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Alfredo Fressia: el duro
privilegio
Luis Jorge
Boone
Este
libro presenta – una selección de la poesía de Alfredo Fressia
(Montevideo, 1948) y ofrece al lector muestra suficiente y
representativa de una obra –inédita en nuestro país– construida
en treinta años y seis títulos que integran el corpus poético
del autor.
En este tránsito es posible identificar un primer estadio de la
voz lírica: el del poeta discípulo de sus propias percepciones;
para quien el propio cuerpo, el mundo, el amor, reservan
descubrimientos amargos. El poeta reconoce su maldición, su
condición adánica de expulsado y maldito: “No es la maldad mi
signo/ aunque destruyo”, dice, y así completa su claroscuro:
“(tampoco es la bondad mi signo)”; pero ama. De ahí su
naturaleza trágica y luminosa, rapaz y mórbida. De ahí el gesto
de ternura que marca el alma tristísima de los hombres cuyo amor
nace del miedo, que miran el reflejo de sus deseos en la
superficie de los otros (quimeras que no sobreviven a sus
propios sueños), los que se duelen ante el grito y la barbarie,
y se saben divididos del mundo (“que el mundo es de los otros/
cuidadosamente de los otros”).
En el texto de presentación del libro, el poeta José Ángel Leyva
señala: “Ser eclipsado es vivir en la penumbra, en la carencia,
bajo la sombra de los otros”. La imagen abarcadora de un astro
ocultando a otro, de un cielo en crisis, en lucha por sobrevivir
a su temblor, y una terrible verdad: no hay mayor eclipse sobre
nuestras vidas como la condición de vivir a la sombra de sí
mismo: “Padre, yo me espanto/ de estar preso en mi cuerpo, el
condenado/ umbral, perfecto, este retorno, padre,/ eternamente
en viaje y muerto, por las cuatro/ estaciones y la suerte/
echada de los hombres, los hijos/ obedientes de la especie,
padre,/ los muertos venideros.”
Los versos de Fressia, de factura límpida y serena, pero de
médula dolorosa, aciertan en el centro de la ruina: la palabra
del poeta es canto de aflicción, lamento. Quizá la única
salvación posible (o la condenación más segura) sea el amor. El
amor, ese titán que habita el alma de los hombres la desborda y
traza sus destinos, educa sus ojos para la ternura y la
desgracia, su banalidad y su absoluto: “Bello amor, bellos
amantes,/ porque el amor no pasa/ de un memorial de hombres que
me amaron,/ el sexo idéntico, idéntico/ el ancestro conjugado,/
bello y estéril, bello/ porque estéril, porque destinado/ al
memorial de hombres que me amaron.” Los amantes: imposibilitados
para dejar huella duradera más allá, como la rosa, de su nombre.
En el segundo estrato de este viaje, el poeta ilumina sus versos
con una luz distinta: un lenguaje que recrea fórmulas
matemáticas, aventura silogismos, sintetiza y hace convivir
cientos de años de historia universal y conocimiento humano en
metáforas que sobrevuelan el abandono del hombre. Se reconoce
parte de la especie, sabe que su historia se repite en la de sus
semejantes. Revestidos de metáforas y referencias más doctas y
lujosas, los poemas se complican, develando un alto contenido
enciclopédico. La voz se amplía hasta comprender el espectro de
la especie; el poeta es un testigo que mira la misma, eterna
batalla, pero ahora desde una almena más alta, dueño de una
distancia que le confiere algo de serenidad, que lo deja
adueñarse de una imagen más amplia de los heroísmos y desgracias
que en ella ocurren. Éste es el duro privilegio del que escribe:
ser memoria y ojos de la especie.
Si es cierto que cada vez que cuando el último hablante de un
idioma muere se extingue con él toda una gama irreproducible e
inequiparable de visiones del mundo, creo que un fenómeno
semejante pero en sentido inverso sucede cuando entramos en
contacto por primera vez con la obra de un poeta. Su lectura
volverá el mundo más extenso para nosotros, sumaremos a nuestro
mundo su mundo extranjero. Celebremos que la región donde habita
la poesía de Alfredo Fressia se hace visible para nosotros. |