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LA POESÍA DE MANUEL RAMOS OTERO

Roberto Márquez

Cuentero, novelista experimental y poeta que fue además una de las voces más inconformemente heréticas de la literatura Puertorriqueña contemporánea, Manuel Ramos Otero nació en el norteño, semi-rural y costero pueblo  de Manatí.  Luego de ser trasladado a Río Piedras a los siete años, recibió su educación primaria y secundaria en escuelas parroquiales de esa municipalidad más urbano y capitalina antes de conseguir su licenciatura en sociología de la Universidad de Puerto Rico in 1968. En ese mismo año, cambiando “de ciudades como el que cambia de islas,” emigró a Nueva York, donde, en 1969,  la New York University le otorga el titulo de Maestría en Literatura Española y Latinoamericana para luego proseguir sus estudios hasta recibir su doctorado.  Por un tiempo estudió también teatro, film, y dirección en el Lee Strasberg Theatre Institute y, en 1970, fue fundador - y hasta 1973 director - de su propio grupo de teatro experimental Puertorriqueño.  Fue luego escritor-residente en el American Studies Center de Columbia University,  miembro del Consejo de Literatura del New York State Council for the Arts, y dictó clases de Literatura Latinoamericana e historia Puertorriqueña como profesor en La Guardia Community College. En los 1980s contrajo SIDA, y en 1990 - después de haber residido más de la mitad de su vida en Estados Unidos - sucumbió ante los estragos de la enfermedad.

Conocido primera-  y aún principalmente como escritor de ficción breve, Ramos Otero fue inicialmente reconocido, entre 1967 y 1970, como ganador sucesivo del prestigioso premio anual en el género cuento del Ateneo Puertorriqueño. Poco después publicó Concierto de metal para un recuerdo y otras orgías de soledad (1971), su primera colección de cuentos. Le seguirían dos más - El cuento de la mujer del mar (1979) y Página en blanco y staccato (1987)  - y su única novela, La novelabingo (1976).  Compendio de la sublevación contra y subversión literaria de su autor frente a la práctica narrativa del realismo convencional no menos radical que la de sus cuentos, La novelabingo  ofreció un collage de prosa lírica igualmente surrealista,  una irónica exploración narrativa de la escritura misma, de los artificios del arte y de la realidad como búsquedas polifónicas, inexorable, fatídica adicción e imprevisto, azaroso juego de la suerte.

En 1977, después de publicar su novela, Ramos Otero comenzó a escribir poemas. “Vivía en la calle Norzagaray, frente al cementerio y enfrente al mar,” escribe. “Éste era como una gran tumba y me daba una sensación de estancamiento. El libro de la muerte surgió ahí.” El libro de la muerte fue su primer libro de versos.  Como el complejo de hipocresías y las tensiones anunciadoras de las crisis que marcan la confrontación entre la moralidad convencional y una sexualidad proscrita - coordenadas críticas y ejes centrales de la obra - la muerte, la extinción definitiva de la carne, surge así desde un principio como constante tópico mayor de su poesía. Su segundo y último poemario, Invitación al polvo, nacido  tras las consecuencias de la epidemia del SIDA, en pleno conocimiento de la apremiante inminencia de su propia muerte,  fue publicado póstumamente, in 1991.

Con ecos alusivos al célebre verso del poeta barroco Francisco de Quevedo (“polvo serán, mas polvo enamorado”) el título Invitación al polvo es un provocativamente profano y auto-afirmativo doble entendido: invitando a meditar sobre ese “polvo” que todos eventualmente seremos, nos convoca simultáneamente para “echar un polvo” o, más bruscamente, “a chingar.” Mientras extiende la parodia, sus ecos reinflectivos, e intertextualidades topicales de textos canónicos y autores incorporados al Libro de la muerte,  su audaz enfoque en y “desveladoras” dramatizaciones de la vida y experiencia homosexuales, la muerte en su Invitación al polvo”  no es mero topos, despliegue postmoderno, o contemplación literaria de los “Fuegos Fúnebres”  que dieron su subtítulo al poemario anterior.  Inequívocamente personal en postura y tono, la muerte ahora es demasiado  palpable, materialmente tangible: presencia tan íntima y vívidamente cotidiana, tan cerca, familiar, angustiante, abrazable como un amante. 

La ficción de Ramos Otero fue, en palabras de Luis Rafael Sánchez, “una revelación espléndida de capacidad y penetración, un logró pleno,” que críticos como José Luis Vega y Lilliana Ramos Collado, entre otros, luego confirmarían, “inauguró en las letras puertorriqueñas una nueva época literaria.” Su poesía resultó ser no menos impresionante o alarmantemente sin precedentes. Ningún poeta había antes tan feroz- y audazmente “sacado de su escondite” el asunto de la declaración literaria y pública de su identidad homosexual. Ninguno hasta ahora, y con tal polivalencia metafórica, la ha asociado tan eficaz- y tácitamente a la desafiante reconfiguración de un canónico legado literario, a la condición de desplazado paria o  forzado exilio del (e)migrante isleño, o (como en “Nobleza de sangre”) a duraderas nociones históricas coloniales de pureza de sangre, enfermedades sanguíneas, y las dolorosas, aisladoras soledades y dislocaciones de la modernidad. El giro militantemente homosexual, agresivamente erótico, flagrantemente insurgente, “anulador del género,”  “sedicioso” y demimundano tanto del escritor como del poeta, sin embargo, muchas vió a Ramos Otero relegado, dentro y fuera de la isla, al margen sospechoso hasta de la corriente social y literariamente más típicamente radical.  La parodia alusiva de todavía otro poema de Quevedo que “Dejé las calles de la patria mía” también comprende revela la respuesta característicamente desafiante, si bien desoladora y pesarosa, de Ramos Otero a esa intolerancia  que “se vuelve macharrán con su desprecio/ hartísimo de tanta vanagloria.”   Como en “Vigilia,” también de Invitación al polvo, Ramos Otero - ocasional- y deliberadamente asumiendo una voz femenina o, igualmente, de género ambiguo, indeterminado, o cambiante - no solo es sino “me atrevo ser/la dulce mensajera de una plaga/la poeta emplumada por la ira/y la pluma iracunda de otra historia.” La visión desacralizante de su poesía es a fin de cuentas, nos confiesa, “un intento de atrapar, irónicamente, la voz de mi [propia] liberación.”

El epígrafe con que abre El libro de la muerte, que Ramos Otero toma de Konstantino Kavafis, aptamente apunta a los acentos temáticos, a la postura idiomática anti-puritana, la ambición auto-afirmativa, y concienzudo sentido estético de esta intención libertadora. Ese epígrafe puede, asimismo, servir de conciso de su propio quehacer lírico y epitafio-testamento de sus logros duraderos y legado, pues - dando mayor amplitud al alcance de ese canon que a la vez parodia y sobre el cual inventivamente ingenia - su poesía creativamente entra, de hecho, “a las habitaciones secretas, consideradas vergonzosas hasta de nombrar. Pero no vergonzosas para mí, pues, si lo fueran, ¿qué poeta o artista sería yo?”

 

 

DOS POEMAS DE MANUEL RAMOS OTERO (1948-1990)

 

[Dejé las calles de la patria mía]

 

Dejé las calles de la patria mía

abrumador templete del relajo

catedral desacrada del carajo

burdel del vacilón que a todos fía.

 

Errante me lancé como un gargajo

cordón umbilical yo cortaría

enferma de fantasmas mi poesía

aislada sucedió como un colgajo

 

¿Qué país inventado en la memoria

se vuelve macharrán con su desprecio

hartísimo de tanta vanagloria?

 

Aquél que te soñó tú llamas necio

lo ignoras en el curso de tu historia:

lo que de ti contó no tiene precio.

 

VIGILIA

 

Yo soy esa mujer que solitaria espera

cualquier invitación al polvo que venga

por correo. Soy esa musa de cafetines turbios

con mesitas redondas de tope de formica.

El único juego que conozco tiene la extraña

luz del semen de segunda en un motel de espejos

rotos. Visto de negro para que nadie diga

que a mí la muerte me tomó por sorpresa.

Y llevo en la mirada el rictus sin decoro

de toda bolerista caribeña: jamás avergonzada

de los tajos de yén en cada vena, que unos

guantes de ópera y gaviotas camuflajean.

Mi trago es un eterno aquí me quedo.

Mi patria es un zigzag sobre la niebla.

Debo ser Dios o parecer al menos que estoy

petrificada en este templo, como una vellonera

con aldabas, castrada por los ángeles del miedo.

No solamente soy… me atrevo a ser

la dulce mensajera de una plaga,

la poeta emplumada por la ira

y la pluma iracunda de otra historia.

Yo soy la sin memoria

y el destino tampoco me apresura.

Yo siempre estuve aquí escondida,

Soñando mis ojeras en la letra.

Cuando desaparezca les quedará mi insomnio

Parodiando vigilias que no llegan. 

 

 

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editor geral e jornalista responsável

soares feitosa

coordenação editorial da banda hispânica

floriano martins

.

 

 

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