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Ida Vitale |
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Los colores del aire El relato se llama "Los poderes del blanco" y es uno de los veinticuatro que integran Donde vuela el camaleón (Vintén Editor. Montevideo. 1996), el nuevo libro de la poeta Ida Vitale y el primero de relatos en su vasta bibliografía comenzada en 1949 con La luz de esta memoria. Si el cuaderno en blanco representa las posibilidades ilimitadas de la literatura, la tentación de la señora Rosso es casi emblemática de la actitud literaria de Vitale: la creación poética como militancia permanente, instigada por la página en blanco mallarmeana y que, desde su libro anterior, Léxico de afinidades, de 1994, no excluye la prosa, más bien la incorpora y se renueva siempre frente al "espejo inagotable del inagotable mundo". La biografía de la montevideana Vitale se ha dividido desde hace más de una década entre Uruguay, México y Estados Unidos. Pero su escritura, siempre infinita de posibilidades, puede pasar de la poesía a la prosa, así como el camaleón cambia de colores, sin perder su identidad. Porque los relatos de Donde vuela el camaleón incorporan los varios colores de su poesía y no se esquivan de la presencia de un autor como Borges que siempre hizo parte del universo de esta escritora. Una tradición popular dice que el camaleón vive del aire, y el aire es, en varios sentidos, el elemento recurrente de la obra de Vitale. Pero además, según Leonardo da Vinci, el camaleón "vuela sobre las nubes y encuentra aire tan sutil que no puede sostener a los pájaros que lo siguen. A esta altura no van sino aquellos a quienes les es dado por los cielos, esto es donde vuela el camaleón". La cita de Leonardo, en el original italiano, figura como acápite del libro e introduce al "aria tanto sottile" ("aire tan sutil") en que se desarrolla el luminoso discurso de Vitale, sin duda porque se rehusa a la separación nítida de poesía y prosa. Si es cierto que al fin del siglo XX, el cuento, como género, debe aceptar el peso de su propia historia y la tradición que lo constituye, entonces los relatos de Vitale no son "cuentos". Se trata, efectivamente, de relatos con un sostenido aliento poético y de estructura simple, frecuentemente binaria: dos fuerzas se oponen o se conjugan para que haya narración. Puede ser la lectora del metro y su contrapartida, el hombre de los cuadernos en blanco. Puede ser el doctor que, al dejar crecer la barba, es confundido con un eventual y suspecto hermano, pero que tampoco recupera su imagen al afeitársela ("El doctor Turbio"). O un tema caro a Vitale: la coleccionista de palabras que un día encuentra su alma gemela: "Caminaba por el puerto y vio que una señora, por mirar el vuelo de las gaviotas en torno a la red que izaban unos pescadores, estaba a punto de llevarse por delante una de esas grandes piedras donde se amarran los buques. -¡Cuidado con el noray!, advirtió. Sin pensarlo, porque solía guardar para sí las palabras que nadie usaba. -Gracias, no lo había visto. O proís, le respondieron con afabilidad. Se supieron hermanas en el pastoreo de palabras". Cuando su amiga muera, la protagonista, "muda de solemnidad", callará para siempre. ("Un monumento para Eva"). También pueden ser personas, siempre dos, que discuten por motivos de intrincada definición y hasta se matan ("La paz fraterna", "Otrosíes"). Pero en estos relatos, los personajes son también, por ejemplo, los pasillos, divididos, eso sí, entre dos polaridades: "Una, le hace ansiar convertirse en un patio amplio. (...)La otra propensión (...) es la de volverse dédalo". ("Pasillos"). Efectivamente, el universo "sutil" de Donde vuela el camaleón incluye narraciones con personajes "humanos", contemporáneamente situados (y, en dos casos, en una posible ciudad llamada Montehabano), pero también, en los primeros relatos, los personajes pueden ser un Reglamento insastisfecho con su condición, pues aspiraría a ser Precepto o Dogma ("De tejados arriba") o un gorrión que durante gran parte de su vida no aceptaba el color pardo y soñaba ser azul ("Sobre un gorrión no azul"). Ambos relatos fundan en el libro el tema de la identidad, esa construcción frágil que con frecuencia es sólo un sueño. Y si el reglamento nunca pasa de un pedante, el gorrión puede ser leído como la alegoría patética del creador que un día puede "curarse" de su "obsesión celeste", la busca del azul, y adquirir entonces "una mezquindad casi humana de la que había estado libre". ("Ahora no tenía ilusiones de ningún color"). Otros relatos abordan temas míticos o históricos: "El fin de los minotauros", "Zenón el solitario" o "Las hemorroides de oro", el texto que se aproxima a la maldición de Jehová contra los filisteos, quienes "a esta altura, terminarán por darle pena a cualquiera que se incline por los derrotados del mundo". Y como en los aprendizajes, para llegar a la última etapa del libro, con su universo de anécdota humana eventualmente cotidiana y contemporánea, el lector deberá pasar por la hipótesis de "Una nube oscura", el relato donde mejor se conjugan la ironía y el lirismo característicos de la obra de Vitale. Se trata de las nubes que no nacieron de las evaporaciones de los ríos o los mares, sino de "un excepcional flujo de lágrimas". "Aunque no de modo muy público, hay siempre una dilatada producción de lágrimas. No todas son de la misma calidad, como es natural". Pero todas "Producen una evaporación más fina y nubes más exquisitas y comprensivas. Ellas absorben desde arriba ciertos duelos y aun los destilan y distribuyen, vertiéndolos allí donde son necesarios, donde hay almas áridas que requieren aunque sea una leve pulverización humectante. También existen llantos un poco grotescos, los de la vanidad herida, por ejemplo, pero si hay escasez todo se aprovecha". Expresamente despojados de la compleja arquitectura del género "cuento", estos relatos brillan más bien en la libertad de un estilo que, para felicidad del lector, no escapa a la red infinita de alusiones poéticas, con frecuencia recogidas de la propia obra poética de Vitale, con su ironía siempre fina en medio de la incertidumbre, la misma actualidad política (el horror a los fundamentalismos, la reiterada inquietud ecológica), el humor que en Vitale es una forma de amor por estas criaturas que llevan colores como nombres propios (Rosso, Castaño, Verde, Negro, Blanco). Y es sabido que los colores, combinados, producen el blanco. El que instiga a la señora Rosso y a los poetas. Publicado en México, este más reciente libro de la montevideana Ida Vitale (Procura de lo imposible, Fondo de Cultura Económica. 1998), quien además reside gran parte del año en Austin, Texas, no deja sin embargo lugar a dudas sobre su locus de creación. Se trata de un discurso poético configurado sobre la misma poesía, el "canto", con todos los atributos que éste alcanza en la voz de Vitale, incluido el juego arriesgado y brillante de cierta dialéctica de construcción y desconstrucción del lenguaje. El editor no informa que algunos textos, entre el casi centenar que compone las ocho series o "capítulos" de esta aventura del idioma, ya habían aparecido en revistas mexicanas o en alguna plaquette de circulación limitada. No se trata por cierto de una distracción sino de la evidente intención autoral de crear un nuevo y vasto circuito poético del sentido. Así, el libro se abre (en la serie "Soltar el mirlo") y se cierra ("La voz cantante") con el motivo del canto, entendido como única referencia definitiva a partir de la cual la reflexión y la memoria pueden ahondarse en la serie "Imágenes del mundo flotante", o tornarse graves y aun amargas en "Tropelía", "Jardines imaginarios", "Arder, callar", o constatar ese doble juego de presencias ausentes y de ausencias presentes, en "Terquedad de lo ausente" y "Presencias". Efectivamente, la verdadera "procura de lo imposible" en este libro es de estirpe mallarmeana y reside en la imposibilidad del canto puro, no contaminado por la cotidianidad, casi amenazante, por el recuerdo y la imaginación, libres, y que pueden incluir Montevideo, Sicilia, Londres, Japón, o la reflexión sobre el dolor humano, acompañado de un estoico llamado a la paciencia ("tener paciencia", pide uno de los textos, con uno de esos infinitivos que en Vitale se vuelven casi consignas), o el exilio, o la elegía por los seres perdidos de una familia, personal y espiritual, que componen referencias de la poeta (Octavio Paz, María Inés Silva Vila, entre otros). Es un acto de humildad el que este libro no se llame "Canto", el destinado a "Velar la nada" ("Capitulaciones") desde los obsesivos "huecos" y la reiterada "niebla" que atraviesan y estremecen el discurso. Frente a la imposiblidad del Canto absoluto, Vitale responde con "paciencia", que en su caso es paciencia de artífice. Y es allí donde el lector reencuentra el brillo raro de la obra de Vitale, y raro no sólo en la "Generación del 45" donde se la suele encasillar. Es el que surge del equilibrio entre la emoción y la inteligencia vigilante, la que incorpora aun el humor, y sin duda la que otorga cierto tono explicativo a algunos textos, y que la elegía no deja que se diluya en la prosa. O ese doble juego, poco frecuente en las letras uruguayas, entre la experimentación del lenguaje y el uso de formas clásicas (como los octosílabos consonantes de "Colibrí"). Y también las porosidades sutiles que comunican entre el yo lírico y un yo empírico, biográfico, que comparece trascendido, pero connivente y entrañable en esta poeta conocida por el público, de obra vasta y que jamás cae en el documentalismo testimonial. Signado por el "Velar la nada" de la primera serie de poemas, el Canto de Vitale por su universo, real, tan real como los posibles "Montevideo" o sus pájaros obsesivos, y también metafísico, como la mirada sobre el viaje humano, "la distancia tan breve/ de nacimiento a nada" ("La mesa oscura"), asido a las palabras como a una cinta de Ariadna, conlleva en sí su propia amenaza de destrucción. Hay siempre en esta poesía, brillante, "iridiscente", de sonoridades exquisitas, la amenaza de una lengua del infierno, el temblor de la pérdida y la muerte. Y si una región de la poesía de Vitale asume (aquí como en varios momentos de su obra) el riesgo de su propio anonadamiento, "La voz cantante", esa serie de quince poemas que cierra este volumen, no es en absoluto un cuerpo extraño (o una "epéntesis", por utilizar uno de los tantos términos cultos con que juega esta Voz cantante, y por cierto sonante, como en un scherzo, y que en el caso significa "aparición de letra no etimológica en una palabra"). Más bien, esta parte final retoma los motivos del libro (la muerte, la magia, el riesgo, la escritura) para potenciar el enigma de la construcción del sentido. Menciones cultas (incluidas locuciones en otros idiomas), populares, míticas, literarias, van tejiendo un texto espléndidamente heteróclito, que podría sucumbir a cada instante, donde Laocoonte puede reunirse con Mateo Orfila (1787-1853), autor de un Tratado de los venenos, o con Nicandro de Colofón (s. II A.C.), que investigó los venenos ofídicos y sus antídotos en Theriaka y Alexipharmaka, o la literatura medieval francesa, con el misógino Jean de Meung (aprox. 1241-1305), contrapuesto a la poesía femenina de Cristina de Pisán (1364-1430), la joven viuda que se lamenta "Seulette suis sans ami demeurée". La imposible alegoría lleva al humor, como en este juego con Turno, el rey muerto por Eneas en combate singular: "Después, será el itinerario eterno. Entonces habrá llegado tu Turno. No, es Dido quien así corre se inmiscuyó, eneasilábico, Eneas, pasando por el foro, fuera de época pero siempre inmejorable" (Poema 11). El juego (arriesgado, y aquí victorioso) sobre los sentidos inesperados que advienen de la pura sonoridad del lenguaje no es nuevo en la obra de Vitale ni, en este libro, ajeno a las series que preceden "La voz cantante". Pero, exacerbados, oraculares, cierran el volumen con la nostalgia del Canto absoluto y la alegría de su "procura", todo resumido en la palabra final del poemario: la dulce melancolía de la "mucha schadenfreude". |