No
es casual que Habitaciones, la muestra más reciente de Lorena
Pradal, haya estado vinculada a la presentación en simultáneo de
Estuario, segundo libro de la poeta Marisa Negri, en Toay, provincia
de Buenos Aires, durante el mes de noviembre. Por un lado está la
amistad de varios años entre la artista gráfica y la escritora; por el
otro, la interferencia creciente del fenómeno literario en los procesos
de creación que Pradal desarrolla intensamente desde hace ya un buen
tiempo. También vale recordar que Toay es el eje de irradiación de dos
poetas cuyas grafías comenzaron a despertar un interés cada vez mayor en
las nuevas generaciones y que, en el caso específico de Pradal,
confluyen en el tratamiento que dan sobre la imagen de la piedra en
cuanto punto temático: Olga Orozco (1920-1999) y Juan Carlos Bustriazo
(1929). En Orozco, la piedra adquiere una connotación existencial que
bordea permanentemente lo mágico: en su condición de orden y modelo
arquetípico, es portadora de ideas, fuerzas y energías sutiles que de
algún modo en ella se depositan; en Bustriazo, la piedra es sinécdoque y
contemplación del paisaje que nos aparta del discurso mudo de los
elementos por la que seres y cosas devienen palabra en el tiempo.
Su entorno y su contorno dejan de ser un simple límite exterior para
convertirse en la existencia como imaginación y en la imaginación como
existencia. Y esa convergencia de enfoques en la obra de Pradal es lo
que nos interesa desarrollar aquí.
Habitaciones
es un
conjunto de litografías en formato libro de 34 x 29, encuadernado en
gabardina negra y con título gofrado en tapa; contiene además de las
mencionadas litografías, photoplates y textos en los que se intercalan
apartes fragmentos de Vicente Huidobro, Lezama Lima, Miguel Hernández y,
especialmente, Louis Aragon -la referencia a su obra homónima tampoco es
gratuita-. A eso se le agrega el hecho de que el diseño total del libro
fue compuesto e impreso por su autora, tratándose en consecuencia de un
ejemplar único. El dibujo es protagonista, al igual que los sutiles
claroscuros y las texturas. Para eso se vale de la sobreimpresión de
matrices distintas, logrando así una superposición y una transparencia
tales, que generan nuevos espacios en obras únicas. De hecho, se puede
hablar de la existencia de una musicalidad e intimidad propias del libro
que acompañan una poética del silencio: cada página es tratada como una
nota o ritmo que en su totalidad forman una pieza que exalta la levedad
de las piedras, metáforas de lo ausente.
A
modo de epígrafe, el libro se abre con la siguiente cita: “Por encima
de los perfumes solares inmóvil donde la hora tiembla la casa de piedra
entre las piedras…” (Louis Aragon). Poniendo en escena esa tensión
dialéctica entre la volatilización de la materia y su pesantez, ya se
nos anuncia sobre el tratamiento que, en su conjunto, es dibujístico y
tridimensional: los espacios son volúmenes y cuerpos; algunas veces se
llega a jugar con la ambigüedad al mostrarlos en su condición de cóncavo
y convexo. Aparte de eso, el texto va remitiendo a las pre-y-pos
figuraciones de un paisaje que nos lleva por los senderos etimológicos
que la fosilización del cliché hizo pasar al olvido: “paisaje” deriva de
“país” que, en la vieja tradición de la Roma campesina, era el nombre
del pago natal, la secreta provincia nativa. Tal regreso deliberado a lo
más primigenio es, más que nada, un casi velado intento de
virginización de lo mirado, produciendo de ese modo
un vuelco a la metafísica.
Retrocedo hasta el borde de la piedra
donde
termina con ojos prestados y solares.
Abrir
los ojos es romperse por el centro.
Retrocedo hasta donde la piedra se cierra,
allí
donde la piedra se duerme sobre la mesa.
(Lezama
Lima)
Al
igual que para Lezama Lima, para Pradal el yo humano sólo puede
expresarse como parte simultánea de la cultura y de la naturaleza: por
eso son sinónimas en ella las expresiones “el alcance del lenguaje” y
“el límite del lenguaje”. La intensidad del alcance es sinónima de la
extensidad del límite y el principal transfondo de la existencia de la
retórica es que se puede traducir la expresión del paisaje a términos de
la expresión del yo. La retórica es la sinonimia posible del objeto -que
nos es ajeno- y de la concepción -que nos es propia- del objeto.
Pensemos en el hecho de que las piedras representadas en Habitaciones
instauran un movimiento ascensional de desprendimiento de toda
exterioridad alusiva, donde la desintegración del yo autoral en su
propio torbellino gráfico no supone un fin, sino su posterior
integración en el conjunto total de su obra como idealidad trascendente.
La unidad inmanente se hunde en su propia disolución para asimilarse
luego en el horizonte de la totalidad como índice trascendental; no se
la niega del todo, pero se afirma una unidad distinta superior.
A
partir de esta perspectiva, es posible detectar en estas litografías
un tránsito de las claridades descriptivas a las más imaginativas:
Pradal profundiza inicialmente en la objetividad natural para, después,
recordar que ella misma es naturaleza. Su proceder, adánico y
sustantivo, no incurre en onirismos o ilogicidades, pues siempre
conserva una base en el mundo, siempre se conduce por el develamiento de
una realidad privilegiada que, de por sí, ya contiene en acto y en
potencia una conjunción de realidades aparentemente distantes, gracias a
una mimética distorsionada a fuerza de exacerbar una especie de realismo
microscópico (no nos olvidemos que el dibujo revela formas a partir de
la reproducción gráfica de la piedra): de allí que sea posible la
realización de una verdadera síntesis, el poner juntos lo actual y
permanente con lo cambiante y mutable, la singularidad material y la
universalidad esencial, lo demoníaco y lo teantropofánico.

Sobre
este punto, la genealogía semiótica sobre el material que Pradal trabaja
y no desconoce puede brindarnos un panorama más que revelador. Partiendo
de las tradiciones francmasónicas, se dice que en el centro de la base
del templo de Jerusalén se colocó la piedra de Jacob que mágicamente
siguió al pueblo durante su peregrinaje a tierra santa, de la que
brotaba agua de vida que sació su sed en el desierto. Esta piedra es
llamada en hebreo shethiyah, o fundamental, y se encuentra, al
igual que las cuatro piedras de esquina, a la altura horizontal de la
base, pero en su centro, siendo testimonio vivo -como el omphalos
de Delfos- de la fuente original de la que brotó la Tradición Primordial
cuyo descenso al interior de la tierra esa piedra ejemplifica. Pero ¿de
dónde pende la plomada que desde el corazón del cielo señala el centro,
en el propio corazón de la tierra? Pende de la estrella polar, de la
piedra angular que es un diamante facetado capaz de proyectar su luz a
toda la creación, al templo que la refleja y al hombre que, participando
de una construcción de tal especie, corona la obra creacional al
encontrar y ubicar esa misteriosa piedra cuyo hallazgo le hace retornar
al origen del misterio donde descansa su esencia inmutable. Esa piedra
angular es idéntica en su simbolismo a la piedra filosofal,
objeto de la búsqueda del alquimista. Pero para hallarla es menester
descender a lo más bajo y profundo de nuestras interioridades, a los
mundos subterráneos de la caverna iniciática, siguiendo la máxima
hermética del V.I.T.R.I.O.L. A esa caverna se llega a través
de un laberinto -recuérdese la importancia de este tópico- que pierde a
los no cualificados y al mismo tiempo guía a los adeptos al interior de
esa caverna. Parece ser que la palabra misma 'laberinto' se relaciona a
su vez con la palabra 'piedra' (en latín lapis) y que
probablemente los laberintos iniciáticos, en sus orígenes, fueran de ese
material. Además, la caverna misma es excavada en la roca, y ésta fue
-justamente durante la denominada "edad de piedra"- santuario y lugar de
iniciación de los hombres que a su vez eran llamados "nacidos de la
piedra". Al sortear las pruebas laberínticas el candidato visita el
interior de la tierra, desciende a los infiernos, muere al mundo
profano, y nace por segunda vez, regenerado, recuperando así su Centro y
elevándose por el Eje hacia las regiones del verdadero Ser.
En el templo cristiano, de base rectangular, el centro no es el punto
central del rectángulo, sino el punto central de la base inmóvil de un
cubo que al desdoblarse produce el símbolo de la cruz compuesta de seis
cuadrados. La piedra fundamental del centro de la base corresponde en el
árbol sefirótico a la esfera 9, Yesod, Fundamento, que es la
región en la que se produce la iniciación, representada en el Tarot por
la lámina XII, "El Colgado". En el cristianismo se asimila a Pedro ("Tú
eres Pedro y sobre esa piedra edificaré mi Iglesia"), y no es casual que
éste haya sido crucificado cabeza abajo, tal como aparece el personaje
de esa lámina, cuya posición invertida indica que el proceso iniciático
supone una verdadera ‘conversión’. El iniciado ya no se deja llevar por
la corriente del mundo profano sino que marcha contra esa corriente,
buscando -en el regreso de su exilio cátaro- sus orígenes más ciertos.
De igual manera, esa iniciación también sucede en cuanto el laberinto
planimétrico de la obra de Pradal contiene un nudo expresivo susceptible
de interpretarse como revelación de una sacralidad cósmica.
Lo
celestial se confirma como idealidad propia al desplegar una dinámica
diferenciadora donde la isocronía de la representación profana es
desplazada y el objeto representado adquiere su velo de encantamiento
puesto que habla sobre algo que no está aquí, recuperando
así un territorio insospechado de transfiguración y coalescencia. En
consecuencia, y progresivamente, la conformación de Habitaciones
se va asimilando a un templo: es el recinto privilegiado que auspicia
una conversación con lo numinoso que no tarda en volverse conversión.
Así
las cosas, es de observar que uno de los puntos esenciales del trabajo
que Pradal realiza es el hallazgo -ya no tan evanescente- de una armonía
perdida a partir de una percepción secretamente analógica. En Los
hijos del limo, Octavio Paz explica que “la analogía es la
ciencia de las correspondencias. Sólo que es una ciencia que no vive
sino gracias a las diferencias: precisamente porque esto no es
aquello, es posible tender un puente entre esto y aquello. El puente es
la palabra como o la palabra es: esto es como
aquello, esto es aquello. El puente no suprime la distancia: es
una mediación; tampoco anula las diferencias: establece una relación
entre términos distintos. La analogía es la metáfora en la que la
alteridad se sueña unidad y la diferencia se proyecta ilusoriamente como
identidad. Por la analogía, el paisaje confuso de la pluralidad y la
heterogeneidad se ordena y se vuelve inteligible: la analogía es la
operación por medio de la que, gracias al juego de las semejanzas,
aceptamos las diferencias. La analogía no suprime las diferencias: las
redime, hace tolerable su existencia [...] La analogía es el recurso de
la poesía para enfrentarse a la alteridad”. Además, pensemos que la
imagen misma, al ser la manifestación del pensamiento analógico, se
descubre como un recurso no sólo propio del arte gráfico y la poesía,
sino también de la magia, pues: “Lo específico de la magia consiste en
concebir al universo como un todo en el que las partes están unidas por
una corriente de secreta simpatía. El todo está animado y cada parte
está en comunicación viviente con ese todo [...] De ahí que el objeto
mágico sea siempre doble o triple y que alternativamente se cubra o
desnude ante nuestros ojos, ofreciéndose como lo nunca visto y lo ya
visto. Todo tiene afán de salir de sí mismo y transformarse en su
próximo o en su contrario: esta silla puede convertirse en árbol, el
árbol en pájaro, el pájaro en muchacha, la muchacha en grano de granada
que picotea otro pájaro en el patio de un palacio persa”. Además, “el
objeto mágico”, dice Paz, “abre ante nosotros su abismo relampagueante:
nos invita a cambiar y a ser otros sin dejar de ser nosotros mismos”.
De este modo, pues, magia y arte, imagen poética y analogía se
confunden. Esta simpatía universal permite a la obra de Pradal asimilar
la existencia de puntos críticos en la escena de su acrilírica,
revelándonos una frontera en la que se contaminan mutuamente el
caos y la idea de transición de fase, caracterizándose por la
no-linealidad y la emergencia. Los signos en la lámina nos van
reconstruyendo un conjunto de señales no periódicas, irregulares,
unificando a su vez las percepciones macroscópicas y microscópicas de la
naturaleza y formulando una imagética directamente basada en la noción
de potencia en el sentido aristotélico y de indiferenciación en tanto
infinita posibilidad.
Ha
caído por todas partes desde las estrellas en las piedras
de
antiguas residencias de antes del hombre por todas partes dispersas
una
semilla de vida esparcida duerme en la espesura del mundo
al
borde de los sueños
(Louis Aragon)