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Fernando Cabrera, poesía y tiempo
José Mármol
Fernando Cabrera (Santiago, 1964) se nos reveló primero
como poeta, dándonos a conocer en 1990 su libro Planos del
ocio (Ediciones Litost, Editora Corripio). Tres años después
se publica su segundo libro poético, El árbol (Editora
Taller), con el cual obtuvo el Premio de Poesía Casa de Teatro
del año 1992. Más tarde, en 1997, ve la luz su tercer poema de
largo aliento, Angel de seducción, con el cual había
merecido, un año antes, el Premio de Poesía Pedro Henríquez
Ureña.
Al tiempo que sentaba sus reales como uno de los poetas
destacados y laureados de los escritores ochentistas que
empiezan a publicar en los años 90, Fernando Cabrera inicia en
las páginas ya desaparecidas del suplemento cultural Artes y
Letras del diario El Caribe una serie de artículos sobre
arte y literatura que nos fueron revelando un ensayista provisto
de una prosa despojada de ornamentos y con sobrada enjundia.
Textos críticos de Cabrera enriquecen hoy día, esporádicamente,
las valiosas páginas de la sección Biblioteca, dirigida por el
crítico e investigador José Rafael Lantigua, en el periódico
Listín Diario.
Como producto de esa fecunda labor reflexiva en torno a la
literatura y el arte, Cabrera publicó en 1999 un volumen de
ensayos titulado Imago mundi (lecturas críticas
1995-1999), que pertenece a la Colección Fin de Siglo, que
creó y dirigió José Antonio Bobadilla.
A propósito de su prosa ensayística puedo confesar, en efecto,
que entre mis materiales de trabajo, en términos de lectura y
escritura, se encuentra, ya invadido por mis notas y apuntes al
margen, encaminados a convertirse en prólogo, el original de un
ensayo crítico de Fernando Cabrera, que pronto dará a la estampa
y pondrá en manos de los lectores. Se trata de una seria y aguda
reflexión sobre la poesía y sus autores en los últimos treinta
años, que el ensayista ha titulado Poesía finisecular
dominicana.
Asistimos a la entrega de un nuevo poema extenso de Fernando
Cabrera, otro poema-libro que lleva por título Destierros,
Curriculum Vitae, con el cual el autor obtuvo un nuevo
galardón literario, en esta oportunidad, el Premio de Poesía de
la Universidad Central del Este 2001. Pero, encontramos en este
volumen una nueva revelación, la de Fernando Cabrera como
artista de la composición, la materia y el color, cualidad con
la cual nuestro hombre de letras se inscribe en la trayectoria
de grandes poetas y escritores con una marcada afición por el
dibujo y la pintura como William Blake, Federico García Lorca,
Rafael Alberti, Henri Michaux o Ernesto Sabato, y de los
nuestros, Manuel del Cabral, entre otros. Pasa, pues, Cabrera a
la condición de artista creador con la materia prima de dos
lenguajes, el de las palabras y el de la línea y el color.
Interesa sobremanera el hecho estético de que en Destierros,
Curriculum Vitae el lenguaje de vocablos y el visual están
articulados en forma armónica, en procura de permitir al lector
y al espectador ir develando la estrategia de sentido del poema
a través de las pinturas y viceversa. O bien, reforzar los
parámetros de una lectura con la otra, para lograr un ejercicio
inventivo que va más allá de la mera ilustración, de por sí
valiosa y enriquecedora como recurso artístico y de significado.
Desde el primer texto que escribí acerca de la obra poética, la
primera de hecho, de Fernando Cabrera, había advertido en el la
condición singular, en el marco de la vorágine generacional que
nos ha caracterizado, de una escritura con ribetes cosmogónicos.
Cada libro suyo encierra el inicio y el final de un solo poema
de largo aliento, con el cual abre y cierra un universo
simbólico, un mundo de sentimientos, pensamientos y palabras,
ahora también trazos y matices, que el lector podrá recrear y
reinventar con cada experiencia de lectura, hasta descubrir la
condición única e irrepetible del contacto con la poesía.
En esta nueva obra poética y pictórica el creador traza una
suerte de arqueología del tiempo contemporáneo, o posmoderno
postrero, desde la aparente inmediatez y mensurabilidad de un
día de labores burocráticas, una jornada de oficina, si se
quiere, que empieza con el despertar de las 7:08 de la mañana,
para concluir a las 18:00 de la tarde. El tiempo, si, el más
radical y severo de los actos intuitivos, ese que ha consumido
despiadada e inmisericordemente el pensamiento y la vida del
hombre, occidental y oriental, desde Confucio, Lao Tse, Tales,
Heráclito y Parménides, en días antes de Sócrates y de Cristo
hasta Newton, Einstein, Mishima, Bachelard y Hawking en días más
cercanos a nuestra angustiosa existencia. El tiempo, cotidiano
misterio, del cual la idea, el sonido y la palabra no son sino
formas inmediatas por medio de las cuales tratamos de hurgar en
su infinita duración, para consolarnos con la simple insinuación
de su insondable memoria.
El gran poeta japonés Matsuo Basho trató de atrapar, con
brillante acierto, en una imagen poética la asombrosa duración
de un día invernal, que, dicho sea al pasar, produce en nosotros
una sensación de más corta extensión que un aciago y soporífero
día de verano, al escribir en las breves sílabas de un haiku: “Día
de invierno: sobre el caballo se hiela la sombra”. Así quedó
dicho y pintado un día de frío del lejano Oriente, tal vez
fáctico, tal vez sólo imaginado, en la historia de la literatura
japonesa y en la posteridad. ¿A qué se debe, como inquirió Peter
Handke, no lejos del influjo de Basho, en su fabuloso Ensayo
sobre el día logrado (1991), el hecho de que la duración de
un día y su efecto de logro o fracaso se hayan convertido, de
repente, en tema o proyecto de nuestra época? Como si se tratase
de una respuesta, el propio poeta Cabrera nos advierte: “Cada
minuto: verdugo fiero/ de ahí que el ser/ aun cuando anda
absolutamente puntual,/ siempre llega tarde y sin remedios/ a
sus encrucijadas vitales”.
Platón define el tiempo como la imagen móvil de la eternidad.
Aristóteles lo hace como acto del alma que permite apreciar la
sucesión regular, el movimiento natural que fija
lo anterior y lo posterior. Para Kant es forma
pura de intuición sensible. Para Bergson el tiempo trata
de la duración real contenida en él mismo, más como
objeto de la intuición que del pensamiento. En las épocas
modernas el tiempo está estrechamente ligado al trabajo como
creación y como enajenación. Nietzsche establece el exceso de
trabajo como uno de los vicios modernos. Fernando Cabrera
parece gritar, entre paréntesis, a lomos de un verso que reza:
“(Tengo el día demasiado adentro,/demasiado frío, ¡demasiado
solo..!)”. Vivimos nuestro tiempo, nuestra era bajo una
irreconciliable confrontación entre la cultura de la eficiencia
productiva o de servicio y una cuasi perdida cultura del ocio y
lo lúdico.
Hay un estilo de vida, a veces insufrible, superfluo,
absolutamente estéril y banal, que se ha impuesto odiosamente
sobre el sentido de plenitud de la vida misma y de los días. Se
trata de un modo de vivir, o tal vez de morir a plazos, que
contraviene los valores esenciales de la existencia en libertad
y armonía con el prójimo, la naturaleza y el espíritu. “Mi
laberinto –más mi laberinto que nunca-,/ toma ausencia y
silencio hasta hartarse”, escribe Cabrera con estupor. Y en
otro momento de su personal y a la vez colectivo Curriculum
Vitae, de su ser en el otro, el poeta se mira y nos mira
aduciendo: “Jungla fluvial./ Muchedumbre/.../ Copiado
instantáneo de accesorios a la moda./ Normas de productos de
masivo consumo./ Mi Yo semejante a tu Yo, cuán similar a
cualquiera./ .../ Egos en competencia maldita, más tendiendo a
la pose que al esfuerzo real por las utopías./ Corderos de
alabanza./ Carnes de sacrificio. Náufragos de las horas...”
Desde el punto de vista de la técnica del poema y el manejo de
los recursos expresivos Fernando Cabrera ha seguido fiel a la
convicción según la cual lo fundamental en la obra poética es la
problemática del lenguaje. Ello así, muy a pesar de los avatares
e incomprensiones que contra quienes compartimos ese credo
estético han promovido los tullidos del idioma y ciegos de
percepción, que entre nosotros los hay en demasía. Aún más, en
su pretensión estratégica y de una incólume coherencia a lo
largo de su obra consistente en imprimir elevados niveles de
abstracción y de densidad simbólico-estética al lenguaje
ordinario, al lenguaje coloquial, esta vez, al de uso cotidiano
en la autocontemplación de la vida burocrática, Cabrera colinda,
sin dejar intacto a Kafka y gozando de su contagio, con la idea
de Roberto Juarroz que dice de la poesía, que si bien es un
hecho de lenguaje, es también la pretensión de ir con el
lenguaje más allá del lenguaje mismo.
He aquí una muestra más de infatigable oficio de uno de los no
tantos poetas de nuestro país que ha asumido con honda seriedad
la creación escritural. Fernando Cabrera sigue siendo, a mi ver,
un poeta que escribe y publica como una expresión de su propia
vitalidad espiritual y existencial, sin pretender con ello el
prestigio social que otros maniáticos escribidores persiguen a
muerte, para su efímera y hueca resonancia publicitaria. Y
justamente como rechazo al ruido con que azuza la falsa poesía,
sentencia nuestro poeta con versos resistentes: “Miro desde
el umbral del ocio reciente/ pero en lo visible habita poca
belleza”. Quede, pues, preservada la poesía auténtica para
quienes como Fernando Cabrera ofrendarían su más hondo y
abnegado decir en pro del rescate del lenguaje poético de una
estruendosa y vigente aurea mediocritas. Será el de los
que han de perdurar, por contribuir a callar el lenguaje de la
seudopoesía, y en su lugar, rescatar los valores estéticos
capaces de hacer hablar el silencio. |