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Revista de Cultura nº 8
 

Fortaleza/ São Paulo, janeiro de 2001
 

SOBRE LA POSIBLE RESPONSABILIDAD DE LA POESÍA EN EL FIN DE MILENIO

Saúl Ibargoyen

ag8ibargoyen1.JPG (18039 bytes)Hace poco José Saramago se refirió nuevamente a estos tiempos de incontables abdicaciones y renuncias, de socialismo pervertido y capitalismo perverso. Agreguemos, a modo de simple y ligera ampliación, las contradicciones entre desarrollo científico/técnico y crisis o inestabilidad económica generalizada, entre opciones regionales y globalización brutal, entre cultura de satisfacción material y derroche y cultura de la miseria incontenible, entre la avasallante informática y los medios y la analfabetización creciente y la desinformación generalizada, etcétera.

Hay mucho más, por supuesto, pero es suficiente dado el propósito de estos comentarios.

O sea, estamos en un buen momento histórico, aquí, en estos entreverados sitios tercermundistas y bajo las contaminaciones desordenadas del primero mundo, para hablar tentativamente "Sobre la posible responsabilidad de la poesía en el fin de milenio" y, de ser posible, más allá y más acá de este simbólico cierre temporal. Que el tiempo de la poesía es bien otro y cada vez más diferenciado de los otros tiempos humanos y cósmicos.

El mero título que se ha planteado para este borrador implica, tal vez, una calculada ambigüedad. Porque, para aceptar que la poesía sea responsable de algo, habría que definirla o, al menos, sugerir una definición genérica que, al disolver discrepancias, diferencias y prejuicios añejos, permita el ingreso a una discusión o reflexión productiva.

Además, admitir de entrada que la poesía es o puede ser responsable de qué sabe qué en la sociedad o en las sociedades de hoy, parece indicar que la estamos percibiendo casi alegóricamente, como una imagen de la Justicia, del Amor, de la República o de la Libertad. En lo personal, el antiguo imaginario de las alegóricas musas me resulta suficiente; hay otro imaginario similar, cercano al o derivado del poder, que sobrevive en las estatuas, en las marcas de fábrica, en los programas de literatura y en los billetes de banco. Pero hasta ahora la poesía ha sabido apartarse de él.

Es decir, pienso que la poesía - vista como el conjunto de la producción verbal metafórica (escrita, cantada, recitada, olvidada, asimilada, transformada, recreada, envilecida, reciclada) a la que se llegó, al cabo de más de cinco mil años, hasta este final de milenio por medio de incontables realizaciones individuales y colectivas - ya dejó bien atrás su infancia, se separó de las musas madres y se halla actualmente en una encrucijada áspera y más difícil que nunca de enfrentar y resolver. Lo irregular, lo disparejo, lo heterogéneo, lo ignorado, lo anacrónico de esa enorme producción metafórica (poética) históricamente acumulada, y que se ha dado a través de periodos socioculturales que de algún modo la reflejan, indican que es imposible para la poesía encontrar por sí sola el rumbo verdadero.

Ahora bien, si se entiende por responsabilidad la "obligación de compensar o reparar un daño, una culpa, etcétera", ¿qué daños ha generado la poesía?, ¿cuáles son sus culpas? Y si la poesía ha cometido yerros, ¿con qué cargos debe compensarlos? En verdad, no percibo daños ni culpas ni yerros; sólo imperfecciones, temblores, dudas, retrocesos: los perennes riesgos de la creatividad en combate a muerte contra el olvido y la muerte.

Agrego que, para hablar de la responsabilidad de la poesía, tendría que pensarla y sentirla -dentro de inevitables limitaciones culturales o de sensibilidad- como un cuerpo vivo y cambiante, éticamente humanizado.

ag8ibargoyen2.JPG (56660 bytes)O sea, ¿puede la poesía ser responsable o asumir responsabilidad más allá del poeta, o fuera de las palabras, pausas y silencios que, también de modo fatal e ineluctable, la externan y la expanden, la contienen y la detienen?

Solamente se me ocurre aventurar la sugerencia de que la poesía, en cuanto un producto simultáneamente espiritual e histórico, para ser tomada como una especie de sujeto responsable, debe ser percibida como lo que es realmente: un sistema. En tal sentido, el antecedente explícito parece estar en Platón cuando, por boca de Sócrates en su plática con Ion, apela a la metáfora de la piedra imán y los tres anillos de hierro; o sea, la divinidad (imán) que inspira al poeta (primer anillo), el rapsoda que difunde la obra del poeta (segundo anillo) y el demos o pueblo que la recibe (tercer anillo).

En la realidad física, en el imprevisible ámbito de la naturaleza (y, como consecuencia inevitable, en el mundo de la cultura), todo tiende a manifestarse como un sistema: desde la bacteria a la ballena, desde el virus al arrecife de coral, desde el ojo de una mosca a la galaxia que nos retiene en su vuelo insondable y sin una finalidad que pueda ser determinada. En la poesía, un mero sonido, el fugaz fulgor de una imagen, la fibrilla de un estado onírico, la pálida memoria de una ensoñación, las construcciones de una idea iluminada, apuntan a conformar el verso, la estrofa, el poema, la comunicación personal o socializada, la expansión, en fin, el sistema metafórico espiritualmente confirmado por la historia. 

Todo confirma esa tendencia insoslayable de ir de lo simple a lo organizado, a lo complejo, si bien lo simple que se acerca al vacío, como en ciertas partículas subatómicas, por ejemplo, suele contener complejidades todavía indescifrables para la ciencia actual. La cultura siempre ha aceptado, de unas u otras maneras, esa ley del universo conocido, pero agregándole "el principio de complicación" y la proclividad a la destrucción consciente de los sistemas naturales, y aun la de aquellos que ella misma construye o ha construido.

Al menos para el tercer satélite del Sol, para el "punto azul pálido", para el imperceptible objeto cósmico llamado Tierra, esta impredecible mezcla actual de principios físicos y de propuestas derivadas de una cultura globalizante y depredadora, puede generar resultados aun más trágicamente desastrosos para los millones de especies que todavía viven o sobreviven en la única pelota habitada del sistema solar. O sea, un sistema inestable girando alrededor de un sistema ígneo que rige un sistema mayor cuyas imprecisas medidas varían según lo crujidos apenas perceptibles de la Vía Lásctea. 

Y ya vemos cómo aparece otra vez la noción de sistema. Un poeta que se ocupó de una apreciación sistémica de la poesía, es decir, mucho más allá de verla como un mero género literario, fue Raúl González Tuñón. Para el autor argentino la poesía era el poeta más el poema más el lector; un fenómeno, pues, comunicante e integrador, en el que se unen las energías de la creatividad, la escritura que las traduce y la lectura que opera de diversos modos sobre esta última. Si se acepta la perspectiva de Tuñón, que sugiere una derivación platónica, un lector de ahora se uniría al sistema general de la poesía tanto a través de los himnos al Sol de Amenofis IV, la epopeya de Gilgamesh, el cantar de las huestes de Igor, los cánticos bosquimanos o sioux o sufíes, las elegías de Nezahualcoyotl, los versos de Pessoa o Amado Nervo o Santillana o el Arcipreste de Hita o Wislawa Szymborska o Lorca o Simic o Shi Pai Shi o Al-Mahad o Pablo de Rohka o Kayyam o Hesíodo o Bonschoo o Darío o Lautréamont o Mishiko Hado o Vallejo o Drummond o Villon o Girondo o Bandeira o Whitman o Neruda o Píndaro o El Cisne de Avon o el Martín Fierro o José Carlos Becerra o Arnaut Daniel o Huidobro o Tarafa o Asunción Silva o Cendrars, etcétera, o de los "puetas" populares, repentistas, decimeros, payadores, juglares, trovadores y escaldos o los bardos del bolero y del corrido, del rap y del tango, del samba y de la "bossa nova", etcétera, como de los casi inclasificables y multiplicados productos poéticos de la posmodernidad, en buena medida obtenidos como resonancia de las posvanguardias y de las novedades informáticas. Por lo que también los distintos tiempos de creatividad, escritura, lectura y receptividad se añaden al sistema de la poesía. Además, así como la lectura o el escuchar transforma al receptor, el poeta verdadero tiene la capacidad sensible como para ser transformado por su propia obra, y no sólo por el proceso de la escritura en sí mismo. Por supuesto, en este borrador de reflexiones me interesa más insistir sobre tales asuntos en relación con América Latina y el Caribe, más por limitaciones de ignorancia e información que por intenciones reduccionistas, aún tan de moda.

ag8ibargoyen3.JPG (66717 bytes)Pienso que entre poesía y mundo existe una interacción constante (que la poesía "pura" niega), una forma de atracción/repulsión que, tal vez, en épocas arcaicas no se producía. Palabra y realidad, verbo y mundo, poeta y tribu, sueño y vigilia, sonido y silencio, canto y pensamiento, imagen y carne, eran un solo cuerpo, una entidad vital con sus oscuras leyes y sus duros reglamentos y sus libres pulsiones y sus hábitos restrictivos: un sistema vivo que todo lo contenía en un proceso mezclatorio de humanas y humanos, de bestias y plantas, de dioses y cosas.

Pero la palabra se apartó del mundo (o de la realidad, que es más pequeña que el mundo), formó su propio sistema, sus leyes, sus preceptivas, sus convencionalismos, sus rutinas. Se acercó más al poder, fue - y aún lo es - una máscara del poder. El mundo siguió andando, como recordaría para siempre el uruguayo Carlos Gardel, pero dejó de cantar, o cantó con otras e innumerables voces que dejaron de ser, casi todas, las voces genésicas de la poesía. En fin, la palabra fue bautizando las cosas de la realidad, no las del mundo; las separó de la masa originaria, de la sustancia primordial, y de tal manera que el objeto separado ya no reconoce ni las sombras de su origen, como si un exiliado no recordara los colores y los aromas de su primera matria (no puedo ya decir "patria"). 

Y aquí estamos, en procura de un acuerdo, de una nueva alianza entre el verbo (o sea, el caos) y el mundo, presentado ahora como una realidad desprolija, fragmentada, desmadrada, incontrolable. Porque el caos de la poesía apunta, siempre, hacia un orden, una coherencia, un cosmos aun circunstancial, en razón del "principio de Ibargoyen", o sea, el de inestabilidad caótica relativa (el caos, en cuanto tal, es inestable como el cosmos y entre ambos se origina un espacio/tiempo casi neutro: es el campo de batalla para la poesía y las construcciones espirituales. Pero ambos son también históricos, y en ese mismo espacio/tiempo se producen los cambios sociales y materiales).

El caos de la poesía, pues, opone su discurso a esta realidad expansiva, sometida a la globalización depredadora del capitalismo finisecular, al desmadre económico y financiero, a la OTAN como "soldado universal" y al sinsentido finalista, exento de futuro, como una construcción ideológica que los medios manejan con los poderes fantasmáticos de la virtualidad.

Quizá la búsqueda de ese acuerdo (creativo, combativo, productivo, sensitivo) entre el verbo y el siglo, o entre los hombres de la palabra genésica y los hombres del siglo, sea un probable punto de apoyo para mover las posibilidades responsables de la poesía. Pero el sistema de la poesía (si toleramos esta concepción cuyas raíces apenas rozamos y que, al reducirla, permite percibir que un verso es un sistema, también un soneto, lo mismo una epopeya, un poema cualesquiera, aun una sola palabra, pues puede contener aspectos sistémicos de la cultura en que se genera, etcétera), incluye la posibilidad de las mutaciones, porque todo poeta (y no sólo todo poeta) es un mutante. Y al decir poeta mutante, escribo Lautréamont, Vallejo, Blake, Lorca, Neruda, Rimbaud, Drummond, Whitman, Pessoa, Shakespeare, Darío, Breton, Girondo, Dante, Huidobro, Eliot y otros más, entre ellos los bardos esquimales, africanos, indios, polinesios (algunos de los nombrados, mutantes pese a sí mismos). 

Sabemos que las mutaciones en la naturaleza, son atacadas y derrotadas en su mayoría por la selección natural; y que las mutaciones en la poesía, el arte, la religión, la economía, la filosofía, la ciencia y la cultura espiritual y material suelen ser agredidas, mediatizadas y hasta borradas por la selección social. El contenido de ésta es, en general, conservador y autoritario. Anotemos de paso que una sociedad se sostiene reproduciendo valores, conductas y prejuicios fundamentales para ella (propiedad privada, machismo, culpa y castigo, determinado control estatal y otros) por lo que recurre a un discurso inventado y adaptado a esa reproducción de sí misma (organización educativa, religiones institucionalizadas, mass media, aparato jurídico, reglamentaciones diversas, etcétera, son esenciales emisores y mensajeros de ese discurso predominante). Por su parte, si la poesía meramente reproduce sus preceptivas, sus temáticas y sus procedimientos estéticos, más allá de cuantas variantes se utilicen, verá debilitarse su discurso, su asentamiento histórico y su presencia espiritual. 

ag8ibargoyen4.JPG (60010 bytes)Estamos, como es sabido, ante dos discursos bien diferenciados: el social, que adopta distintas y engañosas formas para aferrarse a un contenido histórico conservador, donde se confunden los intereses de clase, grupo y/o nación con los de la humanidad; y el poético, que cambia sus formas y desarrolla simultáneamente contenidos que lo obligan a cuestionarse y a cambiar de modo constante, liberador y creativo: un discurso que crece contra sí mismo, que se contempla sin autodevorarse.

Tal vez una responsabilidad de la poesía (vista como un sistema vivo), sea la de levantar más explícitamente un contradiscurso, hasta a riesgo de agresiones y soslayamientos aún mayores que los conocidos; un contradiscurso que desenmascare enérgicamente el discurso predominante u oficial, que cuestione las "normalidades" de la comunicación verbal cotidiana, que refresque en lo posible los desgastados códigos de la oralidad, 

que proponga el cuidado definitivo por el sistema ecológico del idioma, que asegure para siempre el respeto a la diversidad de lenguajes hasta en el seno de la propia tribu, que no deje de dudar con relación a su propia propuesta estética de cada día.

Esto no es del todo nuevo, por supuesto, mas habría que que ratificar la necesidad de que este contradiscurso se manifieste como consustancial a la poesía, y que asimismo contradiga y aun neutralice las poéticas y las preceptivas que son hoy, como otras lo fueron ayer, laderas, acompañantes y cómplices del discurso predominante en una determinada sociedad. No hace falta nombrar al santo, basta recordar los milagros.

Posiblemente de poco sirvan en esta tremenda tarea contradiscursiva (que ya casi empezó con el mismo nacimiento de la poesía oral o escrita), los procedimientos estéticos del fragmentarismo, del feísmo, del conversacionalismo, del esteticismo paralizante, del clasicismo revisitado, del cripticismo a ultranza, de la experimentalización per se, de la frívola etiquetación posmoderna, del texto masivamente socializado, etcétera.

Es que el contradiscurso, se sabe, es añejo. Lo que no resulta añejo es su sistematización, su conversión en un sistema tan global como la citada globalización que pretende, frívola y perversamente, abolir el futuro. Es todo un desafío examinar cuánto y cómo servirá en la labor contradiscursiva, la indudable atracción por la infopoesía (poesía virtual) al operar en la pantalla tridimensional y dinámica, y que, deseándolo o sin querer, apunta asimismo a desvirtuar el sistema vivo de la poesía visto como un aporte tradicional. ¿Y qué podrán agregar las resonancias del concretismo y tantas intenciones y seducciones de poesía objeto y poesía visual? Quizá las ancianizadas musas tengan una respuesta aceptable.

Podría señalarse u objetarse que las mutaciones que acechan a toda cadena vital, son asimismo una amenaza para la poesía, tal como ha sido presentada aquí: Elegir los cambios permanentes, aunque irregulares en su disposición temporal; optar por el cuestionamiento creativo y por la liberación feraz, tanto del inconsciente personal y comunitario como de las capacidades formales; aceptar la sincronía (vulgo "casualidad") como categoría adicional del conocimiento; asumir lo inestable de la existencia económica, social, material, política, cultural e ideológica, bajo la cifra de asentar las realizaciones y potencialidades de la especie humana en un planeta habitable que nos unirá sanamente al cosmos, significa dar riesgoso y necesario aliento (gracias al principio dialéctico de revulsión / expansión / contracción / expansión) a transformaciones inéditas al interior y en cada una de las partes del sistema de la poesía.

¿Qué características estéticas, ideológicas, formales, renovadoras, asentadas, radicales, tradicionales, espirituales, tecnológicas presentarán tales cambios, que se dan incluso en el mismo momento de estas escrituras? ¿Serán productivos para la poesía? ¿Le quitarán futuro, al menos ese futuro que la temporalidad lineal judeocristiana nos ha inyectado? ¿La empujarán a extinguirse según algunos agoreros pregonan? ¿Se adaptará caóticamente a la curva espacio social / tiempo espiritual para producir, en instancias no determinables por la riqueza de su inestabilidad, un nuevo sistema de poesía entretejido con el conjunto de la especie en acuerdo con la realidad creciente y el mundo en expansión?

En fin, he terminado por aceptar (pero con una fe incompleta) que la poesía es responsable si la percibimos como un sistema vivo, poseedor de un metabolismo estrictamente particular. Nada más. Si el poeta, quien es también un sistema (lector, autor, auctor, mujer / hombre, experiencia, medio), por alguna ley de la física metafórica, no puede formar parte del sistema de la poesía, aún así debe dar presencia o testimonio de una responsabilidad lírico / histórica, la que engloba a todos los poetas de todos los tiempos, todas las épocas y todas las poéticas (poetas de miles de versos como en El libro de los reyes o de un solo verso como un vate ocasional en el mercado o el burdel; de decenas de libros como Neruda o de un libro solo como Lautréamont; de fragmentos como Safo o de 300 textos dispersos como Emily Dickinson; de canciones / poemas como Leonard Cohen o de ritmos y significaciones sonoras que solamente están en las memoriosas etnias de Ruanda…). Casi diría: ¡Poetas de todos los mundos, uníos! Pero con casi no se mata siquiera una mosca, ni siquiera se inventa una sola metáfora.

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