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Pedro Figari |
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Sueños de un pensador Es sin duda por eso que Vintén Editor, una casa reconocida por sus ediciones de poesía nacional, publicó en 1998 una cuidada edición facsimilar del libro de poemas El Arquitecto de Figari, según el original de "Le Livre libre", París, 1928. La sobrecarátula presenta el libro como "Toda la poesía de Pedro Figari ilustrada por su autor". La edición resulta así doblemente "histórica", por su carácter facsimilar y por el sobreentendido valor documental del texto. Con la misma finalidad, y en el presente pasaje de milenio, espera por una nueva publicación el "Ensayo de filosofía biológica" Arte, Estética, Ideal, Montevideo, 1912, reeditado en 1960. Ya el tratado utópico Historia Kiria, París, 1930, existe por Amesur, Montevideo, 1989. Efectivamente, como poesía, y con un criterio canónico, este Arquitecto se inscribe con mucha humildad en la inercia de la diacronía literaria. El autor residió en París de 1925 a 1933. En 1927 fue embajador en Londres. Redactado en un momento privilegiado de las vanguardias de la alta modernidad, cuando éstas todavía convivían con un enrarecido simbolismo, el texto de Figari casi se limita a usar el instrumento idiomático para denotar la conocida reflexión autoral positivista, junto al romanticismo, "que dividían el alma de Figari", al decir de Angel Rama. En todo caso, el autor llama a su obra, desde el subtítulo: "Ensayo poético, con acotaciones gráficas". Y en la dedicatoria a su hijo Juan Carlos, muerto en París en 1927, de profesión arquitecto y mencionado en el mismo título de este libro que "edifica" parte du su ideología, el autor insiste: "a ti van las páginas de este mi ensayo". Ya en el "Prefacio", Figari advierte: "Viví siempre al margen de la poesía escrita,/ (...) Al declinar, sin saber por qué, de pronto,/ siento irresistible el deseo de exhibir mis sueños,/ pensando que son buenos;/ y si hay por dentro humana miga, lo son". Estos paradójicos poemas sin poesía son "buenos" por su carga "humana" (e ideológica), y no por su posible significado poético. De la "poesía", el autor sólo ejerce el verseo, algunas asonancias, imágenes simples, alegorías modestas, "fábulas" del lugar común. Una explicación para esa especie de desajuste que crea El Arquitecto figura en el primer poema de la serie, "El Poeta": "No es a cantar que yo vengo;/ quisiera rugir como león, para ser escuchado./ Con briznas de verdad-hecho en la mano". Magistral, moralizante, el discurso de Figari prescinde del "canto". Es sin duda un error estratégico para quien pensaba que "Nada importa la causa de la excitación (estética), basta que haya una excitación liberadora". Efectivamente, en estos poemas sin "canto", poca cosa "nos permit(e) divagar fuera del circuito de responsabilidad" (Arte,...). Es probable también que en 1927, el año de la muerte del hijo y de la redacción de estos textos, la forma poemática satisficiera cierta necesidad de "sueños", o de personal "Divagación" (que también es el nombre de uno de los poemas), como una forma de libertad frente a las áridas exigencias de la estricta exposición ideológica. En todo caso, advertido de la urgencia del mensaje y de su naturaleza ética (y reveladora, como la ciencia), el lector se enfrenta a los casi 210 poemas que componen el libro, junto a más de tres centenas de viñetas que incluyen una larga mayoría de imágenes del mundo animal, organizados en siete partes: "El mundo y el hombre", "La vida, la muerte, el misterio", "Civilización", "América", "Flores, hojas, espinas", "Lo que dicen los demás" y "Notas y esbozos". La reflexión parte de lo más general, el Cosmos y la evolución humana, incluyendo la "selección" natural y la "verticalidad". La confianza en la ciencia es absoluta: "ciencia es saber: anhelo augural, genuino, soberano,/ conquista suprema de nuestro poder orgánico" ("Ciencia"). Como la realidad y la verdad se superponen, las regiones oscuras e ignoradas esperan por la luz de esa ciencia ("quedo anhelante de una verdad ignorada,/ esperando la palabra que define: la de la Ciencia", "Mensaje"), la cual, además, para un pensador inscrito en una corriente atea y anticlerical, acabará con las supersticiones ("fárrago de fantasías"). Por su lado, la "Civilización" comparece bajo una mirada romántica, de estirpe rousseauniana, y de un gran pesimismo. Es cierto que "vinieron" el hospital, el asilo, la escuela ("Asistencia"), pero la Ciudad de Figari entraña "Aburimiento; neurastenia; celos, celos salvajes e infidelidades felinas;/ sordidez; codicia; vida gris purulenta; ayes que no osan asomarse,/ por temor al abucheo callejero; algún suicidio(...) ("Vida moderna"). En contraposición, "América", que es aquí el Sur y la pampa, aparece idealizada, "buen salvaje" de la historia: "Frente al Viejo Mundo militarizado, aguerrido, imperial,/ era aquel un Mundo Nuevo, manso, inocente gacela en la loma" ("Resurgimiento"). Es evidente que la lectura de estos poemas debe ser siempre "histórica" y contextualizada, pero también es cierto que la mirada "blanca", civilizada, culta, "nativista", sobre el gaucho y el negro puede sorprender por su escasa sensibilidad social. Y el tratamiento "atemporal", como los planos de su obra pictórica, que Figari concede a la raza negra ("Tráfico de esclavos", "Los esclavos", "Candombe") replantea el problema del "paternalismo" ejercido por el pintor. Por cierto, de un intelectual latinoamericano en el fin de los años 20, se podría esperar más que inverdades históricas ("Atisba el mercader aleve a la mansa tribu confiada, salvaje"), la idealización ("hasta que alguien los compra; y de nuevo, se ponen contentos/ y van radiosos a casa del amo, a servir;/ esclavos sumisos, leales y buenos"), los estereotipos ("ahí reviven, los negros, la áspera y máscula vida primaria, su vida ancestral./ Hercúleos supermonos parlantes"). Más bien, en esta poesía ética, el Mal incluye todo lo que limita la "evolución" del hombre hacia su plenitud, o hacia su absoluta "verticalidad", por usar un concepto que también es una metáfora reiterada en esta obra. Así, las "fábulas" y las reflexiones que cierran el libro advierten contra la hipocresía, la avidez de bienes materiales, el egoísmo, la falsedad, la necedad, la "astucia", en fin, "los que mangonean en la promiscua humana selva" ("Ficción"). Y la misma relación hombre-mujer está lejos del "ideal": "De la sensual pasiva sumisión de la hembra,/ quedó su delicada forma actual de complacencia,/ de piedad sexual femenina a enternecer./ Y enfrente: la brutalidad del macho soez" ("Feminidad"). A la espléndida reproducción que Vintén Editor ha hecho de estos "sueños" ilustrados e ideológicos, se debe formular un único reproche: la ausencia de una Introducción que por lo menos resumiera la lectura y las interpretaciones de la reflexión nacional (A. Rama, J. Fló, A. Ardao, M. Claps, entre otros) sobre un pensador que exige esa acuidad y, al fin del milenio, una cuidadosa contextualización para penetrar en su pensamiento. |