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El
poeta/escriba de pie ante el mundo
Mericy
Caetano
A
propósito de El escriba de pie, reciente poemario de Saúl
Ibargoyen, recordamos que la canción como composición literaria
inicia su prestigio en relación con la experiencia órfica: ésta
asigna a la palabra vinculada con el canto una función demiúrgica
que tiende relaciones entre lo divino y lo humano.
Once
unidades conforman el texto principal, titulado "Canción del
escriba de pie". La número 1 tiene un valor introductor que
define al poeta/escriba con
una primera persona del singular inicial: "No yo no soy el
escriba ni el pintor/ yo no soy el que manda en las
palabras"; remite a la referencia autoral implícita :
"Nunca escribí lo poco/ de mi nombre;/ dos sonidos solos/
combatiendo por un sitio/ en el aire de metal: / cuatro letras
solas/ como huellas de polvo/ en una boca nueva/ sin lluvia y sin
sed".
Saúl,
el nombre ausente, pero referencial, fragmentado y unido simultáneamente
por el hiato en dos sonidos, "combatiendo por un sitio",
propone una actitud dialogante que a partir de la segunda
unidad en adelante, estructura el texto en dos registros.
Como la corriente de un río, la presencia del escriba
recorre el texto y se impone como eje unificador. Dos
registros discuten y se enfrentan sobre la finalidad poética. Dos
hablantes ficticios se alejan, se aproximan, se diferencian. Uno
encierra sus palabras entre comillas; el otro, simplemente deja
fluir las suyas y así se marcan las diferencias.
La
primera unidad se extiende como una sucesión de enunciados
negativos que
deslinda lo que no se es, una actividad poética que permanecerá
en las sucesivas unidades como oposición a la permanente afirmación
del prestigioso escriba que transcribe a través de la palabra mágica,
el esplendor y la grandeza de la antigua civilización,
fundamentada en los vínculos sagrados con la naturaleza. En
cambio, este nuevo escriba que poetiza el presente, está de pie.
No ocupa el lugar del escritor oficial del antiguo Egipto,
poseedor del poder de tener acceso a los misterios
religiosos, al designio de las leyes, a la fijación de la
Historia .
Este
nuevo escriba está de pie, es libre y "simplemente no puede
mentir". No es el poeta de la grandeza que navega en la
falsedad de la inocencia, porque no pertenece a ese orden. La
seguridad del escriba que se sabe poseedor de la palabra, se
desmorona en este mundo, porque su función ha cambiado, ya no
existe el mismo orden al que debe representar.
El
poeta ha perdido la noción de su autosuficiencia, del privilegio
sobre la palabra que convoca, que nombra, que recrea, que decreta,
que designa:"Soy débil con toda mi fuerza/ y mis cuartillas
y papiros/ se agrisan y se agrietan/ como las verdades/ que no
pude escribir/.../ No soy el escriba/ no soy el presunto señor/
de la veraz palabra"(6). Es el que observa la vida cotidiana,
la común, con seres humanos sin dioses, animales y objetos
diversos: otra versión del universo que exige otra mirada desde
el caos del presente.
En
la unidad 8, el prestigioso escriba señala una vez más, el poder
de lo sagrado y la función del verbo que perece ante la grandeza de los ciclos naturales, renovadores de la reafirmación de
la vida y de la muerte y
ese
Nilo celeste que fluye inacabadamente. El poder de una actividad
humana se empaña frente a tanta magnificencia: " y el verbo
del dios borra/ la entera palabra del hombre/ y el verbo
incompleto del hombre borra/ las palabras del dios y de los
hombres". El escriba revela su limitación porque la
naturaleza toda se canta por sí misma. Pero no se siente
desalentado. El escriba tiene conciencia de que es sólo un
intermediario, un puente.
El
escriba de pie responde con una sucesión de preguntas. Se
encuentra ante una situación crítica: "¿Debo negar ahora
toda escritura?/ Debo decir que no soy ni seré/ el señor de ningún
verbo?" La prestigiosa experiencia milenaria le provoca un
sacudimiento interior que redunda en una reafirmación, en un
desafío.
En
la unidad 10, el viejo escriba reconoce en él la confluencia del
ser humano y por qué no la confluencia de los detonantes que
hacen a un poeta. En los últimos tramos (11) cierra con
coherencia, en relación con la primera parte, el desafío, la
reafirmación de lo que no será, a partir de lo que no se es:
"Soy el escriba de pie/ y ante mí:/ escribiente cajista
plumario/ mecanógrafo/ reiterador calígrafo/ sudatinta copiante
pinturero." El léxico corresponde al mundo actual: es
escritor y es todo esto al mismo tiempo. El escriba reivindica la
dignidad del poeta que seguirá buscando la palabra: "porque
huelo y escucho/ las mugres del mundo/ me niego a llorar/ y
revuelvo otra vez cada palabra".
Una
vez más, la poesía de Saúl Ibargoyen demuestra ser una espada
combatiente con su propia palabra, un compromiso con su propio
verbo creador, que busca y se propone seguir buscando con lo que
se presenta a su alrededor. La actitud de pie es signo de
dignidad, de lucha. No es un mero contemplador del universo desde
una postura de superioridad como poeta, sino un hombre permeable
por sus implicancias con el mundo.
Demuestra su capacidad para trabajar sobre la complejidad
estética de las imágenes pero también para confrontar viejos
discursos con un léxico globalizado y devaluado: "¿Cómo
ser el escriba de conjuros/ y anales y dictámenes/ de cifras y
tarjetas y folletos/ para provecho del dios de los turistas/ para
lucro del dios de la banca global/ para beneficio de los dioses de
plástico/ con todo su famélico poder?" Así se pregunta el
poeta.
La
respuesta es el poema, porque la poesía es agua que fluye
y se realimenta sí misma, fertilizada en ese símbolo vivo
que es el "Nilo celeste". Lo sagrado, no es más que la
poesía, eterno devenir de la esencia vital: "porque huelo y
escucho/ las mugres del mundo/ me niego a llorar/ y revuelvo otra
vez cada palabra". La poesía no se resigna, corre hacia su
destino; es la exploración constante de cada palabra, un trabajo,
un oficio que se practica desde la humildad, un trozo de Nilo
celeste que se continúa en el tiempo de otros tiempos, porque:
"Estoy de pie y escucho/ cómo caminan/ las aguas sedientas/
del Nilo celeste", dice el poeta mientras corre hacia el
encuentro con el Nilo inmortal. La finalidad demiúrgica entre el
lector y la poesía se ampara en este gran símbolo.
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