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LA POESÍA DOMINICANA NOVOSECULAR

Basilio Belliard

La historia de la literatura dominicana es la historia de las generaciones poéticas. Desde el Vedrinismo hasta la Generación de los 80, la tradición literaria nuestra ha estado determinada por la presencia hegemónica de la poesía. Las características formales, los temas, los registros epocales y las técnicas han variado de un grupo a otro y de una generación a otra. Esta dinámica ha normado el quehacer literario en República Dominicana. Los signos y los actores de ese accionar han experimentado transformaciones estéticas en sintonía con las corrientes de vanguardia  de Hispanoamérica. La influencia de la poesía francesa ha estado mucho más presente que la norteamericana o de cualquier otra lengua. De ahí que la presencia del surrealismo tenga más hondura en la temática del erotismo y la muerte o el modernismo y Darío en los “poetas sorprendidos”, que cualquier otra tendencia poética.

A partir de la crisis de las vanguardias hispanoamericanas desde los años 60 no ha habido otra corriente que encarne el espíritu poético de la época. De ahí que sólo aparezcan destinos individuales y búsquedas estéticas particulares, ante la desaparición de las tendencias, el ocaso de los movimientos y la crisis de la “tradición de la ruptura”. Hoy día el autor tiene más oficio y conciencia estética y se siente más un “hombre de letras” que en el pasado, cuando éstos provenían del derecho y de las cátedras universitarias. En la actualidad su experiencia estética se nutre del habla de la calle, del mundo citadino, menos que del ámbito propiamente universitario o de los talleres literarios. La influencia es más vital que libresca, y ello se expresa en el distanciamiento estratégico con respecto al pensamiento, signo que marcó la generación de los 80. Ahora se observa una mayor presencia de la poesía norteamericana, en especial, la Beat Generation, las canciones y otras expresiones mediáticas que antes no tenían cabida en el imaginario poético. De igual modo, la conjunción de expresiones artísticas yuxtapuestas que dialogan entre sí, con la tradición y los talentos individuales.

Frente a este panorama de las letras actuales, los autores más jóvenes se desentienden de las experiencias grupales y procuran nuevas vertientes expresivas y formales, y un distanciamiento de los elementos ideológicos y políticos que antes de la década de los 80 normó el temperamento de los intelectuales y los creadores literarios. De ese modo, podría decirse que nuestras letras gozan de buena salud, pues están en sintonía y en diálogo permanente con el orbe hispano, cuyo signo más elocuente lo constituye la comunicación virtual y simultánea con escritores de todas las latitudes, venciendo todo tipo de fronteras lingüísticas, geográficas y culturales.

La literatura dominicana vive un proceso de inserción y diálogo con la literatura que se escribe en el Caribe hispánico, pero sigue de espalda al Caribe anglófono y francófono. La literatura haitiana está muy alejada de la nuestra. Hay un silencio y un diálogo de sordos, si es que existe. La literatura nacional tampoco es conocida en el vecino país, debido a las barreras lingüísticas y a la ausencia de una industria de la traducción en dos vías.

La difusión de la producción literaria de nuestros autores apunta hacia una diversidad de las expresiones culturales. Las influencias de las teorías literarias de corte norteamericano y francés en el ámbito académico está cada vez menos presente en los creadores, quienes están más abocados a la lectura de textos de ficción que a la lectura de teorías literarias y al estudio de preceptivas literarias. Las teorías literarias tienen mayor consumo en las esferas académicas que en las extraacadémicas. De ahí que haya un divorcio entre la crítica, la teoría y la creación; o entre los estudios literarios, la crítica literaria y la crítica periodística.

En la actualidad novosecular, la poesía dominicana se fundamenta en la búsqueda individual, al margen de la ansiedad de las generaciones y los grupos poéticos, tras los hallazgos de nuevos y arriesgados meandros expresivos. Digresión en múltiples direcciones estéticas, estos poetas postulan la ironía y la sátira a la tradición más inmediata: desaparición de los grupos de vanguardias y advenimiento de los destinos individuales y personales. Cada individualidad busca un registro, un pulso expresivo y creativo, así como una dicción en armonía con la sensibilidad y la experiencia estética. Por eso Homero Pumarol es distinto a Frank Báez, Rita Indiana Hernández y “Nerolessa” (así, sin apellido), Pablo Reyes y Gregorio Espinal, Juan Dicent y Lissette Ramírez, por citar algunos ejemplos.

La ideología que nimbó el imaginario de los poetas de postguerra y el pensamiento de los poetas ochentistas, desaparece en los poetas novoseculares dominicanos, a quienes no les interesa la historia, ni la filosofía, sino la experiencia cotidiana, al margen del poema como hecho del lenguaje. En los noventa, la ruptura ochentista experimenta una continuidad, de una obra en gestación que se prolonga en algunos casos y, en otros, se distancia de sus epígonos: grupos en tránsito, archipiélago de sujetos poéticos y experiencias de soledad.

Una señal de identidad para el presente epocal lo constituye la pujanza de la poesía escrita en las provincias y la de la diáspora dominicana en los Estados Unidos. A estos rasgos se añade la vislumbre de una ruptura a  partir del año 2000, aproximadamente, con la emergencia de voces poéticas provenientes de jóvenes nacidos a partir de 1970, cuya obra se caracteriza por una impronta marcada por el discurso urbano de clase media, expresiones estéticas de la oralidad, de la conversación callejera, de la lengua inglesa -pues muchos son  bilingües--, y esto es un rasgo novedoso en nuestra tradición literaria. De igual modo, aparecen cultores de otros géneros literarios de manera plural y simultánea y, cuando no, incursionan en otras facetas del arte como la pintura, la música, la fotografía, el teatro y el video. Como se ve, ya no son poetas a secas, sino autores de voces polifónicas, plurales, alejados de la “poética del pensar” ochentista y de cualquier viso ideológico y de los cenáculos intelectuales, académicos y grupales. Desde el poemario irónico y no menos satírico a los mitos de la cultura popular dominicana, a los poderes sagrados y estatales que instaura Homero Pumarol con su poemario, Jack Veneno ha muerto, hasta Jarrón y otros poemas de Frank Báez y La pelota de Paul Alvarez, sin mencionar las piruetas del habla citadina de Rita Indiana Hernández en sus narraciones y poemas hasta llegar al canto a la ciudad de Santo Domingo en los poemas conversacionales con cierto dejo de humor de Juan Dicent, para arribar a Noctambulario (Memoria de una prostituta) de Gregorio Espinal. Estos textos establecen un corte transversal en la sensibilidad del imaginario poético finisecular y novosecular de la lírica dominicana. Muchos de ellos brotan no del ámbito universitario, sino del mundo de las agencias publicitarias, la bohemia citadina y el periodismo. De ahí la creatividad y el contacto con los soportes mediáticos y la presencia obsesiva del imaginario de los barrios y la vida de la marginalidad para fundar una ruptura en la tradición, al asumir un discurso ajeno. Su crítica a la realidad social se realiza a través de la incorporación de una cultura impropia, “desclasada”, que participa como transgresión y desarraigo existencial; es la búsqueda de una experiencia que actúa como nostalgia de su ser. Esa ruptura interviene aquí como su poética esencial en sustitución de la ideología; es pues una actitud ante el hecho literario, ante la vida y ante el oficio escritural. Es asimismo, una crítica a un lenguaje, a una realidad vital y a una tradición lineal.

Esta poética no entra en diálogo con la poética del Movimiento Contextualista que capitanea el poeta francomacorisano Cayo Claudio Espinal, pues sus integrantes --Víctor Saldaña, Jim Ferdinand, Pastor de Moya o Noé Zayas--, escriben una obra distinta, en lo atinente a su facturación, temática, lenguaje y contexto imaginativo, donde los ecos, las reverberaciones y las propuestas estéticas se distancian de los propios poetas novoseculares, pues su imaginario está más en consonancia y en deuda con la poesía concreta y el pluralismo, a caballo entre la narrativa, la poesía y el teatro.

Este nuevo siglo acusa los presupuestos de la transgresión, cuya expansión y trascendencia en el alba augura los ecos tempranos de una memoria verbal renovadora, de mucha salud para las voces emergentes, cuyos gustos van más allá del jazz y la música clásica, pues bucean en los aires de nuevos ritmos musicales que van del raeggeton al rock, de la pop music a la bachata.

Otro rasgo emblemático lo conforma la influencia del internet y la comunicación virtual en el ciberespacio, donde el intercambio de experiencias supone un diálogo que rompe barreras lingüísticas, temporales y culturales, produciendo una uniformidad no local sino universal, haciendo del poema o del texto, un producto de la espontaneidad y el impulso creador, al margen del intelecto. De ahí la frescura y el automatismo en que se gesta, a veces del instante del chateo o de la corrección simultánea, cuando brotan de la imaginación creadora. Acaso este es un signo de identidad que marcará esta generación de jóvenes poetas novoseculares que moran en la autopista del espacio virtual del mundo informático.

 

 

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