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“EL BOSQUE DE LAS COSAS” EN LA
OBRA POÉTICA DE JORGE ARBELECHE
Sylvia Riestra
Jorge
Arbeleche, uno de los mayores poetas uruguayos, situado en la
llamada generación del 60, publicó a fines del año 2006, una
antología de sus dieciseis libros de poesía y sus treintaiocho
años de escritura. Esta antología se titula “El bosque de las
cosas”,
que es también el título del último libro incluido: “El bosque
de las cosas (Inéditos 2005-2006)”.
Haré referencia a ciertos aspectos que me parecen
caracterizadores de su obra: una forma particular y
significativa en el modo de presentar sus libros,ciertos temas y
motivos recurrentes, una actitud entusiasta y ética ante la vida
y la creación literaria , y una inserción transversal de lo
épico en sus textos, especialmente fuerte en el libro “El
guerrero”.
Nos referimos a la antología en general, pero especialmente al
primero y al último de los libros que la componen, que son los
más recientemente escritos.
La presentación de su obra
Cada nuevo libro que Arbeleche publica, suele ir acompañado por
una selección de textos anteriores. Este modo de presentación es
significativo. El publicado en 2006 no es una excepción. En él,
los libros más recientes abren y cierran el conjunto, lo
enmarcan. El primero es “El guerrero” de 2005 y el último “El
bosque de las cosas”, de 2006. En el medio, una antología de
cada uno desde “Sangre de la luz” de 1968, hasta “El oficiante”
de 2004, pero en orden decreciente, desde el más reciente al más
lejano.
Esta estructuración, quizá de filiación machadiana, ha sido una
marca del autor. Los libros anteriores se suman, se
actualizan, en diálogo con el más reciente y cobran un nuevo
sentido además del propio, el de antecedentes, el de surcos
sobre los que se asienta el último, el nuevo. El caminante es la
suma del camino.
Así los libros se presentan –expresamente- como parte de una
obra mayor, se inscriben en una suerte de continuidad de ciertas
líneas de pensamiento y de concepción sobre la poesía, que se
fueron ahondando, matizando progresivamente.
“Si en todo final está el comienzo”,
como empieza el poema “Alfa y Omega” del libro homónimo de 1996,
cada nuevo libro de Arbeleche reúne esta doble condición de
permitirnos la sorpresa de lo nuevo a la vez que el reencuentro
con la voz conocida del poeta. Característica que se destaca y
contrasta con una de las tendencias postmodernas a evadirse de
la historicidad y de la introspección. Volver a publicar parte
de lo anterior junto con lo nuevo, es un re-conocimiento, una
confirmación. Señala y propone un modo de leerse y de verse
en el tiempo. Re-cordarse, hacerle frente al olvido, saber
que se carga con uno mismo, hacerse cargo.
Forma parte de la cosmovisión del autor. Todo está unido,
conectado, en el espacio y en el tiempo; cada nueva capa se
sedimenta en la anterior.
Por otro lado, los versos de Arbeleche tienden a un ritmo
caudaloso, sostenido. La métrica no es estricta, pero junto a
versos libres, abundan endecasílabos y alejandrinos. Aparecen
formas clásicas como el soneto, series en prosa poética y otras
más irregulares, con presencia de espacios en blanco, versos
fraccionados y con distribución graduada, un corte encabalgado
de los versos, más frecuente en los libros recientes.
Actitud entusiasta
El Prof. Hebert Benítez, quien participó en la selección de los
textos de la antología junto con el autor, escribió el prólogo
del libro y lo tituló “Eucaristía de los tiempos”,
subrayando así el sentimiento de agradecimiento y la
religiosidad cristiana que anima esta voz. Uno de los tonos
básicos de la obra de Arbeleche, es el entusiasmo, palabra que
deriva del griego “Theós”, y significa precisamente estar o
sentirse inspirado por los dioses.
La antología pone de manifiesto un estado entusiasta, un
espíritu de celebración, central en el último libro, pero
existente desde mucho antes, y que –paradójicamente- fue
creciendo a la par que crecían también el dolor, la pérdida. Es
propio de esta voz poética una actitud estoica, trabajada, un
temple, una fortaleza que encuentra o se impone encontrar lo
luminoso, lo positivo, aun cuando se presiente la vejez, o “la
desdentada faz de la intemperie”.
Aún en sus libros más sombríos, en los que la ruptura, o la
enfermedad y la muerte ocupan un lugar central, siempre hay
agradecimiento, el sentimiento de la vida como un don. Esta
poesía celebra, aunque no es
ajena a nada, ni desconoce sino que implica lo doloroso, lo
incomprensible, y la noción misma de imperfección, ya que como
dice en su último libro, las cosas sólo “(a)lguna vez –alguna-
forman un círculo / el círculo del bosque”.
El poeta es fiel con el deber impuesto en el poema “Tarea” del
libro “Las vísperas” de 1974: “Hacer lo hermoso sobre todo lo
muerto./ Sobre lo oscuro edificar la luz./ Jugarse al fin el
todo por el todo./ Jugar la vida y todo por el hombre”.
No es negar ni tapar la realidad adversa, sino encontrar la
energía para construir otra sobre aquélla, modificarla a través
de una sublimación que no siempre se logrará: los verbos
utilizados son hacer, edificar; y apostar a ello, por
eso el verbo jugar, jugarse. Tanto en su poesía como en
sus trabajos teóricos, advertimos, si se permite el oxímoron, la
tendencia a una idealización realista y consciente, que forma
parte de una visión y de un
compromiso consigo y con los demás. En el poema “Agüeros” de
“Alfa y Omega” usa un epígrafe del poeta griego Odiseo Elytis
que coincide con su postura: “¿Cuál es el deber del poeta? /
Poner gotas de luz en la oscuridad”.
Es la concepción de la poesía no sólo como expresión solitaria.
Se le atribuye también una función , incluso un deber. En el
discurso que pronunciara en 1997, al ingresar a La Academia
Nacional de Letras, Arbeleche decía: “Esa será entonces la
responsabilidad de la poesía y la misión del poeta : develar ese
velo que nos impide el acceso a la zona milagrosa de la
existencia, esa que confirma la condición sagrada del hombre y
de la vida”.
Así, en el poema “Agua” del mismo libro, describe “un arroyo
campesino / sin cascadas ni rápidos ni deltas” que “(n)o
conocerá el mar.” Sin embargo, a él “cada mañana bajan a pacer
los unicornios”. Ya no las vacas ni los animales del campo, sino
los fabulosos de la mitología; o los comunes, pero en plena
vitalidad y creación: “y a la tarde los peces irán a desovar.”
En el poema “Monte vide eu” de “Para hacer una pradera”, evoca
la calle Sarandí, y la tarde de agosto en que sus padres se
conocieron, y dice “decreto entonces:/ y vivieron felices/
destierro/ las arrugas el reuma el hospital .../ Los fundo y
fijo/ cuando por esa calle Sarandí/ setenta años después una
pareja/ adolescente pasee de nuevo/ su belleza y vuelvan a ser
otra vez / Paris y Helena /partiendo hacia su Troya / desde la
bahía de agosto de / Monte vide eu.”. En ese mismo texto formula
algunos aspectos de su arte poética: “limitaré con las palabras
un perímetro/ donde el hedor de la huesa no penetre.”
La poesía como lugar donde el poeta se instala e invita a
instalarse para desde allí modificar, idealizar, corregir la
visión de la realidad, más que la realidad misma, porque como
dice en el libro “Para hacer una pradera”: para hacerla, hay que
“edificar con los ojos la pradera/ hay que verla/ antes que
escape/ hay que aprender/ a oírla”.
También en “El bosque de las cosas” dice: “Es una fuente/ un
surtidor oculto una vertiente un río./ O acaso nada más un caño
roto./ Aquí/ lo nombro fuente/ pues necesito soñar el
manantial.”
Aquí probablemente los ojos no lograron construir el surtidor,
pero vino en su auxilio el poder convocante y creador de la
palabra (“lo nombro”). El verbo es antes. Dios dijo e hizo.
En el texto “Vaivén”, en contrapunto intertextual con el soneto
“Rebelión” de Juana de Ibarbourou, le escribe a Caronte, el
barquero mitológico que trasladaba las almas de la vida a la
muerte : “Entre orilla y orilla, de vaivén a vaivén,/ me iré
apoyando una vez en la fiesta, / otra vez en el miedo, / una vez
en la fiesta. Otra vez / en el eco. Y otra vez en el eco / Y
otra vez... / Y después”.
En “Los ángeles oscuros” de 1976, “el miedo no es oscuro/ni
aparece de noche /estalla de pronto/ mitad del aire”.
La fiesta y el miedo, el eco de la fiesta y el miedo parecen
haber sido –desde esta mirada anticipadamente retrospectiva- dos
polos esenciales, en permanente tensión.
El poema titulado ambiguamente “Partida”, de un libro anterior
“El hilo de la lumbre” es testimonio de esa tensión y de aquel
vaivén. La partida de la vida y la del juego que “se
renueva /en cada madrugada hasta dar/ el jaque mate final el
ganador”.
Podríamos seguir ejemplificando con varios textos, pero vamos a
referirnos en especial al libro “El guerrero” de 2005, donde
asistimos al proceso generativo de esta actitud, que podríamos
catalogar como estoicamente celebratoria, intuida por el lector
como una obligación vital autoimpuesta por la voz poética.
En consonancia con su título, se destaca una disposición de los
textos en tres secuencias: 1-El combate, 2- La trinchera, 3- El
armisticio, (aparece también una cuarta parte titulada “Palabras
a El guerrero”, con reflexiones de poetas amigos).
El libro se inicia con un tono cuestionador, por momentos
elegíaco. Ha muerto el amigo (“se te resbaló el alma/y no
alcanzaron tus manos para agarrarla”)
y se suceden imágenes, en las que se agolpan dramáticament el
dolor, el extrañamiento, el vacío, la ausencia. “Una ausencia/
así/ como una zanja como una quebradura como el terreno/ cercano
al precipicio que se abriera un poco/ cada vez que el paso o la
huella a su borde/ o filo se acercara. Una ausencia como/ un mar
de aceite de intemperie oscura.”
La ausencia del cuerpo, de la voz, del aire, del paisaje, del
sostén vital, se da también en un plano cósmico: “se le
quebraron al aire las rodillas”, “enmudeció la crin de los
pamperos”.
Es entonces cuando se hace necesario ponerse en guardia, entrar
en combate, transformarse verdaderamente en guerrero, hasta que
“una rama/ una sola aunque sea una sola/ aprenda a florecer
después del huracán/ de viento a brisa y de la brisa al aire.”
Aquí encontramos cierta reminiscencia de la épica, no sólo en la
retórica guerrera, sino también en una cadencia suave, del que
se va aproximando a la expresión de la idea con cautela, por
ensayo y error, rodeándola a través de diversos flancos, al
tiempo que la descubre, y devela nuevas dimensiones. Es épica la
intensidad del texto, la intensidad de la voz poética, y es
épica la decidida fuerza del guerrero que herido, no se rinde y
batalla hasta lograr si no el triunfo, por lo menos, un
armisticio oblicuo o provisorio. Se combate contra la
muerte, contra el olvido, contra la renuncia.
Zanja, biblioteca, estante, escalera, a veces ofrecen protección
al guerrero, acaso consuelo, pero sobre todo, ofrecen el lugar o
sitio desde donde poder explorar, procesar, tratar de entender ;
lugar o sitio desde el que se escribe, desde el que se busca,
desde el que se pregunta y acaso se responda. En “Armisticio” la
voz poética vuelve a la segunda persona de la primera parte,
pero de una manera más personal, directa, coloquial. Se asoma el
autor. Se repasan momentos, vivencias, vínculos, estrategias
para templar el dolor. La escritura, la poesía, la palabra,
“este pentagrama de sonidos y letras”
se instauran como formas de salvación.
La grandeza del guerrero se mide por la altura de su enemigo, la
densidad de sus armas, la trinchera desde la que se posiciona,
y se confirma porque en su duelo, procesa, batalla, escribe,
hasta celebrar la vida.
A este libro, le sigue “El bosque de las cosas”, que como
adelantáramos, es en su conjunto, una celebración de la vida
que supuso una sublimación titánica, una búsqueda de superación
del combate sostenido en el libro anterior por la voz del
guerrero.
Temas y motivos recurrentes
En esta poesía que transcurre entre “la guitarra de Gabino /y el
arpa del Rey David”
se superponen o se amalgaman diferentes tiempos y espacios.
Nuestro campo (reconocible con sus charabones, la mulita, el
chajá, el coronilla, el tala, el ombú, que también hospeda
centauros; y al que se le superpone el creado por otros
escritores “los repollos de diamante y azúcar /brotados bajo el
ojo de Marosa”.)
La ciudad, especialmente Montevideo, recreada
afectivamente y elegida para morir;
otras ciudades del mundo, como Florencia, asociada a su amiga,
la escritora Martha Canfield. La casa, que ocupa un lugar
privilegiado. También se atisba el espacio del más allá:
“si en una vuelta de por ahí/ acaso te encontraras con Roberto,
mi hermano....”
Su obra está habitada por figuras familiares, vivos y muertos,
por poetas contemporáneos y antiguos, nacionales y extranjeros,
por seres de ficción como Alicia, Odiseo, Dulcinea, etc.
El poema “Ágape” del libro homónimo, es una síntesis de varios
de los elementos recién anotados, una visión prismática (en
varias dimensiones) de la historia de un hombre : es el anticipo
de la reunión nocturna que habrá en la casa del poeta, la
celebración simbólica entre vivos y muertos, los padres, el
hermano, amigos , personajes de las obras de los amigos,
vecinos, ángeles de la guarda: “Esta noche vendrán a compartir
mi cena/ aquellos que poblaron y nutren/ los silencios sonoros
de esta casa/ verán esta ventana por donde el mundo entra/ por
donde dialogamos mañana tras mañana/ con el perfil del aire/ que
a este alféizar se allega.” Los muertos queridos entenderán y
compartirán la alegría del poeta y comulgarán con él y con sus
vivos queridos: “-dialogaremos-/ en la anchura compartida del
tiempo.”
El amor y el ejercicio de amar (para citar el título de uno de
sus libros) en tensión con la amenaza constante de la muerte a
la que muy frecuentemente no se la nombra de manera directa, es
el tema central de varios libros, pero está presente
prácticamente en todos.
El libro “El bosque de las cosas” del año 2006 que da el título
a la antología, se compone de once poemas de versos
predominantemente de arte mayor. Se estructura en tres partes
que llevan subtítulos propios de la música : alegro,
adagio, largo. La vida como una sonata, como una sinfonía,
se despliega en diferentes tempos y tonos. En cada
parte aparece el tiempo conjugado a diferentes ritmos.
Alegro
es el movimiento moderadamente rápido. Sus poemas -Galope,
Vuelo, Danza , Marcha- ya desde sus títulos, sugieren deseo,
voluntad, búsqueda, dinamismo, movimiento, la alegría de otrora,
recordada y revivida. El escenario es la naturaleza, con la que
la voz poética mantiene un estrecho vínculo de corte panteísta.
También hay nostalgia por la belleza y la fuerza propias de la
juventud, por la posibilidad de trascender a la propia condición
y alcanzar el galope, el vuelo; pero asimismo, aceptación del
tiempo transcurrido y admiración por los que son jóvenes hoy.
Quizá paradójicamente, predomina el entusiasmo, la admiración
por la revivificación, la regeneración constante, aún la propia
regeneración desde la muerte, en la que la palabra oficia de
propiciante, como en Galope.
Adagio
es un poco más lento. Es el sector de mayor reconcentración en
lo personal, el más íntimo. El plano humano es el dominante. Así
también el escenario.
Sus poemas – Padre, Escalones, Deberes - evocan tres
figuras tutelares, decisivas en la historia personal del ojo que
percibe el bosque. El padre, la madre, y otra figura femenina
protectora (que ya había aparecido en el poema Esta mujer
del libro “El aire sosegado” de 1989).
En este movimiento se da el contrapunto entre una época remota
y la actualidad. El padre -su autoridad, sus imposiciones, su
condena matemática- es evocado en el pasado; allí queda,
marcando rumbos, pautas, quizá amenazas. La madre es evocada en
el presente de la memoria, aminorando tal vez así la desolación
de su ausencia. El hijo le rinde cuentas. Conmueve la imagen de
orfandad de un hombre de 63 años que dice “no hice los deberes
todavía”.
El poema “Escalones”, plantea una visión estremecida de la vejez
a través de la figura de quien pudo ser un aya, una niñera, con
la que aún se mantiene el vínculo. En una velada enumeración, la
vejez aparece como una pérdida progresiva de las facultades
vitales del propio cuerpo, pero con la conservación de la
ternura y de ciertos ritos inútiles, que tienen que ver con los
afectos más fuertes y primitivos (“agitando su mano me reprende:
/volvé pronto y cuidate. Y no te /desabrigues”).
Hay una visualidad geométrica significativa en este poemario.
Se acumulan términos como vertical, agudo, ángulo y fuga,
curvatura, círculo, diagonal. etc. En el texto “Claroscuro” se
describe una cruz desde un ángulo matemático : “Dos palos /quizá
dos tablas/ o sólo dos maderos /cruzados/ con cuatro ángulos
rectos”.
Esta percepción espacial aparece sobre todo en textos donde hay
algo lejanamente temible y que tal vez se vincule con la figura
del padre. La anáfora final del poema titulado precisamente
“Padre”, apoyaría esta interpretación: “Tengo miedo del nudo de
las paralelas / tengo miedo de aquella transversal /que
incendiara la helada geometría./ Tengo miedo de un animal con
miedo./ Tengo miedo del miedo.”
Largo
es el movimiento musical moderadamente lento. Se indaga sobre la
naturaleza del bosque de las cosas. Es el sector más filosófico,
la conjunción del bosque, la presencia de todo lo existente. Se
retoman motivos anteriores, pero ahora con un sentido más
general, o más genérico y reflexivo. Aparece la noción de culpa,
recreada desde una perspectiva también geométrica. Asoman
logros, frustraciones. El perdón, la memoria, el olvido. Aunque
con dolor, se reconcilian la Cruz y el Crucificado. En la poesía
de Arbeleche, siempre hay una segunda oportunidad, la
posibilidad de una resurrección. En el mundo que él construye
la muerte no es la celada en que caemos
. En un poema del libro “Alfa y
Omega” de 1996, que se titula precisamente “Bosque” y que no fue
recogido en la antología, se encuentra un antecedente, un germen
del mundo poético de “El bosque de las cosas”. Allí el poeta
realiza un contrapunto intertextual con un verso de Sylvia Lago
que dice: “Juntos somos el mar”, y con otros de Jorge Manrique:
“nuestras vidas son los ríos /que van a dar a la mar / que es el
morir”. El bosque al que se nos invita a participar en el poema
de Arbeleche, (“Escúchate ser árbol”), es un lugar de
fertilidad, de comienzo, de origen, de matriz. Allí nos dice que
“los ríos que nacen de los bosques”, también “ van a dar a
la mar” pero rectifica a Manrique: “que es el vivir”, y a
Lago: “Juntos somos el bosque”.
La estructura, regida por una concepción musical, revela una
visión de lo existente en la naturaleza y en lo humano, en lo
personal y en lo social, integrado a los tempos, a los
ciclos de la vida. En Danza dice: “¿Suena el viento/ en
la ribera escondida del arroyo/ o es la orquesta sinfónica de
Dios/ templando una cuerda transparente/ que a veces viene y
otras veces va/ que llega juega abriga nos envuelve/ para
librarnos luego a la intemperie?”
La música rige siempre las celebraciones, como rige este libro.
Alegro, Adagio, Largo. Somos convidados a sentirnos parte
de un ritmo cósmico, y de un ritmo vital humano. A vibrar en el
mismo latido, a acompasar ese tono. Somos invitados a la
consagración, a la comunión con las cosas del bosque. De ahí que
como ya habíamos señalado, Benítez titulara el prólogo a este
libro “Eucaristía de los tiempos”.
Se celebra lo oscuro, lo alegre, lo serio, lo trivial, el
movimiento, la transformación permanente, la regeneración que
incluye también la destrucción y la muerte.
En Galope, recuerda la vitalidad de la juventud, la
posibilidad del vuelo, de la carrera, que ya no puede alcanzar.
Celebra a los jóvenes. Y se imagina a sí mismo cuando aquéllos
tengan su edad de ahora: “Esponjará la noche los murmullos/ que
cada liquen y musgo y hoja/ y rama se pongan despacio a
tararear./ Yo alargaré mi oído y en los ijares/ nuevos de la
joven palabra/ picaré las espuelas para volver/ sin rienda/ a
galopar”.
Su voz se reintegrará a la vida a través de la palabra.
“El bosque de las cosas” es un título simbólico, que hace
referencia a un lugar complejo, multívoco: “Si todas las cosas
son un bosque/ otro bosque se alberga entre las cosas”,
difícil: sólo alguna vez las cosas del bosque forman un círculo,
porque lo habitual es que “nunca est(é)n todas las cosas en su
sitio”.
Pero ellas se organizan, se conectan, forman un bosque. Están
animadas. Se transforman, se reflejan, tienen sentido. Se hace
hablar a las cosas, al bosque, aún a veces con “confusas
palabras”(como escribiera Baudelaire).
En ese lugar sombrío, espeso, de abundante vegetación, a veces
se filtra la luz apenas necesaria que permite descubrir el
color, la orquídea, lo emboscado. El bosque no es sólo un
lugar, también es tiempo. En lo que se ve, se ve lo que pasó y
lo que pasará. “El vuelo de la torcaz borda la siesta./ Con hilo
delicado / al tejido del bosque va hilvanando/ el tiempo y el
espacio de las cosas./ Velan su reposo los cirios encendidos/
-sin principio ni fin-/ en el regazo sosegado de su Gracia.-”
El hombre es parte e intérprete del bosque, de su plan, de las
conexiones entre los componentes. El tiempo y el espacio lo
hilvanan, pero él actúa también como un artífice más, porque lo
interpreta, lo descubre, lo recrea. El bosque como totalidad, se
manifiesta como una trama, un tejido delicado y cambiante, cuyo
reposo debe ser velado permanentemente desde y hacia “su
Gracia”.
Todo se integra a la fiesta de la vida, a una periodicidad, una
transformación, resurrección y muerte en el tiempo, en la que
todo se conecta con todo. En este final volvemos a advertir
aquella postura vital y ética ante la vida y el arte, que
encontráramos en toda la obra de este poeta. Develar el velo,
venerar y velar el milagro del bosque.
El rigor del verso, la intensidad, el compromiso con la verdad y
la belleza, el sentido ético con el que se concibe la creación
literaria, desde el primero hasta el último de los libros,
quedan sellados en esta antología.
El recuerdo de los muertos, su presencia en ausencia, la
fidelidad a los amigos, a la literatura y sus escritores, el
amor, el desamor, el sentirse partícipe de la fiesta de la vida
en sus diferentes matices, el gusto por lo cotidiano, la
conciencia de la muerte acechando a la vez que acicateando, la
intuición de Dios, la fe en el hombre; la tendencia al símil
extenso, el ir abordando la idea sin prisa y sin contundencias,
como queriendo entender y convencerse, la concepción de la
poesía como una tarea transformadora, son algunas de las líneas
que atraviesan la obra de Arbeleche.
Pareciera que el final del último poema del libro diera la clave
de esta antología. El hilván de esos hilos sutiles con los que
desde hace 38 años, se viene tejiendo el bosque de las cosas, la
trama de esta escritura, es lo que entrevemos en las entretelas
de sus páginas. El amor, con su carnalidad y su espiritualidad,
el ejercicio de amar es el centro poético de su obra.
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