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Alexis Gómez Rosa: La lira necrófila
José Mármol
El poeta Alexis Gómez Rosa, conocido,
dentro y fuera del país, no sólo por sus audacias verbales de
pluma y espuma, sino además, por sus nobles hazañas, algarabía
en ristre, nos sorprende nuevamente con un libro singular.
Singular he dicho, y no por azar o comodín adjetivesco, sino
porque en la prolífica creación poética de este vate dionisíaco
ha tenido nuestra literatura a uno de sus cultivadores más
atrevidos y certeros en la difícil captura del verso nunca
escrito e inaudito, desentrañado, a veces, eso sí, de la frase
más llana y cumbanchera, propia del valor de uso y la
innombrable fiesta del lenguaje cotidiano o coloquial del
dominicano común y corriente. Asimismo, ha sido persistente en
explotar el filón experimental del lenguaje poético, a ratos
adscrito a algún canon y otras, las más quizá, guiado sólo por
la fuerza libérrima de una imaginación en constante ebullición y
estallido, en permanente estado de efervescencia y productividad
lúdicas.
Nuestro poeta ha tenido, desde muy temprano,
aunque no sin tropiezos, una clara convicción acerca de la
preeminencia del lenguaje y su complejidad simbólica como asunto
ulterior de la obra literaria. Sus preferencias librescas,
confesas ex profeso, y su dominio de la técnica del poema no me
dejan mentir. Alexis Gómez Rosa ha tenido siempre una profunda
fe en la palabra y en el poder de esta para reinventar la
realidad. Aun cuando muy jóvenes, en los albores de los años 60
y la posguerra, sus coetáneos engrilletaron con goznes y
eslabones ideológicos y partidarios los valores estético y
simbólico del lenguaje poético, el autor de Oficio de
post-muerte (New York, 1973), su primer libro, apostaba ya,
en medio de la denuncia social, a la diferenciación de su voz y
a la consagración de la especificidad discursiva de la obra
literaria. Concebía en forma indivorciable la revolución social
y la escritura como iluminación de los misterios del hombre, lo
que lo distancia del afán, a la sazón en boga, de
instrumentalización del arte. Enriquillo Sánchez, por audacia,
conocimiento y afinidad, fue el único que reconoció a tiempo ese
don en nuestro autor. Oficio de post-muerte es, de hecho
su iniciación en materia de poesía escatológica, que con esta
nueva obra parece cerrar un ciclo, un paréntesis de justo
treinta años. Muchos de los textos de ese primer libro tensionan,
jalonan ya, en forma crítica y creativa, la relación entre
lectura y escritura, como entre vida y muerte.
La seducción ejercida por el problema simbólico
del lenguaje poético llevará a Gómez Rosa a un acercamiento a la
experimentación semiológica y a la transformación de la
escritura y lectura del poema planteadas por Manuel Rueda en su
concepto vanguardista, que ahora incluiría el pentagrama
musical, de poesía plural o pluralema, sobre el que se
sustenta el Pluralismo, dado a conocer en una conferencia suya,
el 22 de febrero de 1974, y plasmado en el poema Con el
tambor de las islas-Génesis, publicado por el periódico El
Nacional de Ahora, el domingo 22 de ese mismo mes y año. La
Editora Taller publicó luego, en 1975 una edición, que incluía
el polémico poema “Canon ex unica”, la cual se recogió, ejemplar
por ejemplar, se retiró de circulación, y luego se redistribuyó
cercenada la parte contentiva del controversial poema. Si bien
es cierto que se adscribe nuestro poeta a este estremecimiento
experimental de la poesía dominicana engendrado por un artista
excepcional como Rueda, llegando a publicar, incluso,
Pluróscopo, en 1977, no lo es menos que tenía ya Gómez Rosa
noción de lo que eran, para entonces, la Poesía Concreta, sobre
todo, con el Grupo Noigandres de Brasil, que se da a conocer a
inicios de los años 50, como un derivado del fervor dejado por
la Semana de Arte Moderna brasileña de 1922, así como la música
concreta europea y de otras latitudes que, a tono con su
temperamento cachondo, mezclaba Alexis con el bolero, el samba,
la guaracha, el son montuno, el merengue, la poesía de Walt
Whitman, e.e. cummings, Wallace Stevens, los do Campo, César
Vallejo, Vicente Huidobro, Apollinaire, Cage y el guaguancó. A
decir verdad, antes que pluralemas, Gómez Rosa escribió
poemas concretos, en los que el desdoblamiento del signo mismo y
la exploración de la estructura material de la palabra son los
mayores desafíos.
Este oficio creativo con y desde la palabra misma,
con y desde la lengua lo continuará nuestro poeta en su próxima
publicación, de hecho, sin precedentes en nuestro país y tal vez
en todo el Caribe hispánico. Se trata de High Q o
High Quality, Ltd. (1985), que sale bajo el sello de la
Colección Poética Luna Cabeza Caliente, fundada por el propio
Gómez Rosa, convirtiéndose en un experimento original con la
modalidad japonesa del poema breve o haiku, también el
tanka, que como bien dice Efraín Barradas en su excelente
prólogo, el autor dominicano tropicaliza como netzukes o
esbozos materiales fruitivos, de fuertes rasgos sugerentes, en
términos técnicos y estéticos. Sólo José Juan Tablada
(1871-1945), el mexicano que viajó a Japón a inicios de 1900,
había incursionado en español, con incomprendido éxito, en esta
modalidad compositiva de extremo Oriente, que se recupera con
bastante acierto en el original libro del autor de Lápida
circa y otros epitafios de la torre abolida (Sto. Dgo.,
2004). Tablada, luego de estudiar las formas tradicionales del
haikai en la escritura japonesa, publicó los libros Un
día (1919) y El jarro de flores (1922). Alrededor de
sesenta años después, en 1981, Jorge Luis Borges publicará su
colección de poemas breves de corte japonés bajo el título de
La cifra, aportando así, con su proverbial genialidad y
dominio de la técnica poética y del idioma, a la difusión de la
tradición oriental del haiku en la poesía de habla
hispana.
Tuve el agrado de ayudar a Alexis Gómez Rosa en
la facturación de aquel exquisito y pequeño poemario, además de
escuchar en exclusiva su lectura, cuando ambos desempeñábamos
responsabilidades en el tren burocrático público,
en los años 80. Es tremendamente mágico y encantador descubrir
en sus páginas la forma en que nuestro poeta conjuga la luna
oriental de Li-Po y Matsuo Basho, por ejemplo, con la luna que
él pudo apreciar en el barrio de Villa Francisca. ¿La luna misma
o la misma poesía? Allí se conjugan los maestros de la tradición
oriental con los grandes poetas de la cultura occidental, en
distintas lenguas. Alexis ha sido siempre un lector voraz de
páginas poéticas. Es, el librillo, un divertimento de la palabra
y la imaginación, del que no queda exenta la ironía, tan
peculiar y reiterativa en la escritura y la imaginación de Gómez
Rosa.
Con la publicación de obras posteriores como
Contra la pluma la espuma (Sto. Dgo., 1986); New York
City en tránsito de pie quebrado (Sto. Dgo., 1993), Premio
Casa de Teatro 1990; Si Dios quiere y otros versos por
encargo (Sto. Dgo., 1996), Premio Anual de Poesía 1991-92;
Self service poems (ahora disponible en su versión
castellana) (Madrid, 2000), en las que no podré detenerme
aquí porque no es el propósito, Alexis Gómez Rosa evidencia no
sólo su persistencia y su elevada vocación de poeta, sino además,
el hecho de hacer de cada nuevo libro un reto discursivo
específico, teniendo como constante o denominador común la
estrategia creativa de hurgar y poner en éxtasis, sin
menosprecio de la llamada poesía culta o libresca, las
posibilidades poéticas del lenguaje común, y, en armónica
oposición, lo de ordinario que puede haber en la norma literaria
o culta. De ahí que convierta el poeta en versos, unas veces con
indiscutible acierto, otras con trunco valor artístico, pero
interesantes de todas formas, giros idiomáticos o expresivos
inherentes a la gramática de la oralidad y de sociolectos
propios de estratos populares, así como elementos de alguna
jerga científica, artística o deportiva, al igual que de algún
argot con altos ribetes de sabrosura e ingenio. La diversidad
intencional en la poesía de este autor puede apreciarse, si se
lee de un tirón, en la antología poética personal titulada
Tiza & tinta (Lima, 1990).
Sólo el instinto rapaz y la ceguera analítica,
propios de un período y una actitud relativamente pobres de
nuestra historia intelectual, pudieron tildar, con peyorativo e
injustificado desquite, a Alexis Gómez Rosa de mero “hacedor de
versos” o “componedor de textos”; o bien como un creador de
“confusos principios”, mientras que se juzgó su obra como
“técnica de rejuego tipográfico en la poesía dominicana,
construida a retazos, sonsacada algunas veces, subvertida otras”,
rematando el infundio con el aserto bárbaro de que autor y obra
han existido “sin producir ningún texto realmente propio y
significativo”. Véase, para el despropósito, la publicación
El síndrome de Penélope en la poesía dominicana (Antología
básica), de la autoría de Tony Raful y Pedro Peix (Colección
Orfeo, Sto. Dgo. 1986). Para mediados de los años 80, Gómez Rosa
tenía ya un claro concepto de lo esencial del lenguaje en la
creación poética, que evidenció en su primer poemario de inicios
de los años 70, y con lo publicado hasta entonces quedaba muy
por encima, en términos de calidad, no sólo del alcance de los
desacertados argumentos de los antólogos, sino, más allá de la
concepción pírrica de la literatura y de la obra misma realizada
por sus camaradas y compañeros de promoción que hicieron el
deleznable papel de pretores.
Tal vez debí hacer antes esta precisión. Yo,
aunque no lo sospeche el lector, estoy ya muerto. Tengo bien
ganada mi necrófila alusión en esta Lápida circa y otros
epitafios de la torre abolida, y agradezco el doble
privilegio que me otorga el bárdico lapidario Gómez Rosa, de,
primero, hacerme parte de este sublime solar escatológico, y
segundo, permitirme dirigir a los vivos, desde mi sepulcro,
algunos comentarios sobre la obra, que comentarios son, téngase
muy claro, en palabras de difunto.
Vayamos, pues, a esta, su última entrega
necrófila y burlesca, antes de que yo, como en la pelota criolla
y en el poema aquel del propio Gómez Rosa, “pique” y “me
extienda”. Empecemos por precisar algunos términos que dan
título a la obra. Este es, sin ton ni son, un libro de epitafios
o un libro lapidario. De acuerdo con Joan Corominas y su
Breve diccionario etimológico de la lengua castellana,
(Madrid, 1987), la palabra epitafio significa
inscripción sobre una tumba. El vocablo, que proviene del
griego epitaphios (“que se hace sobre una tumba”),
empieza a usarse en castellano, como declinación de su acepción
latina epitaphium, hacia 1250. El término, que está
enraizado con la voz griega taphós o sepultura, refiere
también lo fúnebre. Ya hacia el siglo XIII (de 1220 a
1250) de nuestra era, se usaba en castellano el término
lápida, tomado del latín lapis o piedra, y de ahí
lapidar, en latín lapidare, y también, lapidación. Hacia
finales del siglo XV, siguiendo con Corominas, entrarán en uso
los vocablos lapidario, lapídeo y como variante, dilapidar,
dilapidare, en latín, que significa malgastar o tirar. Y
circa, por su parte, es también una voz latina que indica
adverbio de tiempo, el cual se usa, según el Pequeño Larousse
ilustrado de 1997, “precediendo a fechas y significa hacia o
aproximadamente”. Suele abreviarse c, y podría salvar a
quien escriba sobre lápidas del desconocimiento de la fecha
exacta de nacimiento y muerte de algún personaje real o
apócrifo.
De todo esto se infiere que, a juzgar por el
título del poemario, para su autor se trata de la inscripción en
una gran lápida de los epitafios aproximados, o tal vez futuros
e in via, destinados o dedicados a un grupo de muertos,
en muerte y en vida, que forman parte de la convulsa y diminuta
república de las artes y las letras en la nación dominicana.
Sutura, pues, el sepulcral y marmóreo grabadista Gómez Rosa, una
dialéctica truculenta, sarcástica y nueva de la escatología
trascendental caribeña.
En la tradición poética occidental el epitafio,
de probable raíz epigramática, ha sido un arma que los poetas
han empleado entre sí para atacar o defenderse, al fragor de las
batallas artísticas o intelectuales. Recuérdese el que dedica
Quevedo a Góngora, en la lucha sin cuartel del conceptista
contra el culterano, y viceversa, en pleno Siglo de Oro español,
que reza: “Fuese con Satanás, culto y pelado:/ ¡Mirad
si Satanás es desdichado!”. Siguiendo en el ámbito
hispánico, es de resaltar que la poesía mexicana es rica en
materia de retórica escatológica o fúnebre, desde Sor Juana Inés
de la Cruz hasta José Gorostiza y su emblemática obra Muerte
sin fin (1939), pasando por Xavier Villaurrutia, a quien
Octavio Paz llamó “el dormido despierto”, debido a su verso
lapidario “Despertar es morir./ No me despiertes”; López
Velarde, Manuel Acuña, Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo,
Efraín Huerta, Octavio Paz, Jaime Sabines, José Emilio Pacheco y
Eduardo Lizalde, entre otros.
Tal vez haya sido en Cuba donde más se usara, en
tiempos recientes, el epitafio como arma de fuego lírico y
satírico, tanto en forma escrita como oral. No por casualidad
dedica Gómez Rosa este libro al escritor cubano radicado en
Santo Domingo, José Fernández Pequeño. Se debe a que es este
último quien pone al día a nuestro poeta sobre lo que en la
tierra de Lezama Lima acontecía, no sin injerencia de la
ideología absolutista allí imperante, en materia de literatura
lapidaria. Así, por ejemplo, se rescata un genial y no poco
irónico epitafio inspirado por Nicolás Guillén que reza: “Aquí
yace Nicolás,/ que tuvo/ vamos a ver/ mucho más de lo que tenía
que tener”, y que refleja la ingeniosidad punzante y la
agudeza crítica subliminal del temperamento cubano y caribeño.
Por ello, al referirse Jesús Díaz a los momentos originarios de
El Caimán Barbudo, en un trabajo titulado “El fin de otra
ilusión. A propósito de la quiebra de El Caimán Barbudo y
la clausura de Pensamiento Crítico” (Revista Encuentro
de la Cultura Cubana, 16/17, primavera/verano de 200),
indica que su generación intelectual, a la que pertenece el
poeta Raúl Rivero, hoy víctima encarcelada del totalitarismo
castrista (o castrense, que da igual decir) mataba a sus padres
y predecesores “a base de epitafios”. Y confiesa, en el mismo
ensayo, que en su novela Las palabras perdidas rescata
algunos, como por ejemplo: “Caminante, aquí yace Roberto;/
desde luego, Fernández Retamar;/ caminante, ¿por qué temes pasar?/
Te juro por mi madre que está muerto”. O el dedicado al
crítico y políglota Desiderio Navarro que canta: “El señor
director del cementerio/ suplica a los bromistas de mal gusto/
que no sigan orinando sobre el busto/ del famoso ensayista
Desiderio”. Y para cerrar, este bien sardónico que cuenta:
“Bajo el tímido perfume de esta rosa,/ reposa el escritor
Lisandro Otero;/ perdonadle su estilo chapucero,/ perdonadle
también su mala prosa”.
En la poesía dominicana, si bien podría ser
notoria la ausencia de la picardía del epitafio, se podrían
citar, en cambio, algunos de los más relevantes momentos de una
retórica, y tal vez metafísica de la muerte, empezando con El
Poema a la hija reintegrada (1934) o “Su majestad la muerte”,
de Domingo Moreno Jimenes; el breve y profundo texto “Aire
durando”, entre otros de Manuel del Cabral; la “Elegía por la
muerte de Tomás Sandoval”, de Franklin Mieses Burgos; el poema
“Gimnopedia a la memoria de Rafael Díaz Niese”, de Pedro René
Contín Aybar; el singular texto poético “Muerte en blanco”, de
Freddy Gatón Arce; “Conseja de la muerte hermosa”, de Manuel
Rueda; “Elegía de la muerte”, de Víctor Villegas; el poema
“Donde el poeta presiente su temprana muerte”, de la autoría del
injustamente relegado Juan Sánchez Lamouth; “Arlington Cementery”,
de Lupo Hernández Rueda, en oposición a Círculo, que es
un fervoroso canto a la vida; el homenaje póstumo de René del
Risco Bermúdez a su amigo poeta, oriundo de Haití, Jacques Viau,
quien murió al fragor de la guerra de abril del 65, mediante el
poema “Por la muerte de todos”, para sólo citar un puñado.
La muerte es fiel compañera de la vida y el hervor imaginario de
un poeta. Al igual que para la vida del filósofo, quien, como
expresó Kierkegaard, contagiando con la idea el existencialismo
posterior, en la generalidad de los casos, piensa y crea sólo
como forma de preparación para la muerte.
No obstante, y sin menosprecio de la tradición de
literatura sepulcral más arriba referida, será otro, a mi ver,
el modelo referencial que seguirá el autor de Lápida circa y
otros epitafios de la torre abolida, para estructurar esta
obra de necrófila fruición, la cual, siguiendo el hilo de la
experimentación estructural con la lengua, muestra una nueva
arista de la capacidad creadora y del dominio de la técnica del
lenguaje poético en Gómez Rosa: la del poeta sarcástico, jocoso
y provocador, inventor de una escatología cachonda.
Ese referente dual será, por un lado, la
Antología de Spoon River (Spoon River Anthology),
texto funerario sin igual, publicado por entregas en 1914 e
inspirado a su vez en los epigramas de la clásica Antología
Griega o Antología Palatina. Esta obra escatológica
es de la autoría del poeta norteamericano, abogado liberal y
antimperialista, Edgar Lee Masters, una de las cimeras figuras
del llamado Renacimiento de Chicago, junto a Carl Sandburg y
Vachel Lindsay. Por el otro lado estarían los Epitafios
del genial artista Miguel Angel Buonarroti, escritos en memoria
del joven Cecchino (Francesco Bracci), en la época del
Renacimiento italiano, exactamente en 1544, cuya cosmovisión
religiosa y científica a la vez, marcadamente antropocéntrica,
hizo ocupar una posición de extrema gravitación al tema de la
muerte en todas las artes. El movimiento de la vida renacentista
tenía lugar como un péndulo que oscilaba entre los extremos de
lo divino (eterno) y lo mortal (transitorio). Dos estudios van a
ser importantes en esta travesía. Primero, el de Jesús López
Pacheco en la edición española (Cátedra, Letras Universales,
Madrid 1993), de la Spoon River Anthology, la obra
funeraria de Lee Masters, aparecida como libro en Nueva York, en
1915, que tradujo junto a Fabio L. Lázaro, y que documenta en
forma crítica y ejemplar. Segundo, la presentación de Claudio
del Moral a la edición (DVD, Barcelona, 1997) de los
Epitafios de Miguel Angel, donde señala un principio capital
que reza: “…la función elemental del epitafio es esencialmente
identificadora, lo que explica que los fundamentos de su
estructura se asienten en un nombre, una fecha de muerte, una
edad y a veces un oficio”. Esos fundamentos permitirán al poeta
dominicano crear un parnaso de artistas “muertos” con una
excepcional coherencia discursiva y formal, reflejada en su
conjunto de epitafios y escritos lapidarios.
Richard Bone, el metafórico marmolista y
grabadista creado por Lee Masters, conforma en Sponn River
Anthology una auténtica congregación de muertos, algunos
reales y muchos inventados en base a nombres y oficios
verídicos, que reviven literariamente en sus voces lapidarias, y
que, al decir de López Pacheco, figuran un microcosmos
antologizado, cuya intencionalidad estética es la de describir
el macrocosmos de toda una nación y de la vida misma.
Esas voces de muertos, con distintos puntos de vista del
narrador o relator, reflejan amor, desamor, odio, ironía,
venganza, resignación, dolor, picardía, escepticismo, en fin,
condensadas historias que al ser dichas por muertos en sus
propias sepulturas cobran una tremenda fuerza y paradójica
vitalidad.
Pensemos, por ejemplo, en el epitafio de Amanda
Barrer que empieza diciendo: “Henry me dejó embarazada/
sabiendo que yo no podía dar vida/ sin perder la mía./”. Y
termina: “Desde el polvo proclamo/ que me mató para
satisfacer su odio”. O el sarcástico dedicado a A. D. Blood,
que reza: “Si en el pueblo pensáis que mi labor fue una buen
labor,/ cerrar las tabernas y acabar con los juegos de cartas/ y
arrastrar a la vieja Daisy Fraser ante el juez Arnett,/ en
tantas y tantas cruzadas para purgar al pueblo del pecado/ ¿por
qué dejáis que Dora, la hija de la sombrerera,/ y el
despreciable hijo de Benjamin Pantier/ conviertan cada noche mi
tumba en su lecho limpio?”. O aquel escrito sobre el
sepulcro de Robert Davidson que termina de esta forma: “Recordad
que los gusanos,/ no se alimentan de otros gusanos”. O aquel
de Louise Smith que amargamente dice: “Herbert rompió nuestro
compromiso de ocho años/ cuando Annabelle regresó al pueblo/ del
colegio, ¡ay de mí!/ Si yo hubiera dejado en paz al amor que le
tenía/ …/ Pero lo torturé, lo envenené,/ le hice ciego, y se
convirtió en odio/ en hiedra venenosa en vez de clemátide./…/ No
dejéis que se haga jardinero de nuestra alma la voluntad,/ a no
ser que estéis seguros/ de que es más sabia que el alma”. O
bien este otro en que Johnnie Sayer, aplastado por un tren al
escapar de la escuela, deja en su lápida un mensaje a su padre:
“Fuiste sabio al ponerme esta inscripción:/ ‘Salvado de males
futuros’”.
El logro poético mayor de Lee Masters, que lo es
también de la poesía misma como expresión artística humana, fue
el obtenido con el epitafio dedicado en Spoon River Anthology
a la legendaria novia o “el verdadero amor” del inmenso líder A.
Lincoln, la desgraciada Anne Rutledge, quien murió de
encefalitis a los 19 años, en 1835, y en cuya lápida está
grabado, desde 1921, el poema que en el libro apareciera como
libre expresión del poeta, y que termina con estos versos: “Florece
para siempre, oh República/ desde el polvo de mi seno”.
Más a tono con las creencias y valores de su
propia época, veamos sólo unas muestras del arte lapidario de
Michelangelo, y de cómo este habrá de incidir sobre la labor de
Gómez Rosa. Memorable es el que dice: “Muerto ya, quien me
llora en vano espera,/ dando llanto a mis huesos y sepulcro,/
regresarme como árbol seco al fruto;/ un cadáver no alcanza
primavera”. O este: “La carne, tierra ya, y aquí mis
huesos/ privados de sus ojos y apostura,/ dan prueba a quien le
fui gracia y deleite/ de la cárcel mortal que habita el alma”,
que retoma la problemática platónica del cuerpo como cárcel del
alma y de la oposición entre cielo y tierra, entre lo sensible y
lo suprasensible, entre lo eterno y lo perentorio. O este de
corte, más bien, religioso, algo tan caro al artista
renacentista: “Un Bracci fui, y aquí mi vida es muerte./
Siendo escindidos hoy el cielo y tierra,/ tan sólo ya a mi
alcance el paraíso, que para siempre, pues, cierre sus puertas”.
Prevalece en estos epitafios un mayor rigor estructural o
formal, en comparación con la libertad expresiva y la
arquitectura poética abierta de los escritos, ya en el siglo XX,
por Lee Masters.
En Lápida circa y otros epitafios de la torre
abolida, (¿hay alguna relación entre esta “torre abolida” y
“La colina” de Lee Masters?) el poeta dominicano, con versos
breves y sentenciosos, ajeno a referencias bíblicas, como en Lee
Masters, o a valoraciones fideístas, como en Miguel Angel, pero,
tomando del primero la vitalidad de sus historias, aun ficticias,
y la especificidad de los oficios de sus muertos, mientras que
del segundo el rigor formal, ensambla una antología sepulcral de
corte pagano, que es, prácticamente, una suerte de historia
satírica, jocosa de la poesía dominicana del siglo XX y del
presente, propia del vacilón y de una probable función hilarante,
y a veces hierática, de la poesía misma y sus hacedores.
Con respecto al interrogante entre paréntesis y
la probable asociación intertextual entre el poeta
norteamericano y el nuestro es oportuno señalar que la “torre
abolida” de Gómez Rosa apunta, más bien, hacia otro poeta de
marcada predilección por temas escatológicos o funerarios en su
escritura. Me refiero al francés Gérard de Nerval (1808-1855),
romántico, atormentado y suicida, cuyo primer soneto, “El
desdichado”, de Las Quimeras (1854) empieza con estos
versos: “Je suis le Ténebreux, -le Veuf,- l’Inconsolé,/ Le
Prince d’ Aquitaine á la Tour abolie…” (Yo soy el Tenebroso, -el
Viudo,- el Desconsolado,/ El Príncipe de Aquitania, el de la
Torre abolida). En la versión de Las Quimeras y otros
poemas (Visor, Madrid, 1974), traducida y anotada por Anne
Marie Moncho y José Luis Jover, en base a la edición de Mounir
Hafez (Gallimard, Paris, 1964), se explica que esa Torre puede
ser el Arcano XVI del Tarot, que nos fuerza pensar en las
vivencias del poeta en su viaje a Oriente en 1842; o bien, una
de las supuestas tres torres de plata que eran parte del escudo
imaginario de los Labrunie, verdadero apellido de Gérard, para
el título nobiliario de conde. La metáfora nervaliana del
Príncipe de Aquitania simboliza la desgracia y el ostracismo
sufridos por un gobernante de Perigord, tierra de origen de los
Labrunie.
Tres son las partes que componen esta nueva obra
de Alexis Gómez Rosa. A saber, “Lapidarias”, donde se
entremezclan epitafios de autores vernáculos ya fallecidos y
vivos, incluyendo el caso único de un extranjero, el brillante
poeta peruano Antonio Cisneros; sección seguida de la titulada
“Esquelas, epitafios y sermones del último reino”, que además de
incluir otras formas de expresión escatológica como los ya
desaparecidos “avisos públicos”, “notas luctuosas” de las
antiguas estaciones de radio y la esquela periodística, amplía
los oficios de sus voces muertas, pasando de poetas a pintores,
críticos, libreros y catedráticos, entre otros. Es así como
construye el bárdico grabadista lapidario Gómez Rosa sus
dantescas y tropicales estaciones del paraíso, el infierno o el
purgatorio a los que ha destinado, o bien tiene reservados para
los sepulcros del eterno descanso de las almas de representantes
variopintos de nuestro complicado mundillo artístico, literario
e intelectual. Todos los que nos creemos vivos estaremos más que
endeudados con el autor de este libro, por haber escrito o
grabado, tan oficiosamente y con suficiente antelación, la
inscripción que podría figurar sobre nuestros nichos, sean estos
del camposanto, donde se guardarían físicamente nuestros restos,
o ya de la ciega faz de la cultura y su memoria histórica, de
cuyo juicio crítico final tengan misericordia fieles y gentiles,
en caso de que siga Dios tan ocupado en otros asuntos. Nuestro
poeta, para su dicha, parece poseer un talismán que lo hace
indómito adalid en la justicia y cultura de la muerte
sentenciada mediante acertijos idiomáticos y sorprendentes
pinceladas de, a veces, descarnados retratos interiores.
De remarcable genialidad son los epitafios y
demás formaciones discursivas funerarias que ha colocado o
anunciado Gómez Rosa para sellar la vida literaria y la
posteridad de poetas como Víctor Villegas, de quien dice: “No
teman, Damas, en pasar,/ que se ha ido a iluminar/ otros
entierros”); Pedro Vergés, a quien recuerda: “Sí, Pedro,
ya lo sabíamos./ Sólo cenizas dejaste;/ mas, ceniza enamorada”;
a Roberto Marcallé Abreu: “Su pluma le proporcionó/ la
gloria. Su lengua/ lo trajo a este abismo”; Angela
Hernández, quien: “Cumplida su misión/ horas fijó y se fue/
en una mudanza sutil/ de los sentidos”; Franklin
Mieses Burgos (1907-1976), quien: “Allá, en el cielo, estará/
soñando (en sus orígenes),/ un infierno sorprendido”, donde
se resalta la aproximación, en tiempo e ideas, del grupo de la
Poesía Sorprendida, en nuestro país, y el grupo Orígenes, de
Cuba; Luis Alfredo Torres (1935-1992), del que escribe: “Eres
un maricón; pero además, iluso,/ soñando signar extraterrestres”;
o el que cierra diciendo: “Paz a los restos/ de quien siempre
bailó:/ Dagoberto Tejeda”; y este que indica: “Ha pasado
a mejor vida/ el nombrado Pedro Conde Sturla:/ rebelde y
crítico/ aún después de muerto”; sino el que se dedica al
poeta y animador cultural, hijo de Egbert Cleveland Morrison,
que sugiere se despojará de su cruz “para entrar (M)ateo,/ al
reino de los cielos”; o bien el preparado para el joven
poeta León Félix Batista, quien “Sugirió una muerte heroica/
precipitándose a la nada,/ con una pastilla profunda/ y
categórica de Negro eterno”, como se titula un libro suyo;
la oda libidinal a la poeta Marianela Medrano, a quien “una
buena muerte/ le depararon los dioses,/ al despedirla en una
íntima/ concentración de pañuelos/ de Onán”; o tal vez, la
“Necrológica racista” para controversial el poeta ochentista que
lee: “Murió un negro,/ murió un poeta negro./ Entonces, no ha
muerto nadie./ Repito: no ha muerto nadie./ Si se llama Adrián
Javier, es un error del destino”. Como se ve, desbordan en
humor, sarcasmo, ironía, aciertos, venganzas o asechanzas
inocuas, rasgos críticos, lecturas oblicuas e inventiva estos
ejemplos de la escatología cachonda y tropicalísima emanada de
la lira necrófila del poeta Alexis Gómez Rosa.
Lápida circa y otros epitafios de la torre
abolida
constituye, digo yo al pasar, sin vida ya y en polvo convertido,
la galería funeraria por excelencia de la cultura dominicana de
los últimos tiempos. Ojalá que los cimientos de la torre
abolida hayan sido arrojados cerca del condado de Spoon River,
que nunca existió, y que cale tan hondo la antología sepulcral
de nuestro poeta Alexis Gómez Rosa, alguna vez llamado Johnny
Gómez, en el gusto y la preferencia de los lectores, como la del
genial ocupante de la habitación espartana del Hotel Chelsea de
Nueva York, Edgar Lee Masters, alguna vez llamado Webster Ford,
convertida hoy en un clásico de la poesía universal. |