![]() |
|
revista de cultura # 65 |
livros da agulha
Aldo Pellegrini (1903-1973), poeta, ensayista y crítico de arte, nació en Rosario de Santa Fe, Argentina. Funda en Buenos Aires, en 1926, el primer grupo surrealista del mundo de habla hispana. Su importante obra poética fue reunida en un volumen bajo el título de uno de sus libros: La valija de fuego, publicada por la Editorial Argonauta en 2001. Autor de la Antología de la poesía surrealista, considerada como el aporte más importante para el conocimiento de la poesía surrealista en cualquier idioma, publica innumerables ensayos, traducciones y trabajos teóricos sobre poesía y pintura contemporáneas. La presente edición del Teatro de la inestable realidad y de Confrontación del vacío -que hoy publicamos conjuntamente- , permite dar a conocer textos prácticamente desconocidos del autor, que se publicaron originalmente en ediciones restringidas y con una circulación casi secreta. La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática a cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos. Por supuesto, es el pueblo el poseedor potencial de la suprema aptitud poética: la inocencia. Y en el pueblo, aquellos que sienten la coerción del poder como un dolor. La poesía no es más que esa violenta necesidad de afirmar su ser que impulsa al hombre. Los imbéciles viven en un mundo artificial y falso: basados en el poder que se puede ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, a la que sustituyen por esquemas huecos. El mundo del poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad. La poesía es una mística de la realidad. El poeta busca en la palabra no un modo de expresarse sino un modo de participar en la realidad misma. La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran en la realidad. La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles. [Aldo Pellegrini]
Este livro plural
sobre Machado de Assis é, de fato, um livro singular. Tratando-se de um
trabalho com dez colaboradores, ele oferece aos leitores uma contribuição
variada, rica de alternativas, que aborda diferentes aspectos da vasta obra
machadiana e arredores.
“A Viçosa congelada no tempo, como uma fotografia, é vista pelos olhos líricos de uma menina, numa época anterior à televisão, aos computadores, videogames, bonecas falantes e jogos eletrônicos que predominam no cotidiano das crianças brasileiras de hoje”, segundo disse no prefácio do livro o escritor e jornalista Jason Tércio. A infância nele retratada não tem televisão, mas a Rádio Nacional, com muita música, ou a Tamoio, que transmitia a “Ave Maria”, rezada por Júlio Louzada; uma infância que teve um pai músico que tocava trompete na banda e na orquestra local, nos bailes de carnaval e festas religiosas; uma infância com piqueniques, muito confete e serpentina nas matinês carnavalescas, muitas risadas e emoções nos circos, muita escalada em árvores. Neste sentido, este livro tem o mérito também de ser um retrato de costumes Este é o quarto livro da autora. Os anteriores também são do mesmo gênero: Memórias de mãe coruja; Ao som do trompete; e Parlami D’amore Mariú. Jacyra Sant’Ana trabalhou em vários jornais do Rio, criou e editou várias revistas, como Fundação Cesgranrio e Angola Hoje, da qual ainda é a editora. Editou vários livros de memórias e diz que “tomou gosto por este gênero”, embora não descarte a idéia de experimentar a ficção.
Este romance faz parte de uma trilogia intitulada A Pedra e a Folha e abarca um período que vai de 1870 a 1910, período crucial tanto para Timor-Leste como para a China, Índia, Japão, Sião e sudeste asiático. O título não é da lavra da autora, esta batalha ficou assim registada nos livros e relatórios escritos por militares portugueses e na memória dos Timorenses e refere a ruptura entre timorenses e portugueses simbolizada pela morte de Francisco Duarte no seu assalto às Pedras de Bui-Cari, em Fatuc-Bica-Háre (rocha-prato-de-arroz) onde resistiam os sobreviventes das guerras de conquista dos reinos do Oeste até então livres e independentes. Nesta obra, as forças e fraquezas, os defeitos e as virtudes da condição humana entrelaçam-se medindo-se com os interesses materiais, os apetites coloniais das potências ocidentais no sudeste asiático e as grandes paixões que motivam a conduta dos homens como o ódio, o amor e os ideais liberais e democráticos, numa intriga política a que não falta, a par da generosidade, o crime e o remorso . Numa conjuntura internacional em que o conceito europeu de soberania no que se referia aos territórios ultramarinos evoluíra para o de domínio militar e administrativo desses territórios, foi nesse período e no difícil contexto do Ultimatum feito a Portugal que se unificou o território desta colónia portuguesa no plano administrativo, militar e religioso. Além dos personagens portugueses e chineses e ainda do pernambucano João Maurício, pintor de flores exóticas, surge, da parte timorense, entre outros, a lendária rainha de Cová, D. Margarida Ribeiro Pires, considerada chefe dos reis rebeldes. Sobre esta rainha, o governador Celestino da Silva deixou escrito no Boletim Militar das Colónias : « Não fora a capacidade superior daquela arma recente não estaria ali combatendo uma mulher, oferecendo à História um espectáculo desconhecido». A autora evoca ao longo das cerca de seiscentas páginas deste romance , alguns dos escritores que na época se relacionaram com esta região do mundo como Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad, Arthur Rimbaud e ainda Wenceslau de Moraes e Camilo Pessanha. Este romance tem 1.565.865 caracteres.
Eran como las 10 de la noche, suena el timbre del teléfono, atiendo y con tono, más o menos bonachón, me pregunta José Ángel Leyva si quiero presentar un libro, que es una antología sobre el viento. Lo pensé un momento, y me agradó la idea. El tema seleccionado me sedujo. El viento. Saltaron asociaciones desde mi infancia con el gélido viento otoñal bonaerense en mi camino a la escuela,, de los papalotes perdidos, de los vientos urbanos que hacían moverse con rapidez los botes en el lago, y algunas lecturas que estaban empantanadas en la memoria, desde los piratas de Mompracen y su rápidos navíos, y esa lectura posterior de Bachelard en primera fila y una cita que no puedo dejar de compartirla con ustedes: …Podría decirse que el viento furioso es el símbolo de la cólera pura, de la cólera sin objeto, sin pretexto. Los grandes escritores de la tempestad (…) han amado este matiz: la tempestad imprevisible, la tragedia física sin causa. (…) Viviendo íntimamente las imágenes del huracán se aprende lo que es la voluntad furiosa y vana. El viento, en su exceso, es la cólera que está en todos lados y en ninguna parte, que nace y renace de sí misma, que gira y se revuelve. El viento amenaza y ulula, pero sólo toma forma cuando se encuentra con el polvo: visible, se convierte en una triste miseria. Y así sobrevolando, me dije, hay que pensar en una antología. No es poco lo que se ha dicho sobre los aspectos positivos e inconvenientes de las antologías. Sin embargo, quiero huir de una posible originalidad y repetir algunas cosas. Las antologías tiene una función de panorámica, muchas veces cronológicas; otras, de tendencia, de grupo, de tema, o de cualquier tipo de segmentación que al antólogo acude. No podemos dejar de decir que una función importante de las antologías, es la de crear discrepancias. Siempre habrá descontentos con la selección realizada, los ignorados se quejarán, a veces en silencio, otras, en forma pública. Pero siempre puede ser factor de polémicas y diálogos. Toda antología es un libro inacabado.
En el caso específico, del libro del cual vamos a hablar, se trata del
acercamiento, selectivo de creaciones poéticas, que abarcan ejemplos de
poetas y poemas, desde 1521 a este siglo, con el tema central del viento.
Son 50 poetas los seleccionados. El orden de participación se lleva a cabo por fecha de nacimiento de los poetas. Iniciamos la lectura con Luis de Góngora, continuando con una pléyade de escritores españoles, de los que no podemos dejar de nombrar a León Felipe, Federico García Lorca, Cernuda, Aleixandre y Alberti. Entre los latinoamericanos encontramos, entre otros, a Pablo Neruda, Juan Gelman, Eduardo Mitre, Eduardo García Aguilar, José Marmol, y la selección mexicana es amplia, donde leemos poemas de Dolores Castro, Tomás Segovia, Thelma Nava, Antonio Deltoro, Silvia Tomasa Rivera, Verónica Volkow, y cerrando la selección tres jóvenes poetas de Ecatepec: Daniela Flores, Javier Serrato Vargas y Alberto Vargas Iturbe. En esta selección que abarca cuatro siglos de textos poéticos, nos presentan diferentes intenciones en la musicalidad, en la mirada transida por el propio tiempo transcurrido, por las diferencias de las voces y así estas poesías que leemos, en este siglo XXI, esta poesía no pretende recordar lo ocurrido en ese tiempo acontecido, es la memoria individual y colectiva que reproduce las sensaciones y llega a reconstruir la experiencia. Y es respecto de este aire, un algo enfurecido, el viento, que se nos presenta a los lectores en sus diferentes acciones y funciones, en esta acción volátil opuesta a la serenidad estable de la tierra, es asimismo, potencia del lenguaje, el decir mismo. Las imágenes y sus símbolos nos acompañan a lo largo de la antología, saltando desde la función de viajeros persistentes, como pájaros que desean abandonar las cadenas terrestres, ese aire que insufla vida a las velas en su navegar hacia tierras conocidas o desconocidas, que apaga los cirios puestos a recaudo ante la ceguera que ocasiona la noche, el mirar mas allá de las copas de los árboles o las ventanas de los rascacielos, el aire es cielo.
Y en esto de cobijarse ante el viento, no hay mejor escudo, a veces, que
acogerse a alguna buena enciclopedia, donde podemos encontrar que el citado
viento es el aire en movimiento, que se logra, sobre todo, debido a las
diferencias de temperatura, la temperatura siempre es importante. Entre
tantas otras cosas, actúa como agente de transporte, interviene en la
polinización, libremente, desplaza flores y semillas por el amplio mundo,
libremente, pues no son transgénicas. Como dice el verso español las palabras son viento y van al viento. Podemos añadir que la escritura puede perpetuarlas mediante un sistema convencional de señales: la palabra escrita. Quizá la gran metáfora de la poesía sea la del viaje, y que mejor viajero que el propio viento. Y como uno piensa que la poesía, citando a Lautreamont, “La poesía debe ser hecha por todos, no por uno, es que tomé la decisión, de seleccionar versos de cada uno de los antologados y leerles un poema que es resultado de esa selección. [Eduardo Mosches]
Julio Llinás nació en Buenos Aires en 1929. En la década del cincuenta residió en Francia durante largo tiempo, vinculándose con el grupo surrealista francés, y acompañó a Edouard Jaguer en la fundación del grupo “Phases”. Con Enrique Molina, Aldo Pellegrini, Francisco Madariaga y Carlos Latorre, participó activamente en las publicaciones del grupo surrealista argentino (“A partir de cero” y “Letra y Línea”, entre otras). En 1958 funda en Buenos Aires la revista Boa. En 1962, junto a Alberto Girri y Raúl Gustavo Aguirre, fue convocado por el Instituto Di Tella para escoger a los poetas que completarían la antología Poesía Argentina. En 1964 se publicó su ensayo Clorindo Testa. Entre 1966 y 1986, Llinás se apartó de la vida literaria para dedicarse a la publicidad. Luego abandonó toda actividad y se consagró por entero a la literatura. Sus obras, que han sido traducidas a diversos idiomas, son: Panta Rhei (1950), La ciencia natural (1959), Clorinda Testa (1964), De eso no se habla (1993), Fiat Lux (1994), Inocente (1995), El esperador (1996), La ciencia Natural II (1996), El fervoroso idiota (1999), Sombrero de perro (1999), Crepúsculo en América (2000), Circus (2000), La kermesse celeste (2001), Sonrisa de gato (2003), Cuentos para grandes y chicos (2005) y Querida vida (2005).
Haicai é uma palavra que hoje recobre muitos sentidos no Brasil. Chama-se haicai a quase qualquer conjunto de três versos, nos quais se encontre uma evocação da natureza, um trocadilho ou uma anotação rápida e esperta, uma “sacada”. Quanto a mim, nem sempre reconheço, num terceto, rimado ou não, espirituoso ou plano, que se apresente como haicai, o direito de usar o nome. Sinto que estou perante um texto de haicai apenas quando reconheço nesse texto uma dada disposição de espírito, uma atitude frente ao mundo e à linguagem poética que conota uma estratégia específica de composição e de recepção do poema. A pergunta sobre o que é haicai me conduz sempre, já que o haicai não é um tipo de poema congenial à nossa tradição, a esta outra: o que significa fazer haicai em português? Ou seja: o que se busca incorporar à nossa tradição, por meio do haicai? Seria a mera forma diminuta, o poema de um só terceto, que funciona como uma espécie de equivalente exótico da quadra popular? Ou seria a utilização mais ou menos ritual de uma palavra típica de determinada estação do ano, à maneira japonesa? Em qualquer desses casos, o ganho parece pequeno, face ao risco do exotismo fácil e da estilização vazia. Reclamar a herança do haicai só faz sentido, para mim, se isso significar uma tentativa de obter algo radicalmente novo. E a novidade que o haicai oferece a um ocidental, de meu ponto de vista, é o fato de ele ter por objetivo não a beleza da imagem ou da combinação dos sons, mas o registro ou o despertar de uma percepção muito ampla ou intensa nascida de uma sensação. Esse me parece o núcleo da forma do haicai. E é o que julgo que vale a pena tentar incorporar, por meio da leitura dos clássicos japoneses. Por isso mesmo, não me parece correto dizer que o haicai é síntese. É antes uma recusa a dizer longamente, ou a dizer com muitas palavras. E também uma recusa a condensar o máximo no mínimo (como o faz, por exemplo, uma fórmula algébrica). O haicai diz muito, mas o faz por meio do vazio que fica entre os dois elementos justapostos ou entre o que é dito concretamente e o que poderia ser dito, o que fica apenas como pano de fundo ou silêncio voluntário. Por isso tudo, o bom texto de haicai, o mais interessante, em minha opinião, é aquele que consegue, com o mínimo, obter apenas o suficiente. Fazendo da modéstia e do despojamento valores centrais, o haicai que se aprende com a leitura dos mestres japoneses não se satisfaz na exibição de virtuosidade técnica ou capacidade de associação brilhante. Pelo contrário, é um texto que se limita voluntariamente a apenas situar uma dada percepção sensória, objetiva, num campo maior de referências (objetivas ou subjetivas) onde ela ganhe sentido e componha um quadro único; um texto que traz para o leitor a presentificação de um instante como algo inacabado, aberto, um esboço ou um diagrama do choque entre a sensação fugaz e irrepetível e seu longo ou profundo ecoar nas diversas cordas da sensibilidade e da memória. Essa é a arte delicada e fugidia que se encontra na leitura dos textos produzidos no Japão do século XVII, a arte que Bashô definiu e estabeleceu como um novo caminho de poesia e de vida, uma nova forma de deixar fluir a percepção do mundo e a linguagem. A arte que, como aprendiz e estudioso da forma e do espírito do haicai, ao longo de vinte anos, tentei praticar e cujos resultados, embora modestos, reúno agora neste volume. Não poderia terminar este depoimento sem registrar a grande honra que foi ter os textos traduzidos para o japonês por H. Masuda Goga, um dos nomes mais importantes na história da incorporação do haicai ao Brasil e à língua portuguesa. Sinto, por conta disso, que esta edição fecha um círculo, que começou a ser traçado há quase trinta anos, quando assisti às primeiras aulas de língua japonesa, com o objetivo de traduzir – para publicar finalmente em 1986, em versão igualmente bilíngüe, com Elza T. Doi – alguns dos haicais clássicos que mais me marcaram ao longo dos anos. Por outro lado, gostaria que a publicação destes poemas traduzidos por um imigrante de noventa e cinco anos, na véspera da comemoração dos 100 anos da imigração japonesa no Brasil, fosse vista como uma homenagem à comunidade nipônica e, principalmente, aos que aqui semearam um país de haicai. É, pois, com o nome japonês que mestre Goga me atribuiu – e que, por ser a tradução da antonomásia da cidade de Campinas, é uma delicada evocação de Guilherme de Almeida, seu amigo e grande divulgador do haicai entre nós – que assino também este texto no qual agradeço, mais uma vez, o trabalho que ele, com tanta boa vontade, alegria e competência, como de hábito, realizou. [Paulo Franchetti] parceiros da agulha nesta seção
|
|
Livros para Agulha deverão ser
enviados aos editores, nos endereços a seguir: |
| AGULHA # 65 | ÍNDICE GERAL | BANDA HISPÂNICA | JORNAL DE POESIA |