como se tropiezan con matrimonios y trabajos y amigos que se pueden utilizar para escribir. Pero los talleres no pueden producir nada que ya no esté en la mente del buscador de historias. Solo el diálogo, creo yo, es fundamental. Repito: quienes escriben en silencio, sin interlocutores, son los seres que más sufren. Lo sé por experiencia.

AP Guillermo, en la casi totalidad de tus textos hay “un asombro” –casi como una saudade– por la belleza. En tu producción literaria es una constante. La reflexión me lleva a lo siguiente: en este mundo irracional en que vivimos, para qué belleza si todos los días, a toda hora, por satélite, cable, internet, somos atomizados por lo superfluo, lo fashion, lo light, la mentira y la corrupción entronizada en casi todos los estamentos de la sociedad de hoy. ¿Es compatible la belleza con lo vulgar y banal? ¿Cuál es el camino?

GF Cuando vos me hablás de “belleza”, entiendo perfectamente que la expresión viene de un escritor, y los escritores poseen una definición muy extraña de la belleza. La belleza para ellos no es exactamente simetría perfecta. La belleza siempre ha sido la capacidad para hacer destellar de emoción la inteligencia humana. Así lo he entendido  siempre. Por ejemplo, experimentamos la belleza cuando se nos comunica un hecho humano contado desde una perspectiva novedosa. Cuando el arte es capaz de revelarnos una verdad que estaba dormida para todos. Un poema que nos vuelve a interesar en el amor, cuando sobre él se ha dicho tanto; una novela que nos introduce en un mundo que no habíamos esperado; un cuento que presenta un dato de la vida, la muerte, el miedo, el sufrimiento, la magia, la verdad, de un modo que no se tenía previsto. Eso es belleza. Y la belleza, pese al tiempo que vivamos, pese al bombardeo de la estupidez, es un rescate de la humanidad, una muestra de que la aventura humana todavía tiene sentido.

Alfonso Peña (Costa Rica, 1950). Narrador, poeta, ensayista, editor. El texto publicado pertenece al libro de próxima edición Cartografía de la imaginación, configurado de conversas con artistas contemporáneos. Contacto manija05@yahoo.es. Página ilustrada con obras del artista Felipe Ehrenberg (México).

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