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Alexis Gómez Rosa: La lira necrófila

José Mármol

El poeta Alexis Gómez Rosa, conocido, dentro y fuera del país, no sólo por sus audacias verbales de pluma y espuma, sino además, por sus nobles hazañas, algarabía en ristre, nos sorprende nuevamente con un libro singular. Singular he dicho, y no por azar o comodín adjetivesco, sino porque en la prolífica creación poética de este vate dionisíaco ha tenido nuestra literatura a uno de sus cultivadores más atrevidos y certeros en la difícil captura del verso nunca escrito e inaudito, desentrañado, a veces, eso sí, de la frase más llana y cumbanchera, propia del valor de uso y la innombrable fiesta del lenguaje cotidiano o coloquial del dominicano común y corriente. Asimismo, ha sido persistente en explotar el filón experimental del lenguaje poético, a ratos adscrito a algún canon y otras, las más quizá, guiado sólo por la fuerza libérrima de una imaginación en constante ebullición y estallido, en permanente estado de efervescencia y productividad lúdicas.

Nuestro poeta ha tenido, desde muy temprano, aunque no sin tropiezos, una clara convicción acerca de la preeminencia del lenguaje y su complejidad simbólica como asunto ulterior de la obra literaria. Sus preferencias librescas, confesas ex profeso, y su dominio de la técnica del poema no me dejan mentir. Alexis Gómez Rosa ha tenido siempre una profunda fe en la palabra y en el poder de esta para reinventar la realidad. Aun cuando muy jóvenes, en los albores de los años 60 y la posguerra, sus coetáneos engrilletaron con goznes y eslabones ideológicos y partidarios los valores estético y simbólico del lenguaje poético, el autor de Oficio de post-muerte (New York, 1973), su primer libro, apostaba ya, en medio de la denuncia social, a la diferenciación de su voz y a la consagración de la especificidad discursiva de la obra literaria. Concebía en forma indivorciable la revolución social y la escritura como iluminación de los misterios del hombre, lo que lo distancia del afán, a la sazón en boga, de instrumentalización del arte. Enriquillo Sánchez, por audacia, conocimiento y afinidad, fue el único que reconoció a tiempo ese don en nuestro autor. Oficio de post-muerte es, de hecho su iniciación en materia de poesía escatológica, que con esta nueva obra parece cerrar un ciclo, un paréntesis de justo treinta años. Muchos de los textos de ese primer libro tensionan, jalonan ya, en forma crítica y creativa, la relación entre lectura y escritura, como entre vida y muerte.

La seducción ejercida por el problema simbólico del lenguaje poético llevará a Gómez Rosa a un acercamiento a la experimentación semiológica y a la transformación de la escritura y lectura del poema planteadas por Manuel Rueda en su concepto vanguardista, que ahora incluiría el pentagrama musical, de poesía plural o pluralema, sobre el que se sustenta el Pluralismo, dado a conocer en una conferencia suya, el 22 de febrero de 1974, y plasmado en el poema Con el tambor de las islas-Génesis, publicado por el periódico El Nacional de Ahora, el domingo 22 de ese mismo mes y año. La Editora Taller publicó luego, en 1975 una edición, que incluía el polémico poema “Canon ex unica”, la cual se recogió, ejemplar por ejemplar, se retiró de circulación, y luego se redistribuyó cercenada la parte contentiva del controversial poema. Si bien es cierto que se adscribe nuestro poeta a este estremecimiento experimental de la poesía dominicana engendrado por un artista excepcional como Rueda, llegando a publicar, incluso, Pluróscopo, en 1977, no lo es menos que tenía ya Gómez Rosa noción de lo que eran, para entonces, la Poesía Concreta, sobre todo, con el Grupo Noigandres de Brasil, que se da a conocer a inicios de los años 50, como un derivado del fervor dejado por la Semana de Arte Moderna brasileña de 1922, así como la música concreta europea y de otras latitudes que, a tono con su temperamento cachondo, mezclaba Alexis con el bolero, el samba, la guaracha, el son montuno, el merengue, la poesía de Walt Whitman, e.e. cummings, Wallace Stevens, los do Campo, César Vallejo, Vicente Huidobro, Apollinaire, Cage y el guaguancó. A decir verdad, antes que pluralemas, Gómez Rosa escribió poemas concretos, en los que el desdoblamiento del signo mismo y la exploración de la estructura material de la palabra son los mayores desafíos.

Este oficio creativo con y desde la palabra misma, con y desde la lengua lo continuará nuestro poeta en su próxima publicación, de hecho, sin precedentes en nuestro país y tal vez en todo el Caribe hispánico. Se trata de High Q  o High Quality, Ltd. (1985), que sale bajo el sello de la Colección Poética Luna Cabeza Caliente, fundada por el propio Gómez Rosa, convirtiéndose en un experimento original con la modalidad japonesa del poema breve o haiku, también el tanka, que como bien dice Efraín Barradas en su excelente prólogo, el autor dominicano tropicaliza como netzukes o esbozos materiales fruitivos, de fuertes rasgos sugerentes, en términos técnicos y estéticos. Sólo José Juan Tablada (1871-1945), el mexicano que viajó a Japón a inicios de 1900, había incursionado en español, con incomprendido éxito, en esta modalidad compositiva de extremo Oriente, que se recupera con bastante acierto en el original libro del autor de Lápida circa y otros epitafios de la torre abolida (Sto. Dgo., 2004). Tablada, luego de estudiar las formas tradicionales del haikai en la escritura japonesa, publicó los libros Un día (1919) y El jarro de flores (1922). Alrededor de sesenta años después, en 1981, Jorge Luis Borges publicará su colección de poemas breves de corte japonés bajo el título de La cifra, aportando así, con su proverbial genialidad y dominio de la técnica poética y del idioma, a la difusión de la tradición oriental del haiku en la poesía de habla hispana.

Tuve el agrado de ayudar a Alexis Gómez Rosa en la facturación de aquel exquisito y pequeño poemario, además de escuchar en exclusiva su lectura, cuando ambos desempeñábamos responsabilidades en el tren burocrático público, en los años 80. Es tremendamente mágico y encantador descubrir en sus páginas la forma en que nuestro poeta conjuga la luna oriental de Li-Po y Matsuo Basho, por ejemplo, con la luna que él pudo apreciar en el barrio de Villa Francisca. ¿La luna misma o la misma poesía? Allí se conjugan los maestros de la tradición oriental con los grandes poetas de la cultura occidental, en distintas lenguas. Alexis ha sido siempre un lector voraz de páginas poéticas. Es, el librillo, un divertimento de la palabra y la imaginación, del que no queda exenta la ironía, tan peculiar y reiterativa en la escritura y la imaginación de Gómez Rosa.

Con la publicación de obras posteriores como Contra la pluma la espuma (Sto. Dgo., 1986); New York City en tránsito de pie quebrado (Sto. Dgo., 1993), Premio Casa de Teatro 1990; Si Dios quiere y otros versos por encargo (Sto. Dgo., 1996), Premio Anual de Poesía 1991-92; Self service poems (ahora disponible en su versión castellana) (Madrid, 2000), en las que no podré detenerme aquí porque no es el propósito, Alexis Gómez Rosa evidencia no sólo su persistencia y su elevada vocación de poeta, sino además, el hecho de hacer de cada nuevo libro un reto discursivo específico, teniendo como constante o denominador común la estrategia creativa de hurgar y poner en éxtasis, sin menosprecio de la llamada poesía culta o libresca, las posibilidades poéticas del lenguaje común, y, en armónica oposición, lo de ordinario que puede haber en la norma literaria o culta. De ahí que convierta el poeta en versos, unas veces con indiscutible acierto, otras con trunco valor artístico, pero interesantes de todas formas, giros idiomáticos o expresivos inherentes a la gramática de la oralidad y de sociolectos propios de estratos populares, así como elementos de alguna jerga científica, artística o deportiva, al igual que de algún argot con altos ribetes de sabrosura e ingenio. La diversidad intencional en la poesía de este autor puede apreciarse, si se lee de un tirón, en la antología poética personal titulada Tiza & tinta (Lima, 1990).

Sólo el instinto rapaz y la ceguera analítica, propios de un período y una actitud relativamente pobres de nuestra historia intelectual, pudieron tildar, con peyorativo e injustificado desquite, a Alexis Gómez Rosa de mero “hacedor de versos” o “componedor de textos”; o bien como un creador de “confusos principios”, mientras que se juzgó su obra como “técnica de rejuego tipográfico en la poesía dominicana, construida a retazos, sonsacada algunas veces, subvertida otras”, rematando el infundio con el aserto bárbaro de que autor y obra han existido “sin producir ningún texto realmente propio y significativo”. Véase, para el despropósito, la publicación El síndrome de Penélope en la poesía dominicana (Antología básica), de la autoría de Tony Raful y Pedro Peix (Colección Orfeo, Sto. Dgo. 1986). Para mediados de los años 80, Gómez Rosa tenía ya un claro concepto de lo esencial del lenguaje en la creación poética, que evidenció en su primer poemario de inicios de los años 70, y con lo publicado hasta entonces quedaba muy por encima, en términos de calidad, no sólo del alcance de los desacertados argumentos de los antólogos, sino, más allá de la concepción pírrica de la literatura y de la obra misma realizada por sus camaradas y compañeros de promoción que hicieron el deleznable papel de pretores.

Tal vez debí hacer antes esta precisión. Yo, aunque no lo sospeche el lector, estoy ya muerto. Tengo bien ganada mi necrófila alusión en esta Lápida circa y otros epitafios de la torre abolida, y agradezco el doble privilegio que me otorga el bárdico lapidario Gómez Rosa, de, primero, hacerme parte de este sublime solar escatológico, y segundo, permitirme dirigir a los vivos, desde mi sepulcro, algunos comentarios sobre la obra, que comentarios son, téngase muy claro, en palabras de difunto.

Vayamos, pues, a esta, su última entrega necrófila y burlesca, antes de que yo, como en la pelota criolla y en el poema aquel del propio Gómez Rosa, “pique” y “me extienda”. Empecemos por precisar algunos términos que dan título a la obra. Este es, sin ton ni son, un libro de epitafios o un libro lapidario. De acuerdo con Joan Corominas y su Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, (Madrid, 1987), la palabra epitafio significa inscripción sobre una tumba. El vocablo, que proviene del griego epitaphios (“que se hace sobre una tumba”), empieza a usarse en castellano, como declinación de su acepción latina epitaphium, hacia 1250. El término, que está enraizado con la voz griega taphós o sepultura, refiere también lo fúnebre. Ya hacia el siglo XIII (de 1220 a 1250) de nuestra era, se usaba en castellano el término lápida, tomado del latín lapis o piedra, y de ahí lapidar, en latín lapidare, y también, lapidación. Hacia finales del siglo XV, siguiendo con Corominas, entrarán en uso los vocablos lapidario, lapídeo y como variante, dilapidar, dilapidare, en latín, que significa malgastar o tirar. Y circa, por su parte, es también una voz latina que indica adverbio de tiempo, el cual se usa, según el Pequeño Larousse ilustrado de 1997, “precediendo a fechas y significa hacia o aproximadamente”. Suele abreviarse c, y podría salvar a quien escriba sobre lápidas del desconocimiento de la fecha exacta de nacimiento y muerte de algún personaje real o apócrifo.

De todo esto se infiere que, a juzgar por el título del poemario, para su autor se trata de la inscripción en una gran lápida de los epitafios aproximados, o tal vez futuros e in via, destinados o dedicados a un grupo de muertos, en muerte y en vida, que forman parte de la convulsa y diminuta república de las artes y las letras en la nación dominicana. Sutura, pues, el sepulcral y marmóreo grabadista Gómez Rosa, una dialéctica truculenta, sarcástica y nueva de la escatología trascendental caribeña.

En la tradición poética occidental el epitafio, de probable raíz epigramática, ha sido un arma que los poetas han empleado entre sí para atacar o defenderse, al fragor de las batallas artísticas o intelectuales. Recuérdese el que dedica Quevedo a Góngora, en la lucha sin cuartel del conceptista contra el culterano, y viceversa, en pleno Siglo de Oro español, que reza: “Fuese con Satanás, culto y pelado:/ ¡Mirad si Satanás es desdichado!”. Siguiendo en el ámbito hispánico, es de resaltar que la poesía mexicana es rica en materia de retórica escatológica o fúnebre, desde Sor Juana Inés de la Cruz hasta José Gorostiza y su emblemática obra Muerte sin fin (1939), pasando por Xavier Villaurrutia, a quien Octavio Paz llamó “el dormido despierto”, debido a su verso lapidario “Despertar es morir./ No me despiertes”; López Velarde, Manuel Acuña, Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Efraín Huerta, Octavio Paz, Jaime Sabines, José Emilio Pacheco y Eduardo Lizalde, entre otros.

Tal vez haya sido en Cuba donde más se usara, en tiempos recientes, el epitafio como arma de fuego lírico y satírico, tanto en forma escrita como oral. No por casualidad dedica Gómez Rosa este libro al escritor cubano radicado en Santo Domingo, José Fernández Pequeño. Se debe a que es este último quien pone al día a nuestro poeta sobre lo que en la tierra de Lezama Lima acontecía, no sin injerencia de la ideología absolutista allí imperante, en materia de literatura lapidaria. Así, por ejemplo, se rescata un genial y no poco irónico epitafio inspirado por Nicolás Guillén que reza: “Aquí yace Nicolás,/ que tuvo/ vamos a ver/ mucho más de lo que tenía que tener”, y que refleja la ingeniosidad punzante y la agudeza crítica subliminal del temperamento cubano y caribeño. Por ello, al referirse Jesús Díaz a los momentos originarios de El Caimán Barbudo, en un trabajo titulado “El fin de otra ilusión. A propósito de la quiebra de El Caimán Barbudo y la clausura de Pensamiento Crítico” (Revista Encuentro de la Cultura Cubana, 16/17, primavera/verano de 200), indica que su generación intelectual, a la que pertenece el poeta Raúl Rivero, hoy víctima encarcelada del totalitarismo castrista (o castrense, que da igual decir) mataba a sus padres y predecesores “a base de epitafios”. Y confiesa, en el mismo ensayo, que en su novela Las palabras perdidas rescata algunos, como por ejemplo: “Caminante, aquí yace Roberto;/ desde luego, Fernández Retamar;/ caminante, ¿por qué temes pasar?/ Te juro por mi madre que está muerto”. O el dedicado al crítico y políglota Desiderio Navarro que canta: “El señor director del cementerio/ suplica a los bromistas de mal gusto/ que no sigan orinando sobre el busto/ del famoso ensayista Desiderio”.  Y para cerrar, este bien sardónico que cuenta: “Bajo el tímido perfume de esta rosa,/ reposa el escritor Lisandro Otero;/ perdonadle su estilo chapucero,/ perdonadle también su mala prosa”.

En la poesía dominicana, si bien podría ser notoria la ausencia de la picardía del epitafio, se podrían citar, en cambio, algunos de los más relevantes momentos de una retórica, y tal vez metafísica de la muerte, empezando con El Poema a la hija reintegrada (1934) o “Su majestad la muerte”, de Domingo Moreno Jimenes; el breve y profundo texto “Aire durando”, entre otros de Manuel del Cabral; la “Elegía por la muerte de Tomás Sandoval”, de Franklin Mieses Burgos; el poema “Gimnopedia a la memoria de Rafael Díaz Niese”, de Pedro René Contín Aybar; el singular texto poético “Muerte en blanco”, de Freddy Gatón Arce; “Conseja de la muerte hermosa”, de Manuel Rueda; “Elegía de la muerte”, de Víctor Villegas; el poema “Donde el poeta presiente su temprana muerte”, de la autoría del injustamente relegado Juan Sánchez Lamouth; “Arlington Cementery”, de Lupo Hernández Rueda, en oposición a Círculo, que es un fervoroso canto a la vida; el homenaje póstumo de René del Risco Bermúdez a su amigo poeta, oriundo de Haití, Jacques Viau, quien murió al fragor de la guerra de abril del 65, mediante el poema “Por la muerte de todos”, para sólo citar un puñado. La muerte es fiel compañera de la vida y el hervor imaginario de un poeta. Al igual que para la vida del filósofo, quien, como expresó Kierkegaard, contagiando con la idea el existencialismo posterior, en la generalidad de los casos, piensa y crea sólo como forma de preparación para la muerte.

No obstante, y sin menosprecio de la tradición de literatura sepulcral más arriba referida, será otro, a mi ver, el modelo referencial que seguirá el autor de Lápida circa y otros epitafios de la torre abolida, para estructurar esta obra de necrófila fruición, la cual, siguiendo el hilo de la experimentación estructural con la lengua, muestra una nueva arista de la capacidad creadora y del dominio de la técnica del lenguaje poético en Gómez Rosa: la del poeta sarcástico, jocoso y provocador, inventor de una escatología cachonda.

Ese referente dual será, por un lado, la Antología de Spoon River (Spoon River Anthology), texto funerario sin igual, publicado por entregas en 1914 e inspirado a su vez en los epigramas de la clásica Antología Griega o Antología Palatina. Esta obra escatológica es de la autoría del poeta norteamericano, abogado liberal y antimperialista, Edgar Lee Masters, una de las cimeras figuras del llamado Renacimiento de Chicago, junto a Carl Sandburg y Vachel Lindsay. Por el otro lado estarían los Epitafios del genial artista Miguel Angel Buonarroti, escritos en memoria del joven Cecchino (Francesco Bracci), en la época del Renacimiento italiano, exactamente en 1544, cuya cosmovisión religiosa y científica a la vez, marcadamente antropocéntrica, hizo ocupar una posición de extrema gravitación al tema de la muerte en todas las artes. El movimiento de la vida renacentista tenía lugar como un péndulo que oscilaba entre los extremos de lo divino (eterno) y lo mortal (transitorio). Dos estudios van a ser importantes en esta travesía. Primero, el de Jesús López Pacheco en la edición española (Cátedra, Letras Universales, Madrid 1993), de la Spoon River Anthology, la obra funeraria de Lee Masters, aparecida como libro en Nueva York, en 1915, que tradujo junto a Fabio L. Lázaro, y que documenta en forma crítica y ejemplar. Segundo, la presentación de Claudio del Moral a la edición (DVD, Barcelona, 1997) de los Epitafios de Miguel Angel, donde señala un principio capital que reza: “…la función elemental del epitafio es esencialmente identificadora, lo que explica que los fundamentos de su estructura se asienten en un nombre, una fecha de muerte, una edad y a veces un oficio”. Esos fundamentos permitirán al poeta dominicano crear un parnaso de artistas “muertos” con una excepcional coherencia discursiva y formal, reflejada en su conjunto de epitafios y escritos lapidarios.

Richard Bone, el metafórico marmolista y grabadista creado por Lee Masters, conforma en Sponn River Anthology una auténtica congregación de muertos, algunos reales y muchos inventados en base a nombres y oficios verídicos, que reviven literariamente en sus voces lapidarias, y que, al decir de López Pacheco, figuran un microcosmos antologizado, cuya intencionalidad estética es la de describir el macrocosmos de toda una nación y de la vida misma. Esas voces de muertos, con distintos puntos de vista del narrador o relator, reflejan amor, desamor, odio, ironía, venganza, resignación, dolor, picardía, escepticismo, en fin, condensadas historias que al ser dichas por muertos en sus propias sepulturas cobran una tremenda fuerza y paradójica vitalidad.

Pensemos, por ejemplo, en el epitafio de Amanda Barrer que empieza diciendo: “Henry me dejó embarazada/ sabiendo que yo no podía dar vida/ sin perder la mía./”. Y termina: “Desde el polvo proclamo/ que me mató para satisfacer su odio”. O el sarcástico dedicado a A. D. Blood, que reza: “Si en el pueblo pensáis que mi labor fue una buen labor,/ cerrar las tabernas y acabar con los juegos de cartas/ y arrastrar a la vieja Daisy Fraser ante el juez Arnett,/ en tantas y tantas cruzadas para purgar al pueblo del pecado/ ¿por qué dejáis que Dora, la hija de la sombrerera,/ y el despreciable hijo de Benjamin Pantier/ conviertan cada noche mi tumba en su lecho limpio?”. O aquel escrito sobre el sepulcro de Robert Davidson que termina de esta forma: “Recordad que los gusanos,/ no se alimentan de otros gusanos”. O aquel de Louise Smith que amargamente dice: “Herbert rompió nuestro compromiso de ocho años/ cuando Annabelle regresó al pueblo/ del colegio, ¡ay de mí!/ Si yo hubiera dejado en paz al amor que le tenía/ …/ Pero lo torturé, lo envenené,/ le hice ciego, y se convirtió en odio/ en hiedra venenosa en vez de clemátide./…/ No dejéis que se haga jardinero de nuestra alma la voluntad,/ a no ser que estéis seguros/ de que es más sabia que el alma”. O bien este otro en que Johnnie Sayer, aplastado por un tren al escapar de la escuela, deja en su lápida un mensaje a su padre: “Fuiste sabio al ponerme esta inscripción:/ ‘Salvado de males futuros’”.

El logro poético mayor de Lee Masters, que lo es también de la poesía misma como expresión artística humana, fue el obtenido con el epitafio dedicado en Spoon River Anthology  a la legendaria novia o “el verdadero amor” del inmenso líder A. Lincoln, la desgraciada Anne Rutledge, quien murió de encefalitis a los 19 años, en 1835, y en cuya lápida está grabado, desde 1921, el poema que en el libro apareciera como libre expresión del poeta, y que termina con estos versos: “Florece para siempre, oh República/ desde el polvo de mi seno”.

Más a tono con las creencias y valores de su propia época, veamos sólo unas muestras del arte lapidario de Michelangelo, y de cómo este habrá de incidir sobre la labor de Gómez Rosa. Memorable es el que dice: “Muerto ya, quien me llora en vano espera,/ dando llanto a mis huesos y sepulcro,/ regresarme como árbol seco al fruto;/ un cadáver no alcanza primavera”. O este: “La carne, tierra ya, y aquí mis huesos/ privados de sus ojos y apostura,/ dan prueba a quien le fui gracia y deleite/ de la cárcel mortal que habita el alma”, que retoma la problemática platónica del cuerpo como cárcel del alma y de la oposición entre cielo y tierra, entre lo sensible y lo suprasensible, entre lo eterno y lo perentorio. O este de corte, más bien, religioso, algo tan caro al artista renacentista: “Un Bracci fui, y aquí mi vida es muerte./ Siendo escindidos hoy el cielo y tierra,/ tan sólo ya a mi alcance el paraíso, que para siempre, pues, cierre sus puertas”. Prevalece en estos epitafios un mayor rigor estructural o formal, en comparación con la libertad expresiva y la arquitectura poética abierta de los escritos, ya en el siglo XX, por Lee Masters.

En Lápida circa y otros epitafios de la torre abolida, (¿hay alguna relación entre esta “torre abolida” y “La colina” de Lee Masters?) el poeta dominicano, con versos breves y sentenciosos, ajeno a referencias bíblicas, como en Lee Masters, o a valoraciones fideístas, como en Miguel Angel, pero, tomando del primero la vitalidad de sus historias, aun ficticias, y la especificidad de los oficios de sus muertos, mientras que del segundo el rigor formal, ensambla una antología sepulcral de corte pagano, que es, prácticamente, una suerte de historia satírica, jocosa de la poesía dominicana del siglo XX y del presente, propia del vacilón y de una probable función hilarante, y a veces hierática, de la poesía misma y sus hacedores.

Con respecto al interrogante entre paréntesis y la probable asociación intertextual entre el poeta norteamericano y el nuestro es oportuno señalar que la “torre abolida” de Gómez Rosa apunta, más bien, hacia otro poeta de marcada predilección  por temas escatológicos o funerarios en su escritura. Me refiero al francés Gérard de Nerval (1808-1855), romántico, atormentado y suicida, cuyo primer soneto, “El desdichado”, de Las Quimeras (1854) empieza con estos versos: “Je suis le Ténebreux, -le Veuf,- l’Inconsolé,/ Le Prince d’ Aquitaine á la Tour abolie…” (Yo soy el Tenebroso, -el Viudo,- el Desconsolado,/ El Príncipe de Aquitania, el de la Torre abolida). En la versión de Las Quimeras y otros poemas (Visor, Madrid, 1974), traducida y anotada por Anne Marie Moncho y José Luis Jover, en base a la edición de Mounir Hafez (Gallimard, Paris, 1964), se explica que esa Torre puede ser el Arcano XVI del Tarot, que nos fuerza pensar en las vivencias del poeta en su viaje a Oriente en 1842; o bien, una de las supuestas tres torres de plata que eran parte del escudo imaginario de los Labrunie, verdadero apellido de Gérard, para el título nobiliario de conde. La metáfora nervaliana del Príncipe de Aquitania simboliza la desgracia y el ostracismo sufridos por un gobernante de Perigord, tierra de origen de los Labrunie.

Tres son las partes que componen esta nueva obra de Alexis Gómez Rosa. A saber, “Lapidarias”, donde se entremezclan epitafios de autores vernáculos ya fallecidos y vivos, incluyendo el caso único de un extranjero, el brillante poeta peruano Antonio Cisneros; sección seguida de la titulada “Esquelas, epitafios y sermones del último reino”, que además de incluir otras formas de expresión escatológica como los ya desaparecidos “avisos públicos”, “notas luctuosas” de las antiguas estaciones de radio y la esquela periodística, amplía los oficios de sus voces muertas, pasando de poetas a pintores, críticos, libreros y catedráticos, entre otros. Es así como construye el bárdico grabadista lapidario Gómez Rosa sus dantescas y tropicales estaciones del paraíso, el infierno o el purgatorio a los que ha destinado, o bien tiene reservados para los sepulcros del eterno descanso de las almas de representantes variopintos de nuestro complicado mundillo artístico, literario e intelectual. Todos los que nos creemos vivos estaremos más que endeudados con el autor de este libro, por haber escrito o grabado, tan oficiosamente y con suficiente antelación, la inscripción que podría figurar sobre nuestros nichos, sean estos del camposanto, donde se guardarían físicamente nuestros restos, o ya de la ciega faz de la cultura y su memoria histórica, de cuyo juicio crítico final tengan misericordia fieles y gentiles, en caso de que siga Dios tan ocupado en otros asuntos. Nuestro poeta, para su dicha, parece poseer un talismán que lo hace indómito adalid en la justicia y cultura de la muerte sentenciada mediante acertijos idiomáticos y sorprendentes pinceladas de, a veces, descarnados retratos interiores.

De remarcable genialidad son los epitafios y demás formaciones discursivas funerarias que ha colocado o anunciado Gómez Rosa para sellar la vida literaria y la posteridad de poetas como Víctor Villegas, de quien dice: “No teman, Damas, en pasar,/ que se ha ido a iluminar/ otros entierros”); Pedro Vergés, a quien recuerda: “Sí, Pedro, ya lo sabíamos./ Sólo cenizas dejaste;/ mas, ceniza enamorada”; a Roberto Marcallé Abreu: “Su pluma le proporcionó/ la gloria. Su lengua/ lo trajo a este abismo”; Angela Hernández, quien: “Cumplida su misión/ horas fijó y se fue/ en una mudanza sutil/ de los sentidos”; Franklin Mieses Burgos (1907-1976), quien: “Allá, en el cielo, estará/ soñando (en sus orígenes),/ un infierno sorprendido”, donde se resalta la aproximación, en tiempo e ideas, del grupo de la Poesía Sorprendida, en nuestro país, y el grupo Orígenes, de Cuba; Luis Alfredo Torres (1935-1992), del que escribe: “Eres un maricón; pero además, iluso,/ soñando signar extraterrestres”; o el que cierra diciendo: “Paz a los restos/ de quien siempre bailó:/ Dagoberto Tejeda”; y este que indica: “Ha pasado a mejor vida/ el nombrado Pedro Conde Sturla:/ rebelde y crítico/ aún después de muerto”; sino el que se dedica al poeta y animador cultural, hijo de Egbert Cleveland Morrison, que sugiere se despojará de su cruz “para entrar (M)ateo,/ al reino de los cielos”; o bien el preparado para el joven poeta León Félix Batista, quien “Sugirió una muerte heroica/ precipitándose a la nada,/ con una pastilla profunda/ y categórica de Negro eterno”, como se titula un libro suyo; la oda libidinal a la poeta Marianela Medrano, a quien “una buena muerte/ le depararon los dioses,/ al despedirla en una íntima/ concentración de pañuelos/ de Onán”;  o tal vez, la “Necrológica racista” para controversial el poeta ochentista que lee: “Murió un negro,/ murió un poeta negro./ Entonces, no ha muerto nadie./ Repito: no ha muerto nadie./ Si se llama Adrián Javier, es un error del destino”. Como se ve, desbordan en humor, sarcasmo, ironía, aciertos, venganzas o asechanzas inocuas, rasgos críticos, lecturas oblicuas e inventiva estos ejemplos de la escatología cachonda y tropicalísima emanada de la lira necrófila del poeta Alexis Gómez Rosa.

Lápida circa y otros epitafios de la torre abolida constituye, digo yo al pasar, sin vida ya y en polvo convertido, la galería funeraria por excelencia de la cultura dominicana de los últimos tiempos. Ojalá que los cimientos de la torre abolida  hayan sido arrojados cerca del condado de Spoon River, que nunca existió, y que cale tan hondo la antología sepulcral de nuestro poeta Alexis Gómez Rosa, alguna vez llamado Johnny Gómez, en el gusto y la preferencia de los lectores, como la del genial ocupante de la habitación espartana del Hotel Chelsea de Nueva York, Edgar Lee Masters, alguna vez llamado Webster Ford, convertida hoy en un clásico de la poesía universal. 

[Do livro Las pestes del lenguaje y otros ensayos. Editorial Letra Gráfica. Santo Domingo. República Dominicana. 2004. Original gentilmente cedido pelo Autor para a Banda Hispânica.]

 

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