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“ALGO PASA Y LO PRESAGIA LA TERNURA”: LA POESÍA DE JESÚS
FERNÁNDEZ PALACIOS
David Cortés Cabán
Una
sola lectura no basta para comprender y disfrutar plenamente del
imaginario que configura la reciente edición de Signos y
segmentos, segunda antología (Madrid: Calambur Editorial, S.
L., 2007), del poeta gaditano Jesús Fernández Palacios. La
fuerza y belleza de este lenguaje, sus diferentes contrastes y
matices revelan un poeta cuyo estilo y experiencia creadora nos
provoca más de una reflexión sobre cómo entender y sentir la
poesía contemporánea. En la estructura integral de este libro,
el poeta mismo hace importantes señalamientos en una poética que
revela ciertas claves sobre su oficio de escritor y el sentido
de su poesía. Claves que son importantes pues provienen del
ejecutante mismo de unos poemas que demandan del lector una
voluntad y una sensibilidad capaz de intuir los motivos y
asuntos de esta escritura. Primero, muchos de estos poemas
—señala— están traspasados por una “vasta vividura personal”;
segundo, el lenguaje que matiza estos poemas proyecta la hondura
y riqueza de un pensamiento que ha asimilado y trascendido las
vanguardias poéticas de su tiempo; y, tercero, esta antología
“refleja cronológicamente la evolución personal” de aquella
primera antología publicada “en Granada en 1991, ya agotada”,
prologada por el poeta Luis García Montero.
Desde esta perspectiva se orienta a los lectores ofreciéndoles,
además, comentarios de reconocidos poetas y escritores que
señalan la importancia de esta obra y la naturaleza de su
lenguaje: la poesía como una experiencia viva que nos aproxima a
lo más íntimo del ser a través de inusitados y novedosos
hallazgos. Quienes recorran la geografía de este libro notarán
un poeta que funde en la luminosidad del lenguaje una manera de
sentir la realidad y un estilo propio que lo distancia de las
viejas y gastadas retóricas para musitarnos una conciencia del
yo y de la vida desde la más prístina intensidad de la expresión
poética.
Es ésta una poesía que cristaliza un sentido real de la
cotidianidad y la amistad, y del amor y la muerte como metáforas
reveladoras de un universo donde convergen, por un lado, la
postura desenfadada y jovial de un hablante que a veces se mofa
de sí mismo; y por otro, una visión irónica y dolorosa de la
vida. Estas características de Signos y segmentos
establecen coordenadas importantes que fijan el tono y la
dinámica de estos versos. La confección misma de la sintaxis
gramatical y el inesperado giro de tonos y matices refuerzan el
pensamiento poético y ordenan los motivos de cada poema. Ya
desde el título mismo se enfoca una idea que no debe ignorarse
cuando nos acercamos a la poesía de Fernández Palacios. Me
refiero al concepto sassureano de signos
interdependientes que encarnan el significado y la imagen de las
cosas, y que de un modo arbitrario también representan (en este
caso el discurso poético), una manera de expresar la realidad. Y
entiéndase aquí realidad como las circunstancias que entran al
ámbito de las experiencias, evocaciones y situaciones que atañen
al poeta. Es éste quien nos habla de un “protagonista poético
con experiencias reales, que habla consigo mismo y con los demás
a través de situaciones reflexivas y de contenidos que se apoyan
en la intensidad de los sentimientos” (p. 14).
Para Fernández Palacios la poesía es siempre una experiencia que
conlleva una carga de emoción y sentimientos que todos
compartimos, y no una postura impersonal de vivencias inventadas
para violentar el acto creativo o para salvaguardar las
apariencias. Lo que nos quiere decir el poeta con la honestidad
que le caracteriza, es que su poesía es una puerta abierta a su
interioridad. En ella está su pasado y su presente, y una
memoria que persiste proyectando su condición de hombre y de
poeta. Es en esta dimensión que su voz se transfiere en el poema
para mostrarnos su relación con el mundo y su oficio de creador,
pero de un creador instalado en un presente que reconoce sus
defectos y virtudes y (¿por qué no?) los que corresponden
también a la tradición: “Los líricos conservan todavía con afán
de tradición / las cañas aguzadas sobre papiros o badanas / y
graban vagos signos silábicos en tabletas de arcilla”. (p. 19),
nos dice con cierta ironía. Pero, además, este tono irónico que
traspasa la estética de algunos textos le permite verse a sí
mismo en una imagen que proyecta una auto-reflexión de su
físico, y una mirada no exenta de cierta nostalgia como ocurre,
por ejemplo, en “Hoy está el día gris muy gris”, (p.31) y “Con
tanto cuerpo bajo el embozo” (p.45), o en el poema que comienza
con la sorprendente imagen: “Cansado soy un caballo de limón /
En un zapato de charol que anda…” (“Primer triste escrito”,
p.47); o el que dice: “Si supiera que este texto es trascendente
/ con certeza encendería el cigarrillo / que me tienen prohibido
/ y haría un curioso dibujo con el humo / por donde escapasen
mis alientos”, (“De un modo cotidiano” p. 78). Esta actitud
irónica y desenfadada de la vida contrasta con un pensamiento de
pesadumbre y fatalidad.
La vida del poeta constituye un motivo más para expresar no sólo
su relación con el mundo y la escritura sino también con los
convencionalismos de su época. Su mirada nos acerca a un
horizonte de ideas que transforman el lenguaje poético en un
luminoso juego de imágenes que nos sugieren un sentido más
profundo y real de la vida. Y aunque muchos hallazgos de esta
poesía los encontramos en la particularidad de su estilo, es
decir, en la forma en que el poeta trabaja el lenguaje, sabemos
ciertamente que no todos los poemas del libro presentan la misma
confección. Hay poemas donde el poeta, consciente o
inconscientemente, interrumpe la coherencia sintáctica para,
como en un rompecabezas, crear un juego de imágenes que proveen
de una inusitada frescura y transparencia al poema; en otros
percibimos un sentimiento más sosegado, como si el poeta
caminara a nuestro lado hablándonos de algún suceso cotidiano.
Éstos están más dentro de una estructura narrativa. Sin embargo,
tanto éstos como los más significativos producen una profunda
impresión por la intensidad que el poeta infunde a sus versos.
De ahí que por distantes que estemos del poeta, sentimos su
realidad. Así ocurre en el poema “Mil novecientos treinta y
nueve” (pp.55-56), donde el poeta evoca la vida de nuestro
Antonio Machado, como si lo viera en su dolorosa caminata hacia
el exilio. Esta conmovedora visión del pasado nos revela también
poemas como “Treinta de mayo”, “Los que retornan”,
“Figuraciones”, “Seguiré viviendo”, “Recordatoria” o “Nena”;
poemas que se desarrollan como historias que van cristalizando
un cuadro real de la vida. Esto es un rasgo característico de
esta poesía pues nace – como el poeta mismo ha señalado – de
“reflexiones y sentimientos” reales. De este modo, sin caprichos
de iluminar o justificar su concepción del acto poético,
Fernández Palacios muestra su sinceridad de poeta, alejándose
además de todo tipo de hermetismos y abstracciones verbales que
sirven más para desorientar al lector que para guiarlo en su
lectura.
Los procedimientos estilísticos que rompen el patrón normal de
la escritura (la deliberada distorsión de la lógica, la
fragmentación de imágenes, o “las gimnasias inverosímiles del
lenguaje” como las llama el poeta Carlos Edmundo de Ory), son la
suma de un pensamiento que evade la monotonía del lenguaje para
llevar al lector por nuevos y sorprendentes rumbos; espacios de
un paisaje poético donde el hablante vive en reflexión con sus
circunstancias humanas y su relación con los demás. Así lo
vemos en la soledad, en la amistad y el amor, en la muerte y el
silencio desde la hondura misma de sus versos cuando nos dice:
“Como aquel sol que deslumbrase / a la ciudad, hoy en ocaso, /
así fuera tu voz la que me hable, (…), y más adelante:
“Devuélvame tu voz el júbilo del aire, / aquél que protegía la
casa / y mi ventana, envuélvame tu cuerpo / —mañana no es
temprano— / que no parece que la brisa se anime / en su rigor /
a disipar esta proclama que te ofrezco, / lleno como sigo de
afán / y melancolía.” (pp.103-4). Y es que el amor es un motivo
fundamental de esta poesía, como lo es también la muerte y la
amistad. Por eso la memoria del amor persiste como el paisaje de
un cielo abierto donde podemos escuchar lo que dicen las
palabras. ¿Oyes, lector, la voz del poeta? He aquí su presencia
contra la muerte que entra arrebatándole todo como un manotazo
terrible:
Aunque sea noche en este corazón deshecho
y en la luz que olfatea la retina
se manifieste la decadencia del árbol
que el aire azota
o el auge ficticio de la rama
que presume de ritmo en su parálisis
Seguiré viviendo
y esta nostalgia lo ayuda a reflexionar, y “seguir viviendo” en
la plenitud de una poesía que se convierte asimismo en una
imagen de su propia soledad:
Mi corazón se llena de la luna
al evocar la noche de tu muerte,
era una luna seductora y fuerte
que el viento desplazó como una duna.
El sentimiento de la muerte, también reafirma la persistencia
del amor contra la temporalidad de la vida y la convicción de
que ese amor exige una voluntad para vivir. Esta actitud ya la
habíamos sentido en el poema “Seguiré viviendo” y ahora también
está presente en la nostalgia que provocan los sonetos dedicados
a “Sakina”. Pero la nostalgia y el dolor no dominan totalmente
la geografía de estos versos. El poeta sabe desplazarse hacia
otros dominios donde alternan el humor y la ironía como rasgos
que contribuyen al estilo y la atmósfera que crea este lenguaje
poético.
El humor muy sutilmente utilizado por el poeta a veces está
presente desde en el título mismo como notamos en el poema: “Del
trance que hube de pasar pidiéndole a un poeta, sin fortuna ni
aguante, que se haga delincuente” (p. 107,8). Así ocurre,
también, con el poema, “Un soneto me manda”, que nos recuerda a
Lope de Vega. Este humor no pretende sustituir una cosa por otra
(en este caso, la nostalgia por el humor). Es simplemente un
modo de presentar ciertos motivos o situaciones que a pesar del
dolor son parte integral de esta escritura y de la visión de
mundo del poeta. A esta cosmovisión hay que añadir los epígrafes
que al comienzo de algunos textos cristalizan metáforas o ideas
que presentan un camino abierto hacia el asunto de algunos
poemas. Y por otra parte, las voces de poetas y amigos que han
acompañado a Fernández Palacios a través del tiempo, y lecturas
y escritores con quienes el poeta se identifica y que, de algún
modo, reflejan sus gustos y preferencias. Basta mencionar
nombres como Bob Dylan, Allen Ginsberg, Ferlinghetti, Jack
Kerouac o Whitman. Cerca de ellos ha estado Fernández Palacios
conforme a sus lecturas o, cuando ha viajado a Nueva York, en
sus largas caminatas por el Manhattan del apasionado Walt
Whitman y del enérgico Ginsberg. Ellos también son parte de la
intensidad y libertad que hallamos en estos versos. ¿Esta
poesía no sugiere también una especie de homenaje a sus nombres?
“Sólo evoco la marea de Mark Twain / los versos de Gary Snyder
/ con su manzana / o la sepultura de Kerouac… (pp.45, 6), nos
dice el poeta. Y ¿acaso no asoman la silueta de Goethe y la
iluminadora presencia de Vallejo en la cadencia y plenitud de
estos versos? ¿Acaso no vemos a Antonio Machado, silencioso y
profundo en el esplendor que trasciende la dolorosa presencia de
la muerte? Todos estos nombres entran como evocaciones
imprescindibles, acompañando a Fernández Palacios en el
menesteroso oficio de su escritura.
En esta escritura permanecemos. Supongamos, lector, que
permanecemos y nos dejamos llevar por el paisaje, sin apartarnos
de la naturaleza de este lenguaje entramos en esa gran metáfora
de la ciudad que encarna la vida misma del poeta:
Yo soy esa ciudad que te esperaba,
sentí que me decía,
y vi que con la tarde se escondía
en los brazos abiertos de su rada.
Este testimonio conmovedor del amor de padre, abre como un filo
tajante la carencia del viajero (del poeta) que trata mostrar en
la transparencia de sus versos la vida como una experiencia que
acontece en la leve llama de la palabra: “…pues la vida / conoce
su destino de ida y vuelta, / metáfora del mar, vaivén de las
mareas / que arrastra la memoria del viajero / y deja que se
pierda en la nostalgia / de lo que amó y perdió cambiando de
caminos” (131, 2), nos dice. Esa “memoria de viajero” que
ilumina el lenguaje de Signos y segmentos nos revela la
plenitud de un paisaje poético que produce una profunda
impresión. Y es que precisamente esta poesía es como un viaje,
una memoria que nos revela un sentido más humano del mundo y la
existencia, o como señala el poeta al final del libro: “…un
destino / del que espera llegar a la otra orilla.” |