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EL ARTE DE CENIZAS DE PEDRO LÓPEZ ADORNO
Basilio Belliard
En
la poesía de Pedro López Adorno (Puerto Rico, 1957), encontramos
variadas claves que provienen del mundo musical clásico y del
universo preciosista del simbolismo. Así pues, construye una
escritura poética jalonada por un pulso de diseño barroco, por
un lado; por el otro, orilla en conjuros y evocaciones de
vertiente postmoderna, con sus giros expresivos, procedimientos
intertextuales, modelos culturizantes y técnicas de vanguardia.
“La escritura poética de López Adorno –afirma su compatriota
José Luis Vega-, se compone, a mi juicio, de tensiones: por un
lado es escritura racional, que responde a construcciones,
reiteraciones y diseños deliberados; y, por otra parte, es
también un ejercicio oracular, pleno de innovaciones,
expiaciones, conjuros e inspiraciones, que en el fondo aspira a
alcanzar el ‘más allá’, ‘la otra orilla’ inefable de la poesía”.
En López Adorno hay una obstinada vocación de estilo; es un
desobediente de las formas poéticas tradicionales, un poeta que
se niega y resiste a la denotación pura y que, por el contrario,
apuntala su búsqueda simbólica y lexical hacia un mundo sembrado
de palabras encantadas y yuxtapuestas.
De ahí que encontremos en su obra una poesía edificada sobre una
arquitectura verbal en la que resuenan los ecos, las
reverberaciones, las disonancias y las polifonías que dan la
impresión de que vienen de mundos trasnacionales, de una
vocación desobediente –para evocar el título de uno de sus
libros más celebrados: Concierto para desobedientes,
libro donde está presente la reconstrucción de un espacio, cuya
fauna y flora –mundo vegetal y animal- se vuelven signos que
permean su imaginario poético. Botánica y zoología: claves
cifradas que se transforman en versos y palabras sonoras:
Nidos de zumbadores las palabras
de ruiseñores cada verso
de machambos las estrofas
desde esta altura pitirren el aire
no besan a la ‘bella durmiente’
mientras se arrastre de plebiscito
cual calandria envenenadas
por opciones que la niegan
sean por ella el picotazo
bajo las alas
de los guaraguaos que la dirigen
[Desobediencia de las aves]
Dentro del universo de su vasta producción poética, Pedro López
Adorno emerge como una de las voces claves de la poesía
postmoderna hispanoamericana de corte barroquizante, concierto
al que también pertenece una cohorte de poetas, cuyas obras
están fundando una tradición, de una ruptura que tiene su
residencia en figuras como Lezama Lima y Oliverio Girando, del
siglo XX, y otras que provienen de la clasicidad hispánica, como
Góngora y sor Juana. En este habitat tiene su espacio López
Adorno, pues su pulso lírico habría que ubicarlo en esa zona de
sensibilidad de esos poetas practicantes de “una sintaxis que se
resquebraja en cada verso, pero que mantiene un ritmo sincrónico
y musical, traspasando las fronteras delimitadas de la poesía
neobarroca”, al decir del poeta peruano Miguel Angel Zapata.
En la poesía de López Adorno se producen cruces de camino que
van de voces y vocablos del mundo musical popular con el de la
música clásica, en una danza verbal de naturaleza corpórea, en
un movimiento de encabalgamiento donde resuenan flautas, bongós,
violines, maracas y trompetas. Esta conjunción clásico-moderna
de la música se define en una clave de la postmodernidad en la
que el diálogo diacrónico transita del pasado al presente, en
una línea circular de silencios y signos. Parodia,
intertextualidad, reescritura, encuentro y desencuentro, Arte
de cenizas (2004) deviene pues en la sustancia que emana de
un sumumm poético, de la trayectoria de un poeta con
vocación transgresora. De esta caja de resonancias brotan los
ecos de sus figuras arquetipales –Lezama, Huidobro, Darío,
Vallejo- de su idioma, pero nimbada por la cultura y la lengua
inglesas, de su oralidad y su tradición poética. Estas
experiencias de búsquedas escritas hacen de Adorno un poeta de
pasión culturizante, un orfebre del estilo y un músico del
silencio y del ritmo. Sus exploraciones postulan un discurso de
una oralidad referencial ex profeso, pero que se
equilibra en la transparencia de la brevedad, en los versos
entrecortados y en las pausas de los encabalgamientos, flotantes
y ondulantes.
Pedro López Adorno ha sabido asimilar la poesía gongorina. De
ahí que también la haya revitalizado desde un contexto caribeño,
especialmente aquella poesía popular de las letrillas y sainetes
del poeta del Siglo de Oro y de las Soledades. Pedro
López ha dado la clave: ha decorado ese universo culturizante de
símbolos y metáforas de la cultura caribeña con rentabilidad
poética. Esta poética de la desobediencia formal que practica,
en la que sus formas expresivas reformulan, con placer y deseo
–en unas búsquedas de alteridades y disidencias-, la tradición
que viene del Siglo de Oro español y del Barroco. Estos textos
sorprenden: por la multiplicidad de registros, por la riqueza
lexical y por la versatilidad temática. Música y poesía, pintura
y poesía: características de su pasión imaginaria y
arqueológica.
Sobre la huella de una tradición clásica y sobre el telón de la
actualidad poética neuyorriqueña, la obra de López Adorno se
inserta en ese entramado neobarroco que genera palabras preñadas
de tejeduras, costuras e hilos de una composición poética de
inextricables conjunciones y combinaciones, filiaciones y
relaciones de la mejor tradición del momento actual. La suya es
una obra erigida sobre una arquitectura verbal de una evidente
hibridez polifónica, donde confluyen diversos códigos
metatextuales, cuyo nervio óptico se disemina en sinuosidades
espectrales, en una coreografía de silencios, en una, a veces,
prosa desnuda y despojada de retórica. Curiosidad la suya: no
exceso de ornamentación ni horror a los espacios vacíos y a los
códigos del barroco, sino a la desnudez plástica del verso,
muchas veces entrecortados y otras, en maridaje entre la prosa y
el verso. El predominio de los esdrújulos o de los adverbios
modales se escurre entre los intersticios de las aliteraciones,
de una sintaxis dinámica y de trazos musicales. Así, nos
encontramos con formas poéticas que semejan composiciones
cubistas similares a las de Braque, en las que se yuxtaponen y
su superpone, en escorzo y perspectiva, imágenes verbales de
espléndida fisonomía.
La poesía de Adorno se inscribe en una tradición de poetas
vanguardistas situada en la tradición lezamiana que orilla el
humor, lo coloquial y lo erótico, y que trabaja la sintaxis y
los sonidos de la lengua castellana. A ese concierto de
desobedientes pertenece Pedro López Adorno, misma a la que
corresponden poetas de la talla de Néstor Perlongher, Coral
Bracho, Reynaldo Jiménez, Mirko Lauer, León Félix Batista,
Gerardo Deniz, Rodolfo Hinostroza, David Huerta, Marosa Di
Giorgio, Tamara Kamenszain, Eduardo Milán, José Kozer, Roberto
Echavarren, Giannina Braschi, Antonio Cisneros, entre otros.
La poesía latinoamericana del siglo XX tiene dos momentos: una
línea que se desprende del canon clásico: Huidobro, Vallejo,
Neruda y Girondo. A este canon le sigue una generación de
continuadores, herederos de esta corriente vanguardista,
encabezada por Octavio Paz, Nicanor Parra y Lezama Lima. De
ellos tres brota el tronco cuyas ramas se diseminan -y cuya
influencia permanece. Sin embargo, acaso de los tres, sólo
Lezama de los últimos y Girondo de los primeros, experimentan
hoy una revisitación por parte de las actuales generaciones de
poetas latinoamericanos. Justo es decirlo: hay desde los años
sesenta una crisis de las vanguardias y la emersión de búsquedas
individuales y hallazgos particulares, signos de los tiempos
postmodernos, donde se habla no de literaturas nacionales, sino
de literatura universal, como lo avisoró Goethe. Ya lo dijo Paz:
“Vivimos una tradición poética que se inició con los grandes
románticos, alcanzó su apogeo con los simbolistas y un
fascinante crepúsculo con las vanguardias de nuestro siglo”.
¿Crisis de las vanguardias, crisis de la poesía, crisis de la
lectura de poesía? Asistimos, en consecuencia, a la clausura de
una visión del tiempo lineal, de sucesión progresiva y del
cambio ascendente por el nacimiento de un tiempo circular, de
revivals, de ruptura y tradición simultáneas, del eterno
retorno a los orígenes que es, a su vez, un comienzo. En ese
incesante trajinar se inscribe la estética de estos poetas
finiseculares y novoseculares, de mentalidad cosmopolita y
espíritu diaspórico.
No es secreto a voces de que si bien hay una hispanidad o una
latinoamericanidad, no es menos cierto que pudiéramos hablar
también de una caribeñidad. Si como demostraron los escritores
del Boom al obligar a los escritores peninsulares y de otras
latitudes a poner oídos y los ojos sobre nuestra riqueza
cultural y literaria, los poetas del Caribe hispánico también
están diciéndonos que esta región tiene sus peculiaridades
distintivas, cargadas de humor, bullanguería, ritos y matices
étnicos-culturales, en voces tan emblemáticas como Lezama,
Manuel del Cabral, Severo Sarduy, Carpentier, Cabrera Infante,
Luis Rafael Sánchez, Marcio Veloz Maggiolo, Nicolás Guillén,
entre otros. A esa estirpe de escritores hay que agregar a otros
que dialogan con la tradición clásica de jaez hispánico-barroca
y modernista a la que pertenece, por derecho propio, López
Adorno, es decir, a este “baile de máscara” y de simulacros, de
fragmentaciones y disidencias.
Hay una revolución experimentada en la poesía cultivada por los
poetas que viven en la gran urbe de NY, donde confluyen diversas
culturas y etnias, lo que ha contribuido –me parece a mí- a que
se enriquezca la tradición actual. A partir de la segunda Guerra
Mundial, se produce en los Estados Unidos una oleada de
inmigrantes europeos de artistas e intelectuales, que posibilitó
el auge de las artes y el desarrollo del pensamiento. Esto
además permitió un gran desarrollo económico a finales de la
década del cuarenta, que sentó las bases para que muchos
inmigrantes hispanos iniciaran un periplo de creación literaria
-y que está dando sus frutos. Las antologías hechas por Iván
Silén, el propio López Adorno y poetas de otros países
latinoamericanos, son muestras elocuentes de que una sólida
literatura ha emergido en la segunda mitad del siglo XX, similar
a la rusa, norteamericana y a la Generación del Boom.
Unida a su pasión poética, en Adorno hay otra pasión, que quizás
refleje más generosidad y entusiasmo o un deber, que un mero
ejercicio de simulación: la pasión de antólogo. De esta labor se
desprenden dos antologías, una emblemática: Papiros de Babel.
Antología de la poesía puertorriqueña en Nueva York (1991) y La
ciudad prestada. Antología de la poesía latinoamericana en Nueva
York (2002).
Con Arte de cenizas (2004), Adorno reúne una década de
poesía, de un quehacer que data desde obras como Las glorias
de su ruina, País llamado cuerpo, Los oficios, Concierto para
desobedientes, Viaje del cautivo, Rapto continuo y una
novela: La religión de los adúlteros. Como se ve, su
vasta obra, de una rara maestría verbal y de un hermetismo
barroco, se caracteriza por la búsqueda de ruptura y por una
vocación vanguardista. |