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LA POESÍA CONQUISTADA DE LUIS BRAVO
Alfredo Fressia
Liquen
(La Bohemia. Buenos Aires, 2003. 56 páginas) es el nombre del
más reciente poemario de Luis Bravo (Montevideo, 1957), y uno
descubre que si una imagen se imponía frente a la obra de este
poeta, esa imagen es justamente la del liquen, ese tallo mínimo
y enigmático que, completa el diccionario, "crece en sitios
húmedos, piedras o cortezas de árboles, acumulando hongos y
algas que viven asociados sobre él". De hecho, la obra de Bravo,
desde Horizonte mudo (1981), su primera publicación,
viene creciendo por acumulación, por tropismos que absorben y
reelaboran sus partes, una escritura de apariencia "híbrida"
pero que se revela a esta altura de su producción como una
unidad (seguramente más intuida que pensada).
Es preciso admitir que una obra poética, para efectivamente
serlo, constituye normalmente una suma de sus opus
instalados en el tiempo, un dibujo dinámico, pero definitivo,
que cada aventura estética va completando. La poesía es un arte
del tiempo, en todos los sentidos, y atraviesa la biogafía del
creador en busca de su propio destino (ese "mito personal" del
que habla Charles Mauron). Efectivamente, casi no existen obras
"únicas", resultado de pocos años de producción, y existen en
cambio obras breves tejidas con las obsesiones que atraviesan
décadas. Hay sin duda poetas que crearon sólo en la adolescencia,
o pocos años, y es casi inevitable pensar en Rimbaud. Pero
Rimbaud pertenece a un tiempo en que fue necesario "ser
absolutamente moderno", y las vanguardias que atravesaron el
siglo XX demostraron que lo necesario fue más bien ser
relativamente moderno y conquistar su mito a cada verso.
Personalmente conozco a Luis Bravo desde hace treinta años. En
los primeros años ‘70 era alumno de un curso de Preparatorios
donde yo daba clases de Literatura en un aula que no era la suya.
Pero el adolescente de 1974 buscaba la compañía de los poetas
que se reunían entonces en el café Sorocabana. Estaba imantado
por la poesía porque ya era poeta, aunque entonces nadie lo
supiera, tal vez ni siquiera él mismo. Cuando regresé al país,
en 1985, Bravo ya había iniciado sus publicaciones, junto a la
generación del grupo UNO, la de aquellos jóvenes que se
disponían, desde los últimos años ´70, a destruir y reconstruir
el canon literario cuantas veces fuese preciso en nombre de un
vitalismo que incluía la urgencia política de esos años.
Por marca generacional, pero también por legítima vocación
literaria, Bravo dialogó siempre con estéticas diversas, las
asumió a veces, las respetó siempre en su larga labor como
crítico que en este sentido no puede escindirse de su trabajo de
creación. Releyendo los títulos de esta obra (entre otros,
Puesto encima del corazón en llamas, 1984, Claraboya sos
la luna, 1985, Lluvia, 1988, Gabardina a la sombra
del laúd, 1989, Árbol veloz, CDRom y libro de 1998),
y revisando su vasto trabajo de performer, se percibe esa
construcción al modo de un "liquen", donde pueden convivir los
juegos tipográficos, ciertas explícitas aproximaciones al
neobarroco, el anti-verso junto al verso rico, material y
sonoramente extenso, el trabajo en libro, pero también en un
apoyo innovador como el CDRom, donde se volvía aun más explícito
el laberinto con que esta obra también nos desafía.
Leído con la perspectiva del tiempo de la poesía,
Liquen resulta una unidad potenciada de toda la obra del
poeta. Ese título-resumen se encuentra en uno de los textos,
breve como casi todos los de este libro, y ese poema, que busca
explicarse a sí mismo, constituye un arte poético. Se llama
"Alta cerviz" y dice: "El cielo allí/ liquen de estrellas//
constelados alfabetos/ dibujan aquí el poema". Sideral o
vegetal, la constelación se reconoce definitivamente palabra. Y
el enigma de la mutación en palabra es una de las obsesiones de
la obra de Bravo.
En el "Epílogo" de Liquen el poeta Elías Uriarte adscribe
esta poesía al "más delicado simbolismo contemporáneo (...)
la mínima plenitud infinita de los ´haikus´ y del rechazo
minimalista". No podía ser más exacto. Esta plena poesía
mínima no sólo nos hace "ver" los objetos del mundo, esos que
generalmente quedan contaminados por el caos en la materia bruta
de la vida, sino que los introduce en correspondencias
inesperadas. "En el piso de tierra/ las estrellas con pezuña/
de los gallos", dice el poema "Hermética", y nos enseña la
dimensión sideral de una simple huella.
Sin duda, algunas de las "experiencias" poéticas de la
producción de Bravo no funcionaron. Ciertos juegos verbales, muy
al estilo de varios irreverentes, apresurados creadores del
grupo UNO, entran en la obra de este poeta como trazos que no "cierran"
el dibujo de su estética, pesos muertos que el poeta viene
eliminando especialmente desde Árbol veloz. Aun en
Liquen se puede encontrar un quiasmo como "la voz dicha/
la dicha de la voz", que sobrecarga el mismo poema que acaba
("Veladura"). Y sin embargo, el lector encuentra en este
poemario la más depurada voz de Bravo. El primer poema, por
ejemplo, que abre camino a ese acento inconfundible, contiene en
sí la poiesis, la creación y el parto de un mundo. Se
llama "Laguna": "el sol poniente de larvas/ silencio núbil//
asido el aire a su carcaj milenario/ añicos de luz el tafetán
del agua,// pasa la flecha de sombra de unos peces". Y como
el elemento agua es el dominante del libro (y de toda la obra de
Bravo), hay lugar para la tensión que crea ese poema junto al
siguiente, paradójico texto de la muerte. El ataúd flotante de
la poeta María Eugenia (Vaz Ferreira) reaparece aquí bajo "la
rosa flotante/ féretro rojo en minúsculos esquilfes ", como
también de María Eugenia advendrá el solitario croar de un sapo
que instala el silencio necesario para oír la voz del poeta. Y
para que ésta resuene en el lector.
Porque finalmente, parte de la gratitud que siente el lector
frente a estos textos reside en la generosidad del poeta. Este
creador que incorpora a muchos otros en su obra, que reseña,
prologa, presenta tantos libros de poesía, sabe también fundar
el espacio para que su receptor cree y crea. Esa permanente
invitación a la inteligencia y a la sensibilidad forma parte de
la capacidad de persuasión de esta poesía "abierta'" y tensa,
que medita desde "Ars longa" con estos dos únicos versos: "El
aspaviento de la ménade,/ lo estoico del menhir". Entre
ambos, los lectores intuimos la vida menos breve. |