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Consideraciones en torno de los prólogos de
Miguel de Cervantes
Ricardo Cuéllar Valencia
Vienen las malas suertes atrasadas,
y toman tan de lejos la corriente,
que son temidas, pero no excusadas.
El bien les viene a algunos de repente,
a otros poco a poco y sin pensallo,
el mal no guarda estilo diferente.
El bien que está adquirido conservallo
Con maña, diligencia, y con cordura
es no menor virtud que el granjeallo.
Tú mismo te has forjado tu ventura,
y yo te he visto alguna vez con ella;
pero en el imprudente poco dura;
mas si quieres salir de tu querella
alegre, y no confuso, y consolado
dobla tu capa y siéntate sobre ella;
que tal vez suele un venturoso estado,
Cuando le niega sin razón la suerte,
Honrar más merecido que alcanzado.
Miguel de Cervantes
(Viaje del Parnaso)
1.- Algo sobre Alcalá de Henares
La tierra natal de Miguel de Cervantes fue descrita por el
viajero y cronista portugués, Gaspar Barreiros, como una villa
de buen pan, vino y ganado en mucho abastecimiento, cercada por
murallas, al estilo medieval, y junto a ellas transcurría el
sereno río Henares. A la izquierda de aquel caserío unos cerros
erosionados que datan de la Edad Terciaria. En tiempos remotos
los griegos y romanos en la rivera del Henares sembraron trigo,
plantaron viñas y pastorearon rebaños. Según investigaciones
arqueológicas se han encontrado textos latinos y piedras con
marca romana. Piedras de la vieja “Complutum”, así nombrada por
Plinio y Tolomeo. En la Edad Media, Alfonso Xl celebra Cortes en
la villa complutense, en la “Al-Kalá Nahar” de los árabes. Allí
se acordaron los “famosos y sabios” Ordenamientos de Alcalá, que
lograron centenas de años de vigencia. En el siglo XlV el
ibérico Trajano allí instaló sus legiones.
Era una villa de figura oval, con casas de nobles y una calle
central con porches a uno y otro lado, debajo de los cuales se
habían instalado “muchas tiendas” de diversos mercaderes. En
medio de teólogos, filósofos, letrados y doctores en medicina,
la villa cuenta, además, con los trabajadores que siembran
trigo, legumbres y hortalizas, van con sus bestias, carretas y
aperos por las ocho puertas de la muralla que dan al campo. Para
satisfacer las necesidades de la creciente población se acuerda
un Nuevo Fuero en 1509 para que los mozos de labranza “vayan al
trabajo hora y media después de salir el sol, hasta que se
ponga, con pena de perder el jornal”.
Fue la presencia del eclesiástico y estadista Jiménez de
Cisneros (1463-1517) la que hizo de Alcalá una nueva realidad
social y cultural. Creó la Universidad Complutense en 1498. Allí
los hombres sólo tenían tres opciones: Clero, Mar y Estado. La
Universidad fue esencialmente una institución eclesiástica donde
se estudiaba Teología, Filosofía, Derecho Canónico y Artes,
además de las cátedras de de Latín, Griego, Hebreo y Sirio.
Cisneros atrajo a cultivados lingüistas de la época: Vergara,
Ducas, Hernán Núñez y, en especial, a Nebrija. Ellos redactaron
la Biblia Políglota Complutense, de la cual se editaron
seiscientos ejemplares. El cardenal humanista impulsó la
arquitectura religiosa con la construcción, por ejemplo, de la
capilla de San Ildefonso o el Paraninfo, expresión de lo que
Lope Huerta llama “transición cisneriana hacia el Renacimiento,
mezcla ingeniosa de la tradición hispano-musulmana en los
artesonados y del gótico final y plateresco incipiente en la
fina labor de las yeserías” (: 36). La Universidad tuvo su
propia imprenta. Se edificaron colegios y “manzanas de casas con
calles tiradas a cordel” para los estudiantes allegados o para
sus familias que allí se establecían. Fray Juan Meseguer
Fernández, citado por Lope Huerta, reconoce la nueva
infraestructura urbanística “indispensable” para cubrir el
Colegio Mayor y “su barrio académico”. De tal suerte que la
típica ciudad nuclear medieval es transformada. Fue en esta
nueva Alcalá donde Cristóbal Colón se entrevistó por primera vez
con la reina Isabel. Eruditos, nobles, reyes y pintores la
frecuentan. Allí estuvieron San Ignacio de Loyola, San Juan de
la Cruz, San José de Calazans donde estudian o “recalan entre
nosotros”, comenta Lope Huerta. Allí estudiaron Lope de Vega,
Francisco Quevedo y Calderón de la Barca. Según Juan Antonio
Cabezas, por los años de la mitad del siglo XVl Alcalá “es un
enclave espiritual y cultural del Renacimiento español” (:18).
Incluso, sostiene este historiador que frente a la tradicional,
medieval, Universidad de Salamanca, “la cisneriana de Alcalá
encarna el nuevo espíritu liberal y progresivo que iberizó las
ideas y las formulas estéticas del Renacimiento” (Idem: 18). Es
con la presencia del vasco Ignacio de Loyola y la compañía de
los teólogos de la Universidad Complutense que Alcalá esta unida
al Concilio de Trento. Por las aulas eclesiásticas alcalaínas
España se incorpora al Renacimiento. En 1547, cuando nace
Cervantes, el cardenal apenas lleva de muerto 30 años y uno
Lutero; dos que ha iniciado del Concilio de Trento, organizado
contra el rebelde religioso alemán. En Trento acuden, entre
otros, religiosos de Salamanca y Alcalá. Ese mismo año muere el
temido y cruel Enrique Vlll y en Francia el enemigo de España,
Francisco l, y el conquistador Hernán Cortés. Es el año en el
que Carlos l se enfrenta contra los herejes en las orillas del
Elba y otro vasco, Azpeitia “afianza ideológica y
disciplinariamente los cimientos de la Contrarreforma” (Idem.:21).
José Enrique Díaz Martín en su trabajo crítico y polémico,
Cervantes y la magia en El Quijote de 1605 dice,
refiriéndose a la época que comentamos: “La restauración de
Aristóteles formó parte del amplio frente de la Contrarreforma
“para construir una autoridad unitaria que diese cuenta de todos
los sectores de la vida .El neoaristotelismo crítico de los
siglos XV y XVl va, efectivamente, más allá de lo artístico y
afecta a la concepción del mundo”(:244,245). Ante la
secularización el escolasticismo se erige para fiscalizar y
contrarestar su peso real. Las poéticas neoaristotélicas,
ciertamente ejercieron sobre el arte y la literatura “el mismo
control que la autoridad de Santo Tomás sobre las ideas: fue una
seudosecularización controlada” (245).
Es en esta villa medieval, modernizada, donde nace Miguel de
Cervantes, habitada por estudiantes, curas y frailes pensadores,
sangradores, alarifes, mendigos, nobles, charlatanes,
meretrices, canteros, agricultores… En esta tierra nació el
padre de Miguel, Rodrigo de Cervantes y sus hermanas Andrea y
Luisa. Por los diversos avatares de la vida de la familia y del
propio Miguel, el futuro escritor sale a temprana edad,
regresará con la familia o solo, en distintos momentos.
Más allá de todo lo que se pueda detallar sobre la vida de los
Cervantes, Arsenio Lope Huerta ha logrado unos párrafos que son,
a mi parecer, concretos y rotundos que no puedo dejar de
compartir con el lector de este ensayo:
“Lo que de cualquier forma resulta más que encomiable en la
familia de Cervantes es su unión, su sentido de pertenencia a un
clan en el que todos se querían y se ayudaban. En ese grupo tan
heterogéneo como similar, por contradictorio que parezca, la
mujer juega un papel importante: la abuela, la madre, las hijas
y aún las nietas, están siempre presentes en cuantos
acontecimientos ocurren. Y durante muchos años, los largos y
difíciles años de las ausencias de Miguel y Rodrigo, son ellas
quienes, ante la incapacidad manifiesta del pobre y sordo
cirujano, van a soportar, sin duda, los gastos de supervivencia
de la familia. Y cuando los varones están en la cárcel, son
ellas también quienes hacen frente a la situación y a las
adversidades. A veces mintiendo, casi siempre engañando, o
intentando engañar, a los enemigos de su familia, pero siempre,
siempre, para la salvaguarda de los suyos” (:119,120).
Cervantes pertenece a la generación, según Julián Marías,
centrada en 1541, a la cual pertenece Juan de Austria, quien
tiene el mando supremo de la flota aliada en Lepanto; Antonio
Pérez, secretario de Felipe ll; Fray Bartolomé de las Casas,
Francisco Suárez, filosofo y teólogo; Juan Mariana, historiador
jesuita; Juan de los Ángeles, San Juan de la Cruz, Fernando de
Herrera, Sebastián de Covarrubias, autor del Tesoro de la
lengua Castellana o española; el Greco; Juan de la Cueva,
Alonso López Pinciano, Mateo Alemán; el músico Tomás Luis de
Victoria. El único que no se mueve entre los salones y alcobas
de la corte es Miguel de Cervantes, por ello Julián Marías al
reconocer esta “prodigiosa generación, casi increíble”, con ese
desdén aristocratatizante que les propio indica que en ella, “a
pesar de todo, disuena Cervantes” (:65). A la generación de 1556
pertenecen Felipe ll, el duque de Lerma, Vicente Espinel, autor
del Marcos de Obregón; los hermanos Argensola, “con los
que Cervantes tuvo una cierta rivalidad, ya que los llevó a
Nápoles el conde de Lemos como una especie de “agregados
culturales”, y no a Cervantes, que socialmente tenía menor
importancia”. A esta generación también pertenecen “Y, sobre
todo, nada menos que Góngora y Lope de Vega” (:65). La obra
publicada de Cervantes es posterior a su generación y se
relaciona, entonces, con la siguiente, gracias a que aparece en
los primeros años del siglo XVll.
Esta generación no lo mira con buenos ojos, dados los prejuicios
sociales y la terrible envidia que su genio despertó. El primer
biógrafo de Miguel de Cervantes, el valenciano Gregorio Mayans
Siscar, escrita 190 años después de fallecido el escritor, trae
un cometario de Lope, el cual asume, bastante esclarecedor,
cuando desea el cronista, “hablando con ingenuidad”, no
calificar de ejemplares, aquellas novelas cervantinas, dice:
“Confieso que son libros de grande entretenimiento i que podrían
ser ejemplares, como algunas de las historias de Valdelo, pero
avían de escrivirlos hombres científicos o por lo menos grandes
cortesanos, gente que halla en los desengaños notables
sentencias i aforismos” (:145).
El siglo XX, es especial, ha mirado de manera muy diferente la
vida y la obra del príncipe de los ingenios.
Veamos la cronología cervantina.
2.- Algunos datos sobre la vida de miguel de cervantes
Jean Canavaggio, el biógrafo, hoy en día, más acreditado del
Miguel de Cervantes, nos ofrece un “resumen cronológico de la
vida de Cervantes” en un doble orden: en las páginas pares las
fuentes documentales, acompañadas de precisas referencias
bibliográficas, archivísticas y documentales; en las impares los
acontecimientos conocidos de la vida del escritor. Nosotros
seleccionamos lo que nos parece más importante para nuestros
lectores. Eludimos las referencias para agilizar la información.
El trabajo apareció en la edición del Instituto Cervantes,
dirigida por Francisco Rico, de Don Quijote de la Mancha,
Barcelona, 1999. Con esta indagación deseamos precisar cierta
información sobre nuestro escritor y glosamos algunos datos,
tomados de otros estudios.
1547. El 9 de octubre es bautizado en la iglesia parroquial de
Santa María Mayor de Alcalá de Henares, Miguel de Cervantes,
cuarto de los siete hijos de Rodrigo de Cervantes y de su esposa
Leonor de Cortinas. Se habían casado en 1542, ella hija de un
rico hacendado de la vecina Arganda y él del licenciado Juan de
Cervantes, “más diestro en juegos que saberes” y de Leonor
Torreblanca. Por la fecha del bautismo se ha colegido que Miguel
nació el 29 de septiembre, día de San Miguel. Los hijos fueron:
Andrés (fallece al poco tiempo de nacer), Andrea, Luisa, Miguel,
Rodrigo, María y Magdalena, quien nace en Valladolid cuando su
padre está preso. Rodrigo de Cervantes nace el Alcalá en el año
de 1509, época del Cardenal Cisneros.
1552. Rodrigo de Cervantes es encarcelado en Valladolid, por una
deuda no pagada a tiempo.
1556. Muere Juan de Cervantes, abuelo de Miguel, siendo letrado
de la ciudad de Córdoba. El licenciado Juan fue hijo de Ruy Díaz
de Cervantes, comerciante de paños en Córdoba.
1557. Muere Leonor de Torreblanca, hija de un médico cordobés,
abuela paterna de Miguel.
1564. Rodrigo de Cervantes, el 30 de octubre, se declara “médico
cirujano, vecino de esta ciudad de Sevilla en la colación de San
Miguel”. Ese día otorga a su esposa un poder general, lo que
permite pensar que ella se quedó con sus hijos en Alcalá. No fue
próspera la vida profesional del cirujano Cervantes. Manuel
Rivero Rodríguez en La España de Don Quijote escribe que:
“los médicos no solían ensuciarse las manos tocando los cuerpos;
las operaciones, sangrías y todo tipo de intervenciones o
tratamientos solían ejecutarlas cirujanos-barberos, practicantes
y sangradores. A esta última categoría pertenecía Rodrigo de
Cervantes (padre de Miguel de Cervantes), que, debido a su
sordera de nacimiento, no pudo ser médico pero sí cirujano…” (:
49).
1565. Luisa de Cervantes, hermana de Miguel, ingresa, el 11 de
febrero, al convento de la Concepción de Alcalá.
1566. Se supone el traslado de Miguel con su familia a Madrid.
1567. Compone Miguel de Cervantes su primera obra conocida. Se
trata de un soneto dedicado a la reina Isabel con motivo del
nacimiento de la infanta Catalina Micaela, hija de la reina y
del rey Felipe II, gracias a que el padre de Miguel era socio de
Alonso Getino de Guzmán, “que había pertenecido a la compañía de
Lope de Rueda, y fue el encargado de organizar los festejos para
celebrar el nacimiento de la infanta…”
(Idem:
10), comenta Rey Hazas.
1568. Miguel es alumno de latín, griego y letras humanas del
prestigioso erudito, maestro y clérigo Juan López de Hoyos,
rector del Estudio de la Villa de Madrid, ubicado en el Pretil
de los Consejos. López de Hoyos fue heredero de las enseñanzas
de un maestro erasmista.
1569. Se da a conocer el 15 de septiembre la Providencia de
Felipe II “para que un alguacil vaya a prender a Miguel de
Cervantes”, acusado de haber herido en duelo a un contratista de
obras llamado Antonio de Sigura. Se conoce el documento
acusatorio, aunque hasta ahora nadie ha probado el hecho.
Este año, en septiembre, se da a conocer la Historia
y Relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y
suntuosas exequias fúnebres de la serenísima reina de España,
doña Isabel de Valois, nuestra señora, fallecida un año
antes. El volumen publicado por López de Hoyos incluye un
soneto, cuatro redondillas y una elegía en tercetos de Miguel de
Cervantes. Es su primera aparición como poeta, a la edad de 22
años. López de Hoyos califica a Miguel de Cervantes de “nuestro
caro y amado discípulo”. Antonio Rey Hazas afirma que se trata
“de cuatro primicias poéticas que definen desde sus inicios la
poesía cervantina como característicamente renacentista, dado
que confluyen en ella la vieja herencia cancioneril, la lírica
tradicional y la nueva corriente italianizante y garcilasiana.
Las tres tendencias se armonizarán sin fisuras en el quehacer
poético cervantino para siempre” (:10)
El 22 de diciembre aparece un documento en el que se informa de
la limpieza de sangre de Miguel de Cervantes, “estante en Roma”.
1570. En Roma trabaja como camarero del cardenal Giullo
Acquaviva; Julián Marías lo llama noble napolitano, “legado del
Papa”, quien “anima a Cervantes a ir a Italia” (:85). La vida
palaciega le aburre y no siente placer de ser un camarero.
Ingresa al ejército español.
1571. Rodrigo de Cervantes, hermano menor de Miguel, llega en
julio a Italia con la compañía de Diego de Urbina, perteneciente
al tercio de don Miguel de Moncada, en la cual sirve Miguel
aquel mismo año.
El 7 de octubre Miguel se encuentra en Lepanto a las órdenes del
capitán Urbina. A bordo de la galera Marquesa, pelea
valientemente en “el lugar del esquife” y es herido “de dos
–algunos sostienen que tres- arcabuzazos en el pecho y en la
mano izquierda”, la cual le queda tullida para siempre. En unos
versos lo consigna: “El pecho mío de profunda herida/ sentía
llagado, y la siniestra mano/ estaba por mil partes ya rompida”.
Allí, en Lepanto, Miguel de Cervantes “demuestra, afirma Rey
Hazas, una valentía cercana al heroísmo dado que, a pesar de
encontrarse enfermo y con fiebre, y no obstante las
recomendaciones de los superiores para que se quedase en la
cubierta pide a su capitán que le deje pelear en el lugar más
peligroso de la nave, y lo consigue, puesto que se le asigna en
“el lugar del esquife”, esto es, el lugar del pequeño bote que
ocupaba la popa de la galera, y, por tanto, uno de los que
ofrecía mayor riesgo en caso de abordaje. La dureza del combate
se saldó en la galera cervantina con 40 muertos y 120 heridos,
entre estos últimos Cervantes…” (:20). Una vez sanadas sus
heridas, que fue rápido, volvió a la milicia en abril de 1572,
ahora en la compañía de Manuel Ponce de León, del tercio de don
Lope de Figueroa. Activo se encuentra en las expediciones de
Ambarino, Túnez, Corfú y La Goleta, entre otras “de menor
importancia”.
1572. Se da al tesorero general de la armada, en Mesina, el 23
de enero, recaudo formal de una libranza de 20 ducados a favor
de Miguel de Cervantes, herido en Lepanto.
El 24 de abril, se ordena a los oficiales de la armada que
asienten en los libros de su cargo a Miguel de Cervantes 3
escudos de ventaja al mes, en el tercio de don Lope de Figueroa.
En agosto y septiembre, Miguel de Cervantes, hace parte de la
campaña naval de Juan de Austria en Corfú y Modón.
1673. Es integrante de la compañía de Manuel Ponce de León,
acuartelada por esos días en Nápoles. Allí se ordena, el 6 de
marzo, el pago de 20 ducados que se le deben a Miguel de
Cervantes.
1574. En Nápoles, el 10 de marzo, don Juan de Austria ordena y
manda que se den 30 escudos a Miguel de Cervantes.
En octubre (8-10) Miguel de Cervantes forma parte de la
expedición de don Juan de Austria contra Túnez.
El Duque de Sessa, en Palermo, el 15 de noviembre, hace
libramiento de 25 escudos a favor de Miguel de Cervantes por su
condición de “soldado aventajado”.
1575. Según la lectura que hace Rey Hazas de un poema del
Viaje del Parnaso Cervantes “mantuvo relaciones amorosas con
una desconocida dama napolitana, de la que tuvo un hijo.” El 7
de septiembre se embarca en Nápoles, en la galera Sol,
para regresar a España. 19 días después es puesto prisionero por
los corsarios berberiscos, frente a la costa de Cataluña.
1576. En enero realiza la primera tentativa de evasión por
tierra: “buscó un moro que a él y algunos cristianos llevase por
tierra de Orán, y habiendo caminado con el dicho moro algunas
jornadas, los dejó; y ansí les fue forzoso volverse a Argel...”.
Por enero, Miguel de Cervantes, entrega dos sonetos a un
compañero de cautiverio, llamado Bartolomeo Rufino di Chiambery.
Miguel de Cervantes ha quedado preso en poder de Maní Arnaute,
capitán de los corsarios de Argel. Allí se encuentran presos los
hermanos Rodrigo y Miguel.
1577. El 24 de agosto la Orden de la Merced logra el rescate,
entre otros, de Rodrigo de Cervantes.
En el mes de septiembre intenta una segunda huída con otros
compañeros. Con el apoyo de su hermano Rodrigo se intentó en una
fragata mallorquina la salida pero la denuncia de un traidor los
llevó al fracaso del intento. Miguel de Cervantes debe
comparecer ante el rey de Argel. Consta que se declara “el único
autor de todo aquel negocio”. Como castigo es encerrado en el
baño del rey con grillos y cadenas durante cinco meses.
1577. En marzo de este año Cervantes se laza a la tercera
tentativa de evasión: “estando así encerrado envió un moro a
Orán, secretamente, con carta al señor don Martín de Córdoba,
general de Orán y de sus fuerzas”; pero “el dicho moro fue
tomado de otros moros a la entrada de Orán”, devuelto al rey
Hazán y empalado, cita Canavaggio y agrega que para ese mismo
mes, el 17, el padre de Miguel, Rodrigo de Cervantes, presenta
un pedimento e interrogatorio con preguntas sobre los servicios
de su hijo. En Madrid, el 25 de julio, el Duque de Sessa
certifica acerca de los servicios del Miguel de Cervantes.
1579. En octubre de este año Cervantes realiza un cuarto intento
de fuga con la ayuda de un renegado arrepentido y del mercader
valenciano Onofre Exarque, quien “arma una fragata de doce
bancos”. El acto es denunciado por el doctor Juan Blanco de Paz.
Cervantes se presenta por su propia voluntad ante el rey
reconociendo que “él fuera el autor”. Cervantes es condenado a
cinco meses de cárcel con cadenas y grillos. El seis de octubre
da a conocer unas octavas dedicadas a Antonio Veneciano. El
portugués Francisco de Aguilar, compañero de cautiverio de
Cervantes y rescatado el mismo día, por el mercedario Juan Gil,
declara que “sabe que el dicho Miguel de Cervantes estubo
captivo en la cibad de Argel en poder de enemigos cinco años
poco mas o menos y este testigo le vido andar como cautivo con
su cadena al pie… y ansimismo sabe que quedó a deber más, más
que no se acuerda que tantos, a mercaderes e personas que iban a
dicha ciudad de Argel que se los habían prestado para comer
porque el moro que le tenía cautivo no le daba de comer ni de
vestir” (A.F.A: 125).
1580. El 19 de septiembre Miguel de Cervantes es rescatado por
los padres mercedarios, después de intensas tareas. Rescatado y
en libertad se encuentra en la ciudad de Valencia.
1581. Por los meses de mayo y junio es comisionado a Orán.
Felipe ll ordena se le entreguen cien ducados a Cervantes “en
merced y ayuda”, anticipándole la mitad de la suma.
Entre 1581 y 1587, aproximadamente, Miguel de Cervantes escribe
varias comedias. Según él misma cuenta en el prólogo a las
comedias y entremeses: “se vieron en los teatros de Madrid
representar Los tratos de Argel, que yo compuse, La
destrucción de Numancia y La batalla naval…”
1582. Escribe La Galatea. En el prólogo a esta obra
anuncia su nueva visión de la narrativa.
1584. El 1 de febrero le es entregada la aprobación de La
Galatea, firmada por Lucas Gracián Dantisco. El 12 de
diciembre de este año Miguel de Cervantes contrae matrimonio, en
la iglesia parroquial de Esquivas, con Catalina de Palacios
Salazar Vozmediano.
1585. El 5 de marzo, en Madrid, Miguel de Cervantes vende, por
40 ducados, dos comedias, hasta hoy desconocidas: La confusa
y El trato de Constantinopla y muerte de Celín. El
13 de marzo se da a conocer la tasa de La Galatea. El 13
de de junio muere, en Madrid, Rodrigo de Cervantes, padre del
escritor.
1587. Son conocidos varios sonetos de Cervantes en honor amigos
suyos: López Maldonado, Alonso de Barros, Pedro de Padilla.
El proveedor Antonio de Guevara autoriza a Miguel de Cervantes
la realización de “sus comisiones”. El 12 de septiembre se
encuentra en Éjica. El 28 de abril, desde Toledo, rumbo a
Sevilla, otorga poder a su esposa. En octubre Miguel de
Cervantes es excomulgado por el vicario general de Sevilla,
debido a que ha embargado el trigo “perteneciente a varios
canónigos prebendados de Éjica”.
1588. A Miguel de Cervantes, entre enero y septiembre, se le
conceden nuevas comisiones en Éjica y en otros lugares.
1589. Se le otorgan nuevas comisiones en Éjica. (Francisco
Rodríguez Marín, Estudios Cervantinos)
1590. Es comisionado en Carmona para tratar una saca de aceite.
El día 21 decide Miguel de Cervantes presentar un memorial al
rey Felipe ll solicitando ocupar una de las cuatro vacantes que
enumera. El seis de junio, el Consejo de Indias le responde:
“Busque por acá en que se le haga merced”.
1591. Se conoce documento en el cual entrega poder a Juan de
Tamayo para cobrar los salarios de 276 días “que se ocupó en la
molienda de Éjica los años de 1588 y1589”. Este mismo año, 1591,
sale comisionado al reino de Granada. Se encuentra en Jaén, el
18 de noviembre, para la compra y embargo de trigo y cebada. El
3 de diciembre Miguel de Cervantes se localiza en la población
de Motilla.
1592. En una carta escrita el 7 de enero al rey Felipe II, Pedro
de Isunza, sucesor de Antonio de Guevara, afirma que Miguel de
Cervantes es un hombre honrado y de mucha confianza. El 5 de
septiembre, en Sevilla, Miguel de Cervantes firma con Rodrigo
Osorio un contrato en el cual acuerda y se obliga entregarle
seis comedias. El 19 de septiembre Miguel de Cervantes es
encarcelado en Castro del Río por haber embargado trigo de los
canónigos. Sale bajo fianza.
1593. Apenas se inicia este año se encuentra Miguel en Sevilla,
trabajando en sus comisiones. El 19 de octubre muere la madre de
Cervantes, Leonor Cortinas. En fecha no establecida se publica
en este año el romance Los celos, obra de la cual sintió
orgullo el escritor. El 4 de junio en una declaración se
reconoce como “persona estudiosa” y manifiesta ser autor de
autos. A petición de Miguel de Oviedo, el 7 de julio, inicia
varias comisiones, en los alrededores de Sevilla.
1594. Finalizan las comisiones andaluzas. Recibe carta de
comisión en Madrid, el 23 de agosto, “para cobrar ciertas
cantidades de las tercias y alcabalas en varios pueblos del
reino de Granada”. El 17 de noviembre en carta manuscrita
dirigida a Felipe II, acredita, Miguel de Cervantes, el dinero
cobrado en Baza, Guadix y otros lugares.
1595. El 7 de mayo de este año Miguel de Cervantes logra ser el
ganador de una justa poética organizada por los dominicos en
Zaragoza, con motivo de la canonización de San Jacinto. Señala
Jean Canavaggio al respecto: “No debe inferirse de este premio
que estuviera presente en las justas”. En mayo se encuentra en
Toledo.
1597. Este año, la prisión que vive Cervantes en Sevilla será
clave para la escritura del Quijote, en tanto que los
críticos señalan esta reclusión como la que le permitió no sólo
fraguar, sino empezar a escribir su obra decisiva. Sobre el
asunto de la cárcel en Sevilla escribe su biógrafo Canavaggio:
“El 6 de septiembre, a consecuencia de la bancarrota del
banquero sevillano Simón Freire de Lima, Francisco Suárez Gasco,
en cuyas manos había depositado Cervantes las sumas recaudadas,
obtiene una provisión real mandando que este vaya a la corte a
dar cuenta de cobros y fianzas. El licenciado Gaspar de Vallejo
recibe el encargo de notificar esta orden a Cervantes. Comete un
abuso de poder y lo hace encarcelar en la Cárcel Real de
Sevilla. El 1 de diciembre, se manda provisión real al dicho
Vallejo para que ponga en libertad el preso, bajo condición de
dar fianza a su satisfacción. Durante su estancia en la cárcel
solicita ir a Málaga, donde dice tener los papeles para
justificar sus cuentas.”
1598. Ya entrado el año de 1598 “se supone” que Miguel de
Cervantes se encuentra libre en Sevilla, “en vista de la
respuesta que da, el 31 de marzo, a la notificación de los
contadores”. El 12 de mayo, en Madrid, muere Ana Franca de
Rojas, la madre de su hija natural, Isabel de Saavedra. La
relación de Ana y Miguel tuvo lugar a principios de 1584. En
noviembre compone Miguel de Cervantes el Soneto al túmulo del
rey que se hizo en Sevilla debido al fallecimiento de Felipe
II.
1599. A principios del año aún se encuentra en Sevilla, donde
firma una carta de pago, el 10 de febrero. Un documento de este
año acredita que la hermana de Miguel, Magdalena, recoge a
Isabel de Saavedra.
1600. En una escritura con fecha del 2 de mayo, Miguel de
Cervantes se declara vecino de la ciudad de Sevilla. El 2 de
julio muere Rodrigo de Cervantes, hermano de Miguel, en Flandes,
en la batalla de las Dunas de Nieuport.
1601. En enero se encuentra en Esquivas donde participa como
compadre en el bautizo del hijo de un amigo.
1603. Señala Jean Canavaggio: “Complicaciones con el erario
público: se conserva un informe de los contadores (Valladolid,
24 de enero) acerca de lo que adeudaba Miguel de Cervantes”.
1604. “Se enfrían” las relaciones entre los escritores Miguel de
Cervantes y Lope de Vega. El enfrentamiento es radical. En carta
de Lope fechada el 4 de agosto se refiere a los poetas que en
esos días circulaban y alude a los que “hay en ciernes para el
año que viene” y agrega: “ninguno hay tan malo como Cervantes,
ni tan necio que alabe a Don Quijote”. Cervantes se ha
instalado con su familia en Valladolid, donde vive el rey, ante
al cual acude por razones de honor. El 26 de septiembre se le
otorga licencia y privilegio para poder imprimir El ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha.
El 20 de diciembre: tasa de Don Quijote de la Mancha.
1605. El 12 de abril de esta año, en la cuidad capital del
reino, Valladolid, Miguel de Cervantes otorga poder al librero
Francisco de Robles para imprimir y vender el Quijote en
los reinos de Portugal, Aragón, Valencia y Cataluña. El 27 de
julio Miguel de Cervantes, junto con su familia es testigo del
asesinato de don Gaspar de Ezpeleta, frente a su casa. Por
falsas acusaciones de una vecina las hermanas y su hija son
señaladas. El 20 de este mes, por orden del juez Villarroel, es
detenida la familia de los Cervantes. Fueron liberados en 1 de
julio. Lo cierto es que Ezpeleta era amante de Inés Hernández,
esposa del poderoso Melchor Galván y, por esta razón, el alcalde
Villarroel los cubrió, acusando del crimen, a los Cervantes.
1608. Ya para este año Miguel de Cervantes declara que vive en
Madrid, en el barrio de Atocha, detrás del Hospital Antón
Martín. Según los documentos que acredita Canavaggio, el 28 de
agosto, Isabel de Saavedra “hija legítima” de Miguel de
Cervantes, resulta ser viuda de Diego Sanz, fallecido en junio.
El 8 de septiembre se “se desposa en segundas nupcias” con Luis
de Molina. El matrimonio se celebrará el primero de marzo del
año siguiente, siendo padrinos Miguel y su mujer.
1609. Parece ser que a principios de este año Miguel de
Cervantes habitaba en una casa de la calle Duque de Alba, cerca
del Colegio Imperial de San Isidro. Según consta en una partida,
del 17 de abril, Miguel de Cervantes ingresa en la Congregación
de los Esclavos del Santísimo Sacramento. El 8 de junio Catalina
de Salazar y Andrea Cervantes reciben el hábito de la Orden
Tercera. El 9 de octubre muere Andrea de Cervantes “de
calenturas”.
1610. En junio de este año, señala Canavaggio “posible estancia
de Cervantes en Barcelona con motivo de la partida a Nápoles del
nuevo virrey, el Conde de Lemos, su protector, al que esperaba
acompañar”. Para el 27 de junio Catalina de Salazar “resulta”
vivir con su esposo Miguel de Cervantes, en una casa ubicada en
la calle León.
1611. El 28 de enero muere Magdalena de Cervantes, dejando
testamento. Parece ser que durante este año la pareja, Catalina
y Miguel, viven “una prolongada estancia” en Esquivas.
1612. Miguel de Cervantes coincide con Lope de Vega, el dos de
marzo, en la Academia del Conde de Saldaña. Cuando Lope va a
leer sus poemas le solicita a Cervantes le preste los anteojos.
En carta al Duque de Sessa Lope le comenta que dichos anteojos
parecían “huevos estrellados mal hechos”. Se dice, afirma
Canavaggio, que el 22 de abril fue enterrada Isabel Sanz de
Águila, nieta de Miguel e hija del primer matrimonio de Isabel
de Cervantes. Logra, el escritor, el 20 de noviembre, la
aprobación, por Salas Barbadillo, de las Novelas ejemplares.
El 22 del mismo mes se le concede licencia para poder imprimir y
vender las Novelas ejemplares.
1613. El 2 de julio, Cervantes, encontrándose en Alcalá, toma el
hábito en la venerable Orden Tercera de San Francisco. El 9 de
septiembre sede a favor de Francisco Robles el privilegio para
la impresión de las Novelas ejemplares.
1614. En julio de este año Miguel de Cervantes habita en una
casa ubicada en la calle de las Huertas, detrás del cementerio
de San Sebastián, donde “parece haberse mudado en abril de
1611”. En septiembre aparece el apócrifo libro el Segundo
tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
atribuido a Alonso Fernández de Avellaneda. El 18 de octubre le
es concedido el privilegio de imprimir y vender Viaje del
Parnaso.
1615. Señala Canavaggio que “El 25 de febrero, varios caballeros
del séquito del embajador de Francia, Brúlart de Sillery, que
habían ido a visitar el cardenal Bernardo de Sandoval y Rojas,
arzobispo de Toledo, testimonian la fama de que gozaban en su
tierra las obras de Cervantes”. El 30 de marzo se otorga
licencia a Miguel de Cervantes para poder imprimir y vender la
Segunda parte del Quijote. El 25 de julio se le concede
licencia para imprimir las Ocho comedias y entremeses.
1616. El dos de abril, Cervantes “profesa en la Orden Tercera de
San Francisco”. El 19 de abril redacta la dedicatoria al Conde
de Lemos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda. El 22
de abril muere Miguel de Cervantes, en Madrid, en una casa de la
calle León, “esquina a la de Francos, donde se había mudado
probablemente un año antes, una vez concluido el edificio. Es
enterrado el día siguiente en el convento vecino de las
Trinitarias Descalzas, calle de Cantarranas.” El 9 de septiembre
es aprobado el Persiles por el maestro Josef de
Valdivielso. El libro se publicará en los primeros días de enero
de 1617.
En el párrafo final del prólogo a Persiles y Sigismunda,
dedicado al lector amantísimo Miguel de Cervantes escribe
despidiéndose: “¡Adiós, gracias: adiós donaires; adiós,
regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros
prestos contentos en la otra vida”.
3.- Cervantes y El Quijote
Después de la Biblia el libro más editado en todas las
lenguas y épocas ha sido El Quijote de Miguel de
Cervantes. En el museo Franz Meyer de la Ciudad de México
existen más de 700 ediciones en distintas lenguas. Otras tantas
en Guanajuato, Madrid y Londres. La obra fue ofrecida al lector
en dos partes. La primera se conoció en Madrid en 1605, por la
imprenta de Juan de la Cuesta, aunque una mínima edición
apareció en Valladolid en 1604, donde residía el escritor. Según
algunos investigadores terminó don Miguel El ingenioso
Hidalgo don Quijote de la Mancha en Valladolid -allí
escribió el exquisito Coloquio de los perros-. Valladolid
era la capital de la Monarquía española y por ello Cervantes se
trasladó a esa ciudad para tratar de lograr alguna recompensa,
apoyo o un trabajo digno gracias a los méritos por los servicios
prestados como soldado, particularmente, en la batalla de
Lepanto, siendo un joven de 24 años. Pese a sus relaciones,
ciertamente escasas, no logró el apoyo del rey valladolitano
Felipe II. En el documento más importante que dirigió al monarca
le solicitaba que podía ocupar una de cuatro vacantes en las
colonias recién conquistadas: El Soconusco, ( hoy Chiapas,
México), Cartagena de Indias, Santafé de Bogotá (hoy Colombia) o
La Paz (hoy Bolivia). No logró nada. Dada la negativa para
obtener un trabajo digno por los servicios prestados a su patria
y encontrándose editada la Primera parte de su Quijote
decidió trasladarse a Madrid. Allí vivían dos maestros de la
pluma literaria: Lope de Vega y Quevedo; eran vecinos los tres
genios pero el trato tirante y poco amistoso no lograba mayor
reconocimiento al nuevo residente. Cervantes gracias a que no
era hombre de la corte pasaba sus días leyendo y buscando como
aunar maravedíes para el sustento de su familia. Vivió con
francas limitaciones económicas, trabajó como recaudador de
impuestos, viaja por Andalucía para acopiar alimentos para la
Armada, empleos que le facilitó conocer el sur de España,
padeció momentos de penuria y la cárcel en Árgel, donde
permaneció cinco años y medio, entre otras reclusiones, siempre
injustas, pero asumidas con dignidad y sobre todo decisivas para
comprender la difícil y crítica época que le tocó trasegar; así
como su muy singular destino, que supo asumir sabiamente, con
una irrenunciable paciencia, que en los prólogos no deja de
invocar. Fue un viajero incansable. Su mejor época la vivó en
Italia, llega en 1569 y vive hasta fines de 1575. Anduvo por
Florencia, Roma, Nápoles, Sicilia: Palermo, Mesina; Loreto,
Ancona, Venecia. La experiencia mediterránea seré decisiva para
su formación intelectual, comprensión de su destino y de las
ideas de libertad y justicia. Aparte, obvio, de su experiencia
militar. Cuando regresa él es otro y también España. La
Ilustre fregona, recuerda Julián Marías, contiene un párrafo
que hace pensar en aquel viajero incansable que fue Cervantes:
“Trece años, o poco más, tendría Carriazo cuando, llevado de una
inclinación picaresca, sin forzarle a ello algún mal tratamiento
que sus padres le hiciesen, sólo por su gusto y antojo, se
desgarró, como dicen los muchachos, de casa de sus padres, y se
fue por ese mundo adelante, tan contento de la vida libre, que
en la mitad de las incomodidades y miserias que trae consigo, no
hecha menos la abundancia de la casa de su padre; ni el andar a
pie le cansaba, ni el frío le ofendía, ni el calor le enfadaba.
Para él todos los tiempos del año le eran dulce y templada
primavera; también dormía en parvas como en colchones; con tanto
gusto se soterraba en un pajar de un mesón como si se acostara
entre dos sábanas de Holanda…”. Para este filósofo ortegiano
Cervantes se ha “saturado de realidad viva y fresca” y ha vivido
de una “manera excepcional, incomparable con la mayoría de los
escritores” (104). Por ello en los últimos años será un
“escritor irremediablemente” y apunta algo que es importante
destacar: “No es que se ponga a escribir; es un hombre
(Cervantes) que ha vivido y todo se le convierte en literatura”
(:104).
La amistad de Lope y Cervantes se rompió en los años inmediatos
a la publicación de El peregrino en su patria y sucedió
en tierras andaluzas, donde vivía Cervantes y había llegado
Lope, en diferentes viajes a Granada y Antequera y, en especial,
sus espaciadas estancias en Sevilla “donde había conseguido
grandes amigos y admiradores, aunque también enemigos que no
dejaron de pincharle con poesías satíricas una y otra vez” (:93)
cuenta Emilio Orozco Díaz en Cervantes y la novela del
Barroco. Mientras Lope lograba establecer relaciones con
señores andaluces, poetas destacados y poetas poderosos
económicamente, como Juan de Arguijo, de quien buscaba “su
elogio y protección” Cervantes asumía una vida marginal, “más
modesta y escondida –algún tiempo en la triste incomodidad de la
cárcel- estaba escribiendo el Quijote”(:94). En
medio del largo silencio editorial de Cervantes, no en el
abandono de la escritura, Lope había llegado a Andalucía “para
enseñorearse en ella no sólo como autor teatral, sino, en
general, como poeta y escritor” (:94). En esos años, último
decenio del siglo XVl, Andalucía era el centro de la actividad
poética, y vivían allí Cervantes y Góngora. “Por eso, comenta
Orozco Díaz, el Fénix buscaba triunfar o imponerse entre los
doctos con su obra lírica y, más aún, con el poema épico y la
prosa narrativa. Así publica uno tras otro una serie de libros
con alarde de potente escritor fecundo, y como verdadero reto a
esos dos poetas que –aunque entonces con reducida obra- siente
el madrileño como poderosos rivales: a Cervantes y a Góngora”
(:95).
De repente aparece editada en 1510 la Segunda parte de El
Quijote firmada por un tal Avellaneda. Las investigaciones
más recientes señalan que este escribió la supuesta Segunda
parte con el apoyo de Lope de Vega e incluso se ha llegado a
señalar su posible iniciativa. El hecho es que diez años después
de editada la Primera parte del Quijote, Cervantes da a
conocer la verdadera y auténtica Segunda parte, en 1515.
El impostor hizo posible no una simple respuesta y repudio a la
fragante tergiversación de los personajes sino la escritura de
una Segunda parte donde los personajes centrales, el Quijote y
Sancho Panza, hablan de ellos mismos, es decir, estos personajes
comentan, entre otros asuntos, la edición de la Primera parte y
de la fama que ha adquirido su autor. Así la Segunda parte logra
con singular agudeza desarrollar, en este sentido, lo que hoy
llamamos crítica literaria dentro de la novela, asunto tratado,
no olvidemos, en la Primera parte. Sólo que en este caso el
impostor agudizó la muy fina sátira y socarronería del fundador
de la novela moderna. Más que reducir su crítica a desacreditar
a Avellaneda o a mofarse de sus errores, Cervantes da curso al
ingenio para hacer de su obra algo magistral. El escritor y sus
personajes de la Primera parte aparecen en la Segunda como
referentes de estos personajes de ficción. Ficción dentro de la
ficción Lo mismo hace su contemporáneo, el pintor Velásquez, al
componer las Meninas. Y también lo hace Cervantes en el teatro.
Teatro dentro del teatro.
Las ediciones se repitieron e incluso Cervantes supo de
traducciones antes de morir un año después de aparecer la
Segunda parte (1516). Fueron pocos los reconocimientos
inmediatos, aunque las ediciones crecieron y, obvio, los
lectores. La envidia, los celos y otras alimañas pretendieron
desconocerlo e incluso descalificarlo.
El escritor nacido en Alcalá de Henares (1547), cerca de Madrid,
se había iniciado como poeta. Incursionó en el teatro pero la
presencia de Lope de Vega no le fue favorable. Hoy son
representadas, en muchos países, con éxito. Las Novelas
Ejemplares lograron buenos comentarios y son consideradas
por la crítica moderna como obras de primer orden. Joaquín
Casalduero en su fecundo trabajo sobre el Sentido y forma del
teatro de Cervantes, sostiene: “Sin La casa de los celos
habríamos perdido su visión poética del mundo épico
caballeresco. En las novelas ejemplares hay un glorioso desfile
de mujeres nobles, la figura masculina con su cortesía, con su
cultura, su nobleza y su valor muestra el anhelo del hombre por
merecer y alcanzar el ideal, pero donde se construye el pedestal
de admiración al héroe histórico español es en El gallardo,
Los tratos y Los baños. Sólo en la Numancia
encontramos a Cervantes tratando un tema antiguo y escribiendo
quizá la mejor tragedia española. Compite con los autores
antiguos en la nota patética que expresan la madre y los hijos.
La sublimidad de la virtud adquiere su forma más bella. Y si en
La señora Cornelia o el Persiles vemos la angustia
y la alegría de la primera maternidad, es el en teatro donde
sentimos la tragedia de la madre y del padre. Como en las
novelas ejemplares o en el Persiles, nos hace penetrar en su
teatro en el mundo novelesco italiano y social español. . Acaso
sea sea en su última novela donde espíritu y sociedad, templos,
islas, la Iglesia y la Comedia se presentan en un acorde más
amplio, abarcador y majestuoso, más lleno de contrastes, de
aciertos rítmicos y de color; pero el pecado y el
arrepentimiento, la variedad el hombre reciben su forma más
compacta en El rufián dichoso y Pedro de Urdamelas”
(26,27).
Él creía mucho en la Galatea. Los años fecundos le
llegaron y fueron propicios al final de su vida. El Viaje del
Parnaso es un conjunto de poemas que, particularmente, en el
siglo XX, la Generación del 27, lo reconoció como una
obra valiosa pese a que él no llegó a sentirse un poeta visitado
por las musas, como lo advierte, humildemente, en varios
momentos de su obra narrativa y poética. Apenas ahora se le lee
más allá de las pesquisas de los poetas, lugares y personajes
nombrados aquí y allá. El Viaje del Parnaso contiene
momentos muy significativos sobre la visión del mundo que, en
los últimos años, fraguo Miguel de Cervantes. En otro momento
los comentaremos.
Muchos son los aspectos que la crítica Europea e
hispanoamericana han tratado en por lo menos dos siglos de
manera especial en torno al Quijote. Obviamente existe
una historia de la crítica literaria -y otras- en torno a la
obra de Miguel de Cervantes. Surge la pregunta: ¿Por qué?
Podemos condensar la respuesta en dos aspectos: Es el fundador
de la novela moderna en tanto que toca, trata todo lo propio de
la vida humana y las técnicas a las que recurre: unas las toma
de la tradición, renovándolas, en especial de las narraciones
conocidas como de caballerías e introduce nuevas formas,
empezando por los anti-prólogos, y llegando a lo que hoy
conocemos como historia de la literatura, crítica literaria y
teoría poética dentro de la novela, además de manejar varios
tipos de narradores que desorientó a los lectores del momento.
Carlos Fuentes precisa así el aporte cervantino: “Cervantes
inaugura la novela moderna con el Quijote porque incluye
y mezcla todos los géneros establecidos y reivindica el poder de
la imaginación, de los sueños, el de los fracasos. Es la gran
afirmación del yo, de la individualidad como manera de afrontar
las adversidades y las incertidumbres. Frente a la intolerancia
y los dogmatismos, Cervantes arroja la duda. El Quijote habla de
modo épico. Sancho habla de manera picaresca. Eso revoluciona la
novela e inaugura la modernidad narrativa” sostuvo en la
conferencia William Faulkner, un Quijote trágico, leída
en la Biblioteca Nacional de Madrid, el 18 de abril de 2005.
Carlos Fuentes el discurso de aceptación del doctorado honoris
causa de la Universidad de Castilla-La Mancha, el pasado 20 de
abril de 2005, lo intitulado Elogio de la incertidumbre y
plantea, precisamente allí, que “la imaginación cervantina pasa
por el fino cedazo de la incertidumbre, palabra rectora de todo
el universo del Quijote. Incierto es el escenario de la
novela…Incierto es el género de la obra, toda vez que Cervantes
está inaugurando la novela moderna como género de género o, como
propone Claudio Guillén, diálogo de géneros…Al pasar del
género establecido o canónico al dinámico diálogo de géneros,
Cervantes introduce también la incertidumbre autoral…
incertidumbre no sólo autoral, sino nominal… ¿Y adónde conduce
la incertidumbre del Quijote? A la realidad del libro. Y
al corazón de la realidad” (: 10-11).
Esta tesis Fuentes la sustenta a lo largo de su Discurso y será
necesario, en otro momento, reflexionar sobre ella, sin dejar de
considerar que es un aporte al análisis del Quijote,
aunque no el primero en señalar tales relaciones, ya desde
Mayans en 1737, se indica el asunto.
Detengámonos, antes de tratar el tema, unos renglones, en el
anti-prólogo. Varios analistas coinciden en llamarlo así. En el
llamado prólogo de la Primera parte del Quijote, el
tercer párrafo se inicia así:
“Sólo quisiera dártela monda y desnuda (la obra), sin el ornato
de prólogo, ni de la innumerabilidad y catálogo de los
acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de
los libros suelen ponerse”. Aquí ya está planteada una crítica
al solicitado elogio, muchas veces desmesurado, tan socorrido
por los escritores desde muchos años atrás. A renglón seguido
escribe: “Porque te sé decir que, aunque me costó algún trabajo
componerla, ninguno tuve por mayor que esta prefación que vas
leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la
dejé, por no saber lo que escribiría; y estando una suspenso,
con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete
y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora
un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan
imaginativo, me preguntó la causa, y, no encubriéndosela yo, le
dije que pensaba en el prólogo que había de hacer a la historia
de don Quijote, y que me tenía de suerte que ni quería hacerle,
ni menos sacar a la luz [sin él] las hazañas de tan noble
caballero.” Es necesario advertir que el prólogo lo novelisa al
introducir un personaje con el cual desarrolla un decisivo
diálogo. No le fue fácil concebir el anti-prologo, vale decir,
es el resultado de meditaciones, de largas cavilaciones para
salirse de la norma imperante. Pero es aún más contundente en su
crítica cuando al referirse a su obra pone en cuestión la
tradición erudita, grandilocuente, enfrascada en una serie de
formas retóricas caducas ya, que el escritor se ve precisado a
poner en el filo de la crítica. Leamos: “-Porque ¿cómo queréis
vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador
que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha
que duermo en el silencio del olvido, salga ahora, con todos mis
años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de
invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda
erudición y doctrina, sin acotaciones en las márgenes y sin
anotaciones en el filo del libro, como veo que están otros
libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de
sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de
filósofos, que admiran a los leyentes, y tienen a sus autores
por hombres leídos, eruditos y elocuentes? ¡Pues qué, cuando
citan la Divina Escritura! No dirán que son unos santos Tomases
y otros doctores de la iglesia; guardando en esto un decoro tan
ingenioso, que en un renglón han pintado un enamorado distraído
y en otro hacen un sermoncillo cristiano, que es un contento y
un regalo oílle o leelle. De todo esto ha de carecer mi libro,
porque ni tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el
fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al
principio, como hacen todos, por las letras del abecé,
comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y el Zolio y
Zeuxis aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro.”
Reconoce que lleva varios años sin publicar. Con la socarronería
que le era propia a don Miguel dice que aparece con una leyenda
seca como un esparto en tanto se aleja de la fabulación propia
de los escritores que lo anteceden; y vaya juego: señala su
estilo como algo menguado y, ciertamente, deja atrás la
repetición episódica idealizante y sobre todo se aleja de las
aclamadas teorizaciones teológicas, de las escalofriantes listas
de aparente erudición, de los doctrinarios y moralistas en boga.
Veamos el asunto.
Lope de Vega se había propuesto realizar una obra “que
comprendiese todo lo que la literatura narrativa había ofrecido
hasta entonces, haciendo un verdadero alarde de acumulación e
invención novelesca y poética, y de erudición profana y sagrada,
en una forma y extremosidad como en el género no se había
realizado” (E.O.D.:96).
La autoridad intelectual se respaldaba en el poder evocador de
normas y preceptos, ideas y conceptos de fuerte contenido
teológico y moralizante. Además de su presentación exterior.
Es importante destacar la presuntuosidad y desafío que Lope
intenta por medio del amplio emblema o jeroglífico que ilustra
la portada del Peregrino, para entender la respuesta
crítica de Cervantes. “Lo más expresivo y locuaz, anota Orozco
Díaz, de esos jeroglíficos lo constituyen las leyendas que
aparecen en los pedestales que sustentan a un lado y otro las
figuras de la Envidia y del Peregrino: Separado por ambos
pedestales luce en su gran tamaño el escudo de los Carpio con
sus diecinueve torres… en el pedestal de la figura de la Envidia
se lee Velis nolis indivia; y en el del peregrino se lee
Aut unicus aut peregrinus” (Idem.:98). Para la lectura
completa del jeroglífico Orozco Díaz cita a su analista original
del siglo XlX, Hartzenbusch, quien, explica: “Entre la leyenda
de los dos pedestales falta un nombre y pronombre; pero están
suplidos por el escudo de Lope de Vega, que equivale a las
palabras Lupus est o Ego sum; de manera que todo junto
debe querer decir: Envidia, quieras o no quieras Lope es
(o yo soy) o único o muy raro)” (Idem. :98). Y se apoya,
Orozco Díaz en un esclarecedor párrafo de Avalle-Arce que dice:
“Harto difícil se presentaba para la envidia el morder en obra
tan bien blindada, por los elogios ajenos, la defensa propia y
los textos sacros que la encierran de principio a fin. Y además,
los autos sacramentales, las numerosas poesías religiosas, las
continúas alusiones al culto mariano y los viajes a algunos de
los más célebres sagrarios peninsulares, tales como Montserrat,
el Pinar, o Guadalupe. La obra se presenta así -concluye el
crítico- como un monolito blindado en su diseño exterior, y
también en su designio interior” (:98). Riley en su
Introducción al “Quijote” confirma este planteamiento al
señalar que se trata de “un gran alarde gratuito de erudición,
la mayor parte de ella extraída de manuales y antologías,
algunos ahora identificados” (:44).
Cervantes marca su distancia con Lope, también, en el prólogo,
en la manera de presentar al Desocupado lector su obra.
En el diálogo con el narrador secundario, éste le comenta
respecto a la los versos solicitados a otros para prestigiar el
libro: “Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas y
elogios que os faltan para el principio, y que sean de personas
graves y de título, se puede remediar en que vos mesmo toméis
algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner
el nombre que quisiéredes, ahijándolos al Preste Juan de las
Indias o al Emperador de Trapisonda…” El prólogo en buena medida
busca dejar sin piso literario la propuesta, tradicional y en
especial, la de Lope de Vega. Cervantes rechaza la mezcla de lo
divino y lo profano, recurso de Mateo Alemán en el Guzmán de
Alfaraqche y de Lope en el Peregrino.
Miguel de Cervantes se distancia de la manera de escribir de sus
contemporáneos. Ya no le parece necesario someter la invención a
las disquisiciones teóricas y formulas autorales. Nuestro “raro
inventor” -así se autodefine- no se declara seguidor de nadie
pues dice no saber “qué autores sigo en él”. Sutil ironía
deslindante.
Cervantes coincide con ellos, comenta Orozco Díaz, en la medida
que parten de una estética y compleja estructura manierista y se
apoyan en “la utilización de un variado material literario,
novelesco y poético, que se intercalaba o enlazaba con la
narración principal, si bien Cervantes con mayor preocupación
compositiva, distribuyendo en cuatro partes la obra con diestra
técnica de cortes y enlaces, esos elementos que se engarzaban
sutilmente y a veces fluían o confluían en el relato principal
de las aventuras del caballero con más arte y sabiduría para
componer y a la vez con más naturalidad, anunciando a veces el
sentido narrativo plenamente integrador de la estructura barroca
que libre y conscientemente se impone en el Quijote de
1615” (:102).
Lo cierto es que establece una relación diferente con el
presente y el pasado cultural, específicamente literario.
Afirmar que no sabe que autores sigue en el Quijote es
enfrentar la tradición y al mismo tiempo establecer un diálogo
nuevo con ella. Riley precisa el aporte global del anti-prologo
de Cervantes cuando indica que “transforma la crítica en
creación y, aquí como en tantos otros lugares, lleva la atención
al acto de la composición de su obra” (:48).
Consideremos la primera frase del prólogo a la Primera parte
para acercarnos a su verdadera y explicita intención:
“Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera
que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más
hermoso, el más gallardo y el más discreto que pudiera
imaginarse”. No se trataba de jurar nada pues la apuesta iba más
allá de una promesa hecha a alguien o a si mismo. Cervantes no
pretendía partir de una certeza religiosa, un deseo sedante o de
simplemente seducir al incauto lector, aunque siempre estuvo
presto a conquistarlo, con nuevas formulas, incluso novedosas
como la de Desocupado lector. Heinz-Peter Endress en su
Análisis del prólogo a la primera parte del Quijote en el
contexto global de la obra, apunta con precisión, sobre el
mismo: “La libertad del lector cervantino, en cambio, se
caracteriza por ser ilimitada, por su autonomía, su
independencia y hasta su soberanía absoluta. Esto se pone de
manifiesto en la sugerente metáfora del lector como un “señor” o
un “rey” cuando escribe, dirigiéndose al lector: “(…), y estás
en tu casa, donde eres señor della, como el rey de sus
alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que, debajo de mi
manto, al rey mato” (: 159). Para este crítico el procedimiento
del prólogo “pone al lector a tono con el nuevo modo narrativo y
la nueva tonalidad y a la vez despierta visiblemente sus
expectativas y su interés por todo lo restante” (:162).
Muchas vueltas debió darle en su cabeza la idea de cómo empezar
el anti-prólogo, aunque lo llame prólogo. Dice que el libro es
hijo del entendimiento, es decir, del pensamiento que durante
años se ha ocupado en concebir una obra diferente a todas las
que lo anteceden. El libro como hijo es una metáfora, acota el
filólogo español Francisco Rico, presente ya en Ovidio, pero que
Cervantes modifica con la inmediata mención del ingenio,
término éste en estrecha relación con la retórica clásica. Y con
discreta bondad indica que “quisiera” que el Quijote
fuera el más hermoso, gallardo y discreto que se pudiera
imaginar. En apariencia, para su época, no deja de ser un
piadoso deseo de un escritor medianamente conocido y en franca y
mutua actitud hostil con algunos de los “jerarcas” literarios de
esos días en una España erigida en Monarquía. El concepto de
belleza tiene que ver con la nueva idea de la misma que
desarrolla Cervantes a lo largo de su obra. El sustantivo
gallardo significa gracia, esfuerzo, ánimo, valor. Las cuatro
significaciones son válidas, cada una en su acepción y en el
conjunto. Y, finalmente, se trata de un libro que busca ser el
más “discreto que pudiera imaginarse”. Aquí la palabra
discreción crece de manera absoluta y cobra dimensiones que
sólo el lector atento del Quijote podrá apreciar. La
discreción la podemos encontrar en el tratamiento a ciertos
episodios -este sólo aspecto es largo de abordar-, en la
combinación audaz y aún enigmática para algunos de las
relaciones entre locura y razón; en este aspecto son tales las
formas como aparece la delicadeza y prudencia en la narrativa
cervantina que todavía invita a la reflexión crítica y
analítica. La agudeza del escritor se observa en el manejo de
los lenguajes, los giros, los acentos sintácticos y sobre todo
en las sutilezas semánticas; en las mutaciones de los
personajes. Incluso sólo la sabiduría de este escritor pudo
reservar la lectura e interpretación de ciertos pasajes para
muchos años después, como efectivamente ha sucedido si revisamos
la historia de la crítica sobre su obra. Pero la discreción a la
que alude, en sentido inmediato, a quien no ha leído el libro,
es que el autor en una persona recatada. Según Francisco Rico
discreto no alude a reservado o circunspecto en el sentido
hoy más corriente, sino el de sensato, inteligente, agudo. Los
tres adjetivos, hermoso, gallado y discreto son exactos y
significan más de lo que podríamos imaginar a simple vista. El
escritor sabía exactamente lo que decía, más allá de la falsa
modestia o simple autoreconocimiento. Debía, así lo hizo, dejar
cifradas las claves de su aporte.
A continuación anota Cervantes: “Pero no he podido yo
contravenir al orden de naturaleza; que en ella cada cosa
engendra su semejante. Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y
mal cultivado ingenio mío sino la historia de un hijo seco,
avellanado, antojadizo, y lleno de pensamientos varios y nunca
imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una
cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo
triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible,
la amabilidad de los campos, la serenidad de los cielos, el
murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu, son grande
parte para que las musas más estériles se muestren fecundas y
ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y de
contento”. Parte evidentemente del principio aristotélico de la
semejanza, de la imitación en tanto que el arte no es más que
una imitación de la naturaleza y con prudencia irónica indica
que no esta a la altura de dicha demanda. Y es mayor la sutileza
cuando habla de la esterilidad creativa, refiriéndose
seguramente a la poca obra publicada hasta entonces. El sutil
“mal cultivado ingenio” no alude a su condición de autodidacta
-no posee títulos universitarios, no es bachiller, de aquellos
que salen de Salamanca, de los cuales se ríe una y otra vez.
Tampoco se trata de la socorrida falsa modestia. Es una de sus
finas ironías que le permiten tomar distancia y marcar la
diferencia con la arrogancia y pedanterías de esos días.
Don Quijote es un personaje de “pensamientos varios y nunca
imaginados de otro alguno”.Efectivamente el Quijote es poseedor
de varias y diversas maneras de ser y pensar, de soñar y
alucinar: de vivir. No se trata del pensamiento coherente y
constante propio de los sabios o científicos. Nadie, antes que
Cervantes, concibió un personaje, por ejemplo, que sufriera un
sin fin de derrotas, cuando lo recurrente en la narrativa era
que los caballeros andantes, en sus aventuras, lograran ser unos
héroes en tal o cual sentido. Nace pues el Caballero de la
Triste Figura. Y ese personaje nació en una cárcel donde la
soledad y el silencio arropan la imaginación, por decir lo
menos. Pero será la libertad vital y literaria, la justicia y la
belleza las que fraguarán el sentido profundo de la obra y ese
será el espacio por excelencia de su diálogo con las musas.
Y para salirse otra vez de la norma, más adelante, aclara que
“no quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte casi con
las lágrimas en los ojos, como hacen otros, lector carísimo, que
perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres...
puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin
temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que
dijeres della”. Implacable postura crítica que se aleja de la
adulación o el improperio, tan propios de aquellos tiempos. Uno
de los más finos tejidos de la obra cervantina es la crítica y
con la seguridad y valor que demanda tal empresa no podía el
escritor dejar de llamar al lector a esgrimir sus diferencias
ante la obra que le ofrece. El reto es original y decisivo.
4.- El prólogo como género literario
El prólogo nace en Grecia, se consolida en Roma y en las
literaturas europeas medievales llega a convertirse en una
tradición. En la Edad Media va cobrando importancia, sobre todo
en el siglo XV. En el Renacimiento se encuentra el prólogo bien
acreditado y por lo tanto se escriben prólogos perentorios. Como
bien lo ha estudiado Alberto Porqueras Mayo, va ser en España
durante el Manierismo “donde despliega toda la potencialidad de
sus posibilidades, al funcionar, como bella maniera…”
(:47). La tradición retórica había establecido para el exordio
la recomendación de traer sentencias y ejemplos. Horacio, en la
epístola XX, ahíja el libro. Para Cicerón una de los principios
estéticos fue el ornato, así como para el teatro romano, en
especial en las obras Terencio. Será el Manierismo el momento
adecuado, favorable, gracias a que “El manierista quiere
sorprender, deslumbrar por la extrañeza, hacer malabarismos con
la paradoja” (:43). El prólogo será un auténtico ornato
artístico. De este planteamiento se desprende, necesariamente,
la “sorprendente y ornamental adjetivación que acompaña al
sustantivo lector, y que se formen extrañas combinaciones
con esta palabra como conjuntos sustitutivos del título de
prólogo” (:43). El prólogo creara una verdadera atmósfera de
ficcionalidad en tanto se interpone entre el lector y la obra y
de esta manera se establece un diálogo entre el autor y el
lector que abordará el libro.
Alberto Porqueras Mayo clasifica los diversos tipos de prólogo
por las características del estilo y en cuanto al contenido,
diferencia cuatro tipos: presentativos, preceptivos, doctrinales
y afectivos. Ha definido el prólogo así: “Prólogo es el vehículo
expresivo con características propias, capaz de llenar las
necesidades de la función introductiva. Establece un contacto
que a veces puede ser implícito con el futuro lector u oyente de
la obra, del estilo de la cual a menudo se contamina en el
supuesto de que el prologuista y el autor del libro sean una
misma persona. En muchas ocasiones puede llegar a ser, como
ocurre frecuentemente en nuestro Siglo de Oro, un verdadero
género literario” (:39). El mismo ensayista que citamos ha
llegado, después de prolongados estudios y varias publicaciones,
a las siguientes conclusiones: “El prólogo aparece como un
instrumento dramático que nos introduce en el conocimiento de
los personajes. El prólogo teatral es sin embargo, algo añadido
y extenso que puede faltar. El exordio oratorio es una parte
importante del discurso. Su presencia es imprescindible. Nace
con el discurso y no como el prólogo teatral que nace, o puede
nacer, independientemente de la pieza. Su conexión con el resto
del discurso es evidente y participa de abundantes
características del estilo de éste. Prólogo y exordio, sin
embargo, se fusionaran en la práctica, englobados por la función
introductiva que se amplia a todas las zonas de la expresividad
humana. En la Retórica, de Aristóteles, ya se observan
fusiones y sinonimias” (:39).
A la llamada función introductiva se le ha designado con otros
términos sinónimos al de prólogo tales como proemio, prefacio,
exordio, preámbulo, introducción, preliminar, prolegómeno,
preludio, presentación, obertura, introito. Helena Beristáin nos
recuerda en su Diccionario de Retórica y Poética que el
exordio en la antigüedad “es un canto que precede a la epopeya (proemio)
y, asimismo, es la primera parte del discurso oratorio que
también se llama principio” (: 203). Hacen parte de la
función introductiva las arengas propias de la diplomacia
medieval, así como las dedicatorias y aprobaciones,
que en términos de Génette se les denomina elementos
paratextuales.
Al prólogo se le puede considerar dos maneras de ser literarias.
En general sabemos que juega el papel de una presentación a un
texto que se va a leer o escuchar y al mismo tiempo, observa
Porqueras Mayo, “va modelándose como una unidad propia, en un
mundo artístico completo, capaz de ser, después, aislado del
libro” (:40). El género prólogo posee sus particulares
paradojas. Es necesario advertir que la designada
introducción a un determinado libro se escribe con
posterioridad a la redacción del mismo libro. Porqueras Mayo
considera que el prólogo va naciendo paralelamente a la
gestación de la obra literaria y para argumentar este
planteamiento entiende que la génesis de la mayoría de los
prólogos es paralela a la escritura del libro. Posiblemente en
el curso de la redacción de la ficción el escritor este pensando
–a veces subconscientemente- en el prólogo “donde justificará o
explicará las innovaciones o particulares heterodoxias que
surgen, irrestañables, de su pluma. El prólogo es el vehículo
reservado para la explicación racional de la obra una vez
escrita, vehículo con un contacto directo y vivo con el público”
(:41). Y en sentido amplio, debemos considerar, apoyados en
Beristáin, que el prologuista puede ofrecer diferentes momentos
de la estrategia discursiva para lograr la “inclinación de los
receptores”: despertar su atención para vencer el tedio derivado
de un presunto tema intrascendente, o enfrentar el fastidio
propio del desinterés, o la falta de disposición psíquica del
público o su real cansancio. Para lograrlo el prologuista acude
con “términos efectivos” a señalar la importancia del asunto, su
novedad, el asombro o la emoción que la obra produce y, por
supuesto, el superior valor respecto del discurso contrario.
Varios son los recursos para lograrlo, acudiendo a la
hipérbole, la comparación, la prosopopeya, el apóstrofe, los
exempla o la enumeración de los asuntos que se van a tratar
en el texto a leer o a través de la apelación a la benevolencia
del juez o del público, lo que implica la ponderación del elogio
propio –sin arrogancia, con modestia- y del público y los
jueces, y del vitupero de la parte contraria. (:203).
Porqueras Mayo destaca la permeabilidad como una
característica peculiar del género prólogo en tanto que esta es
motivada “por su proximidad física y mental” y contribuye a “a
dar personalidad” estilística a diversos grupos de prólogos, sin
olvidar que los prólogos doctrinales de los libros de mística y
los prólogos del teatro o libros de poesía con frecuencia poseen
tales características.
Particularmente en la Edad de Oro “el prólogo es el sucedáneo
del género del ensayo”, apenas incipiente en ese momento, en el
que los escritores eran proclives al recurso de epístolas,
misceláneas, tratados para “indagaciones personales y
experimentales”. Estos prólogos en la medida que desarrollan un
tema afín, aunque con cierta autonomía, insista o resuma con
coherencia lo expuesto en el libro “se constituye en un
verdadero ensayo independiente” (:41).
Valga insistir que el prólogo durante el Manierismo, gracias al
dinamismo que éste despliega deja conocer “toda su potencialidad
insospechada”, con un acento muy especial en lo que respecta a
los escritores españoles. Sostiene nuestro ensayista de manera
contundente que: “ningún período ni ninguna literatura cuentan
con tan importantes prólogos como España durante el Manierismo”
(:43). Para sustentar su planteamiento indica algunos de los
procedimientos manieristas en los prólogos redactados por
escritores españoles durante la primera mitad del siglo XVll. En
primer término privilegia el recurso de los personajes-prólogo,
con la necesaria aclaración de que “el prólogo manierista no
siempre inventa un procedimiento, sino que lo maneja
con una intención y profusión antes desconocidas” (:43) dado que
por entonces Terencio en el teatro romano acude a este recurso.
Lo que singulariza su uso es que ya, además del teatro, se
emplea en un género tan manierista como la novela picaresca, y
asimismo, la técnica autobiográfica “es provocada literaria y
artificialmente, según dictados del estilo manierista” (:43).
Veamos algunos ejemplos ilustrativos del personaje-prólogo en la
novela picaresca española. En el tercer prólogo a La pícara
Justina (1605) del médico toledano Francisco López de Úbeda,
denominado Introducción general para todos los tomos y libros
escritos de mano de Justina intitulada la melindrosa escribana,
abundan las personificaciones propias del gusto manierista tales
como pluma, libro, papel, culebrilla…Dos ejemplos
destacan en los que el personaje sale del libro para dirigirse
al lector: El donado hablador de Jerónimo de Alcalá y el
Al Lector de Estebadillo González. Diferente de la
picaresca es notable el pastor que escribe el
prólogo a Pastores de Belén de Lope de Vega. Varios
prólogos a un mismo libro proceden de la Edad Media y el
Renacimiento y su propósito obedece a una “tónica presentativa”.
Ya en el manierismo la decisión de escribir varios prólogos a
una misma obra, como es el caso de La pícara Justina,
tres, se ejecutan “con el afán dinámico de romper, hasta cierto
punto, la unidad orgánica de la obra y destacar el juego
ficcional del mundo literario en el que participará el lector”
(: 44). Se crea así una “distancia mental” con el lector, además
de ganarlo con “sorpresa extravagante” dados lo diferentes
prólogos. La variedad de prólogos tiene como punto de partida el
manierismo; es el caso de Guzmán de Alfarache de Mateo
Alemán, para el cual escribe dos prólogos, uno al vulgo y
otro al discreto lector. Los prólogos dispuestos por
Mateo Alemán serán favorecidos por otros escritores manieristas.
Lo que realmente logra este tipo de prólogos dedicados al vulgo
es que rompen “con las leyes clásicas de la captatio
venevolentiae, aunque vaya hacia un lector más específico
como es el lector discreto. La propuesta prologal de
Mateo Alemán va ser retomada por otros escritores manieristas:
Agustín de Rojas en Viaje entretenido y en El buen
Repúblico, y por Fernández de Ribera en Asinaria.
Retomando la tradición clásica de emplear en el exordio
sentencias y ejemplos se logra, en los prólogos manieristas, más
que exponer la doctrina y captar la atención del oyente, se
logra, ahora, “presentar algo excepcional, insólito, inesperado,
que actúa, de repente, con fuerza arrolladora” (:44). Para este
caso nuestro tratadista recurre al comentario de algunos
prólogos de Miguel de Cervantes. El más importante es el escrito
para el Quijote l, en el cual aparece de repente un
amigo, en el recinto donde trabaja Cervantes el prólogo.
Cervantes nos entera de la dificultad para escribir su prólogo
y, al mismo tiempo, da cuanta de cómo escribe un prólogo, es
decir, se dibuja escribiendo, así como ciertos pintores de la
época se pintan pintando, es el caso del célebre Velásquez. En
el prólogo a las Novelas Ejemplares introduce un retrato
físico de si mismo. Y en el prólogo a el Persiles, último
que escribió, nos cuenta que el estudiante que se une al grupo
de jinetes, en el que se encuentra el escritor Cervantes, este y
el recién llegado, dialogan sobre quién es Miguel de Cervantes y
así logra el escritor, afirma Porqueras, provocar “un
desplazamiento temático en el prólogo, que desde entonces
permanece siempre motivado por esta nueva tensión
inesperada…(y así) se consigue subrayar la ilusión de
ficcionalidad del juego literario, tan típica del Manierismo.”
(:45).
En lo que respecta a ahijar el libro por parte de autor, de
raíz horaciana, procedimiento rico e intenso en el manierismo,
“como nunca se ha dado”, debe señalarse, además del citado
prólogo de Cervantes, otros; el de Tirso de Molina a
Cigarrales de Toledo, el de Pedro de Espinosa a
Panegírico de Antequera, el de Gracián a Agudeza y arte
de ingenio, etc.
5.- El “yo” y las figuras prológales
El prólogo al Quijote l, que es un anti-prólogo, lo
escribió Cervantes en primera persona en tanto que es un `yo`
“que se adelanta como una de las instancias narrativas de la
novela” ha escrito Mario Socrate (:12). Este anti-prólogo fue
escrito por un ´yo` que escribe un cuento de un prólogo
“remitente”, que el autor no deseaba realizar y finalmente
concibe y crea. Y en tal sentido el prólogo es “el relato de su
constituirse, de su devenir prólogo bajo los ojos mismos del
lector” (: 12).
De entrada el escritor establece la relación con el (desocupado)
lector y le anuncia su querer: que el libro lo pretende “el más
hermoso, el más gallardo y el más discreto que pudiera
imaginarse”. Es un anuncio nada gratuito. Este “yo” revela que
el escritor es personaje del libro y “con vínculos de
parentesco” con el “yo” que da cuanta del hallazgo del
cartapacio en caracteres arábigos donde viene contada la
historia del Quijote y, es también, afín al “yo” del “segundo
autor”, del traductor del documento que narra la historia.
La ironía y el deslinde, con las dos primeras palabras del
prólogo, desocupado lector, es la manera de Cervantes de
colocar a un lado la formula del “ritual y deferente” recurso de
“curioso lector”. Se dirige así el escritor a aquel que dispone
de tiempo para leer y, como bien anota Socrate, con ese epíteto
“escoge un lector libre; pero no sólo: más libre también de
prejuicios preceptistas y de los cánones dominantes” (:12).
Miguel de Cervantes presenta su Quijote con el recato
descriptivo de las “condiciones adversas en que se engendró la
novela, la cárcel de Sevilla en 1597... y es sobre todo lo
opuesto a la festiva y alegre invención creadora del libro”
(Idem:12). Tal vez sería más adecuado señalar que Cervantes
cifra las condiciones adversas en medio de las cuales concibió
la novela como algo apenas elemental. Pero en verdad no es algo
elemental. Es sobre todo necesario, acaso indispensable. Y más
aún: es decisivo, lo entendemos hoy.
Si pensamos en la pareja reclusión-exclusión podemos ir un poco
más allá de la apenas “elemental” intención indicada. Pero este
aspecto demanda otro espacio, que nos reservamos, por el
momento.
Mario Socrate llama la atención sobre cuatro figuras prológales:
el libro como hijo del autor, el autor ficticio –propio de los
narradores de novelas de caballerías-; “llama y sorprende la
atención del lector, anota Socrate, al declararse no padre sino
padrastro de Don Quijote” El padre literario, señala el
escritor, es el historiador arábigo Cide Hamete Benengeli. La
presencia del narrador Cide Hamete Benengeli es importante y
esta llena de desdoblamientos y sesgos que comentaremos en otro
ensayo. Luego aparece la cuarta figura prologal: “el amigo
alentador”. Cervantes inicia el anti-prólogo entre la ironía y
el deslinde. El escritor se dirige al lector y va logrando que
surjan las distancias necesarias con los escritores de su época.
Sugiere sus afinidades, las condiciones de su vida y lo que ha
significado, en la tradición, el sosiego, anhelado e imposible,
ahora, propios del mundo pastoril y negados en su vida de asiduo
caminante.
Es decidido y claro al distanciarse de la manera de prologar de
sus contemporáneos. Si bien un motivo inmediato, su desacuerdo
literario con Lope de Vega, es un puntal, habría que entender
con estricta precisión que las desavenencias personales entre
escritores, en aquella época y en cualquiera, son reveladoras de
las condiciones culturales y diferencias literarias de la época.
Más de lo que se supone o deja la llana o picante anécdota
indica las contradicciones, diferencias y rupturas en un momento
dado.
Con el aparecimiento de la cuarta figura prologal, la más
importante en este caso, asume el anti-prólogo el tono narrativo
indicado más arriba; y es este procedimiento, exactamente,
pensamos, la principal ruptura que asegura el sentido de
anti-prólogo a la Primera parte del Quijote de don Miguel
de Cervantes. De tal suerte que de pronto se inicia un diálogo
con un visitante de carne y hueso, en el estudio del escritor.
Leamos de nuevo: “Muchas veces tomé la pluma para escribille (el
prólogo), y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y
estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la
oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo
que diría, entró a deshora un amigo mío, gracioso y bien
entendido, el cual viéndome tan imaginativo, me preguntó la
causa, y, no encubriéndosela yo, le dije que pensaba en el
prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote, y que
me tenía de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a la
luz las hazañas de tan noble caballero” . La imagen que crea la
actitud del escritor, rodeado de libros y papeles, en espera de
la visita de la inspiración ha sido recreada por Doré y otros
tantos grabadores, aunque no le guste a Julián Marías. Mientras
el escritor medita qué escribir, inesperadamente entra a su
estudio un amigo y va ser éste personaje –nada imaginario o
alter ego- sino un narrador secundario, señala Francisco Rico,
el que le permitirá a Cervantes exponer sus ideas con técnica
dramática y será este al mismo tiempo el “portavoz de la ruptura
con respecto a lo establecido” (: 11) al desarrollar el diálogo
narrativo.
El anti-prólogo no surge por un capricho del escritor. Él sabe
muy bien lo diferente que es la “historia” que cuenta de tan
noble caballero y es esa realidad literaria la que lo obliga a
escribir, por lo tanto, un prólogo disímil, adecuado a su
Quijote. No desea ornato ni presumir de erudito y menos de
doctrinario, de realizar acotaciones a los márgenes, de agregar
anotaciones al final del libro, con la larga lista alfabética de
autores remitentes. Al amigo, “gracioso y bien entendido”, el
escritor-personaje confiesa sus dudas y preocupaciones y el
narrador secundario va derribando cada uno de los argumentos
problemáticos y, observa Socrate, que lo realiza “con una serie
de consabidas y escolásticas citas, y no siempre correctas”, si
se olvida, pensamos, el humor y sobre todo la intencionalidad. Y
agrega el analista una idea propia de la crítica literaria
moderna: “Se hace cada vez más claro que la sátira punzante se
dirige en primer lugar contra Lope de Vega y su pastoril
Arcadia (1598) y probablemente también contra El
peregrino en su patria, recién aparecido (1604). La crítica
la centra Cervantes en los socorridos alardes de erudición y
doctrina “tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y
de toda la caterva de filósofos que admiran a los leyentes y
tienen a sus autores por hombres leídos y elocuentes...De todo
esto ha de carecer mi libro...También ha de carecer mi libro de
sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean
duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas
celebérrimos”, como ocurre en la escritura de Lope de Vega. Los
sonetos que aparecen en la Primera parte del Quijote los
escribe Cervantes con un fino humor sobre diversos personajes
literarios, trastocando la formula tradicional. En efecto, buena
parte de la crítica va dirigida a la manera como Lope de Vega
escribe. Francisco Rico precisa este aspecto así: La Arcadia
(1598, 1599, 1602, 1603...) de Lope de Vega lleva una larga
“Exposición de nombres poéticos e históricos”, dispuesta en
orden alfabético y extraída de difundidos repertorios
renacentistas; cosa similar ocurre en el Isidro (1599,
1602, 1603...) y en El peregrino en su patria (:12).
Miguel de Cervantes no deja resquicio para una mala
interpretación de su prólogo crítico o anti-prólogo y advierte
que pudo solicitar dos o tres sonetos a poetas de oficio,
mejores de “los de aquellos que tienen más nombre en nuestra
España”. El recurso a la erudición reducida a la exposición de
nombres le parece inútil dado que los citados catálogos de
autores sólo sirven para “dar de improviso autoridad al libro” y
agrega, crítica y muy atinadamente “...no habrá quien se ponga a
averiguar si los siguistes o no los siguistes, no yéndole nada
en ello.” Recurso desacreditado en esos tiempos que Cervantes
puntualiza con certeza.
No deja de escribir referencias a la retórica o a tratadistas de
la literatura como a Aristóteles, San Basilio y Cicerón para
defender la estrecha relación entre dialéctica y retórica o a la
no apropiada mezcla de “lo humano con lo divino” como ocurre en
El Peregrino en su patria de Lope y al Guzmán de
Alfarache de Mateo Alemán. Para Cervantes “Sólo tiene que
aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo, que,
que cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se
escribiere”. Es interesante la lectura que realiza Hugo
Rodríguez Vecchini sobre el prólogo a la Primera parte del
Quijote, en particular, al referirse los tres escritores
arriba nombrados. Se pregunta: “¿que papel juega la verdad que
permite colocar a San Basilio entre Aristóteles y Cicerón?”
(:255). No es pura coincidencia, ni casualidad, responde, y
sostiene que no es circunstancial que “San Basilio aparezca
entre Aristóteles y Cicerón. Bien al contrario se trata de un
nombre y hasta de un emblema intencional. San Basilio permite
completar esa suerte de trinidad de los autores de la
corrección: la poética, la retórica y la doctrinal. En esas
autoridades bien podría apoyarse la censura contra unos libros
acusados tanto de incorrección poética y retórica como de
depravación, de incorrección moral. La acusación aparece
representada en el Quijote y va desde el rigor de la
crítica aristotélica que anticipa el prólogo hasta la propuesta
de una reforma poético-retórica que termina por suspender la
normativa aristotélica, pasando por la jerga inquisitorial de la
condena: malas costumbres, mala secta, herejía, hoguera, fuego,
destierro, lascivia” (: 255). Para este analista la verdad que
plantea Cervantes no se ajusta a las verdades oficiales de la
doctrina ortodoxa “ni a ninguna verdad recibida ni conjunto de
códigos, de metáforas reificadas, ciegas” (: 257). La verdad en
el Quijote es una “verdad irónica” que mana de la
“incoincidencia y divergencia respecto de las fuentes de
autoridad que repite, de las fuentes que nunca se acordaron de
los libros de caballería” (: 257-58)
Cito uno de los párrafos más esclarecedores del anti-prólogo en
cuanto se refiere en precisos y decisivos conceptos propios de
lo que hoy llamamos crítica literaria y teoría literaria. Aquí
establece una definitiva y categórica ruptura con la tradición:
“Y pues esta vuestra escritura –dice el amigo al escritor- no
mira más que ha deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y
en el vulgo tienen los libros de caballerías no hay para qué
andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la Divina
Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros
de santos, sino procurar que a la llana, con palabras
significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración
y período sonoro y festivo, pintando en todo lo que alcanzásedes
y fuere posible vuestra intención, dando a entender vuestros
conceptos sin intricarlos y oscurecerlos... En efecto, llevad la
mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos
caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos
más; que, si esto alcanzásedes, no abríades alcanzado poco”.
Crítica a la forma de escribir prólogos y literatura. Más aún,
el amigo le recuerda al escritor que debido a que su oficio
narrativo no busca más que “deshacer la autoridad” y presencia
que “en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías”
ya no es necesario retomar, “mendigar” nada a la tradición.
Sabemos que Cervantes, por ejemplo, cito uno de los diez,
escribe el poema burlesco Al libro de Don Quijote de la
Macha, Urganda la desconocida, compuesto en décimas de “cabo
roto” o “pies cortados” no para repetir la formula del elogio,
la trueca para lanzar su crítica, apoyado en un recurso jocoso
difundido en los primeros años del siglo XVll. Uganda, la maga
protectora de Amadís, recomienda al libro Don Quijote que
se una a los buenos y no con los esnobistas pretenciosos, de no
usar “indiscretos hieroglíficos” para evitar el ridículo, no
acudir a la falsa erudición, en fin, que el escritor componga su
obra “con pies de plomo” y no al garete. Esta burla,
transformada en teoría literaria, la expresa con claridad en el
prólogo cuando llama a escribir “con palabras significantes,
honestas y bien colocadas” para lograr una escritura correcta,
nueva y pueda lograr, entonces, el escritor cada “oración y
período sonoro y festivo” para que alcance a “pintar” con las
palabras todo lo que se proponga el narrador y así sea posible
que el lector entienda lo contado sin enredos no obscuridades
discursivas.
Cervantes se refiere a “la máquina mal fundada” de los libros de
caballerías. No se trata de un eco de los detractores de los
libros de caballerías, de esas censuras de moralistas,
pensadores y filósofos de los siglos XV y XVl como Luis Vives,
Fray Antonio de Guevara, Francisco de Monzón, Cervantes de
Salazar, Luis de Alarcón, García Matamoros, Fernández de Oviedo,
Malón de Chaide, Diego Gracián, Luis de Granada, Arias Montado,
Venegas Mexía, Melchor Cano, entre otros, señalados por
Felicidad Buendía en su estudio preliminar a Libros de
caballerías españoles (:34). Tampoco se trata de lo que
llama José Manuel Lucía Mejías en su importante libro De los
libros de caballerías manuscritos al Quijote, de “una genial
pirueta narrativa” (:245). Cervantes está realizando no una
propuesta teórica a secas, no. Cervantes hace un prólogo crítico
a una obra renovadora, donde ha dejado atrás la manera de
entender la literatura y la forma de escribirla.
Alberto Blecua en el prólogo a su edición de El ingenioso
hidalgo Don Quijote de la Mancha, distanciándose de la idea
romántica de que Cervantes era un genio inconsciente, escribe:
“lo cierto es que ha sido uno de los escritores más preocupados
por la historia literaria, por la crítica y por los problemas
que plantea la composición de un texto” (: XXlll). Este
planteamiento lo sustenta en el análisis de diferentes prólogos,
poemas y múltiples pasajes del Quijote, que escuchamos en
su seminario sobre Cervantes en Valladolid (junio 2004). Blecua
sostiene que en esos textos Cervantes trazó “la primera historia
crítica de la literatura española de su tiempo. Su teoría
literaria está desparramada también por estos y otros pasajes,
pero es en los capítulos 46 y 48 de la Primera parte del Quijote
donde está expuesta de manera más sistemática” (:XXlll) Con el
vasto conocimiento que tiene de la retórica y de las lenguas
clásicas le es posible, a Blecua, afirmar que Cervantes “Buen
conocedor de las polémicas sobre la Poética de
Aristóteles que se mantenían en la crítica europea de su tiempo
sobre cómo ajustar los nuevos géneros literarios a una reglas
clásicas, Cervantes intenta acomodarlas a su obra. Los pilares
de ésta poética son los de mantener la “imitación” (la
“mimesis”), a través de la verosimilitud, pero concediendo gran
importancia a la invención, que podría interpretarse como
“imaginación creadora”, para conseguir el fin de toda obra que
es el de “admirar, suspender, entretener y alborozar” (: XXlll).
Tema para una reflexión posterior.
6.- La originalidad prologistica de Miguel de Cervantes
Hemos asumido el planteamiento, ya señalado, de que el prólogo
es un género literario teniendo presente lo expuesto por varios
investigadores de otras literaturas, especialmente de las
clásicas griegas y romanas, y en la literatura germana. Así pues
que una de las características que confiere al prólogo validez
de género, es su independencia respecto a la obra que
precede. El prólogo posee estilo propio, con objetivos y
modalidades distintas. Si realizamos una doble lectura de los
prólogos cervantinos podemos indicar las siguientes
observaciones. Una, que cada prólogo posee su “íntima
individualidad” gracias a las necesidades, intereses, deseos y
propuestas que don Miguel entiende y se plantea en el momento de
escribirlos. Otra, se deriva de una apreciación de conjunto en
la cual se detecta un “algo homogéneo” y que al mismo tiempo es
posible “aislar”, o dicho de otra manera, considerar como un
todo que es diferente a la obra narrativa y al mismo tiempo está
en relación con ella. Debe tenerse presente que el prólogo
individual, trátese para una novela, teatro, ensayo, poesía…,
advierte Porqueras Mayo, “puede estar sometido a unas sacudidas
y relaciones de contagio con la obra”, es decir, hablamos de
permeabilidad.
El prólogo redactado por Cervantes para La Galatea (1585)
está inscrito dentro lo que se denomina función tradicional dado
que recurre a la captatio venevolentiae y justificación,
pues allí señala su intención, dudas, alcances dado que sostiene
que ciertas desigualdades discursivas son posibles como bien lo
hiciera “el príncipe de la poesía latina”, Virgilio, aunque
fuera “calumniado” por escribir algunas de sus églogas en tanto
“haberse levantado más (en unas) que en las otras; y así no
temeré mucho, dice Cervantes, que alguno condene haber mezclado
razones de filosofía entre algunas amorosas de pastores que
pocas veces se levantan a más que a tratar cosas del campo, y
esto con su acostumbrada llaneza”. El prólogo más allá de las
formulas de la “afectada modestia” esta dedicado a los
Curiosos lectores, -postura tradicional- permite observar su
entereza y detectar su “yo poderoso”. La escritura del
prólogo, necesariamente, cuenta con la lectura de otros que lo
anteceden como el propio al Lazarillo de Tormes (1554),
los de la novela pastoril y muy especialmente el que le sirvió a
Cervantes de modelo, el de Gaspar Gil Polo, escrito para su
Diana enamorada (1564). En cuanto a la justificación,
observa Porqueras Mayo, Cervantes tuvo como punto de apoyo el
escrito por Pero Mejía a Silva de varia leción (1540).
Valga recordar también el elogio y defensa de la prosa que hace
Cervantes, en el prólogo a La Galatea, cuyos antecedentes
se encuentran, comenta el estudioso señalado, en la carta de
Boscán a la duquesa de Soma que aparece como prólogo al segundo
libro de las Obras de Boscán y algunas de Garcilaso
(1543) y el prólogo que escribe Francisco Medina a las Obras
de Garcilaso de la Vega con anotaciones de Fernando de Herrera
(1580).
Cito el siguiente fragmento cervantino del prólogo a La
Galatea por tratarse de la primera defensa de la prosa
castellana salida de su pluma, o mejor dicho, su proyecto
explícito de escritor: “De más de que no puede negarse que los
estudiosos de esta facultad – se refiere a la fuerza de la
pasión del escritor- (en el pasado tiempo, con razón, tan
estimada) traen consigo más que medianos provechos, como son:
enriquecer el poeta considerando su propia lengua, y enseñarse
del artificio de la elocuencia que en ella cabe, para empresas
más altas y de mayor importancia, y abre camino para que, a su
imitación, los ánimos estrechos, que en la brevedad del lenguaje
antiguo quieren que se acabe la abundancia de la lengua
castellana, entiendan que tienen campo abierto, fértil y
espacioso, por el cual, con facilidad y dulzura, con gravedad y
elocuencia, puedan corren con libertad, descubriendo la
diversidad de conceptos agudos, graves, sotiles y levantados que
en la gravedad de los ingenios españoles la favorable influencia
del cielo con tal ventaja en diversas partes ha producido y cada
hora produce en la edad dichosa nuestra; de lo cual puedo ser yo
cierto testigo, que conozco algunos que, con justo derecho y sin
el empacho que yo llevo, pudieran pasar con seguridad carrera
tan peligrosa.”
7.- La cultura literaria de Miguel de Cervantes
Fue Juan Valera el que equívocamente acuñó el epíteto de que
Miguel de Cervantes no pasó de ser un “un ingenio casi lego”.
Tal vez el novelista decimonono se dejo llevar por ciertas
declaraciones prológales de Cervantes, sin entender las cargadas
irónicas de aquellos. Poco después Menéndez Pelayo corrigió el
exabrupto al reconocer que Cervantes fue un escritor de mucha
lectura, si se leen con atención sus obras. No le importa que no
hubiese pasado por escuelas universitarias, “pero, afirma, el
espíritu de la antigüedad había penetrado en lo más hondo de su
alma” (: 83-). Y cree que pudo leer la Odisea, los
moralistas Jenofonte y Plutarco, las obras de Luciano y los
imitadores castellanos de este como Juan de Valdés en el
Diálogo de Mercurio y Carón y Cristóbal de Villalón en el
Crotalón.
Como un reconocimiento preciso, escribió el erudito y crítico
Menéndez Pelayo al referirse a la escritura de Cervantes: “La
verdadera filiación de Cervantes se encontraría cuando su
crítica aparece más audaz, su desenfado más picante y su humor
más jovial e independiente, en la literatura polémica del
Renacimiento; en la influencia latente, pero siempre viva, de
aquel grupo erasmista, libre, mordaz y agudo, que fue tan
poderoso en España y que arrastró a los mayores ingenios de la
corte del emperador. Cervantes nació cuando el tumulto había
pasado” (:86). Y para mejor precisión de sus consideraciones
escribe: “El Quijote, que de cualquier modo que se le
considere es un mundo poético completo, encierra episódicamente,
y subordinados al grupo inmortal que le sirve de centro, todos
los tipos de la anterior producción novelesca, de suerte que con
él solo, podría adivinarse y restaurarse toda la literatura de
imaginación anterior a él, porque Cervantes la asimiló e
incorporó toda a su obra”(:86).
Menéndez Pidal ha dedicado un estudio pormenorizado para
entender la presencia de los romances en la obra de Cervantes y
de algunos escritores italianos del Renacimiento, tales como
Ariosto y Boyardo. En su estudio De Cervantes y Lope de Vega,
dice: “Para sacar del Entremés los primeros capítulos del
Quijote se necesitó un gigantesco esfuerzo creador, cosa que
totalmente olvidan muchos eminentes críticos, reacios para creer
que el genio inventivo de un Cervantes o un Dante tenga más
fuentes de inspiración que las vulgarmente conocidas” (:27).
Por su parte Arturo Marasso, en Cervantes, la invención de
Quijote, indagó en las relaciones de Cervantes, entre otros,
con Aristófanes, Luciano, Quintiliano, Plinio y Horacio. En el
capítulo Citas de los filósofos Marasso se pregunta:
“¿Por qué Cervantes no había de conocer a Galeno, a Hipócrates,
a Gerson, a lo menos por referencias y citas? ¿No está acaso en
Gerson y en Galeno la extraña locura del Licenciado Vidriera? A
uno de estos casos fabulosos, Cervantes le dio la inmortalidad
de su ingenio y de su estilo… La locura del Licenciado Vidriera,
por su causa y su lucidez, se parece a la que San Jerónimo
atribuye a Lucrecio, en sus adiciones de la Crónica de
Eusebio. ¿Quién no ve en el Licenciado Vidriera la Vida
de los filósofos de Diógenes Laercio? Argumentos, tesis,
silogismos, están ingeniosamente… en la mente de Cervantes.”
(:231).
Anthony Close, discípulo de Riley, especialista en la
recepción del Quijote, en su ensayo sobre Cervantes:
Pensamiento, personalidad, cultura señala que “la formación
de Cervantes consistiría en una formación humanística a nivel
preuniversitario, a la cual se vendría a añadir un
autodidactismo gracias al cual adquirió un conocimiento íntimo
de la literatura española e italiana: poesía, ficción, teatro,
historia, preceptiva literaria, obras didácticas” (: LXXll). La
cultura de Cervantes, especialmente la que se conjuga en el
Quijote “no se limita a las manifestaciones literarias, sino
que incluye también las orales y las folclóricas, además de todo
tipo de prácticas sociales y usos cotidianos” (LXXlll). Close,
anota algo más que es decisivo en la comprensión de la obra
cervantina. “…el hecho de que casi todos sus personajes se
muestren obsesionados con la palabra escrita, creándola,
consumiéndola, criticándola y, como el protagonista,
convirtiéndola en núcleo de sus vivencias” (LXlll). Close,
señala, “con la cautela que exige cuestión tan controvertida” y
de manera un tanto restringida, los libros de cabecera o
aquellos “que ayudaron de manera decisiva a moldear” el
pensamiento y el arte cervantino. Retomo sólo las obras y
algunos nombres: toda la lírica española, desde la época de los
cancioneros hasta comienzos del siglo XVll, con Garcilaso de la
Vega a la cabeza; varios líricos italianos, como Petrarca,
Bembo, Tansillo; La Celestina (1492); el Lazarillo de
Tormes (1554); el Guzmán de Alfarache; La Araucana
(1569) y el Orlando el furioso (1516), entre otros poemas
heroicos; Amadís de Gaula (1508); Tirante el blanco
(1511); La Diana (hacia 1559); Diana enamorada
(1564); el teatro español de su época, en especial el de Lope;
los novellieri italianos y, en espacial, Bocaccio
(mediados del s. XlV), Bandello (mediados del s. XVl); el
Galateo español (1586); la Biblia; los Diálogos de amor
de León Hebreo; las obras de Antonio Guevara; la Philosophía
Antigua Poética de Alonso López Pinciano (1596); la
Historia natural de Plinio; la Silva de varia lección
de Pero Mejía (1540), y “tal vez” la Miscelánea de Luis
Zapata (hacia 1590); libros de historia, biografías
(:LXXl-LXXll). Y otros que cita Cervantes en el Quijote.
Por su parte el cervantista Lúdovik Osterc al referirse, en
La verdad sobre las novelas ejemplares, a los seis años de
residencia de Cervantes en Italia, comenta que allí aprendió
italiano y leyó las obras de Dante, Petrarca, de Ariosto, de
Tasso, los poemas de Ludovico Pulci y Matteo Boiardo, y otras,
“en suma, lo más selecto de la literatura italiana, sobre todo,
renacentista” (:54). Edward C. Riley en Cervantes: teoría de
la novela, anota que como era de esperarse la teoría de
Cervantes está arraigada en las poéticas clásicas y
contemporáneas “pero rebasa los límites de ambas” (:CXXX).
Reconoce que ha trasegado por las obras de Platón, Aristóteles,
Horacio y Cicerón y que ha sido un buen lector. Y detecta
ciertas correspondencias con “algún pasaje” de Torcuato, Tasso,
Giraldo Cinthio, Alessandro Piccolomi, Minturno “y tal vez”
Castelvetro, entre los escritores italianos. En cuando a las
fuentes españolas “más probables” destaca a López Pinciano, Luis
Alfonso de Carvallo y Miguel Sánchez de Lima. “Hay otros
marginales, afirma, españoles e italianos”, como Juan Luis
Vives, Baldassare Castiglione o Juan Huarte de San Juan (CXXX).
Gustavo Illades en El discurso crítico de Cervantes en “El
cautivo”, nos recuerda que la Philosophía Antigua Poética
de Pinciano aparece en 1596, pocos años después a la edición
crítica de Robortelli de la Poética de Aristóteles y a
los Poetices Libri Septem de Escalígero (:143). Baste lo
anotado para indicar una bibliografía fundamental respecto a la
formación intelectual de Miguel de Cervantes, recavada por
expertos cervantistas.
El escritor da cuenta claramente de su herencia y conocimientos
literararios en varias de sus obras. Tal era la fiebre por la
lectura que llega a confesar: “como soy aficionado a leer aunque
sean los papeles rotos de las calles…” El Quijote está lleno de
referencias a obras literarias y a escritores, más allá de las
aparentes posturas eruditas.
Acertadamente anotan Francisco López Estrada y María Teresa
García-Berdoy que Cervantes plantea una dualidad, propia del
momento, en el uso de la lengua literaria, entre el uso de la
brevedad del lenguaje antiguo y la modernidad o
abundancia de la lengua castellana, la cual asume,
particularmente en el Quijote (: 156). En este prólogo
podemos leer su proyecto de escritor pues no se queda en las
buenas intenciones gracias a la obra que realiza posteriormente.
Y nos permite pensar que La Galatea no es una obra
simplemente primeriza por varias razones. El planteamiento
teórico indica que ha sido un lector acucioso de los clásicos y
que sabe muy bien el estado y las posibilidades de la lengua
castellana. Y, además, después de señalar lo que denomina
inconvenientes, la dualidad indicada, escribe: “Huyendo de estos
dos inconvenientes, no he publicado antes de ahora este libro,
ni tampoco quise tenerlo para mi solo más tiempo guardado, pues
para más que para mi gusto solo le compuso mi entendimiento”.
Inferimos que hay muchas lecturas anteriores y sobre todo
escritura. Cuando afirma que no desea tener La Galatea
“más tiempo guardado” es de suponer que la ha trabajado durante
un buen tiempo hasta estar convencido de su real significación.
De la escritura de La Galatea a la del Quijote han
trascurrido 20 años, lo que implica el desarrollo, en
particular, de la elaboración de los prólogos. En el
Renacimiento se han consolidado y con el Manierismo cobran
fuerza original sin precedentes. Los escritores retoman las
formulas tradicionales y les insuflan nuevos aires, “animados
por las tendencias manieristas que tienden a la desintegración”
(A.P.M.: 116) y aparecen, entonces, tensiones, ambigüedades,
ironía, sorpresa, audacia en aras de la originalidad. Un aspecto
distintivo del Manierismo es la reflexión intelectual sobre el
arte, igualmente como los ensayistas lo hacen sobre los
prólogos, logrando romper antiguos moldes. Desde esta
perspectiva es comprensible el prólogo reflexivo, manierista, de
Cervantes al Quijote l, en la medida que se propone
“rebasarlo y desintegrarlo, y mostrar así el mismo proceso
creativo del prólogo” (:116). En este prólogo de Cervantes se
observa la permeabilización, que caracteriza a la obra, es
decir, introduce en él una narración, como es el caso del amigo,
narrador secundario, que llega en el momento de la escritura del
mismo. El inicio del prólogo con la frase desocupado lector
logra Cervantes un toque de originalidad, sin precedente.
Rastreando la escritura de los prólogos es posible detectar los
prestamos que Cervantes hace, por ejemplo, cuando escribe: “solo
quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato del prólogo…”,
detecta Porqueras Mayo que esta idea viene de la lectura del
prólogo de Malón de Chaide a la Conversión de la Magdalena
(1588), cuando escribió: “eran menester pocos preámbulos, pues
él por sí se deja entender fácilmente; pero con todo eso, porque
no vaya tan desnudo de la compostura y atavío que suelen llevar
otros de su talle…” (: 117). Si tenemos presente que la
escritura de los prólogos afines del siglo XVl, comienzos del
XVll, se reconstituyen y que Cervantes viene, desde años atrás
trabajando, leyendo y escribiendo, aunque no publique, es apenas
comprensible que pusiera especial atención a las pretensiones y
los alcances de los prólogos, en particular, a los prólogos
picarescos al Guzmán de Alfarache. Mateo Alemán ha
logrado distanciarse de las formas tradicionales para ensayar
formulas “ambiguas y ambivalentes”, en las cuales Cervantes
“encontró respaldo para salirse por peteneras, de manera
definitiva. Cervantes tenía, además, una predilección por todo
lo sevillano que se corrobora también en la corriente de los
prólogos, ya que leyó con espacial atención los prólogos de Pero
Mejía, y Francisco de Medina a las Obras de Garcilaso con
anotaciones de F. Herrera y Mateo Alemán” (: 117-18). Más
concretamente puede señalarse que fue Mateo Alemán quien logra
“inventar un desdoblamiento de los prólogos” cuando escribe uno
para el vulgo y otro para el discreto lector.
Podría aceptarse la idea de que Cervantes asume este desafío
innovador “para arremeter, retóricamente, contra los prólogos, y
escribir así la primera meditación original sobre los prólogos,
y mostrar, por atrás, los hilos de la tapicería de los
preliminares” (: 118). No creemos que Cervantes aluda
taxativamente a “la pobreza de su ropaje intelectual” cuando
escribe en el prólogo al Quijote l que no le interesan
las “acotaciones en los márgenes (ni las) acotaciones en el fin
del libro”, aunque Porqueras Mayo reconoce la irónica alusión
directa a la pedantería de Lope en El peregrino en su patria.
Y con agudeza destaca lo que Clemencín y Rodríguez Marín no han
visto. Afirma que el prólogo de Lope al Peregrino, que
Cervantes leyó con suma atención, “le influyó negativamente… y
decidió alejarse completamente de él, a base de creatividad, ya
que para él los prólogos sabios no encajan en las obras
de ficción” (:119). La afectada modestia de Cervantes al referir
su “insuficiencia y pocas letras” es una ironía, apoyada en el
citado prólogo de Mateo Alemán, cuando escribe “mi rudo ingenio
y cortos estudios”, aunque no veo por que llamarlo un retroceso
en Cervantes, más si un deliberado desplante. En el fragor de un
debate desarrollado en las entretelas de los prólogos de éstos
dos escritores, se detecta las mutuas influencias, pese a la
influencia negativa en Cervantes. Lope al escribir su Arte
Nuevo, inicia el texto con una humildad inusitada y concluye
“con la afirmación, orgullosa, de su nuevo arte de hacer
teatro”, lo que le permite destacar a Porqueras Mayo que “En
este caso es Lope el que está pensando en el prólogo al
Quijote l” (:119).
En el rastreo indicado en torno a los prólogos cervantinos,
nuestro guía principal, nos avisa de otra relación. Se trata de
un gesto que el amigo que ha entrado al estudio del escritor
Cervantes, personaje en el prólogo, narrador secundario, expresa
cuando se planta una palmada en la frente y dispara una “carga
de risa”. Fue López Pinciano en su Philosophía Antigua
Poética (1596), quien vitaliza las discusiones literarias
con gestos y humor. “En efecto, comenta Porqueras Mayo, en
Pinciano encontramos palmadas en la frente ante alguna
ocurrencia chocante del interlocutor, y las consiguientes
risotadas” (: 119). Obra ésta, de su contemporáneo, leída
indudablemente por Cervantes, como lo sugieren varios
investigadores, entre ellos, Javier Blasco en su Cervantes,
Raro inventor, de la cual se nutrió decididamente.
Como ya hemos comentado una parte importante del prólogo al
Quijote l se propone desmontar críticamente las formulas
tradicionales de hacer prólogos y en ello lleva una buena dosis
de ironía y desplantes el afamado “cacique teatral de la época
que le cerró el paso a Cervantes”, como ha comentado,
recientemente Juan Goytisolo en su conferencia leída, que llamó
Defensa del Quijote contra sus admiradores apresurados,
en la Biblioteca Nacional de Madrid, el 12 de abril de 2005.
Miguel de Cervantes con el prólogo a la Primera parte del
Quijote, clasificado como afectivo, el más agudo y
extenso de todos los que escribió, el que revoluciona el género,
coloca en su lugar un debate, una propuesta, al mismo tiempo que
ridiculiza el ejercicio escritural de buena parte de la
literatura oficial de la época. Los demás prólogos son, en buen
sentido, derivados de éste. Vemos.
El prólogo a las Novelas Ejemplares Cervantes lo llama
Prólogo al lector, a secas. El inicio debemos citarlo
por el alcance que contiene: “Quisiera yo, si fuera posible,
lector amantísimo, escusarme de escribir este prólogo, porque no
me fue tan bien con el que puse en mi Don Quijote, que
quedase con ganas de segundar con éste. Desto tiene la culpa
algún amigo, de los muchos que en el discurso de mi vida he
granjeado antes con mi condición que con mi ingenio: el cual
amigo bien pudiera, como es uso y costumbre, grabarme y
esculpirme en la primera hoja deste libro, pues le diera mi
retrato el famoso Juan de Jáuregui, y con esto quedara mi
ambición satisfecha, y el deseo de algunos que querrían saber
qué rostro y talle tiene quien se atreve a salir con tantas
invenciones en la plaza del mundo, a los ojos de la gente,
poniendo debajo del retrato:…”
Los señalamientos proposititos en el sentido prologal, los
planteamientos desde la crítica literaria y la teoría literaria
que esboza Miguel de Cervantes en el prólogo a su Quijote
l, fueron tan radicalmente claros y definitivos que seguramente
levantó más de una voz disidente en el entorno intelectual de la
época. No era para menos. En especial los dirigidos a la capilla
del cacique teatral, pues, más de uno se sintieron, obviamente,
aludidos y sobre todo cuestionados, puestos en la picota de la
severa, irónica y contundente crítica de un hombre que no hacía
parte de la oficialidad y que para su fortuna era el más
esclarecido escritor del momento, pese a los desaires de los
jerarcas culturales de la España monárquica de entonces. Esas
voces, en los mentideros literarios, las escuchó don Miguel. La
agudeza sutil lo lleva a iniciar el prólogo con una excusa que
simplemente evidencia la reacción de sus detractores literarios.
Y luego agrega que quedó con ganas se secundar aquel con éste.
Refiere su iniciativa a “algún amigo” y aclara que este hace
parte “de los muchos que el discurso de mi vida he granjeado,
antes con mi condición que con mi ingenio”. ¿Qué quiere decir
con este planteamiento? Recurre a un amigo, seguramente fueron
varios (reales e imaginarios) los que se congratularon con sus
ideas del mencionado prólogo, pero lo más significativo es
destacar que se ha dado tal aceptación -aunque minoritaria, no
le importa- por su condición humana, por su entereza personal en
asumir la postura crítica en mención, más que por su ingenio.
Doble reparo, y sin par idea. Primero lo humano que la pura
imaginación. Hoy diríamos, primero el hombre que la literatura.
Este es otro severo golpe a los jerarcas acomodados en el poder
cultural, sin la menor duda. Y como no es un vanidoso frágil, un
servil acomodado o un pobre diablo, saca a relucir lo que “es
uso y costumbre”, aunque de otra manera, y nos hace pensar que
esta en la posibilidad real, dicho amigo, de grabar y esculpir
en la primera hoja del libro su retrato que le ha facilitado el
“famoso don Juan de Jáurigui”. El retrato colgado en la Real
Academia de la lengua, se dice que no es el auténtico. El
artista era amigo de Cervantes y pudo pintarlo. La polémica es
larga, pero hasta ahora nada se sabe con precisión. Lo que desea
destacar el escritor es el registro y para no dejar sólo el
hecho pictórico, él mismo se retrata, sin dejar de lanzar una
nueva y clara puntillada al declarar con plena conciencia
creadora que debe saberse, conocerse “qué rostro y talle tiene
quien se atreve a salir con tantas invenciones en la plaza del
mundo, a los ojos de las gentes…”. Esta refiriéndose, de manera
clara y directa a su Quijote, y obvio a las Novelas
Ejemplares. Miguel de Cervantes no deja de señalar que está
escribiendo de manera diferente, no sólo los prólogos que
ejecuta, si no y sobre todo la narrativa que ya acreditan los
lectores en varias ediciones en lenguas europeas y en España.
Vale la pena comentar, por lo menos, dos aspectos que vienen
señalados a continuación del autorretrato que escribe Cervantes
de sí mismo. Después de las precisas pinceladas, de su propio
retrato, refiere algo que llama la atención a la crítica
literaria. Que es autor de La Galatea, de Don Quijote
de la Macha y del Viaje del Parnaso “y de otras obras
que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su
dueño”. Varios han sido los comentarios a esta referencia.
Difícil asunto. Es posible considerar, con algunos, que el
descarrilamiento de estas obras se deba no a un presumible
descuido del escritor, dado que se vio apresurado, por diversas
circunstancias, a ir de un sitio a otro, y que se quedaron, aquí
o allá, sin su firma. Tema espinoso para los investigadores de
manuscritos del Manco de Lepanto. Lo que importa por el momento
es enterarnos con esa información que venía trabajando con
asiudad.
Cervantes insiste en lo que propone y quiere decididamente
aclarar varios asuntos en el prólogo que escribe a las
Novelas Ejemplares. Cito: “Y cuando a la deste amigo, de
quien me quejo, no ocurrieran otras cosas que las dichas que
decir de mí, yo me levantara a mi mismo dos docenas de
testimonios, y si los dejara en secreto, con que entendiera mi
nombre y acreditara mi ingenio. Porque pensar que dicen
puntualmente la verdad los tales elogios es disparate, por no
tener punto preciso ni determinado las alabanzas ni los
vituperios”. Cervantes recurre a su amigo ficcional y, además,
francamente, se define como persona ficcional, como escritor,
cuando dice “yo me levantara a mí mismo dos docenas de
testimonios, y se los dijera en secreto, - a su amigo- con que
entendiera mi nombre y acreditara mi ingenio.” Ficción en la
ficción, para dejar esclarecido, en el secreto a oídas del mundo
lector que es él el escritor, sin menoscabo de su arte. A un
escritor marginal como Cervantes, conciente de sus hallazgos
literarios, las alabanzas y los vituperios lo dejan en el mismo
lugar que siempre ha frecuentado: la soledad. E insiste, con una
decidida voluntad diferenciadora, a su lector amable, que
las novelas que le ofrece “no tienen pies, ni cabeza, ni
entrañas, ni cosa que les parezca”. Voluntad que el lector de
hoy apreciará al reconocer que talas Novelas Ejemplares
son piezas maestras de los comienzos de la literatura moderna en
tanto enseñan, como él mismo dice el “sabroso y honesto fruto
que se podría sacar” al leerlas todas y cada una. Y para dejar
consignado con mayor precisión su “intento” en “la plaza de
nuestra república” literaria, advierte que allí ha colocado “una
mesa de trucos donde cada uno puede llegar a entretenerse”. El
investigador Edwin Willanson ha estudiado el concepto que con
cierto sentido secreto Cervantes llama “mesa de trucos”. Dice
Willanson que esa frase lo llevó a estudiar el sentido profundo
de la misma, hasta descubrir que se trataba nada menos que de
todas las herramientas literarias que novedosamente propone
Cervantes, en toda su obra y en especial en el Quijote,
retomando lo necesario de la tradición y renovándolas hasta
llegar a proponer otra cosa, la novela moderna.
En prólogo a las Novelas Ejemplares en el último párrafo
escribe que “a esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi
inclinación, y más, que me doy a entender, y es así, que yo soy
el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas
novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de
lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni
hurtadas: mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van
creciendo en los brazos de la estampa…algún misterio tienen
escondido que las levanta”. Y cierra con un preciso dardo
lanzado a sus inmediatos y amargos críticos o descalificadores
al solicitar su propia paciencia “para llevar bien el mal que
han de decir de mí más de cuatro sotiles y almidonados. Vale”.
Ha señalado, en clave, antes, las técnicas narrativas, y sobre
todo la originalidad, que nadie le podrá negar, y su postura
moral que el lector, a quien tutea, deberá apreciar pues tales
“ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan”.
La crítica literaria moderna reconoce como acertada la
aseveración cervantina de que es “el primero que ha novelado en
lengua castellana”, que es el fundador de la novela moderna. El
siglo XlX lo reconoció en la palabra de eminentes escritores,
cito tres que trae Lúdovik Osterc en su Breve antología
crítica del cervantismo. Goethe comentó: “la obra que ha
alcanzado mayor perfección en este género (la novela de los
siglos XV y XVl)) es Don Quijote de Cervantes”. Otro
alemán, Ludwig Tieck, sostuvo: “El Quijote, esta gran
obra de arte, se mantiene todavía desde hace dos siglos como
modelo que no ha sido igualado…”. Uno más, el filósofo inglés,
Jhon Locke, escribió: “De todos los libros de invención, no
conozco ninguno que iguale al Quijote de Cervantes en
utilidad, donaire y constante decoro”.
El prólogo a la Segunda Parte del ingenioso caballero don
Quijote de la Mancha, gracias a que un detractor de Miguel
de Cervantes se atrevió a escribir dizque la continuación del
Quijote, el prólogo a la Segunda parte se inicia con
referencias al tal Alonso Fernández de Avellaneda. Antes una
nota. Según Alfonso Martín Jiménez en su libro El Quijote de
Cervantes y el Quijote de Pasamonte, una imitación recíproca,
el verdadero Avellaneda es Jerónimo de Pasamonte, a quien
Cervantes conoció en la prisión de Árgel. Por su lado, Enrique
Suárez Figaredo en Cervantes, Figueroa y el crimen de
Avellaneda, el verdadero Avellaneda fue Cristóbal Suárez de
Figueroa. En fin. Cervantes inicia dicho prólogo Así: “¡Váleme
Dios, y con cuanta gana debes de estar esperando ahora, lector
ilustre, o quier plebeyo, este prólogo creyendo hallar en él
venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don
Quijote; digo de aquel que dicen se engendró en Tordesillas
y nació en Tarragona! Pues en verdad que no te he de dar este
contento; que puesto que los agravios despierta la cólera en los
más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta
regla.” No se refiere a lo escrito por el tal Avellaneda en la
pretendida continuación si no al trato que le da al autor del
Quijote en el prólogo. Prefiere que el lector le transmita
al autor apócrifo lo que le quiere decir. Y de esta manera como
acertadamente señala Porqueras Mayo”Sutil técnica de Cervantes
con la que hace juez al lector en el pleito, al mismo tiempo que
lo va llenando, razonablemente, hacia su propia causa” narrativa
(:122). Según Porqueras Mayo, Cervantes se apoyó en el prólogo
que Mateo Alemán escribió a su Segunda parte del Guzmán de
Alfarache, dado que Juan Martí con el seudónimo de Mateo
Luján de Saavedra publicó, en 1602, la apócrifa Segunda parte de
su obra. Gracias a ese modelo de mesura Cervantes redacta un
“prólogo ecuánime”, conservando la ironía mordaz que lo
caracteriza. Aunque los dos prólogos son parecidos “en el tono y
hasta en la extensión tipográfica”, en el caso de Cervantes
debido a que “la desilusión” es “más profunda” el recurso de la
ironía es “más corrosiva” y por ello relata dos cuentecillos de
“perros y de locos” que, al mismo tiempo, por su valor
anecdótico, representan también una penetración permeabilizada
del contenido de la segunda parte del Quijote, donde
abundan ocurrencias y anécdotas graciosas, especialmente en boca
de Sancho Panza” (:123). Por el contrario, para Elías L. Rivers,
los dos cuentos “son bastante repugnantes pues tienen que ver
con perros y violencia física…sin embargo es una hábil defensa
contra tales insultos –los de Avellanada- en la cual Cervantes
intenta una vez más establecer una alianza de amistad con el
lector ” (:118). Yo leo los cuentos como parte del fino humor
cervantino. Lo de perros es una metáfora que no va más allá del
vagabundeo y un cierto desprecio, y la violencia es apenas una
referencia a la violencia que ha recibido el propio Cervantes de
parte de Avellaneda y de otros.
En el prólogo a Ocho comedias y ocho entremeses nuevos,
nunca representados (1615) Cervantes da cuenta de una breve
historia del teatro español, y confirma, así mismo, su propio
reconocimiento como autor teatral. El reconocimiento que en 1615
ha merecido Miguel de Cervantes le permite el tono que contiene
en partes precisas este prólogo. Por ello el inicio de su
Prólogo al lector es una clara justificación a lo que va a
decir de si mismo: “No puedo dejar, lector carísimo, de
suplicarte me perdones si vieres que en este prólogo salgo aún
tanto de mi acostumbrada modestia”. Y más adelante afirma: “Y
esto es verdad que no se me puede contradecir, y aquí entra el
salir yo de los limites de mi llaneza: que se vieron en los
teatros de Madrid representar Los tratados de Argel, que
yo compuse; La destrucción de Numancia y La batalla
naval, donde me atreví a reducir las comedias a tres
jornadas, de cinco que tenían; mostré, o, por mejor decir, fui
el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos
escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con
general gusto y aplauso de los oyentes, compuse en este tiempo
hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron
sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa
arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritas no
barahúndas”. Y casi al final anota: “Querría que fuesen las
mejores del mundo, o, a lo menos, razonables; tu lo verás,
lector mío…”
Martínez Torrejón en su trabajo Creación artística en los
prólogos de Cervantes al comentar el escrito para
Comedias y entremeses afirma que la “autoalabanza”, ya
realizada en la Novelas ejemplares “reaparece como
disparador del prólogo al teatro” (:183) y que entre las
novedades se observa una diferencia fundamental: “Cervantes se
sabe o se intuye fuera de su campo. No podía ser de otra manera
cuando Lope y sus seguidores monopolizaban la escena española”
(:183). Y agrega: “Precisamente para superar este sentimiento de
inferioridad, nuestro novelista va a hiperbolizar en este
prólogo su propio peso específico en la historia y el mundo del
teatro español” (: 183). Advierte Martínez Torrejón que
Cervantes se vale de su edad como argumento para destacar su
superioridad frente a Lope, al mismo tiempo que “tendrá que
alterar no poco la verdadera historia” (:183) para lograr su
propósito: “cómo superar a Lope en teatro” (: 183).
No es difícil entender que Martínez Torrejón confunde varias
cosas con ingenuidad o tal vez con malicia. Confundir autoelogio
con lo que la crítica literaria suele llamar autor-personaje es
un verdadero contrasentido. Miguel de Cervantes por el año de
1615 no era un desconocido y menos era un hombre que se moviera
en los bajos fondos de los complejos de inferioridad, lleno de
envidia y lanzando dardos a diestra y siniestra, como suelen
hacer los mediocres, gracias a su definida y clara conciencia de
creador e innovador literario, y de crítico del oficio de
escribir en su tiempo, como lo destacan sus más agudos y
fundamentados analistas modernos.
Baste recordar lo que su biógrafo Jean Canavaggio en
Cervantes anota refiriéndose a la obra teatral de Don
Miguel: “Pero Cervantes no pinta ni denuncia como moralista los
prejuicios y las apariencias. Inventa un teatro en libertad que
pone en orbita;…las comedias cervantinas funden (así) en un
mismo crisol Poesía e Historia, en la encrucijada de la
literatura y de la vida…. Ojalá sean continuadas (se refiere a
las representaciones modernas) por otras experiencias, para que
ese teatro por nacer acceda plenamente a la vida” (:370,
371,373).
Porqueras Mayo llama la atención sobre las influencias que están
allí, detrás del prólogo, en las comedias y entremeses. Resalta
el recurso de introducir amigos. “Pero en este caso, anota el
investigador aludido, con cierta variación con el fondo de
tertulia humanista, una vez más, como quizá en la Fhilosofhía
antigua poética de López Pinciano, leemos (en Cervantes),
“Los días pasados me halle en una conversación de amigos, donde
se trató de comedias y de las cosas a ellas
concernientes’…”(:123). Lo que interesa destacar de los asertos
de nuestro comentarista son las lecturas que Cervantes ha
realizado y en las cuales se apoya para escribir el prólogo
teatral que anotamos. En el siglo XVl se acostumbraba al
redactor prólogos para las obras de teatro, realizar referencias
breves a la historia del mismo, “o alusiones, al teatro antiguo
clásico”. Y comenta: “Me refiero a los de Argensola, al del
autor de la comedia de Sepúlveda, etc. Pero es en una Loa a
la comedia (1603) (verdadero prólogo teatral), de Agustín de
Rojas, donde Cervantes encontró la inspiración para ensayar, de
nuevo, añadiendo experiencias y observaciones personales, una
pequeña historia del teatro español. Cervantes conocía y
admiraba esta loa, donde se le cita elogiosamente por los
Tratos de Argel” (: 123). Destaca, también, como acostumbra
Cervantes en otros prólogos, rematar con un tono epistolar: “Y
con esto, Dios te dé salud, y a mí paciencia”. La socorrida
paciencia, ante tanta desventura personal y familiar y, obvio,
el necesario y justo reconocimiento personal, a su obra.
El último prólogo que escribe Cervantes, antes de morir, y que
aparecerá un año después de su deceso, acompañando Los
trabajos de Persiles, y Segismundo, historia septentrional,
(1617) es bastante parecido al de su Quijote l.
Introduce, desde el primer párrafo, la presencia de los amigos,
como era su costumbre prologistica para hablar de sí mismo, de
literatura, de sus aportes o realizar una crítica literaria.
Emerge, entonces, el “estudiante pardal” y éste admirado de
saber que tiene frente así mismo al escritor famoso le dice:
“–Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor
alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas”. A tal elogio y
reconocimiento Cervantes, el personaje escritor, responde: “Yo,
que en tan poco espacio vi, el gran encomio de mis alabanzas,
parecíome ser descortesía no corresponder a ellas. Y así,
abrazándole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto
la valona, le dije: -Ese es un error donde han caído muchos
aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el
regocijo de las musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha
dicho vuestra merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y
caminemos en buena conversación lo poco que nos falta de
camino”. Este prólogo es abiertamente novelesco, en el cual se
percibe la “típica permeabilidad de éste genero”. Anota
Porqueras Mayo algo significativo que debemos citar: “Pero lo
importante, ahora, es la profundidad humana. Este
prólogo-epílogo, valga la paradoja, a través del elogio del
estudiante, nos presenta el mejor retrato de Cervantes, el que
el autor quiere que permanezca para la posteridad (a pesar de
ciertas protestas retóricas por lo “del regocijo de las musas”)”
(:124). La capacidad creativa de Miguel de Cervantes,
particularmente en los prólogos, es de una gran riqueza en la
medida que logra novelarlos y en esta dirección recurre a la
contradicción para lograr escenas plenas de una significación
crítica y reveladora. Cervantes sabe, como lo indicaron
Quintiliano y Cicerón, que lo que caracteriza fundamentalmente
la teoría de la narración son tres cualidades: la brevedad, la
claridad y la verosimilitud, como bien lo destaca Luisa López
Grigera en La retórica en la España del Siglo de Oro
(:167).
8.- Conclusiones
En el siglo XX el que inicia una lectura renovada de la obra
cervantina es Américo Castro. En El Pensamiento de Cervantes
reserva un capítulo a Los prólogos de Cervantes y desde
su análisis deslinda las ocurrencias de muchos comentaristas con
los esfuerzos creativos de un Cervantes enfrentado a una
tradición y un presente difícil y agobiante en todos los ordenes
de la vida intelectual y material. Cervantes sabe lo que desea,
lo que busca y los logros él mismo los va indicando,
principalmente en los prólogos a las obras que va entregando a
sus lectores. Américo Castro alarmado por los desatinos de
alguien que se atreve a escribir que Cervantes “no nos brinda
supuestos y asideros” para entender su obra mayor cuando
–precisa el estudioso- “justamente en ella se ofrece el primer
caso de consciente inserción de una técnica y de un propósito
estético en la trama misma del esfuerzo creador” (:532). Se
detiene en los dos “maravillosos prólogos” al Quijote. Al
referir los veinte años en los que “duermo en el silencio del
olvido” Américo Castro interpreta la frase con agudeza
esclarecedora cuando escribe que “a lo largo de los cuales corre
un lento proceso de interiorización y meditación, el cual le
permitió zafarse de cuantos modelos de libros corrían por España
e Italia” (:532). Y par establecer el primer deslinde anota:
“Lope de Vega, al escribir en prosa, derramaba el manantial de
su espontaneidad expresiva, sin empeñarse mucho en inventarle
nuevo cauce. Cervantes, muy al contrario, consumió años en
proyectos de ingeniería literaria que no debieron recibir la
aprobación de la critica.” (: 532). Y, más adelante, apunta otro
deslinde importante: “La genialidad de Cervantes consistió en
administrar con prudencia su gran empresa de salazón de mitos,
para, por evitar a Lope, no dar en (Guzmán de Alfarache o
en) Quevedo. Entre estos dos polos se orientó su arte” (: 535).
Con precisión lee el prólogo a la Primera parte del Quijote,
de éste señala que allí Cervantes “expone ya un programa de
podas y una justificación de ausencias” (:535). Américo Castro
va internándose en el Quijote, desde su lectura del
prólogo, de tal manera que, al mismo tiempo, despoja,
críticamente, lecturas desorientadas, y relee el presente y
pasado literario de Cervantes para su mejor comprensión de la
vida y la obra legada por este genio de la invención literaria.
La lectura que en la segunda mitad del siglo XX realiza Martín
de Riquer es quejosa, a veces uno piensa que no le agrada la
forma como Cervantes ve la literatura y realiza su obra, aunque
siempre lo elogia. Cito un fragmento de Preliminares a la
primera parte del Quijote en Para leer a Cervantes y
así cifrar el desdén, o acaso una lectura poco atenta a las
intenciones y propuestas cervantinas: “Era costumbre que los
autores de libros pidieran a escritores de fama o a personas
encumbradas poesías laudatorias para poner al principio de su
obra. Cervantes, que al parecer no consiguió que ningún escritor
de prestigio le favoreciera con poesías en elogio del Quijote,
con gran alborozo de Lope de Vega (S8), satirizó cómicamente tal
costumbre insertando, a continuación del prólogo, una serie de
poesías burlescas firmadas por fabulosos personajes de los
mismos libros de caballerías que se propone desacreditar”
(:115). Parece la lectura de una persona encumbrada que sale hoy
en día en defensa de Lope de Vega. Este especialista en obras de
caballerías, sigue pensando, como otros decimononos
comentaristas, que Cervantes deseó “desacreditar” las novelas de
caballerías.
Otro de los renovadores de la crítica literaria en torno a la
obra de don Miguel de Cervantes es el inglés E.C. Riley. En su
ya clásico estudio Introducción al “Quijote” al iniciar
el apartado sobre El primer prólogo afirma: “El prólogo a
la Primera parte del Quijote, escrito probablemente en
1604, refleja indirectamente algo de la agitación existente en
el mundo literario hispano en los primeros años del nuevo siglo.
En ningún otro prólogo se vinculó tanto Cervantes a la escritura
de la ficción novelesca de su época” (:44). Como otros, indica,
que una parte de las consideraciones de Cervantes van dirigidas
a obras de Lope, no simplemente como si se tratara de un enemigo
personal, ya que lo que él busca era deslindar el espacio
literario en que se movía. Escribe Riley: “El mensaje positivo
de este prólogo tan lleno de jocosa ironía es que lo importante
es el propósito de la obra, no sus adornos, y que eso es lo que
debería regir su forma” (: 45). Riley esta de acuerdo con la
crítica de Cervantes a Lope de Vega, dejando a un lado los
ataques personales, dado que comprende que el alcalaíno estaba
articulando una propuesta literaria y que debió, necesariamente,
trazar las líneas divisorias con los colegas del momento. Por
ello escribe: “Detrás de la modestia burlona y de la ironía del
prólogo se percibe una nota desafiante, casi provocativa, que va
más allá del mero rechazo de la pedantería y de la presunción.
El mismo Cervantes se aparta de ciertas prácticas literarias de
su época, sin importancia en sí mismas, pero indicativas de una
tendencia que él podía razonablemente deplorar, tanto por
motivos de estética como desde la perspectiva del escritor
conocedor de su público” (.:47). Y para cerrar su comentario
hace una reflexión penetrante que pone de relieve uno de los
aportes claves de Cervantes: “Este autor tan despierto
transforma la crítica en creación y, aquí –en el prólogo- como
en tantos otros lugares, lleva la atención al acto de
composición de su obra” (:48). Transformar la crítica en
creación, en los prólogos, fue posible a Cervantes gracias,
especialmente, al recurso de personajes secundarios –el amigo
que llega, al que se encuentra, con los que se reúne, el
estudiante peregrino-, los diálogos y cuentos que introduce en
los prólogos y, obvio, el propio yo del escritor. El biógrafo y
crítico cervantino Jean Canavaggio al referirse a los narradores
“tan diversos como ficticios” anota en Cervantes entre vida y
creación, que se trata “de la meditación activa que el
sujeto del discurso va desarrollando en torno a sí mismo” (:
65).
Jean Canavaggio, uno de los lectores más agudos del presente de
la obra de Cervantes, dedica varias reflexiones a los prólogos.
Se distancia de algunos y avanza en las consideraciones, la
significación y alcances de los prólogos cervantinos. Escribe:
“La originalidad de estos textos radica, en efecto, en que en
ellos la figura del narrador, en vez de ocultarse (como en Lope)
detrás de su portavoz imaginario o de perderse en el anonimato
de un yo retórico, se identifica de manera explícita con
el mismo Miguel de Cervantes. Sólo las dedicatorias y el
Viaje del Parnaso nos ofrecen parecida identificación”
(Ídem.: 66).
Canavaggio asume una actitud crítica sobre los que lo anteceden
en comentar los prólogos de Cervantes. Señala que muchos
cervantistas se han fijado sobre todo en su carácter
informativo, reducidos a comentar los datos que allí se
encuentran sobre la vida y carrera de Cervantes; anotaciones
sobre sus preferencias y discrepancias literarias, con estos y
aquellos; sobre sus doctrinas y ambiciones de escritor. Y
precisa: “Alberto Porqueras Mayo ha sido el único, dentro de un
trabajo de conjunto, en enfocarlos como prólogos en rigor, o sea
con arreglo a su morfología y como modalidades de una misma
forma canónica de aquel genus dicendi…” (:66). Canavaggio
acepta, asume y lleva a su propio discurso de crítico literario
la perspectiva de Porqueras Mayo para entender los alcances del
prólogo como género literario. Ve, entonces, como Cervantes
acude al autorretrato, al diálogo imaginario, al relato
retrospectivo en primera persona, los cuales “no sólo
corresponden con un incongruente empleo del yo y del
tu; denotan una creciente contaminación del exordio canónico
por la novelística cervantina” (:69). La reflexión es aún más
precisa cuando señala lo siguiente: “Al quebrantar, primero,
luego al trastocar la temporalidad del discurso prologal
mediante una diversificación de los tiempos y modos, tales
procedimientos colocan al sujeto de este discurso en una
compleja relación, tanto consigo mismo como con sus
interlocutores ficticios y, más allá, con su lector dedicatorio,
intermediario, confidente, cómplice, que desempeña unos papeles
asaz distintos” (:69). Por ello el sujeto no queda preso de las
funciones sintácticas propias de la forma prologal que lo
antecede, debido a que estas “técnicas presentativas” le hacen
posible ir y venir dentro de un espacio más amplio, “facilitando
así su valoración”.
Canavaggio deja a un lado la utilidad biográfica de los prólogos
para entender, desde otra óptica, la función que el sujeto del
discurso adopta en cada uno de los mismos. En los prólogos al
Quijote el sujeto, se nos aparece, ante todo, sostiene, como
un individuo cuyo retrato apenas se perfila en la descripción
física. Pero tal retrato “no se limita al enunciado de las
características “objetivas”; procede, en realidad, de un
perspectivismo que confronta enfoques distintos” (: 69). En
cuanto se nos ofrece de manera implícita, como sucede en el
Quijote ll, en el que la presentación del prologuista por sí
mismo ocurre como respuesta a las afirmaciones malintencionadas
de Avellaneda; o como en las Novelas Ejemplares donde el
sujeto emerge como consecuencia de un desdoblamiento del
narrador, en el que el autorretrato aparece en tercera persona;
o como en el Quijote l, las Comedias y
entremeses y el Persiles, donde el sujeto logra su
autonomía, cuando es necesario, a través de un diálogo en estilo
directo, al asociar al narrador con uno o varios interlocutores.
Canavaggio se resiste a tomar aquel yo por un ser de carne u
hueso, pues, se caería, sin duda, “en el lazo que nos tiende
todo autodiscurso”. Apoyado en la lingüística moderna hace la
siguiente precisa afirmación: “Cervantes en primera persona no
es una persona real y verdadera. Es un ser imaginario:
elaborado, clara está, con elementos sacados de la experiencia
del Manco de Lepanto, pero engendrado por un “decir” específico
y establecido como tal por la mirada del lector” (:69-70). Esta
afirmación no es excluyente. Canavaggio a renglón seguido admite
que no se trata de reducir a Cervantes a una simple persona
gramatical, al yo retórico “sin más referente que el acto del
discurso individual en que se pronuncia y cuyo locutor queda
señalado por este mismo yo” (:70). En tal sentido,
sostiene el crítico francés, lo que otorga trascendencia al
sujeto son varios aspectos bien definidos: “la suma de atributos
físico-morales que le son propios; es también la identidad
permanente que se le otorga de un modo tan espontáneo como
unánime, haciendo que se le llame “comúnmente” Miguel de
Cervantes Saavedra” (: 70); es, también, la circunstancia cada
vez más concreta en la que se arraiga el sujeto en la narrativa
cervantina, que va desde un lugar impreciso en el prólogo al
Quijote l, en el que el amigo que aparece en el estudio del
escritor, nunca es descrito, hasta aquel camino en el
Persiles que va de Esquivas a Madrid, donde sucede el
encuentro con el “estudiante pardal”, a quien describe con sus
atavíos; así como los proyectos literarios anunciados en varios
ocasiones.
Para éste crítico literario los procedimientos como el
autorretrato, el relato retrospectivo intervienen como
“auténticos ritos de presentación” en la medida que “al
bosquejar el escenario de su existencia presente, al recordar
repetidas veces su pasado de soldado y de escritor como una
auténtica vivencia, al proyectarse hacia el porvenir ansiado
desde hace tantos años, el sujeto del discurso prologal organiza
con extraordinaria tenacidad una verdadera “mise en scène” de si
mismo y la va ampliando entre uno y otro prólogo, tanto en el
espacio como en el tiempo” (: 70).
Casi todos los que han reflexionado sobre el prólogo a la
Primera parte del Quijote, coinciden en que es una pieza
maestra de la literatura del momento, pero sobre todo, es un
texto extraordinariamente original, libre de toda subordinación
a las convenciones, ya indicadas, del género. Es por ello,
observa Javier Blasco, que Cervantes “convierte su prólogo en un
escenario de un acto, en el que tras firmar con el lector –con
cada uno de los lectores- un pacto de lectura, se establece un
estatuto que regula con nitidez las condiciones en que la
relación con el texto ficticio debe establecerse” (:100). Este
estatuto se encuentra perfectamente expuesto en las páginas que
hacen el Quijote. Son cuatro aspectos los que regulan el
desarrollo de la obra (:100).
1.- La lectura del Quijote, según el prólogo, exige un
Desocupado lector. Nuevo estatuto del lector, antes no
reconocido. Aquel lector crítico, avisado, con tiempo de pensar.
2.- Al lector que se ocupe del libro sólo se le promete
“entretenimiento”. Adviértase que un ningún momento se le
sugiere “enseñanza”. Entretenimiento que implica que al leer
dicha historia “el melancólico se mueva de risa, el risueño la
acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire, el
grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”. El
nuevo lector será, entonces, múltiple y diverso.
3.- El lector elegido se encuentra en total libertad para
“juzgar” y “valorar” la obra que aborda. “…tienes tu alma en tu
cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estas en tu
casa, donde eres señor della, como el rey de sus alcabalas, y
sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto, al rey
mato. Todo lo cual te esenta y hace libre de todo respeto y
obligación, y así puedes decir de la historia todo aquello que
te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te
premien por el bien que dijeres de lla”. El lector deberá ser
crítico.
4.- A lector de aquellos años, necesariamente, dada la obra
diferenciadora que leerá, se le imponen claros límites en el
terreno de la interpretación (:101). Aquí el deslinde y el nuevo
espacio es con absoluta precisión indicado por Cervantes: “ni
caen debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las
puntualidades de la verdad, ni las observaciones de la
astrología; ni le son de importancia las medidas geométricas, ni
la confutación de los argumentos de quien se sirve de la
retórica; ni tiene para qué predicar a ninguno, mezclando lo
humano con lo divino, que es un género de mezcla de quien no se
ha de vestir ningún cristiano entendimiento” (:101).
Cervantes, escribió Américo Castro al comentar Los prólogos
al Quijote, “refugia su ser total en el retablo de sus
invenciones, como Maese Pedro de la propia vida, para intentar
la incalculable tarea de ser a la vez su autor, actor, y su
espectador crítico” (:531-32). Y, en efecto, Cervantes es
escritor paródico, un personaje ficcional y un lector crítico en
el prólogo, en casi todos los prólogos que redactó para sus
obras. Algunos, como Heinz-Peter Endress, distingue el prólogo
como singular, único y original, a partir de la clara y decidida
idea de Cervantes de no querer ir con la corriente del uso y,
por lo tanto, la actitud irónica y renovadora, la confianza en
su originalidad, “la calidad y dimensión profunda de la obra así
como del pensamiento de su creador” (: 163) será la clave de la
escritura del prólogo.
Las condiciones estaban dadas. La época en la que ocurría la
Reforma era el centro de gravedad de múltiples debates.
Filólogos y teólogos debatían en torno a los diferentes
problemas de la lectura, de alcanzar la rectitud interpretativa
y de fijar la materia bíblica en su pureza textual. De ahí el
desarrollo de las técnicas de autenticación y de interpretación.
La crítica textual logra un importante desarrollo aportando
métodos, no así la interpretación y, es por ello, es que la
lectura de los textos sagrados será encomendada, exclusivamente,
para su interpretación, a los Prelados, Profetas y Doctores.
Sólo se admite una sola interpretación, aceptando los distintos
niveles de lectura: literal, alegórica, o moral, sin dejar de
ser la iglesia la única en decidir cuál debe ser la
interpretación, de lo contrario se llega al error o la herejía.
Se distinguen los textos Sagrados de los paganos. Para tales
textos nacen lectores diferentes. En las escrituras habla Dios y
por lo tanto no están, en lo más mínimo, sometida a la
discusión. La literatura profana, en cambio, esta supeditada a
la interpretación, el debate y a la duda. Es el caso de los
libros de historia. Estos dirigen al lector: interpretan la
vida. Diferente es el caso de la literatura de ficción, dado que
la interpretación, por ejemplo, de una novela será
responsabilidad única y exclusiva del lector. El lector de
ficción se encuentra solo frente a texto. Sin olvidar que los
moralistas intentaron encontrar en ellos materia para la vida y
por lo tanto la condena. La invención de la imprenta facilitó,
decididamente, que otros lectores surgieran. No olvidemos que
los hábitos y prejuicios de los lectores de la época arrastraban
lastres culturales que los desorientaban e impedían acercarse a
la propuesta que la novela naciente les ofrecía. En este sentido
es precisa la observación de Javier Blasco, cuando escribe: “El
Quijote es un buen ejemplo de cómo también Cervantes
percibía el peligro y don Quijote encarna puntualmente todos los
síntomas de la enfermedad que la lectura de los libros de
ficción, según los críticos de la época, provoca en el lector.
Lo que diferencia su ataque contra los libros de caballerías es
el hecho de que Cervantes, consciente del peligro, no opta como
aquellos por la amputación traumática, sino que, haciendo tríaca
del propio veneno, convierte la historia de don Quijote en
escuela de lectura, remitiendo al lector la responsabilidad
última” (:109).
El Quijote de Miguel de Cervantes es la ficcionalización
de los debates de los humanistas, políticos y teológicos, del
problema de la lectura. El novelista nos ofrece, como dice
Carlos Fuentes en Cervantes o la crítica de la lectura,
una nueva manera de leer el mundo: “una crítica de la lectura
que se proyecta desde las páginas del libro hacia el mundo
exterior; pero también y sobre todo, y por primera vez en la
novela, una crítica de la creación narrativa contenida dentro de
la obra misma: crítica de la creación dentro de la creación”
(:15).
Finalmente es oportuno señalar lo que Joaquín Aguirre Bellver en
su interesante trabajo Como se escribió el Quijote, la
técnica y el estilo de Cervantes en tanto que realiza un
pormenorizado recorrido por la obra para enseñarnos como existe
en tal creación un tejido poético en prosa, con determinadas
rimas. Este investigador trabaja sobre lo que denomina
“aproximaciones al borrador” para señalar, en el caso del
prólogo a la Primera parte de Quijote, rimas y
“sonoridades endecasílabas” y nos advierte que “Cervantes está
haciendo una acumulación de ritmos y sonoridades que deben
resaltar entremezclados, subyacentes, sin que el lector los
perciba de forma directa” (225). Planteamiento novedoso que
debemos registrar.
Los prólogos de Cervantes, en espacial, el magistral prólogo a
la Primera parte del Quijote juega una doble función
decisiva: prólogo y crítica a los prólogos. Pero también es,
además, y sobre todo, creación del nuevo lector, como advierte
Javier Blasco, de aquel que vendrá, que al mismo tiempo la
ficción literaria que ofrece el fundador de la novela moderna,
así lo demanda. Cervantes crea el lector moderno desde la ironía
crítica, no hay duda. |