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revista de cultura # 65 |
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Escrito en la otra orilla: reseña del grupo cultural La Antorcha Miguel Aníbal Perdomo
De modo que estamos ante una especie de radiografía intelectual, política y sentimental, no sólo de La Antorcha, sino también de los miembros de otras agrupaciones que la antecedieron y la influyeron: La Máscara, El Puño y La Isla, con quienes los de la primera sostuvieron un fructífero diálogo. Todos estos grupos –incluyendo los fundados después– cumplieron su función y dejaron huellas fructíferas, pese a la corta existencia de cada uno ellos, incluyendo el que me ocupa. Por ejemplo, a La Máscara se le reconoce el haberle dado un sólido impulso a la cuentística nacional con sus concursos, dejando piezas antológicas como “Ahora que vuelvo, Ton” del poeta René del Risco Bermúdez y “Delicatessen” del también poeta Miguel Alfonseca. Me parece que Rafael Abréu Mejía (quien un día confundió los puentes y fue a dar al Parnaso, de donde no volvió, para consternación de quienes fuimos sus amigos), Soledad Álvarez, Enrique Eusebio, Alexis Gómez Rosa, Mateo Morrison y Fernando Vargas, los miembros de La Antorcha que sobrevivieron literariamente, son producto de un vasto esfuerzo colectivo. Así, Una palabra para cruzar el puente no es sólo un homenaje a los antiguos miembros de La Antorcha; es también homenaje a varias generaciones de dominicanos para quienes literatura y política eran sinónimos; a los hijos legítimos de una época en que el escritor pensaba como político y este actuaba como poeta o confundía su realidad con la literatura. ¿No fue el patético final de Manuel Aurelio Tavárez Justo (Manolo) y sus compañeros el último canto de una gesta romántica, en que ese grupo de jóvenes idealistas aprendían a jugar a la revolución frente al cínico pragmatismo de sus verdugos, asesinos profesionales en uniforme militar? Cara a estos crímenes y otros similares (que hasta hoy estremecen la conciencia de mi generación), no había otra manera de hacer literatura que no fuera “comprometida” para quienes vivieron esos tiempos asfixiantes, en esa atmósfera enrarecida en que era un delito ser joven. Nosotros, los sobrevivientes, fuimos testigos incómodos de la muerte de los jóvenes políticos más brillantes del país; cuyo valor humano, cuyo amor desinteresado por la Patria se magnifica, ahora que padecemos de una ininterrumpida y generalizada crisis y que el materialismo más rastrero nos acogota. Los poetas Independientes del 40, La generación del 48, los poetas del 60 y los del 70 no podían asumir otra actitud ante la vida que no fuera la rebeldía, pese a la claudicación de alguno. ¿Quién no es poeta a los diecisiete años rimbaudianos? ¿Quién a esa tierna edad no es también revolucionario? Neruda dice que sus criaturas nacen de un hondo rechazo y Vargas Llosa afirma, en sus Cartas a un joven novelista, que un narrador auténtico no escoge sus temas, sino al revés. Si aceptamos estas declaraciones de principios, los acontecimientos de los tres decenios del 1940 al 1970 determinaron el tono, las obsesiones, de muchos artistas y escritores dominicanos de aquellos tiempos. Nuestro compromiso con los valores más nobles de nuestra Patria, la simpatía por los humildes –los mismos a quienes cantara el poeta Federico Bermúdez mucho antes–, la concepción del conocimiento, el arte y la literatura como arma contra el oscurantismo político no son hechos de los cuales se deba renegar. El rechazo a la corrupción, al crimen, lo mismo que a la explotación y la demagogia, debe ser motivo de orgullo, pues habla de la calidad humana y el espíritu solidario de aquellos hombres y mujeres. Acaso por lo único que esos poetas podrían darse golpes en el pecho sería por el dogmatismo político-literario, en un clima tan radical que se debía expurgar el verso de cualquier amago surrealista, pues constituía un terrible crimen. En ese dogmatismo radica el error de muchos escritores de aquel tiempo, al haber subordinado la esencia literaria a la política.
En el plano criollo, el decenio del 60 comenzó con la muerte de las Hermanas Mirabal y el posterior ajusticiamiento de su asesino, el dictador Rafael Trujillo; prosiguió con la elección a la Presidencia de la República a un gran escritor de honradez excepcional, Juan Bosch, quien sería derrocado siete meses después; continuó con el asesinato del carismático Tavárez Justo –amante de la música y la buena literatura–; la Contienda de Abril y la consiguiente invasión norteamericana de 1965; después fueron las elecciones de 1966, “ganadas” por el heredero político del tirano Trujillo, el escritor Joaquín Balaguer. Este prolongaría las secuelas de la dictadura hasta su muerte. (Y no puedo más que aprovechar la ocasión para repetir que es una estulticia llamar a Balaguer el “padre de la democracia dominicana”.) En el plano literario, fue aquella la década en que Bosch y Pedro Mir regresaron tras años de exilio y empezaron a ejercer una valiosa influencia en los jóvenes escritores dominicanos. Lo primero que llama la atención, al examinar el fenómeno cultural que fue La Antorcha, es el hecho de que naciera en la ribera oriental del río Ozama. Circunstancia insólita esta, pues, hasta ese momento los movimientos literarios capitaleños sentaban sus fueros en la Zona Colonial sobre todo, en el lado occidental de la ciudad. Allí escribieron sus versos la insigne Salomé Ureña en el siglo XIX y el poeta sorprendido Franklyn Mieses Burgos en el XX. Ese cambio en el topos cultural indica una extensión del radio de acción en la literatura dominicana. De una actividad para miembros de la elite, como eran en conjunto los del grupo La Máscara, la afición a la literatura se democratizó y proyectó hacia todos los estratos de la clase media. Creo que otro componente que influyó en la efervescencia cultural de esos años fue el Movimiento Renovador de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), que abrió las puertas de la educación superior a toda la población dominicana. Hasta entonces solo la elite y algunas familias acomodadas tenían acceso a la educación universitaria. Desaparecidos los grupos culturales-literarios de la década del 60, el Movimiento Cultural Universitario (MCU) de la universidad estatal aglutinaría a escritores, poetas y dramaturgos de varias generaciones. Y es válido destacar el papel de promotor realizado por el “Teórico” Jimmy Sierra en esa agrupación. La segunda circunstancia digna de atención respecto a La Antorcha, es que sus miembros más destacados y persistentes fueran poetas. Tal vez porque en el país existía una tradición lírica de importancia, aunque de escasa trascendencia internacional. Sin embargo, las condiciones para el desarrollo de un género como la novela eran muy negativas. Aun hoy la edición de cualquier libro es de los consabidos y ridículos mil ejemplares, que rara vez se venden en su totalidad, pese a que el país tiene una población de nueve millones. Qué contraste, por ejemplo, y me perdonan la odiosa comparación, con un país como Finlandia, que posee cinco millones de habitantes, donde un novelista puede vender cuatro millones de ejemplares; lo cual significa que el 80% de la población adquiere el libro. Pero entre nosotros, el hábito de la lectura es casi nulo, y la minoría que lee apenas si puede adquirir libros, dados nuestros problemas eonómicos. La poesía, en cambio, puede asumirse como afición del fin de semana. No requiere de la concentración temporal de la novela; por lo común, no es una obra tan orgánica como el teatro, por ejemplo. Además, se piensa que el poeta no ha de poseer necesariamente una gran formación académica, ni una vasta cultura.
Los poetas de La Antorcha RAFAEL ABRÉU MEJÍA fue quien sugirió el nombre de La Antorcha para la agrupación, lo cual no fue accidental, más bien correspondía a profundas y misteriosas motivaciones. Quienes han analizado los poemas de Abréu Mejía destacan la luz como símbolo sobresaliente de su imaginario. Por eso, no sorprende que su primer libro se titule La luz abre un paréntesis. Tampoco sorprende que sobresalga en este la preocupación social, y que en sus versos resuenen los dolorosos acontecimientos de la época en que fueron escritos, como se nota en “Final del canto”. Se trata de una poesía diáfana, sencilla en que el poeta planta sus tiendas de campaña en lo referencial. Sobre todo los textos reflejan gran sensibilidad humana, un auténtico interés y compasión por el prójimo, preocupación que el poeta no abandonará nunca. Luego, Abréu Mejía se toma un largo receso en sus actividades literarias, que vale la pena comentar porque ilustra una característica de la literatura dominicana actual. Cerrada la etapa juvenil del activismo político y literario (el poeta estuvo en la prisión por sus ideas), Abréu Mejía se jubila de su empleo en la imprenta de la UASD, para dedicarse a los negocios de su familia. Es de aquel tiempo la imagen postrera que guardo de él. Lo veo en el enorme patio de su casa familiar, en la margen oriental del Ozama, con su eterna sonrisa de hombre en paz con Dios y con el mundo. En esos días el poeta había encontrado una garza herida, tras curarla, el ave le mostraba su gratitud siguiéndolo todo el tiempo. Si en algún momento la garza se iba hacia el fondo del patio, bastaba con que Abréu Mejía la llamara “¡Zsa Zsa, Zsa Zsa, Zsa Zsa!”, y el animal corría como un cachorrillo hacia él. Cuando Abréu Mejía volvió a la literatura, trajo consigo temas y tonos nuevos. Regresó a la poesía epigramática, que lo había atraído siempre y cultivó una estrofa afín que lo fascinaba: el haiku japonés, por la que se cuela, como es de esperarse, la luz, tal sucede en “Cielo estrellado”. Abréu Mejía ya había conocido a Mallarmé, y ahora su poesía adquiría resonancias vanguardistas que recuerdan a Huidobro y a Oliverio Girondo. Su interés por la condición humana subsistía, pero asumía a veces un matiz metafísico. Al final queda la impresión de que la poesía de Abréu Mejía quedó trunca, de que el poeta no alcanzó nunca su potencial. No obstante, se ha de tomar en cuenta que se trata de un autodidacta, sin lecturas sistemáticas. De paso, la trayectoria de Abréu Mejía repite un ciclo común entre los escritores criollos. Cruzados los treinta años, cuando tienen ya compromisos familiares y profesionales, la escritura pasa a segundo plano, se vuelve intermitente, improvisada, o el escritor aficionado se pierde en el anonimato.
Álvarez fue conocida durante mucho tiempo a través de sus colaboraciones en suplementos y revistas. En dicha etapa, como los demás escritores de su generación, andaba todavía en búsqueda de su voz. Pero ya era posible advertir, en algunos de sus poemas, una factura nítida, cuidada, en un medio en el cual la improvisación es común. Quizás por ello su primer poemario apareció en 1994, muchos después de fundada La Antorcha. El segundo poemario suyo apareció en 2006. Esta arritmia, por las causas que sean, repite un patrón propio de la literatura dominicana actual, que ya he señalado. En el caso de Álvarez, parece que ella trabajó arduamente y sin mucho ruido, porque ya alcanzó la madurez de estilo y navega con toda seguridad en el mar proceloso de la poesía dominicana, donde se ha ganado un lugar entre los más importantes poetas nuestros del presente. ENRIQUE EUSEBIO se destacaba en los decenios del 70 y el 80 por una saludable curiosidad intelectual, pasión por la cultura y el arte en sus múltiples manifestaciones. Había leído mucho y bien a poetas como T. S. Eliot y Baudelaire, y su educación se había enriquecido durante su estadía en Europa. Ante las obras francamente políticas de la mayoría de sus contemporáneos, Eusebio oponía textos de tono íntimo, asordinado. En su primer libro Desde la presencia del mar hasta el centro de la vida, hay una atmósfera de naufragio, un hundimiento ontológico, que recuerda al Neruda de la primera Residencia en la tierra, no tanto por influencia, sino por afinidad. En un ambiente literario tan politizado, ese tipo de texto no tenía muchos postores en el mercado de la oferta y la demanda poéticas. No obstante, a muchos años de distancia, sigo creyendo que el balance era injusto al sopesar la poesía de Eusebio. Neruda, en la primera Residencia en la tierra, refleja un mundo en descomposición, una terrible angustia existencial. Y es fácil concluir que ese cosmos hermético e incoherente refleja la situación humana en el período de entreguerras. Asimismo, esa realidad amenazante en el libro de Eusebio puede ser un reflejo individual de la sociedad en que había nacido, en plena dictadura trujillista. Al llegar a la juventud, había sido testigo de los tumultuosos acontecimientos de aquellos años. Los versos “el hombre gris que dobló alguna calle de mi infancia, / aquel inclemente enemigo del paisaje”, del primer libro de Eusebio, tienen tremenda fuerza sugerente, son más efectivos tal vez que una denuncia directa contra los agentes secretos del régimen trujillista. Para quienes tenían conciencia suficiente en esa época, y recuerdan el terror de la dictadura, el hombre del poema puede hacerles revivir el clima de inseguridad de la dictadura, una amenaza indefinible, sacudirlos y llenarlos de vago temor. En este poder de evocación, de darle forma a lo innombrable, se cifra el misterio de la escritura, que nos impulsa a trazar unos signos, cuyo receptor es invisible, improbable. En su segundo libro, Consignas y subversiones, Eusebio dio un giro completo a su poesía. Siguen subyaciendo en sus poemas posteriores las preocupaciones político-sociales que marcaron a su generación, pero el estudio de las teorías literarias y lingüísticas, de moda en la década del 70, signaron la poesía de Eusebio de modo determinante. La transparencia inicial de sus poemas se ha tornado preocupación metalingüística, en que se evidencia la condición de poeta culto del autor, bien nutrido con lecturas eruditas. Además, Eusebio parece haberse alejado de la actividad literaria en los últimos tiempos, por lo menos, a nivel público. A mi entender, el ciclo poético de Eusebio no se ha completado. Su primer libro aunaba ingredientes de postvanguardia con provechosas lecturas del simbolismo francés. A partir del segundo, aparece la inquietud experimental que se prolonga en sus últimos textos. Del equilibrio entre ambas etapas, pienso, surgirá la poesía definitiva de Eusebio. Hace treinta años aposté por la pasión literaria de este poeta. Voy a seguir haciéndolo. ALEXIS GÓMEZ ROSA es el último poeta entre nosotros; quiero decir que, entre sus contemporáneos, es el único en asumir la poesía como forma de vida. Su obra es una proyección de sus actos, los que vive de manera lírica, en ese estado que, según Nietzsche, el individuo se convierte en una obra de arte. La poesía suya se nutre de lo cotidiano y de la historia, del entorno familiar y de lo trascendente, es proteica; asume formas diversas y contradictorias, toca a las puertas del hermetismo o se torna escueta y efectiva como el haiku; se apodera y engulle todos los estilos y los carnavaliza, al modo de un saxofonista de merengue o de jazz. Se la ha visto buscar el rumbo en el Barco Ebrio de Rimbaud, y al poeta lo hemos escuchado declararse hijo legítimo de Octavio Paz y de muchos otros. Y en la siguiente página, emerge impoluto, dueño absoluto de su propio destino y de su estro. Con la clarividencia que otorga el Arcángel de la Poesía a quien unge, Gómez Rosa intuyó muy temprano cuál era el derrotero preciso. Cuando todos a su alrededor gritaban deslumbrados por el Neruda del Canto general, Gómez Rosa se tapaba los oídos con goma de mascar y miraba hacia otra parte. Pero de ningún modo esta actitud puede juzgarse como indiferencia. En sus obras hay abundantes muestras de sus precupaciones socio-políticas. El ejemplo más reciente es su libro La tregua de los mamíferos, en el que conmemora la Contienda de Abril. Sin embargo, aquellos temas se subordinan siempre a los objetivos poéticos, pues Gómez Rosa comprendió bien temprano que la poesía tiene sus propias leyes. No tuvo que leer a los formalistas rusos, ni escuchar aquella polémica de Cortázar y Collazos, en que el autor de Rayuela proclamaba la autonomía del hecho literario. Gómez Rosa, por eso, al escribir, despoja lo referencial de todo lo accesorio para convertirlo en un producto transformado por las necesidades textuales. Y la Poesía le ha pagado con creces. Lo ha convertido en el poeta criollo del presente con mayor proyección internacional; pero el éxito no le ha llegado mientras el poeta esperaba sentado. Al contrario, ha sido la suya una dedicación constante, a base de tinta, sudor y sangre. Gómez Rosa es de los pocos escritores nuestros que podríamos llamar “profesionales”, aunque no reciban ninguna remuneración, lo que demuestra una vocación de acero.
La poesía de Morrison, desde su inicio, se caracterizó por el compromiso politico. Escribir para él, en su primera etapa, significaba verificar los males de su entorno social, pues albergaba la convicción de que el orden humano es injusto, y la función del poeta consiste en el testimonio, la denuncia de este estado de cosas. Por ello, no existen en sus poemas las búsquedas formales de Gómez Rosa y Eusebio. En la poesía de Morrison se puede asordinar el tono, se puede ajustar el lente con que se escruta la realidad, pero la forma es casi invariable, accesoria. Para él, la vida es cosa simple; hay una mirada casi franciscana en sus poemas, los cuales son el reflejo de objetos elementales. Con frecuencia, estos (flores, caballos, llanuras, mariposas) parecen extraídos de un mundo idílico, preindustrial, edénico. Sin embargo, la codicia humana ha fracturado ese orden primario; la historia es una cadena de injusticias. Aunque amante de la paz, del ser humano, el poeta reconoce que la violencia es necesaria para cambiar esa situación. Poemas como “Canción antes del odio” y “En principio”, son ejemplos elocuentes de esa primera etapa de Morrison. Junto a la preocupación socio-política, existe en la poesía de Morrison una afectividad en busca de cauce para compensar tal vez el desequilibrio social. Entonces el poema se torna íntimo; la voz lírica celebra a la mujer amada y la intimidad familiar. La poesía se simplifica más, si ello fuera posible, como es palpable en el poema “Si la casa se llena de sombras”. En los últimos poemas de Morrison aparecen algunos intentos de renovación formal, lo que es muy positivo. Pues me parece que a su poesía aún le restan verdes praderas por explorar. Fernando Vargas es el gran ausente de esta antología. En su adolescencia fue una especie de niño prodigio, que entablaba luchas discursivas con reconocidos escritores e intelectuales, dejándolos con frecuencia mal parados, como si se tratara de una parodia del Niño Jesús entre los doctores. A los veintidós o veintitrés años, ya había publicado un libro sobre James Joyce, en España. Desgraciadamente, y al estilo del poeta francés Antonin Artaud, Vargas empezó a sufrir achaques de salud mientras estudiaba en París. De ese modo, se hizo añicos un futuro que parecía excepcional. Hace unos años, Vargas escribió dos o tres cuadernos de poemas con una lucidez impresionante. Gómez Rosa y yo somos sus melancólicos testigos, pues, por los azares de la vida de nuestro mutuo amigo, los cuadernos se perdieron. En suma, los antiguos miembros de La Antorcha se dividieron en diferentes tendencias poéticas. Abréu Mejía y Morrison se comprometieron, al principio, con el testimonio político y la denuncia, aunque no desdeñaban el ingrediente lírico. En cambio, para Eusebio y Gómez Rosa, lo socio-político se subordinaba a lo estético, a sus necesidades subjetivas. Álvarez, por su parte y desde siempre, buscó los rieles de la lírica. El itinerario seguido por los miembros de La Antorcha, durante cuarenta años, es una muestra del proceso general de la literatura en el país. El esfuerzo y el entusiasmo juveniles dieron sus frutos. Los cinco poetas de la antología y Vargas han sido una presencia muy activa en el orbe intelectual y profesional del país. Lo que no debemos olvidar es que, aparte de talento personal de cada uno, sus logros se deben a un conjunto de jóvenes entusiastas que confundían vida y literatura, política y arte. Algunos murieron a consecuencia de su idealismo, como sucedió con el joven poeta Domingo de los Santos. Los sobrevivientes no deben olvidar el privilegio y seguir añadiendo páginas depuradas, rigurosas, al libro inédito de la literatura dominicana. |
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Miguel Aníbal Perdomo (República Dominicana, 1949). Poeta, narrador y ensayista. Ha obtenido el Premio Anual de literatura en los géneros de poesía, cuento y ensayo. Ha publicado El inquilino y sus fantasmas y La colina del gato (poesía); La estación de los pavos reales (cuentos) y El Caribe en la obra de Gabriel García Márquez (ensayo). Contacto: mperdomojimenez@yahoo.com. Página ilustrada con obras del artista Fernando Pacheco (Brasil). |
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