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“EL BOSQUE DE LAS COSAS” EN LA OBRA POÉTICA DE JORGE ARBELECHE

Sylvia Riestra

Jorge Arbeleche, uno de los mayores poetas uruguayos, situado en la llamada generación del 60,  publicó a fines del año 2006, una antología de sus dieciseis libros de poesía y sus treintaiocho años de escritura. Esta antología se titula “El bosque de las cosas”[1], que es también el título del último libro incluido: “El bosque de las cosas (Inéditos 2005-2006)”.[2]

Haré referencia a ciertos aspectos que me parecen caracterizadores de su obra: una forma particular y significativa en el modo de presentar sus libros,ciertos temas y motivos recurrentes, una actitud entusiasta y ética ante la vida y la creación literaria ,  y una inserción transversal de lo épico en sus textos, especialmente fuerte en el libro “El guerrero”.

Nos referimos a la antología en general, pero especialmente al primero y al último de los libros que la componen, que son los más recientemente escritos.

 

La presentación de su obra

Cada nuevo libro que Arbeleche publica, suele ir acompañado por una selección de textos anteriores. Este modo de presentación es significativo. El publicado en 2006 no es una excepción. En él, los libros más recientes abren y cierran el conjunto, lo enmarcan. El primero es “El guerrero” de 2005 y el último “El bosque de las cosas”, de 2006. En el medio, una antología de cada uno desde “Sangre de la luz” de 1968, hasta “El oficiante” de 2004, pero en orden decreciente, desde el más reciente al más lejano.

Esta estructuración, quizá de filiación machadiana, ha sido una marca del autor.  Los libros anteriores se suman, se actualizan, en diálogo con el más reciente y cobran un nuevo sentido además del propio, el de antecedentes, el de surcos sobre los que se asienta el último, el nuevo. El caminante es la suma del camino.

Así los libros se presentan –expresamente- como parte de una obra mayor, se inscriben en una suerte de continuidad de ciertas líneas de pensamiento y de concepción sobre la poesía, que se fueron ahondando, matizando progresivamente.

“Si en todo final está el comienzo”[3], como empieza el poema “Alfa y Omega” del libro homónimo de 1996, cada nuevo libro de Arbeleche reúne esta doble condición de permitirnos la sorpresa de lo nuevo a la vez que el reencuentro con la voz conocida del poeta. Característica que se destaca y contrasta con una de las tendencias postmodernas a evadirse de la  historicidad y de la introspección. Volver a publicar parte de lo anterior junto con lo nuevo,  es un re-conocimiento, una confirmación. Señala y propone un modo de leerse y de verse en el tiempo. Re-cordarse, hacerle frente al olvido,  saber que se carga con uno mismo, hacerse cargo.

Forma parte de la cosmovisión del autor. Todo está unido, conectado, en el espacio y en el tiempo; cada nueva capa se sedimenta en la anterior.

Por otro lado, los versos de Arbeleche tienden a un ritmo caudaloso, sostenido. La métrica no es estricta, pero junto a versos libres, abundan endecasílabos y alejandrinos. Aparecen formas clásicas como el soneto, series en prosa poética y otras más irregulares, con presencia de espacios en blanco, versos  fraccionados y con distribución graduada, un corte encabalgado de los versos, más frecuente en los libros recientes.

 

Actitud entusiasta

El Prof. Hebert Benítez, quien participó en la selección de los textos de la antología  junto con el autor, escribió el prólogo del libro y lo tituló  “Eucaristía de los tiempos”[4], subrayando así el sentimiento de agradecimiento y la religiosidad cristiana que anima esta voz. Uno de los tonos básicos de la obra de Arbeleche, es el entusiasmo, palabra que deriva del griego “Theós”, y significa precisamente estar o sentirse inspirado por los dioses.

La antología pone de manifiesto un estado entusiasta, un espíritu de celebración, central en el último libro, pero existente desde mucho antes, y que –paradójicamente- fue creciendo a la par que crecían también el dolor, la pérdida. Es propio de esta voz poética una actitud estoica, trabajada, un temple, una fortaleza que encuentra o se impone encontrar lo luminoso, lo positivo, aun cuando se presiente la vejez,  o “la desdentada faz de la intemperie”.[5] Aún en sus libros más sombríos, en los que la ruptura, o la enfermedad y la muerte ocupan un lugar central, siempre hay agradecimiento, el sentimiento de la vida como un don. Esta poesía celebra, aunque no es ajena a nada, ni desconoce sino que implica lo doloroso, lo incomprensible, y la noción misma de imperfección, ya que como dice en su último libro, las cosas sólo “(a)lguna vez –alguna- forman un círculo / el círculo del bosque”[6].

El poeta es fiel con el deber impuesto en el poema “Tarea” del libro “Las vísperas” de 1974: “Hacer lo hermoso sobre todo lo muerto./ Sobre lo oscuro edificar la luz./ Jugarse al fin el todo por el todo./ Jugar la vida y todo por el hombre”[7]. No es negar ni tapar la realidad adversa, sino encontrar la energía para construir otra sobre aquélla, modificarla a través de una sublimación que no siempre se logrará: los verbos utilizados son hacer, edificar; y apostar a ello, por eso  el verbo jugar, jugarse. Tanto en su poesía como en sus trabajos teóricos, advertimos, si se permite el oxímoron, la tendencia a una idealización realista y consciente, que forma parte de una visión y de un compromiso consigo y con los demás. En el poema “Agüeros” de “Alfa y Omega” usa un epígrafe del poeta griego Odiseo Elytis que coincide con su postura:  “¿Cuál es el deber del poeta? / Poner gotas de luz en la oscuridad”[8]. Es la concepción de la poesía no sólo como expresión solitaria. Se le atribuye también una función , incluso un deber. En el discurso que pronunciara en 1997, al ingresar a La Academia Nacional de Letras, Arbeleche decía: “Esa será entonces la responsabilidad de la poesía y la misión del poeta : develar ese velo que nos impide el acceso a la zona milagrosa de la existencia, esa que confirma la condición sagrada del hombre y de la vida”.

Así, en el poema “Agua” del mismo libro, describe “un arroyo campesino / sin cascadas ni rápidos ni deltas” que  “(n)o conocerá el mar.” Sin embargo, a él “cada mañana bajan a pacer los unicornios”. Ya no las vacas ni los animales del campo, sino los fabulosos de la mitología; o los comunes, pero en plena vitalidad y creación: “y a la tarde los peces irán a desovar.”[9]

En el poema “Monte vide eu” de “Para hacer una pradera”, evoca la calle Sarandí, y la tarde de agosto en que sus padres se conocieron, y dice “decreto entonces:/ y vivieron felices/ destierro/ las arrugas el reuma el hospital .../ Los fundo y fijo/ cuando por esa calle Sarandí/ setenta años después una pareja/ adolescente pasee de nuevo/ su belleza y vuelvan a ser otra vez / Paris y Helena /partiendo hacia su Troya / desde la bahía de agosto de / Monte vide eu.”. En ese mismo texto formula algunos aspectos de su arte poética: “limitaré con las palabras un perímetro/ donde el hedor de la huesa no penetre.”[10] La poesía como lugar donde el poeta se instala e invita a instalarse para desde allí modificar, idealizar, corregir la visión de la realidad, más que la realidad misma, porque como dice en el libro “Para hacer una pradera”: para hacerla, hay que “edificar con los ojos la pradera/ hay que verla/ antes que escape/ hay que aprender/ a oírla”[11]. También en “El bosque de las cosas” dice: “Es una fuente/ un surtidor oculto una vertiente un río./ O acaso nada más un caño roto./ Aquí/ lo nombro fuente/ pues necesito soñar el manantial.”[12] Aquí probablemente los ojos no lograron construir el surtidor, pero vino en su auxilio el poder convocante y creador de la palabra (“lo nombro”). El verbo es antes. Dios dijo e hizo.

En el texto “Vaivén”, en contrapunto intertextual con el soneto “Rebelión” de Juana de Ibarbourou, le escribe a Caronte, el barquero mitológico que trasladaba las almas de la vida a la muerte : “Entre orilla y orilla, de vaivén  a vaivén,/ me iré apoyando una vez en la fiesta, / otra vez en el miedo, / una vez en la fiesta. Otra vez / en el eco. Y otra vez en el eco / Y otra vez... / Y después”[13]. En “Los ángeles oscuros” de 1976, “el miedo no es oscuro/ni aparece de noche  /estalla de pronto/ mitad del aire”[14]. La fiesta y el miedo, el eco de la fiesta y el miedo parecen haber sido –desde esta mirada anticipadamente retrospectiva- dos polos esenciales, en permanente tensión.

El poema titulado ambiguamente “Partida”, de un libro anterior “El hilo de la lumbre” es testimonio   de esa tensión y de aquel vaivén. La partida de la vida y la del juego que “se renueva /en cada madrugada hasta dar/ el jaque mate final el ganador”[15].

Podríamos seguir ejemplificando con varios textos, pero vamos a referirnos en especial al libro “El guerrero” de 2005, donde asistimos al proceso generativo de esta actitud, que podríamos catalogar como estoicamente celebratoria, intuida por el lector como una obligación vital autoimpuesta por la voz poética.

En consonancia con su título, se destaca una disposición de los textos en tres secuencias: 1-El combate, 2- La trinchera, 3- El armisticio, (aparece también una cuarta parte titulada “Palabras a El guerrero”, con reflexiones de poetas amigos[16]).

El libro se inicia con un tono cuestionador, por momentos elegíaco. Ha muerto el amigo (“se te resbaló el alma/y no alcanzaron tus manos para agarrarla”[17]) y se suceden imágenes, en las que se agolpan dramáticament el dolor, el extrañamiento, el vacío, la ausencia. “Una ausencia/ así/ como una zanja como una quebradura como el terreno/ cercano al precipicio que se abriera un poco/ cada vez que el paso o la huella a su borde/ o filo se acercara. Una ausencia como/ un mar de aceite de intemperie oscura.”[18] La ausencia del cuerpo, de la voz, del aire, del paisaje, del sostén vital, se da también en un plano cósmico: “se le quebraron al aire las rodillas”, “enmudeció la crin de los pamperos”[19].

Es entonces cuando se hace necesario ponerse en guardia, entrar en combate, transformarse verdaderamente en guerrero,  hasta que “una rama/ una sola aunque sea una sola/ aprenda a florecer después del huracán/ de viento a brisa y de la brisa al aire.”[20]

Aquí encontramos cierta reminiscencia de la épica, no sólo en la retórica guerrera, sino también en una cadencia suave, del que se va aproximando a la expresión de la idea con cautela, por ensayo y error, rodeándola a través de diversos flancos, al tiempo que la descubre, y devela nuevas dimensiones. Es épica la intensidad del texto, la intensidad de la voz poética, y es épica la decidida fuerza del guerrero que herido, no se rinde y batalla hasta lograr si no el triunfo, por lo menos, un armisticio oblicuo o provisorio. Se combate contra la muerte, contra el olvido, contra la renuncia.

Zanja, biblioteca, estante, escalera, a veces ofrecen protección al guerrero, acaso consuelo, pero sobre todo, ofrecen el lugar o sitio desde donde poder explorar, procesar, tratar de entender ; lugar o sitio desde el que se escribe, desde el que se busca, desde el que se pregunta y acaso se responda. En “Armisticio” la voz poética vuelve a la segunda persona de la primera parte, pero de una manera más personal, directa, coloquial. Se asoma el autor. Se repasan momentos, vivencias, vínculos, estrategias para templar el dolor. La escritura, la poesía, la palabra, “este pentagrama de sonidos y letras”[21] se instauran como formas de salvación.

La grandeza del guerrero se mide por la altura de su enemigo, la densidad de sus armas,  la trinchera desde la que se posiciona, y se confirma porque en su duelo, procesa, batalla, escribe, hasta celebrar la vida.

A este libro, le sigue “El bosque de las cosas”, que como adelantáramos, es en su conjunto,  una celebración de la vida que supuso  una sublimación titánica, una búsqueda de superación del combate sostenido en el libro anterior por la voz del guerrero.

 

Temas y motivos recurrentes

En esta poesía que transcurre entre “la guitarra de Gabino /y el arpa del Rey David”[22] se superponen o se amalgaman diferentes tiempos y espacios. Nuestro campo (reconocible con sus charabones, la mulita, el chajá, el coronilla, el tala, el ombú, que también hospeda centauros;  y al que se le superpone el creado por otros escritores “los repollos de diamante y azúcar /brotados bajo el ojo de Marosa”.[23]) La ciudad, especialmente Montevideo, recreada afectivamente y elegida para morir[24]; otras ciudades del mundo, como Florencia, asociada a su amiga, la escritora Martha Canfield. La casa, que ocupa un lugar privilegiado. También se atisba el espacio del más allá: “si en una vuelta de por ahí/ acaso te encontraras con Roberto, mi hermano....”[25]

Su obra está habitada por figuras familiares, vivos y muertos, por poetas contemporáneos y antiguos, nacionales y extranjeros, por seres de ficción como Alicia, Odiseo, Dulcinea, etc.

El poema “Ágape” del libro homónimo, es una síntesis de varios de los elementos recién anotados, una  visión prismática (en varias dimensiones) de la historia de un hombre : es el anticipo de la reunión nocturna que habrá en la casa del poeta, la celebración simbólica entre vivos y muertos, los padres, el hermano, amigos , personajes de las obras de los amigos, vecinos, ángeles de la guarda: “Esta noche vendrán a compartir mi cena/ aquellos que poblaron y nutren/ los silencios sonoros de esta casa/ verán esta ventana por donde el mundo entra/ por donde dialogamos mañana tras mañana/ con el perfil del aire/ que a este alféizar se allega.” Los muertos queridos entenderán y compartirán la alegría del poeta y comulgarán con él y con sus vivos queridos: “-dialogaremos-/ en la anchura compartida del tiempo.” [26]

El amor y el ejercicio de amar (para citar el título de uno de sus libros) en tensión con la amenaza constante de la muerte a la que muy frecuentemente no se la nombra de manera directa, es el tema central de varios libros, pero está presente prácticamente en todos.

El libro “El bosque de las cosas” del año 2006 que da el título a la antología, se compone de once poemas de versos predominantemente de arte mayor. Se estructura en tres partes que llevan  subtítulos propios de la música :  alegro, adagio, largo.   La vida como una sonata, como una sinfonía, se despliega en diferentes tempos y tonos. En cada parte aparece el tiempo conjugado a diferentes ritmos.

Alegro es el movimiento moderadamente rápido. Sus poemas -Galope, Vuelo, Danza , Marcha- ya desde sus títulos, sugieren deseo, voluntad, búsqueda, dinamismo, movimiento, la alegría de otrora, recordada y revivida. El escenario es la naturaleza, con la que la voz poética mantiene un estrecho vínculo de corte panteísta. También hay nostalgia por la belleza y la fuerza propias de la juventud, por la posibilidad de trascender a la propia condición y alcanzar el galope, el vuelo; pero asimismo, aceptación del tiempo transcurrido y admiración por los que son jóvenes hoy. Quizá paradójicamente, predomina el entusiasmo, la admiración por la revivificación, la regeneración constante, aún la propia regeneración desde la muerte, en la que la palabra oficia de propiciante, como en Galope.

Adagio es un poco más lento. Es el sector de mayor reconcentración en lo personal, el más íntimo. El plano humano es el dominante. Así también el escenario.

Sus poemas – Padre, Escalones, Deberes  -  evocan tres figuras tutelares, decisivas en la historia personal del ojo que percibe el bosque.  El padre, la madre, y otra figura femenina protectora (que ya había aparecido en el poema Esta mujer del libro “El aire sosegado” de 1989)[27].

En este movimiento se da el contrapunto entre una época  remota y la actualidad. El padre -su autoridad, sus imposiciones, su condena matemática- es evocado en el pasado; allí queda, marcando rumbos, pautas, quizá amenazas. La madre es evocada en el presente de la memoria, aminorando tal vez así la desolación de su ausencia.  El hijo le rinde cuentas. Conmueve la imagen de orfandad de un hombre de 63 años que dice “no hice los deberes todavía”. [28]

El poema “Escalones”, plantea una visión estremecida de la vejez a través de la figura de quien pudo ser un aya, una niñera, con la que aún se mantiene el vínculo. En una velada enumeración, la vejez aparece como una pérdida progresiva de las facultades vitales del propio cuerpo, pero con la conservación de la ternura y de ciertos ritos inútiles, que tienen que ver con los afectos más fuertes y primitivos (“agitando su mano me reprende: /volvé pronto y cuidate. Y no te /desabrigues”)[29].

Hay una  visualidad geométrica significativa en este poemario. Se acumulan términos como vertical, agudo, ángulo y fuga, curvatura, círculo,  diagonal. etc. En el texto “Claroscuro” se describe una cruz desde un ángulo matemático : “Dos palos /quizá dos tablas/ o sólo dos maderos /cruzados/ con cuatro ángulos rectos”[30]. Esta percepción espacial aparece sobre todo en textos donde hay algo lejanamente temible y que tal vez se vincule con la figura del padre. La anáfora final del poema titulado precisamente “Padre”, apoyaría esta interpretación: “Tengo miedo del nudo de las paralelas / tengo miedo de aquella transversal /que incendiara la helada geometría./ Tengo miedo de un animal con miedo./ Tengo miedo del miedo.”[31]

Largo es el movimiento musical moderadamente lento. Se indaga sobre la naturaleza del bosque de las cosas. Es el sector más filosófico, la conjunción del bosque, la presencia de todo lo existente. Se retoman motivos anteriores, pero ahora con un sentido más general, o más genérico y reflexivo. Aparece la noción de culpa, recreada desde una perspectiva también geométrica. Asoman logros, frustraciones. El perdón, la memoria, el olvido. Aunque con dolor, se reconcilian la Cruz y el Crucificado. En la poesía de Arbeleche, siempre hay una segunda oportunidad, la posibilidad de una resurrección. En el mundo que él construye la muerte no es la celada en que caemos [32]. En un poema del libro “Alfa y Omega” de 1996, que se titula precisamente “Bosque” y que no fue recogido en la antología, se encuentra un antecedente, un germen del mundo poético de “El bosque de las cosas”. Allí el poeta realiza un contrapunto intertextual con un verso de Sylvia Lago que dice: “Juntos somos el mar”, y con otros de Jorge Manrique: “nuestras vidas son los ríos /que van a dar a la mar / que es el morir”. El  bosque al que se nos invita a participar en el poema de Arbeleche, (“Escúchate ser árbol”), es un lugar de fertilidad, de comienzo, de origen, de matriz. Allí nos dice que “los ríos que nacen de los bosques”,  también “ van a dar a la mar” pero rectifica a Manrique: “que es el vivir”, y a Lago: “Juntos somos el bosque”[33].

La estructura, regida por una concepción musical, revela una visión de lo existente en la naturaleza y en lo humano, en lo personal y en lo social, integrado a los tempos, a los ciclos de la vida. En Danza dice: “¿Suena el viento/ en la ribera escondida del arroyo/ o es la orquesta sinfónica de Dios/ templando una cuerda transparente/ que a veces viene y otras veces va/ que llega  juega abriga nos envuelve/ para librarnos luego a la intemperie?”[34]

La música rige siempre las celebraciones, como rige este libro. Alegro, Adagio, Largo. Somos convidados a sentirnos parte de un ritmo cósmico, y de un ritmo vital humano.  A vibrar en el mismo latido, a acompasar ese tono. Somos invitados a la consagración, a la comunión con las cosas del bosque. De ahí que como ya habíamos señalado, Benítez titulara el prólogo a este libro  “Eucaristía de los tiempos”.

Se celebra lo oscuro, lo alegre, lo serio, lo trivial, el movimiento, la transformación permanente, la regeneración que incluye también la destrucción y la muerte.

En Galope, recuerda la vitalidad de la juventud, la posibilidad del vuelo, de la carrera, que ya no puede alcanzar. Celebra a los jóvenes. Y se imagina a sí mismo cuando aquéllos tengan su edad de ahora: “Esponjará la noche los murmullos/ que cada liquen y musgo y hoja/ y rama se pongan despacio a tararear./ Yo alargaré mi oído y en los ijares/ nuevos de la joven palabra/ picaré las espuelas para volver/ sin rienda/ a galopar”[35]. Su voz se reintegrará a la vida a través de la palabra.

“El bosque de las cosas” es un título simbólico, que hace referencia a un lugar complejo, multívoco: “Si todas las cosas son un bosque/ otro bosque se alberga entre las cosas”[36], difícil: sólo alguna vez las cosas del bosque forman un círculo, porque lo habitual es que “nunca est(é)n todas las cosas en su sitio”[37]. Pero ellas se organizan, se conectan, forman un bosque. Están animadas. Se transforman, se reflejan, tienen sentido. Se hace hablar a las cosas, al bosque, aún a veces con “confusas palabras”(como escribiera Baudelaire)[38]. En ese lugar sombrío, espeso, de abundante vegetación, a veces se filtra la luz apenas necesaria que permite descubrir el color, la orquídea, lo emboscado. El bosque no es sólo un lugar, también es tiempo. En lo que se ve, se ve lo que pasó y lo que pasará. “El vuelo de la torcaz borda la siesta./ Con hilo delicado / al tejido del bosque va hilvanando/ el tiempo y el espacio de las cosas./ Velan su reposo los cirios encendidos/ -sin principio ni fin-/ en el regazo sosegado de su Gracia.-”[39]

El hombre es parte e intérprete del bosque, de su plan, de las conexiones entre los componentes. El tiempo y el espacio lo hilvanan, pero él actúa también como un artífice más, porque lo interpreta, lo descubre, lo recrea. El bosque como totalidad, se manifiesta  como una trama, un tejido delicado y cambiante, cuyo reposo  debe ser velado permanentemente desde y hacia “su Gracia”.

Todo se integra a la fiesta de la vida, a una periodicidad, una transformación, resurrección y muerte en el tiempo, en la que todo se conecta con todo. En este final volvemos a advertir aquella postura vital y ética ante la vida y el arte, que encontráramos  en toda la obra de este poeta. Develar el velo, venerar y velar el milagro del bosque.

El rigor del verso, la intensidad, el compromiso con la verdad y la belleza, el  sentido ético con el que se concibe la creación literaria, desde el primero hasta el último de los libros, quedan sellados en esta antología.

El recuerdo de los muertos, su presencia en ausencia,  la fidelidad a los amigos, a la literatura y sus escritores, el amor, el desamor,  el sentirse partícipe de la fiesta de la vida en sus diferentes matices,  el gusto por lo cotidiano, la conciencia de la muerte acechando a la vez que acicateando, la intuición de Dios, la fe en el hombre; la tendencia al símil extenso, el ir abordando la idea sin prisa  y sin contundencias, como queriendo entender y convencerse, la concepción de la poesía como una tarea transformadora, son algunas de las líneas que atraviesan la obra de Arbeleche.

Pareciera que el final del último poema del libro diera la clave de esta antología. El hilván de esos hilos sutiles con los que desde hace 38 años, se viene tejiendo el bosque de las cosas, la trama de esta escritura,  es lo que entrevemos en las entretelas de sus páginas. El amor, con su carnalidad y su espiritualidad, el ejercicio de amar  es el centro  poético de su obra.


 

[1] Arbeleche, Jorge. “El bosque de las cosas”. Antología 1968-2006. Ed. Linardi y Risso. Montevideo, 2006

[2]. Arbeleche, J. Idem.“El bosque de las cosas”, pág.243.

[3] Idem, pág.109

[4] Idem, pág.7.

[5] Idem, pág. 259.

[6] Idem, pág. 260.

[7] Idem, pág.217.

[8] Idem, pág. 106.

[9] Idem, pág.103.

[10] Idem, págs. 61-63.

[11] Idem, pág. 68.

[12] Idem, pág. 260.

[13] Idem, pág.69.

[14] Idem, pág.202.

[15] Idem, pág.86.

[16] Rafael Courtoisie, Mariella Nigro, Luis Bravo, Juan Francisco Costa, Heber Benítez Pezzolano, Gerardo Ciancio. En Arbeleche Jorge. “El guerrero”. Ed.Artefato. Montevideo, 2005. Págs. 37-46.

[17] Arbeleche. “El bosque...”, pág.19

[18] Idem, pág.22.

[19] Idem, pág.18.

[20] Idem, pág. 22.

[21] Idem, pág. 20.

[22] Idem, pág.138.

[23] Idem, pág.137.

[24] Idem, pág.212. En “Muerte en verano” del libro “Las vísperas”, en contrapunto con César Vallejo, el poeta dice “Me moriré en Montevideo una siesta de enero”

[25] Idem, pág.21.

[26] Idem, págs. 131-133.

[27] Idem, pág.159

[28] Idem, pág. 253.

[29] Idem, pág. 252.

[30] Idem, pág. 256.

[31] Idem, pág. 251.

[32] De Jorge Manrique. “Coplas de Don Jorge Manrique por la muerte de su padre”.

[33] Arbeleche, Jorge. “Alfa y Omega”. Ed. de la Banda Oriental. Montevideo, 1996. Págs.22-23. Este poema no está recogido enla antología.

[34] Arbeleche, J.”El bosque ...” Idem, pág.248.

[35] Idem, pág. 246

[36] Idem, pág. 255.

[37] Idem, pág. 259.

[38] Baudelaire, Charles. En el poema “Correspondencias” de “Las flores del mal”.

[39] Arbeleche, J. “El bosque...”, Idem, pág.260.

 

 

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