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Poesía dominicana contemporánea, una breve visión
personal de sus movimientos y tendencias
José Mármol
Lo contemporáneo es lo patente. Pero en
toda patencia tremula una latencia. Entre lo patente y lo
latente se produce la misma simbiosis paradojal que ha existido
siempre entre el movimiento y el reposo. El movimiento puede ser
concebido como una imagen móvil de la inamovilidad en sí. Lo
inmóvil o el reposo, como un condensado potencial de movimiento.
De todas maneras, y más aún, a partir de nosotros
y en la óptica de nuestro horizonte cultural, lo contemporáneo
es, a su vez, el presente vibrante y la acumulación de un pasado
inexcusable que, en términos relativos, acaba de acontecer.
Hegel lo expresó desde el siglo 19: nuestras tierras conllevan
el germen del futuro, porque justamente, la civilización las
descubría o inventaba y tronchaba hacía poco. Nuestro pasado fue
ayer, y como en Antonio Machado, en nuestro tiempo “ayer es
nunca jamás y hoy es siempre todavía”.
Podría ser más que meramente circunloquio
bizantino establecer las precisiones semánticas que singularizan
lo contemporáneo ante lo coetáneo. La disquisición es de cepa
orteguiana. Ortega y Gasset deslinda lo coetáneo, que es aquello
(hombres, mujeres, ideas, tendencias sociales, etcétera) con lo
que literalmente se conace o se cohabita; es decir, se coexiste:
un presentismo en escorzo. Mientras que lo contemporáneo es ese
espacio más vasto, más flexible en el que coetáneos distintos
pueden ser correligionarios; y esto vale para las ideas, las
tendencias sociales, en fin: la contradicción entre avanzados y
recalcitrantes en un mismo período histórico. Lo más interesante,
en remate, es que la contemporaneidad puede ser sólo una para
una multiplicidad de coetáneos, por el hecho de que es ella la
que traza el círculo de convivencia. Atiene, pues, a la
contemporaneidad un envolvente y machadiano ser siempre todavía.
Hablar, en consecuencia, de la poesía dominicana
contemporánea, implica replantearnos el decurso de la escritura
poética de siglo 20, último del segundo milenio del lineal
tiempo occidental. Y es que, la contemporaneidad secular de
nuestra poesía (y prácticamente de nuestra literatura en
general) es un surtidor que enhebra, en profusa madeja, una
secuencia por oposición de sistemas y posturas poéticas
desarrollados sobre un eje de convivencia. Por ejemplo, la
poética y publicaciones de La Poesía Sorprendida conjugaron a
postumistas, independientes, sorprendidos puros, sorprendidos
ultraístas, poetas sociales y prevanguardistas o prepluralistas.
La onda de la posguerra reúne a los escritores de la Generación
del 60 y a los de la Joven Poesía. La reverberación de los
círculos y talleres literarios de inicio de los años 80 permitió
la emergencia y convivencia contradictoria de poetas
ideologicistas partidarios y de esteticistas nihilistas o
escépticos, un hecho rastreable en buena parte de la historia
literaria de América Latina de los últimos treinta o cuarenta
años.
En este sentido, concentraré mi personal y
modesta visión de la poesía dominicana contemporánea, en la
óptica de sus movimientos y tendencias, y no precisamente en sus
personalidades poéticas, cuando, sobre todo, hemos de hacerla
entendible a un público que incluye extranjeros, y en especial
al poeta que nos honra con su visita, Juan Carlos Suñén, en
cinco intervalos, que a su vez se sustentan en dos paradigmas,
con lo que dejaría sentada, en forma nada exhaustiva, la
tradición poética del presente siglo en nuestro país.
Primero, Los Forjadores, cuya preeminencia
poética abarca de 1912 a 1921, centrándose en dos
manifestaciones estéticas relevantes: el Vedrinismo (término aún
en discusión), encabezado por Vigil Díaz y seguido luego por
Zacarías Espinal, y el Postumismo, representado por Domingo
Moreno Jimenes, Andrés Avelino y Rafael Augusto Zorilla. Estas
dos manifestaciones estéticas relevantes, y por demás,
antípodas, constituyen, al mismo tiempo, los ejes paradigmáticos
entre los que se han de mover, a veces por reinserción o
empalme, a veces por rupturas expresas o inconscientes, los
demás movimientos y tendencias generacionales que tendrán lugar
a lo largo y ancho del siglo 20. Este juicio obvia, por supuesto
y debido a razones epocales, los dos momentos pilares de la
poesía dominicana del siglo 19, a mi ver, la poesía social
positivista y patriótica de Salomé Ureña de Henríquez
(1850-1897), y la poesía metafísica, de corte conceptual de
Gastón Fernando Deligne (1861-1913), que también considero
angulares o fundacionales. Los ribetes de nuestros tardíos
romanticismo y modernismo tendrían su filón originario en José
Joaquín Pérez.
Segundo, La Poesía Social, que alcanza notoriedad
entre 1936 y 1940, período en el que sobresalen filosofías
estéticas como la de Los Nuevos, encabezados por el poeta Rubén
Suro, el pintor Darío Suro, Luis Manuel Despradel y Mario A.
Concepción, entre otros, y poéticas individuales, aunque
tendenciadas hacia las problemáticas sociales y de identidad
cultural y racial, que algunos historiadores literarios nuestros
llaman Independientes, o bien, Los Independientes del 40. Cabe
destacar en este núcleo a poetas como Manuel del Cabral, Héctor
Hincháustegui Cabral, Pedro Mir y Tomás Hernández Franco, para
sólo citar un trío.
Tercero, El Manierismo I: Sed de cielo Vs. Hambre
de espacio, que transita de 1943 a 1948, años en que aparecen
publicaciones como la revista “La Poesía Sorprendida” y el
suplemento cultural del recién nacido diario El Caribe, titulado
“Sección Colaboración Escolar”, que dirigió María Ugarte. Esas
publicaciones fueron las fuentes de los momentos pilares de este
intervalo. Se trata de La Poesía Soprendida, de la que formaron
parte grandes poetas como Franklin Mieses Burgos, Freddy Gatón
Arce, Rafael Américo Henríquez, Mariano Lebrón Saviñón, Alberto
Baeza Flores, Antonio Fernández Spencer, Aída Cartagena
Portalatín, Manuel Llanes, Manuel Rueda y Manuel Valerio, de la
Generación del 48, diferenciables, fundamentalmente, por la
concepción y praxis del fenómeno poético, que en el primero
acentúa el compromiso estético, aunque sin desmedro de la
denuncia social subliminal, mientras que en el segundo se fija
el compromiso político, en principio, antitrujillista. De esta
última tendencia generacional se destacan Máximo Avilés Blonda,
Lupo Hernández Rueda, Víctor Villegas, Abelardo Vicioso, Luis
Alfredo Torres, Rafael Valera Benítez y Ramón Cifré Navarro.
Cuarto, Manierismo II: Utopía, ruptura y
desarraigo (Conciencia de clase Vs. Conciencia estética), etapa
caracterizada por la llamada Generación del 60 (o del 61, como
prefiere Baeza Flores), la Poesía de Posguerra, el Pluralismo,
el Grupo Y Punto…, Poesía de la crisis, el Taller Literario
César Vallejo y la Generación de los 80. El tiranicidio o muerte
de Trujillo el 30 de mayo de 1961 y el consecuente
derrumbamiento de los cimientos del régimen que aterrorizó a los
dominicanos por más de treinta años, además de la inestabilidad
política y social que se materializó en forma cimera en el golpe
de Estado contra Juan Bosch en 1963 y en la guerra civil de
abril de 1965, que exigía la vuelta a la constitucionalidad
truncada en 1963, hecho que se frustra con la segunda
intervención norteamericana (la primera fue en 1916) a nuestro
territorio, después de iniciada la guerra, entre otros hechos
que inciden y desembocan en la elección de Joaquín Balaguer en
1966, para la instauración de un régimen seudodemocrático de
doce años, fueron los acontecimientos histórico-sociales que
influyeron en el lenguaje literario y las corrientes artísticas
de ese período. Bajo esta difícil atmósfera social e ideológica
convivirán la Generación del 60, en la que se destacan Antonio
Lockward Artiles, Jeannette Miller, René del Risco Bermúdez,
Miguel Alfonseca, Juan José Ayuso, Juan Sánchez Lamouth y Ramón
Francisco, entre otros. Estos, más una pléyade de artistas
plásticos encabezados por Silvano Lora y Ramón Oviedo
constituirían más tarde, y al fragor mismo de la guerra de abril
del 65, el combativo Frente Cultural. Terminada la guerra y en
la cresta misma de la ola de su secuela se forman el grupo La
Isla, el grupo El Puño, que mezclaría a representantes del 60
con los que se darán en llamar, poco tiempo después, la Joven
Poesía, donde sobresalen nombres como los de Andrés L. Mateo,
Norberto James, Mateo Morrison, Soledad Alvarez, Alexis Gómez
Rosa, Wilfredo Lozano, Enriquillo Sánchez, Luis Manuel Ledesma,
Enrique Eusebio, Federico Jóvine Bermúdez, Tony Raful, Miguel
Aníbal Perdomo, Radhamés Reyes Vásquez y José Molinaza, entre
otros. En el decenio de los 70, en su justo medio, tendrá lugar
el mayor estremecimiento estético propiamente dicho de la poesía
dominicana, luego de la Poesía Sorprendida. Me refiero al
Pluralismo de Manuel Rueda, sustentado por su poema Con el
tambor de las islas y en la conferencia que sobre la poesía
plural dictó en 1975. Tuvo escasos seguidores, entre los que se
cuentan Alexis Gómez Rosa, Luis Manuel Ledesma y el artista Geo
Ripley. Como independientes, aunque muy vinculados a la
personalidad artística e intelectual de Manuel Rueda, es
menester mencionar a José Enrique García y a Cayo Claudio
Espinal, como forjadores de un interesante y fértil interregno
poético. En este mismo decenio surgirá el grupo Y punto…, que
congregó a poetas como Raúl Bartolomé, Juan Freddy Armando,
Aquiles Julián, René Rodríguez Soriano y Pedro Pablo Fernández,
de audaz factura poética, entre otros. Al finalizar este decenio
setentista se conocerá la eclosión, de vida efímera, de la
tendencia denominada Poesía de la crisis, que encabezó Miguel De
Mena, y de la que formaron parte algunos que se destacarían
luego en el seno del Taller Literario César Vallejo, de la
Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), entidad que
absorbió el remanente literario que había quedado en el
Movimiento Cultural Universitario (MCU). De lo más granado,
persistente y depurado del César Vallejo se conforma la
Generación de los 80, en la que se destacan Plinio Chahín,
Dionisio De Jesús, César Zapata, Juan Manuel Sepúlveda, Tomás
Castro, Martha Rivera, Carmen Sánchez, Dulce Ureña, Médar
Serrata, Miriam Ventura, Marianela Medrano, Angela Hernandez,
Adrián Javier, entre otros y otros. En Santiago, y como
expresión generacional ochentista, tiene lugar el grupo Ideas,
de Casa de Arte, encabezado por Fernando Cabrera; como de igual
modo en Moca irrumpen en la escena literaria jóvenes valiosos.
En el este del país surgen los círculos y núcleos en que se
reúnen Avelino Stanley, Miguel A. Fornerín, Isael Pérez y demás.
Quinto, y último, el Nuevo parricidio y el
interrogante finisecular, período en que entran en juego los
integrantes de la llamada, no sin dudas para mí, Generación del
90 y los de la Poética Interiorista, bajo la égida del crítico
Bruno Rosario Candelier. De los 90, cuyos postulados
generacionales o promocionales no distan de los núcleos
conceptuales y estéticos de los epígonos de los 80, no debemos
dejar de mencionar, a sabiendas de que se quedarán fuera varios,
a Basilio Belliard, Homero Pumarol y Rita I. Hernández. En el
marco del Ateneo Insular, el catedrático y crítico literario
Bruno Rosario Candelier lanza su clamor estético de la Poética
Interior, que en su primer grupo de poetas contó con Pedro José
Gris, JulioAdames, Pedro Antonio Valdez, Pastor de Moya, Pedro
Camilo, Johanna Goede, Pedro Ovalles, José Acosta, Eugenio
Camacho, Aglae Echavarría, entre otros.
Y paro de contar. |