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JORGE LEAL LABRIN |
Gustave Moreau
y la exquisita feminidad

Aquel
que visite la capital francesa se dará cuenta de la trama de
arterias infinitas con muchos corazones, que posee esta ciudad;
uno de ellos esconde un misterio de enorme sensualidad, conocido
sólo por los espíritus curiosos que han deambulado alguna vez
por esos parajes del erótico París. En esta ciudad proclamada
del amor, ahí entre Pigalle y la Place Blanche, en París 9, se
encuentra esta ascendente calle llamada La Rochefoucauld; en el
número 14 vive el Museo Gustave Moreau como un fuego
incandescente, exhalando su belleza desde 1990, fecha en que fue
creado por la asociación de amigos del artista.
En un extracto del testamento del pintor se deja en evidencia su
profundo deseo: preparar y ofrecer a los futuros visitantes su
tesoro contenido en pinturas, dibujos, acuarelas, pinturas en
cartón, etc… Aproximadamente son 6000 obras dejadas por este
artista – antes de morir en 1898 – para el museo, abierto al
público desde 1903, lo que fue el trabajo creativo de toda su
vida.
Gustave Moreau nace el 6 abril de 1826 en la calle Saints-Pères,
hoy París 7, lugar de sus primeros años. Vivirá toda su vida en
esta ciudad, salvo cortos viajes, entre ellos a Italia, en el
interés de realizar estudios y ciertas copias de pinturas. Su
talento por el dibujo es cultivado por su padre desde muy corta
edad. A los 8 años Luis Moreau, de formación arquitecto, quiere
que su hijo tenga una sólida formación clásica; juntos en 1841
viajan a Italia; más tarde luego de la muerte de su única
hermana mayor Camille, su madre, le dedicará toda su atención y
a la muerte de su padre, en 1862, ella se ocupará de guiar la
vida cotidiana de este joven artista, protegiéndolo de toda
preocupación material y financiera. Estrechos serán los lazos
entre él y su madre quien fallece a los 82 años, veintidós
después de su padre. Gustave dirá de su madre: “ella es el ser
que más quería en el mundo”. Su presencia determinó su carácter
y su forma de vivir, también cierta tendencia esquizofrénica y
edípica en su personalidad.
La casona familiar es el lugar en que cobija su altar mítico y
construye lo sagrado; es allí donde toma cuerpo la fantasmología
de la belleza y es el espejo de la historia de la mitología,
lugar siempre de almas errantes. “Les femmes poupées” de la Rue
Rochefoucauld dejan perplejas en su erotismo a sus vecinas de la
Rue Pigalle y del mismo Moulin Rouge. La noche en este lugar es
una incógnita
La devoción de Moreau por la figura femenina se marca desde la
infancia, creando un universo de rostros y cuerpos femeninos en
una atmósfera de exquisita fragancia. Tal sapidez conduce a un
encantamiento sobrenatural de la piel, que parece gemir como
aquellas imágenes en las pinturas que interpelan a Breton al
momento que descubre este lugar: “El descubrimiento del museo
Gustave Moreau condicionó para siempre mi manera de amar. La
belleza, el amor, es ahí donde me fueron revelados, a través de
algunos rostros, algunas posturas de mujeres. El “tipo” de esas
mujeres probablemente encubrió todos los otros: fue un hechizo
total… Siempre he soñado entrar ahí en la noche por infracción,
con una linterna”. Será él quién desentierre a este artista del
olvido, como lo hizo con muchos a lo largo de la historia de la
pintura.
En ese acontecer de fines del Siglo XIX, este artista
silencioso, apartado de las notoriedades y escándalos de sus
colegas impresionistas, “fabricaba” en su taller aquella
química, taumaturgia prodigiosa, de espléndida belleza.
Piel tersa, blanca transparente, sonrosada. El maestro de
finísimas formas, de diosas perfectas, conjuga lo carnal en el
límite de lo celestial y de la lujuria; revela aquello exquisito
en las mujeres: su carne que manifiesta a susurros las más
grandes fantasías y pasiones. Moreau, como ningún otro, pudo
sentir en las sombras la furia del color y su luminosidad en
aquellas zonas de cuerpos palpitantes e irradiantes.
“La luz magnética devora sin cesar porque siempre crea”. [1]
Ella nos conduce al conocimiento de su pintura; ella es tan
determinante como lo es para la filosofía ocultista; es capaz de
modificarlo todo y ofrecer su alma. Así los cuerpos de estas
mujeres parecen traer consigo su propia luz, ellas pasan a ser
parte de la exploración misma en el misterio del color, que
caracteriza a Gustave Moreau.
El artista es hierático en su forma de tratar lo místico. Fue
criticado por algunos de sus contemporáneos quienes aludían a su
persistencia en trabajar las formas clásicas y en el uso del
claro oscuro, técnica calificada de antigua; ciertamente esta
opinión venía de los críticos adeptos al impresionismo quienes
habían batallado contra el apego a las tradiciones por parte del
Salón Oficial. Pero este artista es indiferente a los rumores y
se retrae en su trabajo profundizando en aquello que le es bien
querido: los rasgos propios del Romanticismo, su apego a la
naturaleza poética como fuente inspiradora o mágica; de esta
manera se levanta como uno de los impulsores de este
sentimiento, llamado tardío, que se acomoda bajo el nombre de
Simbolismo, a fines del Siglo XIX. Al momento que el
Impresionismo ocupaba la escena artística en Francia, nadie
podía predecir el renacer de un sentimiento que comulgaba con el
pasado de los poetas románticos alemanes y que en Francia, por
medio de Víctor Hugo, se acrecentaría con interés de los jóvenes
creadores por reanimar el lenguaje poético, donde la exaltación
de lo bello lo hace más bello. Ciertamente el impresionismo
tendrá una influencia importante pero muy relativa en los
movimientos del nuevo siglo. Debido a que su preocupación es
puramente visual, el ojo pasa a ser el órgano más desarrollado
en el artista, y es el impresionismo por cierto poseedor de esta
facultad, que privilegia exclusivamente la realidad exterior –
todo está sujeto a ese órgano único, la visión de los fenómenos
físicos de la descomposición de la luz–. A tal aparente
exactitud, vale citar a Odilon Redon quien habla de “El barco
impresionista demasiado bajo de techo”. También me viene a la
memoria el comentario de Marcel Duchamp, quien con humor y
sarcasmo llama a todo lo que se le pudiera parecer, “pintura
retiniana”. Para ser fiel a Duchamp, debo decir que muchos
críticos han hecho mal uso de este concepto. Lo retiniano puede
aplicarse única y exclusivamente a este período y sus
influencias, no a toda la pintura que emplea el color, sea ella
figurativa o abstracta. Quién más autorizado por su cercanía y
cabalgata en ambos sentidos que Gauguin – el disidente preferido
de Alfred Jarry – quien dice al respecto: “Los impresionistas
buscan alrededor del ojo y no en el centro misterioso del
pensamiento”.
SITUACIÓN HISTÓRICA DE GUSTAVE MOREAU
| Diversidad, es la palabra justa en la plástica y en la
literatura del Siglo XIX, precisamente porque el artista es más
libre y se permite una mayor especulación filosófica. Las más
variadas visiones del mundo están en sus pensamientos; se agrega
también entre ellas, el éxito que tienen las teorías
sicoanalíticas y una noción de mundo interior, que riñen con el
núcleo positivista. Hacen del artista un ser contradictorio en
su manera de sentir. Si el Romanticismo abre el siglo, el
Simbolismo lo cierra y es el viaducto al nuevo siglo, aquello de
primitivo que parecía perdido por la marcada sintonía de los
movimientos positivistas en Europa. Tanto el Realismo como el
Impresionismo o el Modernismo, no acallaron la furia poética de
un Lautréamont, Cros, Rimbaud, o del mismo Mallarmé o Jarry, que
sin duda oxigenaron la pintura con su poesía. Se le critica al
simbolismo su despreocupación total por la “vida cotidiana o
real”, en su afán de privilegiar la imaginación y los sueños.
Después de todo, la puesta en práctica del positivismo y sus
ideas en favor de una guerra, con fines “expansivos y de
desarrollo” dejo lamentablemente una realidad más real y
macabra, pues involucraba a la población entera. La proclama del
sentimiento lírico de los Simbolistas, se reanima y crece; ella
se expresa más tarde en los jóvenes artistas (Dada y
Surrealistas), quienes pasarán al acto poético, como acción
desacreditadora del “desarrollo”. En efecto el Simbolismo surge
como una constelación de individuos libres pensantes que no
quieren otorgar total crédito ni ver ciegamente el éxito,
aquella euforia del progreso anunciada y proclamada por muchos
artistas, poetas, filósofos, como el término radical o total con
el pasado y la puesta en obra de algo absolutamente nuevo, “lo
moderno”. Es el tiempo de ideas y reflexiones, en que algunos
creen haber encontrado la panacea creativa en el desarrollo
industrial y la tecnología de la velocidad o en las teorías
materialistas y futuristas. Otros quieren sentirse libres en una
bohemia espiritual y frecuentan los cafés de Saint-Germain-des-Pres
y de Montmartre. Su actitud va del desaliento al juego de
analogías; el maestro de estos artistas y poetas que nacen entre
1840 y 1860 es Charles Baudelaire, quien les revela el secreto
de las “correspondencias”, ley en la poesía y la pintura. En
esta misma atmósfera de influencias se encuentran Nerval y
Verlaine, quienes son protagonistas junto a Stephane Mallarmé.
Éste es el gran espíritu de la época, guía de una nueva
generación de pintores y poetas que lo visitan en su
departamento de la rue de Rome en París, todos los martes por la
tarde, desde 1884 hasta su muerte en 1898, donde surgen
vibrantes discusiones a propósito del arte de finales de siglo;
cuestión que para ellos era de vital importancia pensando en el
siglo XX. En este mismo escenario, activos artistas toman
postura por el Simbolismo, con el objetivo de buscar en un arte
idealista y místico la esencia de la vida, el infinito. La
ausencia de un ateísmo radical disimulaba algo más, un silencio
apasionado. Los artistas son llamados así a escribir o pintar
bajo la prohibición del uso de todo sujeto realista o
naturalista, sustentándose principalmente: en el mito, la
leyenda, las alegorías, el sueño y, lo más importante, lo
primitivo. “Una pintura del alma por el alma”. [2] Otros
artistas más rebeldes parten hacia un anarquismo intelectual; y
es en colaboración con algunas revistas como la “Blanca” y el “
Mercure de France”, que comulgan estas “almas” y el propio
Mallarmé.; En un estado de reprobación atacan las cuestiones
morales, como la objetivación que se hace de la realidad y del
objeto. Las ideas de estos poetas simbolistas van a depositarse
en las telas de Gustave Moreau. Así en la idea de que cada
objeto tiene un alma, Mallarmé escribe en 1896: “Yo digo:¡ una
flor!, y fuera del olvido donde mi voz no relega ningún
contorno, como algo más que los cálices, se eleva musicalmente,
idea misma y suave, la ausente de todo ramo.”
El color divino y humano en Gustave Moreau está en ese misterio
del paisaje, del objeto, de las sombras y de todo aquello que
baña los cuerpos de encanto; se observa justo el buen espíritu
creativo inculcado por aquellos poetas, que decían que se debía
plasmar lo subjetivo en la creación, sin hacer nada nunca
evidente. Sus sombras son almas que cantan en ese paisaje
fantástico… ¡Qué mejor que estas palabras de Mallarmé al mirar
la pintura de Moreau: “Evocar, en una sombra expresa, el objeto
callado, con palabras alusivas, nunca directas, reduciéndose a
un silencio, comporta una tentativa cercana a la creación”!
“No creo ni a lo que toco, ni a lo que veo. Sólo mi sentimiento
interior me parece eterno”, dirá Gustave Moreau.
Se le califica como un pintor demasiado literario, al límite de
lo poético. Sus amigos y el museo han publicado los escritos que
precisan sus ideas en torno a los temas preferidos, tratados en
su pintura. Como lo señala la introducción del catálogo, sus
notas escritas no tienen ninguna pretensión literaria. Moreau lo
deja claro cuando señala que ellas nacieron “al primer impulso”
y aprovecha de responder a aquellos que le critican su postura:
“Es imposible – para un hombre que no es de ninguna manera
escritor – transformarse en maestro de tal sujeto en un arte que
no es el suyo”. Como sus amigos lo señalan, su escritura
corresponde a alguien que vive en soledad con su arte y sus
secretos. Moreau es el artista de la intuición poética, como
diría Novalis, “alguien que tiene la alegría de un íntimo
contacto con el universo”. Hay que señalar a su favor que es el
artista que más influenció al Fauvismo y que su arte retoma tal
importancia en el imaginario surrealista, que se puede decir con
toda precisión que él, junto a Odilon Redon, también simbolista,
esbozará lo que será más tarde la llamada “abstracción lírica”.
Para corroborar esta idea, es aconsejable ver “El Nacimiento de
Venus” de Redon (Pastel que se encuentra en el Petit Palais de
París), y de Moreau, entre otros, “El Cristo consolador” que
está en el primer piso del Museo, Sala D, y “Circé” en el cuarto
piso, primera sala. La sinceridad de este artista radica en que
es capaz de poner su obra en el vértigo del tiempo, dejando esta
frase a la posteridad: “Si he puesto en mis obras algo que
merece vivir, eso vivirá a pesar de todo; y si me he equivocado,
eso irá donde van las cosas mediocres”. Para hacer justicia
entorno a aquello que fue para muchos artistas la estrella a
seguir, “lo moderno”, y tratándose del caso particular de
Gustave Moreau – quien prefirió seguir sus propios impulsos –,
su trabajo íntimo y discreto reposaba más en el conocimiento del
pasado y del presente, sin preguntarse si su arte sería para el
futuro una muestra de modernidad. En ese período de término y
comienzo de un nuevo siglo, lo moderno representaba visualmente
para muchos “poner la cabeza al viento”. En cambio para Moreau,
todo esto pasaba por el concepto del “verdadero eterno”, en el
sentido que lo plantea Baudelaire: “lo nuevo significa
diferente” quien agrega y rectifica tiempo después, que en su
época “el modernismo es sólo un caso”.
Lo diferente en este artista fue precisamente esa vida aparte,
marcada por un silencio apasionado y un trabajo consagrado a la
exploración del mito, desde la aparición de su esbozo en 1876 de
“Júpiter y Sémele”, su obra testamental, como lo señala el autor
del “Arte Mágico”, André Bretón, quien defendió siempre con
elogios la obra de Moreau, en el sentido de que más que la
pintura de armonías visuales, existía la obra de gran
profundidad de este artista: “A esta pintura – de disertación
ociosa sobre un mundo de pacotilla – se opone totalmente una
pintura que pretende recrear el mundo en función de la necesidad
interior que siente el artista. Lo que prevalece ya no es
entonces la sensación, sino los más profundos deseos del
espíritu y del corazón”.
Su cábala son las mitologías greco-romanas, pasajes de la
historia de la religión, ritos y fantasmologías, algo de las
ciencias naturales – en lo especifico la mineralogía –. Moreau
fija en sus pinturas los temas desde lo celestial al pecado
original, en donde la tentación de las musas suele conducir a la
muerte que sólo el amor es capaz de vencer. (Observar la tela
“Los Pretendientes” que se encuentra en el tercer piso).
Si alguno de ustedes pasa por París, que no dude en ofrecer a su
espíritu tal provocación, aquellas imágenes que quedarán para
siempre en su memoria.
Se dice que cuando cae la noche, en las habitaciones de la Rue
de la Rochefoucauld, se suele divisar al pintor atravesando los
interiores, llevado por un centauro.
NOTAS
[1] Eliphas Levi, “La Llave de los Grandes Misterios”.
[2] Rimbaud, citado por André Bretón en “El Surrealismo y la
Pintura”, Gallimard, 1965.
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Jorge
Leal Labrin (Chile, 1953).
Artista plástico y ensayista. Ha publicado el libro
objeto Mi Pintura, un automatismo despierto
(1993). Creador del proyecto metodológico educativo
“Matta, un ser multifacético” (2004).
Contacto:
leallabrin@yahoo.fr.
Página ilustrada con obras de Gustave Moreau (Francia).
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