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AMOR CONSTANTE MÁS
ALLÁ DE LA MUERTE
Jesús David Curbelo
La
ecuatoriana Aleyda Quevedo, en Dos encendidos, nos da su
interpretación contemporánea de uno de los amores más célebres y
escandalosos de la historia americana, el de Manuela Sáenz de
Thorne y Simón Bolívar. Ante la petición de Aleyda, a quien
conocí en Granada, Nicaragua, y me sorprendió por la crudeza y
excelencia de su cuaderno Soy mi cuerpo, me fue difícil
negarme, porque esta insistente quiteña se ocupó luego de irme
convenciendo, en sus breves días de estancia en La Habana, de
tomar en serio una obra que contaba ya varios cuadernos, entre
los que destacan, para mi gusto, La actitud del fuego y
Espacio vacío, que hube de leerme apenas los puso en mis
manos, engolosinado con las bondades del antes mencionado Soy
mi cuerpo.
Mi principal temor, antes de leer el poemario, consistía en lo
riesgoso que encuentro el abordaje de figuras históricas, por lo
general víctimas del demasiado respeto, que las convierte en
muñecos acartonados cuyos pensamientos, acciones y diálogos, en
el terreno literario, apenas logran sobrepasar con éxito la
caricatura; o en su antípoda: el resultado, a veces
esperpéntico, de un ejercicio de desacralización en el cual se
intenta bajar de sus altares a los héroes y próceres y dotarlos
de una estatura “humana”. Por desgracia, algo de eso había ya en
la antedicha tradición literaria que centró su atención en
Manuela y Simón Bolívar, desde la hagiográfica visión de
Demetrio Aguilera Malta en La Caballeresa del Sol, hasta
la delirante erotización de la historia en La esposa del
doctor Thorne de Denzil Romero; con estaciones en
territorios intermedios signados por el interés biográfico y
documental (Jonatás y Manuela de Argentina Chiriboga y
Manuela de Luis Zúñiga), el vínculo político entre ambos
personajes (El general en su laberinto de Gabriel García
Márquez), la imprecisión histórico-lingüística (La gloria
eres tú de Silvia Miguens), el rigor compositivo de un
experimento narrativo posmoderno (La dama de los perros
de María Eugenia Leefmans) y la impronta poética, por lo general
más próxima a la épica que a la lírica (“La insepulta de Paita”
de Pablo Neruda y “Bolívar y Manuela” de Humberto Vinueza).
No obstante, la lectura de Dos encendidos disipó mis
angustias. Aleyda Quevedo acomete la osadía de revisitar un
argumento espinoso y manejado por algunos ilustres colegas y
compatriotas, mas sale ilesa, a mi juicio, de los peligros de
la reiteración y la desmesura, porque esquiva los siempre
sinuosos enfoques hijos de la política y la sociología y se
decanta por el mucho más antiguo, y eficaz, del amor. De cierta
manera, la mayoría de sus antecedentes literarios se escudan en
el pretexto de recrear una leyenda amorosa, aunque a la postre
terminen mostrándonos las orejas peludas del compromiso
ideo-político, los estudios de género, el nacionalismo, y otros
añadidos que parcializan sus aproximaciones y los alejan de ese
sentimiento que ha sido el motor de muchas revoluciones en la
literatura universal desde Arquíloco de Paros hasta Paul Celan,
pasando por Catulo, Propercio, Dante, Petrarca, Boccaccio,
Chaucer, Shakespeare, Donne, Baudelaire, Whitman, Bécquer,
Proust, Darío, Pessoa, Masters, Kavafis, Joyce, Yourcenar y
Mishima. Y lo ha sido, supongo, porque estos autores han sabido
mirar, revolver, inquirir en las cimas y simas del amor en sus
más disímiles matices para que desde estas emerjan las preguntas
sin respuestas que suelen preocupar al individuo en todas las
épocas y bajo todos los regímenes: ¿quiénes somos?, ¿de dónde
venimos?, ¿adónde vamos? O dicho de otro modo: porque del amor y
sus mutaciones nacen buena parte de los grandes temas como el
diálogo con Dios, la posibilidad de perdurar tras la muerte, la
soberbia, la envidia, la ira, los celos, la lujuria y el deseo
de (re)conquistar los posibles paraísos humanos y divinos.
Tal vez sería pertinente incluir aquí, antes de adentrarnos en
un somero análisis del poema y en aras de su mejor comprensión,
una breve semblanza de la relación entre Manuela y Bolívar, a
pesar de que el lector cómplice pueda hallarla en cualquier
enciclopedia. Manuela, hija ilegítima de un regidor español del
Cabildo de Quito y de una dama criolla, conoció a Bolívar en
junio de 1822, cuando el Libertador entrara victorioso en su
ciudad luego de la batalla de Pichincha. Por ese entonces estaba
casada con el comerciante inglés James Thorne, con quien se
había comprometido algunos años atrás, gracias a los manejos de
su padre para intentar correr un velo piadoso, al unirla a este
señor que le aventajaba generosamente la edad, sobre la fuga de
la muchacha del Monasterio de Santa Catalina con el oficial
realista español Fausto D’Elhuyar. La pasión amorosa y la
necesidad de compartir un destino común de Manuela y Bolívar se
extendió, a despecho de las enormes dificultades morales,
religiosas y políticas, hasta la muerte de este en 1830. En ese
período ella lo acompañó en numerosas batallas a lo largo del
continente y convivió con él en varias ciudades, le salvó la
vida en más de una ocasión y fue su mano derecha en delicados
asuntos de estado, lo cual le granjeó la hostilidad de enconados
enemigos de Bolívar como Francisco de Paula Santander. Con
posterioridad al fallecimiento del Libertador, Manuela
permaneció en Bogotá hasta 1834, cuando fue desterrada por
Santander a Jamaica; desde allí consiguió, con Juan José Flores,
un salvoconducto para regresar a Quito, pero Vicente Rocafuerte,
sucesor del vencedor de Miñarica, la deportó una vez más.
Manuela se dirige entonces al puerto ballenero de Paita, en el
Perú, sitio en el cual sobrevive a duras penas gracias al
comercio de dulces y tabaco, donde cuenta con el dudoso regocijo
de bautizar a sus perros con los nombres de sus contrincantes
(Santander, Páez, Padilla, Lamar), y recibe las visitas
esporádicas de amigos y admiradores. Allí murió, presumiblemente
de difteria, en 1856.
Como ya enuncié, el poema de Aleyda Quevedo evade las peripecias
historicistas propias de la novela y la biografía, y se
concentra en recrear algunos momentos de la relación Manuela-Bolívar,
desde el encuentro en Quito hasta los instantes finales de la
ecuatoriana en Paita. Para ello se auxilia de tres voces
fundamentales (y aquí podemos entrever un guiño cómplice a su
compatriota Humberto Vinueza, que articula su texto “Bolívar y
Manuela” alrededor de las voces de sus protagonistas): la de una
suerte de narrador que, en el primer canto (“Miradas”) nos
relata el episodio de la corona de flores lanzada por la
muchacha al pecho del prócer, con el cual da inicio el
conocimiento de ambos; la voz de Bolívar, presente en el segundo
canto (“Bolívar enamorado”) y en el quinto (“Fuerte como el amor
la muerte”), en el que se imbrica con la voz de Manuela Sáenz en
un dueto que es, posiblemente, el pasaje lírico más alto del
poema; y, por supuesto, la propia voz de Manuela en solitario en
los cantos tres, cuatro y seis (“Manuela orquídea”, “Los celos”
y “Desde Paita”).
Sin embargo, a pesar del visible dialogismo, de cierta
narratividad y del tema en apariencia heroico que trata, más
vecino de la épica que de la lírica, no vacilaría en afirmar que
estamos en presencia de un texto lírico, porque en él priman la
subjetividad, el arrebato emocional y erótico, las ansias de
posesión absoluta, la ingobernabilidad de los sentimientos del
prójimo, el desafío de convenciones y moralinas y la inmutable
dicotomía entre Eros y Tánatos que han signado a este género
desde Catulo hasta hoy. El diálogo entre los amantes, reforzado
intertextualmente con el empleo de citas de su correspondencia
personal y de apuntes del quizá apócrifo “Diario de Paita” de
Manuela, nos lo evidencia desde otro ángulo: el amor, por grande
e intenso que sea, no es un espacio de concilio; está siempre
marcado por la precariedad, por la incomunicación, por la
efímera satisfacción de la carne que conduce a una perenne
insatisfacción del espíritu, paradoja que sólo alcanza a
resolverse cuando la putilla del rubor helado dirima la
querella entre agua y fuego, entre cuerpo y alma, e iguale a los
amantes en una resurrección donde “serán ceniza, más tendrán
sentido”, ese que tiene el “polvo enamorado” de hacer que los
muertos permanezcan constantes en el deseo, en el amor.
Antes de concluir, me gustaría apuntar un pequeño detalle: la
coherencia de este poema con el resto de la obra de Aleyda
Quevedo. Es cierto que al principio me sorprendió el tono
cuasi épico, el aparente abandono por parte de la autora de
los textos breves, epigramáticos en ocasiones, que pueblan
cuadernos como La actitud del fuego, Espacio vacío
y Soy mi cuerpo. Pero la confusión fue transitoria,
porque siempre he creído que la forma no es otra cosa que la
expresión última del contenido, y el presente ejercicio poético
necesitaba el aliento largo, sostenido, dialógico, que
encarnara, en los personajes de Manuela y Simón, las obsesiones
de Aleyda con los intríngulis del amor, del deseo y con los
artificios de la sexualidad que se evidenciaban desde su primer
libro. En La actitud del fuego el sujeto lírico -una
mujer amante, deseosa- reflexiona sobre el poder corrosivo del
amor, que permite descubrir nuevos modos de existir y
comportarse, de crear mundos inexplorados que perfeccionen la
ambigüedad del mundo conocido y nos ayuden a vivir mejor.
Espacio vacío, por su parte, disecciona la pasión erótica,
su influencia sobre la siquis y la moral del individuo, y se
recrea en la incomunicación, en la compartida soledad del
erotismo que marca la necesidad del amor como escalón supremo
del ser. Soy mi cuerpo, a su vez, escudriña en los
dominios de la enfermedad, de la muerte, del goce que encierra
trascender el padecimiento gracias al impulso genesíaco del
amor. Dos encendidos, por último, es la consumación de
ese camino; la mujer que hablaba en los libros anteriores se
enmascara ahora en Manuela Sáenz sin dejar de ser La Mujer que
sigue anhelando descubrir los mundos palpables tras el sueño y
la muerte, destino que comparte con Simón, El Hombre, su
complemento dialéctico en esa aventura donde se pierde el
respeto a toda ley severa y se retorna, por encima de la
historia, la política, la ideología y los prejuicios sociales,
al polvo-enamorado- de los orígenes. |