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revista de cultura # 68 |
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Acerca de Réquiem, de Lêdo Ivo (Premio Casa de las Américas 2009) Marta Spagnuolo
El premio lo obtuvo por Réquiem, su hasta ahora último libro de poemas, una de las 355 obras que se presentaron, procedentes del Brasil, editadas en el bienio 2007-2008. Esa fue la decisión unánime del jurado compuesto por los brasileños Ana Maria Gonçalves y Floriano Martins, y por el angoleño Ondjaki, quienes se refirieron a Réquiem, como un "un recorrido por el mundo de las pérdidas del poeta, en un ambiente ampliado hasta el punto de identificación posible con el dolor general. Su autor –uno de los más destacados de la lírica brasileña– ofrece al lector una musicalidad intensa y original, con fuerza bautismal de lugares simples y silenciosos. Y desde el resplandor del silencio alcanza un ritmo poético que resulta un canto esencial a la vida." Cabe acotar que, durante el mismo año 2008, en que apareció en el Brasil, Réquiem fue editado, bilingüe, en México (La Cabra Ediciones/ Instituto de Cultura de Morelos. Colección Alforja. Traducción de Jorge Lobillo. Prólogo de Eduardo Langagne). Y que poco antes, también en México, La Cabra y la Universidad Autónoma de Nuevo León, en la misma colección Alforja, publicaron, en castellano, Antología esencial, seleccionada, traducida y prologada por el poeta argentino Rodolfo Alonso. Ambos libros se presentaron en octubre, durante el Encuentro de Poetas Latinoamericanos 2008, que los mejicanos dedicaron a Lêdo Ivo. La edición de Réquiem que tengo a la vista al escribir estas líneas, es la brasileña (Rio de Janeiro: Contra Capa Livraria Ltada.), de bellísima factura, la cual incluye una serie de pinturas de Gonçalo Ivo, creadas bajo los efectos de la lectura de los poemas, y un retrato del poeta dibujado por Gianguido Bonfanti. Y, puesto que escribo desde la Argentina y no tengo, en cambio, la traducida en México por Lobillo, traduciré parcialmente algunos poemas al castellano, como así también algunos fragmentos de Confissões de um poeta (Rio de Janeiro: Academia Brasileira de Letras/Topbooks, 2004),volumen en prosa que ayuda a iluminar algunos aspectos de Réquiem a los que quiero referirme. Pues, si bien la poesía no se puede “contar”, sí se puede, al menos, “contagiar” a otros algo del fulgor que nos queda a los simples mortales después de haber estado expuestos a su divina radiación.
La poesía terminó por imponérseme como una operación verbal destinada a ocultar la vida personal, generando una mitología particular que sustituyó a la verdad trivial de la existencia. Cada vez más, siento que es mi obra la que me crea. El mitógrafo en mí habla de mi verdad (31). […] Este drama de la poesía ocupa mi vida entera. Soy una creación de las palabras 100. […] De repente, como una iluminación, siento que no soy yo quien hago mi obra. Es mi obra la que me hace. Lo que inventé pasó a inventarme, me impone su ritmo y su mitología, no permite que me evada de su órbita. Me trasformé, poco a poco, en una creación de mi propia creación (101). Mientras crea y va siendo creada por las palabras, la criatura poética se siente segura: “Soy un poeta: las palabras me obedecen” (321). Sin embargo, ese feliz acto de parición recíproca deja filtrar el veneno oscuro de una realidad subterránea. Y justamente por eso es que la poesía de Lêdo Ivo, más allá de sus celebradas cualidades formales, es tan humana. Lo agónico ontológico; lo agónico moral ente el Mal y el Bien; el sentido punzante de lo injusto; la familiarización con las miserias del “bicho vil da terra e tão pequeno” de Camões, que evoca el propio Ivo; los actos que lo consuelan –el goce estético, la cópula, los placeres de la buena mesa, la intuición de Dios, la prez–, todo ello está presente en la poemática de Lêdo Ivo, quien finalmente reconoce “esa terrible lucha contra la realidad, que es la razón de ser de los poetas” (123). Ello la hace tan conmovedora y universal. Tan durable, además, en tanto ha conseguido mirar alrededor, escuchar “el barullo del mundo”, sin renunciar a su individualidad, y concertar imágenes, sonidos, experiencias cotidianas, lecturas e invenciones en una melodía propia. Lo cierto es que al leerla nos identificamos con “alguien”, un ser humano tan vulnerable y perdido en este mundo como todos nosotros. “¿Dónde estoy? ¿Hacia dónde voy? ¿Quién soy? Al caer la noche bebo el vino de mi ambigüedad y lanzo la copa en el horizonte indeciso, hecho de mar y tierra” dice en Confissões de un poeta (101). En el libro que vengo citando, el motivo del anochecer, hora preferida de los poetas, toma un sesgo original que anticipa en casi treinta años la escritura de Réquiem. El siguiente es el pasaje que me parece germinal: El anochecer. Esa aurora al revés es el momento más bello del mundo, que se vuelve al mismo tiempo luminoso y oscuro. Aún es día, con su claridad, y ya es noche, con la oscuridad. El anochecer tiene la majestad radiante de las cosas cumplidas y complejas. Puede la noche venir –ya viví mi día. Puede la muerte llegar –ya viví mi vida. Como el universo, también quiero anochecer un día, sentir en mí ese litigio entre la luz y la oscuridad. Pues eso es Réquiem. Un litigio al fin “sentido” en carne propia, en que el día y la noche de la vida, la luz y la oscuridad, en controversia metafórica, se completan entre sí. Litigio que, dada la complejidad del encuentro, el ser humano dentro del cual se entabla no puede resolver. Libro de síntesis, de balance, de ajuste de cuentas del poeta consigo mismo, Réquiem recupera en breves toques o en palpables alusiones los motivos de la extensa obra poética de Lêdo Ivo, que, al menos en portugués, desde 2004 puede leerse completa, exceptuando de ella a Réquiem. La edición, en homenaje al aniversario de sus 80 años, fue propiciada por la Academia Brasileira de Letras, a la que el poeta pertenece, por la Alagoana, en representación de su estado natal, y contiene un excelente estudio introductorio de Ivan Junqueira (Rio de Janeiro: Topbooks). Iniciada en su temprana adolescencia y estrenada en la imprenta en 1944, con As imaginações, ya aquel primer libro mostraba la sorprendente madurez con que el poeta de 20 años lograba algunos de los mejores poemas de la lengua portuguesa, como el ya clásico “Valsa fúnebre de Hermenegarda”. Rebelde a todo gregarismo, muy lejos del modernismo brasileño, insumisa incluso a la llamada Geraçao de 45, en la que algunos se empecinan en encasillarla, esa poesía, sin aceptar el “despojamiento” entonces en boga, siguió fluyendo siempre a torrentes de la personalísima inspiración de su autor. Esto es, empujada por una fuerza interior, natural y necesaria, que no tiene nada que ver con la pomposa verbosidad. Y ello aun en los casos en que el dominio artístico de la forma –que, maestro del gay saber, Lêdo Ivo posee- reclamara por sus fueros. “La poesía es una creación de la cultura, pero ésta debe permanecer invisible en el poema”, es otro de sus secretos fundamentales que reveló en Confissões.
AQUÍ ESTOY, A LA ESPERA DEL SILENCIO.
Ante el astillero podrido,
La eternidad pasa como el viento. Maceió, en el nordestino estado de Alagoas –uno de los sitios del Brasil del cual, según Lêdo Ivo, la gente menos emigra–, tiene en su poesía un doble significado de “lugar de permanencia y de evasión”. Como dice en Confissões, “los que quisieran partir tienen siempre, a sus disposición, los barcos y el viento del mar”. El mar es “emblema del viaje y de la aventura.” “Arriba y más allá de la calidad solar y de la luz del faro, en un territorio intocable, Maceió es, al mismo tiempo, puerto y puerta, permanencia y travesía, lugar de partida y de llegada, silencio y melodía (40-41). De muy joven, el poeta se trasladó a Recife, de allí a Río de Janeiro, y fue siempre un viajero vocacional. De allí que en su poesía resuenen los nombres de ciudades lejanas –Londres, París, Ámsterdam, Bruselas Roma, Lisboa, Nueva York, Boston, Chicago, San Francisco, Nueva Orleans… Y en todas ellas el poeta vive sus aventuras interiores, que también lo crean y recrean. En Réquiem, las partidas celebradas son el símbolo de otra partida, que a la vez interroga por una llegada imposible:
El granizo fustiga las pirámides de la muerte,
Los barcos pitan. Es hora de partir. ………………………………………… FELICES LOS QUE PARTEN.
No los que llegan a los puertos podridos.
Que yo esté siempre en el medio del camino
Felices lo que saben que, al fin de la derrota,
Amé siempre esta voz que es una voz ninguna, Pero qué sabe aquel hombre de esa voz sin palabras, qué sabe de partidas después de tantas partidas, regresos, pérdidas, y, lo más terrible, qué sabe de llegadas frente a la que quisiera esperar, aun sin esperanzas:
El mar avanza como una espada.
Vi el viento ventar en las lagunas
Vi encenderse las luces de Europa
La barca sin barquero se balancea en el agua viscosa.
Vi la marea que avanza en la península
¡Oh claridad, adiós! Me despido del sol,
Ahora el silencio del mundo lacra mi alma.
El último verso de Toumbeau, de Mallarmé (la tumba de Verlaine), que preside Réquiem y del que casi nos habíamos olvidado, nos lleva nuevamente atrás: Un peu profond ruisseau calomnié la mort. Y éste, al sentido que el mismo encierra en el contexto del famoso soneto. Que, en verdad, ya conocieron los antiguos. No otra cosa decía Horacio cuando decía “erigí un monumento más perenne que el bronce”. Pero vamos al poema de Mallamé. Si Verlaine está fuera de la tumba junto a la cual la masa acostumbra a llorar a los muertos sin advertir que algunos –los astros– la dejan vacía y al ascender harán brillar a esa masa más tarde con su centellear. Si Verlaine, escondido entre la hierba, sin cálculo, sólo por su ingenuidad, no bebe del arroyo –no muere–, la muerte, al menos la muerte de un poeta, es “un poco profundo arroyo calumniado”, fácil de ignorar o de saltar. Si entonces el olvido, el temible olvido en la memoria del tiempo, no alcanzará al poeta, que vivirá trasmutado en sus palabras, en la gloria de la poesía que creó, entonces, en Réquiem, tampoco habría nada que llorar. Tengo para mí que Lêdo Ivo sabía, al escribir Réquiem, y, me atrevo a decir, desde el momento en que escribió sus primeros versos, que cuando “ese drama personal, la muerte”, como alguna vez la llamó, se jugara, antes o después, dejaría abierto el telón, definitivamente, para la representación perdurable del drama de su poesía. |
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Marta Spagnuolo (Argentina, 1942). Tradutora e ensaísta. Destacada estudiosa da obra de Machado de Assis e Jorge Luis Borges. Escritora, jornalista e tradutora. É autora de uma infinidade de textos sobre temas literários e lingüísticos para diversos órgãos de imprensa na Argentina e em outros países. Contato: martaspag@hotmail.com. Página ilustrada com obras do artista Risques Pereira (Portugal). |
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