Agulha - Revista de Cultura
 

revista de cultura # 67
fortaleza, são paulo - janeiro/fevereiro
de 2009






 

Los instantes fatales y sus efectos

Oscar González

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1. DE LA EMBRIAGUEZ Y EL ÉXTASIS

Oscar GonzálezI. DE LA EMBRIAGUEZ Y EL ÉXTASIS DEL SOLITARIO

Los solitarios se dice que aman la soledad. Ellos no saben bien de que se trata cuando les hablan de ella. Hacen oídos sordos a lo que se pueda decir, donde ellos están, de la soledad. No hay metáfora para ella, es lo que ellos dicen. No, en un sentido estricto más bien insinúan. Los solitarios son insinuadores no voluptuosos. Calman la tempestad en el ellos, porque no les importa quedar mal con los demás. Tienen cuidado de no anunciar sus prevenciones, y son maestros en el arte del Criticón de Gracián. Leen, pero no mucho, porque un libro para ellos no es compañía. Expresan pocas veces su pensamiento; se podría decir que no piensan. No rumian sino hierba de soledad, es su hierba aromática preferida. Cuando les hablan de la soledad, se burlan de ella, ironizan. No quieren perturbarla. Ellos la conocen. Quiero decir, conocen sus sintaxis, conocen su semántica.

No tranzan con ella, viven en su trance. Trance de la soledad, en cada uno, como cuando se dicen: Lo amamos todo, pero no podemos comunicarlos. Quedamos en silencio, porque silencio y soledad son más o menos lo mismo. Indecibles ambos. Cuando los domina la melancolía, saben como exorcizarla lenta y sutilmente: la beben a sorbos, como quien se va a suicidar. Beber a sorbos de suicida. Tienen una metódica y una tensión, sorber como Sócrates, aunque no tanto como él, puesto que no son muy afectos a las disquisiciones racionales. No saben que es eso. Tiemblan ante las cenizas de su rostro muerto. Acceden a lo transparente por vía de la inquietud.

II. DE LA EMBRIAGUEZ Y EL ÉXTASIS DE LOS SANTOS

William Blake

Precisan bien que es la bondad. Tienen méritos para todo ello. No causan problemas a nadie, porque conocen bien su diferencia. Padecen del sufrimiento del coleccionista de los estados emocionales sublimes e inalcanzables. Prefieren lo inefable, ante cualquier hecho humana. Tienden a emanciparse de sí mismos, de sus cadenas para poder hacer visible la realidad de Dios, como borrachos de Dios, al decir de Spinoza. Celebran sus bodas con el cielo y el infierno, con sus Amantes místicas. No confunden el licor místico con otra bebida que no sea ella. Tienen catadores, poco amplios y expansivos, demasiado intolerantes y nunca interesados por la mixtura. Poseen libros que al leerlos los limpian de toda culpa. Porque la lectura de un libro basta para sanarlos.

Expían a Eva cuando se baña desnuda, sin manzana de expulsión del Paraíso —una taberna que ellos conocen y frecuentan, sin decirle a nadie, por su carácter hermético y cabalístico—, en los ratos que ceden a cesar de ser arrebatados por la demencial posición de la carne. Carne y espíritu les son irreconciliables. No tienen para ellos ni paz ni reconciliación. No beben, porque están embebidos en Dios, y su éxtasis que parecería frívolo, es solamente camino trascendental. Tienen clara predilección por la severidad. Tienen alas trémulas, porque mantienen las puertas de sus celdas cerradas. No escuchan sino la voz de Dios. Y su mayor complacencia estriba en leer, porque creen, que también son leídos por libros de revelaciones que leen.  

III. DE LA EMBRIAGUEZ Y EL ÉXTASIS DE LOS EXCÉNTRICOS

¡OH MI BIEN! ¡Oh mi Belleza¡ ¡Fanfarria atroz donde jamás vacilo! ¡Caballete mágico! ¡Hurra por la obra inaudita y por el cuerpo maravilloso, por la primera vez! Aquello comenzó con el reír de los niños, terminará con él. Ese veneno ha de permanecer en todas nuestras venas, aun cuando, al irse la fanfarria,  hayamos vuelto a la vieja desarmonía.

Arthur Rimbaud [1]

Manifiestan en realidad lo que son, en todo momento. Nunca se excusan, porque son estetas. Y les atraen los mundos raros y extraños. Expresan su emoción sin establecer medidas contrarias a la eclosión del exceso. Tienden a ser manieristas y barrocos, en su estética. El éxtasis para ellos proviene de una secreta cámara donde están todos los sueños en preparación. No lo llaman Taller del Éxtasis, no son demasiado aplicados ni operativos. Toda su práctica es esencialmente intencional: Mostrarse como son. Exhiben su excentricidad de ebrio sin que les importe la censura. No conocen los límites.

El excéntrico como el nómada no se perturba por conocer los límites. Es ansioso en su estructura sensible y cruel con el mismo cuando no puede saber el sentido de su elección. Colecciona osamentas. Y su visión es la de quien sabe asimilar una derrota y un triunfo al mismo tiempo. Duda de la certeza del tiempo. Imprime a su vida un estilo en el que el azar es fundacional, por los elementos de aventura que tiene. Y no conoce sino la profundidad de la superficie. Es elemental, no hace tratos con el láudano. Y su enfermedad más recurrente y preciada es el ocio. Orienta sus inquietudes hacia la ciencia de la quiromancia.

Discrepa y repele de los lectores del Libro de Té. Hace estudios de los astros, pero en silencio, ni siquiera quienes se atreven a vivir con ellos lo saben. Nadie inquiere nada de lo que hace. Los respetan los pueblos. Bebe solamente vodka. No es un zar, pero lo tiene por condición imperial. Tiene amantes voluptuosas, por aquella efímera e indefinible pasión por la forma excesiva de la carne. Dicen: A aquellas se les derraman las carnes. Es como su tino. Y sus éxtasis se dan en el momento en que ceden a la tentación de la voluptuosidad.

IV. DE LA EMBRIAGUEZ Y EL ÉXTASIS DE LOS TRASEÚNTES DE UNA CIUDAD BABILONICA

Por el camino los árboles/ Dos lunas para la danza/No tanto sueño como creen las esquinas/ Tus guantes/ tu nieve de cirujano en el armario/Estación/en el país de Lesbos/ Ebrio/rodando por las calles/ Un ojo menos/cicatrices en el rostro/ Mi nariz/en un mar de oscuras agujas/Petirrojos en el patio muertos.

Carlos Bedoya [2]

William BlakeExtienden sus redes hacia lo inalcanzable. Y su máxima tensión es fracasar. Observan metódicamente la contaminación de la ciudad. Conocen por la contaminación de su sensibilidad. Idolatran el caos y la turbulencia de las ciudades. Tienen como principio, aquello que dice Baudelaire: No a todos los es dado tomar un baño de multitud: gozar de la muchedumbre es un arte; y sólo puede darse un festín de vitalidad a expensas del género humano aquel a quien nadie un hada insufló en su cama el gusto por el disfraz y la máscara, el odio al domicilio y la pasión por los viajes. Cada vez que mira un parque se convierte en una plaza y viceversa. [3]

Y si mira los muslos acreditados de una dama sin cliché, ve como se le amontonan en ellas raras aves sin cabeza hermenéutica. No proponen proyectos que indiquen como ha de construirse la nueva ciudad, y han leído muy bien los proyectos de Bruno Taut, pero saben y son conscientes de que nada de ello podrá interesar al caduco hombre moderno. Incluyen sin incluir. Hace mixturas extrañas con sus licores, que nada tienen que ver con los llamados obscenos cokctails. Experimentan inclinaciones de humillación inclasificable ante el éxtasis.

Explican poco de sus pasiones atribuibles al estudio el estoicismo senequiano. Consumen parte de la noche, en una práctica absurda y desconcertante: Mirar a los demás por encima del hombro. No tienen mucho aprecio por las montañas. Escuchan la voz de los muertos, por ello no son bien vistos, en donde abundan y se extiende el exterminio. Esas relaciones son hermosamente prosaicas. Funden su hierro en fábricas de éxtasis. Y experimentan un frenesí incalculable por apoyar las causas pérdidas. Leen Alcohols de Apollinaire. Conservan, por estética, los dientes cariados y los muestran a los transeúntes que no saben que viven en Babilonia.

V. DE LA EMBRIAGUEZ Y ÉXTASIS DE LOS ASTRONOMOS

Cada vez que ven una constelación, que es para ellos como su el Libro de Horas, cancelan todos sus asuntos cotidianos y se invisten de la autoridad de los ortodoxos de los cielos. No les fastidia. Concretan su sobriedad, es una forma ideal de lo estético. No sucumben fácilmente a los arrebatos, pues su tranquila mirada alrededor de su Anillo de Matrimonio es como la mirada lanzada sobre los Anillos de Saturno.

Son inconformes con el beneplácito que existe por la duda. Exponen su Vicio Supremo, sin que ello comporte temor, ya que tiemblan ante el misterio de las estrellas. Y su pose es la del que mira hacia arriba y no al revés. No son excavadores de la tierra sino de los cielos. Raras veces se cansan de someter a examen su amor a los precipicios. Frecuentan los extravíos de los mediosems, en un libro de Michaux que les sirve de punto de apoyo y fortaleza. Lo leen cuando están extenuados de ser ellos mismos. No experimentan sensaciones irrelevantes. Toda su tensión se concentra y radica extasiarse ante lo efímero que es el universo.  Tienen desvaríos cuando se ven desnudos. Tienen lentes de azufre. No pontifican pues no conocen todavía a Roma. No tienen animal predilecto, excepto la Estrella de Mar.

 

2. DEL INSTANTE DE LA LUZ, DE LA LLAMA Y DE LA CLARIDAD

De nada vale que hablemos de la luz, de la llama y de la claridad, si no podemos vivirlas. Existir en ellas. Porque ellas son más que nada, inclinaciones obsesivas hacia el sentir las sensaciones. Y hacer de las sensaciones una forma del conocimiento de sí mismo. Y la inclinación obsesiva por el sentir, ha de ser inexorable. Inexorable porque transmite los temblores de lo desconocido, de la muerte.

De no ser así, no sentiríamos entonces la muerte, la belleza de la muerte en nosotros. Ya que cuando se está en el momento de la muerte, la luz es de extraordinaria dimensión, de extraña esencia, de exuberante forma. Incitadora, sin duda, por su belleza indecible. Luz de la muerte, rayo de luz en la claridad de la misma y llama que ilumina el camino, como un Bardo Thödol o libro tibetano de los muertos.  

William BlakeCamino de la luz, es pues el camino de la claridad y de la llama. El sentir las sensaciones en la vida, es pues creación de una conciencia sobre la vida, que deseamos llevar. Y un conocimiento de lo que sentimos. Ya no sentimos, se nos dice, por eso no hacemos visible el instante de la luz, de la llama y de la claridad como una forma de conocimiento del existir. Y en ello y por ello desesperamos. Dice René Char: “Nuestra Señora de las Luces, que permaneces sola en tu roca (…) Oh, Dama desvanecida, sirvienta del azar, las luces van donde las ve el hambriento.” [4] La luz no es dada para vivirla un instante. El instante poético de la claridad, su más alta expresión de la duración. No dura sino el instante. Desasido de nosotros, el instante se hace claridad. No hablamos claramente sino cuando hablamos poéticamente.

Mucho se menciona y se habla de la sombra, como aquello que es, pero que es sin luz. La sombra no tiene luz. Nada puede iluminarla, ni la llama ni la claridad. Ella en sí misma ha muerto a ellas. Y por eso no tiene luz. Ni Dios ni el Demonio la iluminan, siquiera, pero están en ella.  Como lo leemos en el fascinante libro de Adalberto Von Chamisso: Peter Schlemihl o el hombre que perdió su sombra. Buscamos la sombra, para volver a perderla. Y la perdemos cuando desaparece el poder de la luz, el incontenible deseo de la claridad. Invocar la sombra sin la luz de la claridad es provocar un desastre a lo visible, a lo real. La hermosa luz barroca ilumina la oscuridad, para hacernos ver la luz de la sombra.  

Es la sombra la máscara de nuestra tiniebla, de nuestra oscuridad; pero la sombra tiene luz, se descubre es por la luz. Existe es cuando está poseída de la luz del asombro. Asombra es lo que tiene sombra, aquello que no conocíamos antes de que fuera dominado por la sombra. Tiene sombra, la luz, para que pueda ser en su misteriosa totalidad, para que no sea destruida, para que sea invulnerable. La sombra no es turbada por nuestra tentativa irreductible de la claridad, la necesita.

Claridad y sombra, se funden entre sí, para instalar lo extraño. Ya que lo extraño es aquí lo conocido; se vive en lo extraño cuando se accede constantemente, en una tensión excesiva, a lo conocido. El sueño no tiene sombra, sino claridad, porque en el sueño lo que vemos son apariciones. Aparecemos en lo sueños. Nadie conoce la sombra en nuestro sueño, porque allí somos una otra realidad.

La claridad es la herramienta sensible del artista y hace parte esencial de su experiencia estética. A la obtención de esa claridad ha de ser llevado por el imán de la necesidad  de encontrar en él, en su espíritu sensitivo, la luz y la claridad, por medio de la llama. Y su poder de irradiarlas.  

La luz iluminante es la de la que destruye la oscuridad. Pero la oscuridad también esta relacionada con la luz iluminante. No puede haber luz sin oscuridad. Cuando observamos la llama de una vela, vemos la luz que nos ilumina, porque también nosotros somos esa vela y esa llama. Vela el que desea concentrarse en el conocimiento de sí, en su luminosidad y su oscuridad.

La llama de la vela es lo que comunica con el mundo visible, lo ilumina, vaciado y sostenido en el mundo del arte. Y de la misma manera es el poder de llevar la luz y la claridad tanto en uno mismo como en la vela, para hacerse consciente de aquello que le habla, que le indica hacia donde hacer tender su deseo, su intención invulnerable.

William BlakeComo la de ser artista, en Joseph Beuys: “Quiero dar las gracias a mi maestro Wilhelm Lehmbruck. ¿Cómo pudo un hombre, de quien yo recibí una vez en las manos un pequeñísimo fragmento de su obra, y ello incluso como simple fotografía, provocar en mí la decisión irrevocable de dedicarme a la escultura? ¿Cómo, pues, podía enseñarme un muerto algo semejante, determinar algo decisivo para mi vida, porque yo mismo lo había decidido antes de otro modo, como consecuencia de mis búsquedas, dado que me encontraba ya en mitad de unos estudios de ciencias naturales? El caso es que obtuve este librito de forma casual, un librito que estaba sobre una mesa cualquiera, entre otros folletos bastante deshilachados, abrí una página y ví una escultura de Wilhelm Lehmbruck, y de súbito me vino la idea, una intuición: escultura, hacer algo con la escultura. Todo es escultura, me gritaba casi aquella fotografía. Y en ella vi una antorcha, ví una llama, y escuché: “¡Cuidad la llama!”. [5]

La luz, la llama y la claridad son instantes, en los que se decide en la formación de un hombre, la conciencia de su deseo de conocimiento, la estructura inviolable de su estética. No son hechos casuales, sino intensamente decisivos, lúcidamente determinantes en ella. 

 

NOTAS

1. RIMBAUD, Arthur. Una temporada en el infierno. Las iluminaciones. Carta del vidente. Caracas. Monte Ávila Editores. 1976. Págs. 75.

2. BEDOYA CORREA, Carlos. Pequeña Reina de Espadas. Medellín. Ediciones Unicornio.1985.  Pág. 60.

3. BAUDELAIRE, Charles. Poemas en prosa. Bogotá. El Áncora Editores. 1994. Págs. 104.

4. CHAR, René. Furor y misterio. Barcelona. Visor. 1979. Pág. 137.

5. BEUYS, Joseph. Agradecimiento a Wilhelm Lehmbruck: “!Cuida la llama!”. Bonn. Revista Humboldt. Nro 110. 1993. Pág. 68.

Oscar González (Colombia, 1957). Poesia y ensayista. Ha publicado La ciudad soñada (1999) y Pincel de hierba (2001). Pertenece al Comité Editorial de la revista Punto Seguido. Contato: ojgonzal@eafit.edu.co. Página ilustrada con obras de William Blake (Inglaterra).

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